25/6/13

Hegemonías, sujetos y revolución pasiva

Javier Balsa

Más allá de su historia previa, el concepto de hegemonía se encuentra ineludiblemente ligado a las teorizaciones de Antonio Gramsci. De hecho, fue durante la segunda posguerra cuando, a través de un trabajo de exégesis de su obra (en especial de sus Cuadernos de la Cárcel), se avanzó en la teorización de la hegemonía, convirtiéndose en una piedra angular de la teoría marxista de la política y la ideología, al tiempo que un concepto sumamente utilizado por diversas corrientes de las ciencias sociales. Paradógicamente, algunas de las más agudas observaciones acerca de la obra gramsciana acabaron tomando una distancia crítica con respecto a sus posiciones. Así por ejemplo, la minuciosa lectura de los Cuadernos que emprendiera Perry Anderson (1978) terminó en cierta desvalorización de la utilidad del concepto de hegemonía para dar cuenta de la dominación en las sociedades capitalistas desarrolladas.


Desde otra tradición, inspirada por la lectura del Wittgestein tardío, José Nun (1989) señaló los límites que la visión intelectualista-racionalista le impuso al propio Gramsci, a pesar de todo su esfuerzo por incorporar el sentido común dentro de la filosofía de la praxis.

También teniendo como uno de sus puntos de partida esta fase del filósofo austríaco, Laclau y Mouffe (1987) elaboraron una relectura que se propuso superar las limitaciones que, a la línea de reflexión gramsciana, le generaba su inscripción dentro de la tradición marxista. Para ellos, la profundidad de la teorización de Gramsci se ubicó en torno a la lógica de la contingencia, en oposición a una lógica de la necesidad. El determinismo (tan presente en los discursos de la Segunda Internacional) concluía reconociendo una dualidad para poder procesar la dinámica política, en la que lo indeterminadono sólo era meramente suplementario, sino que además resultaba imposible de conceptualizar. En cambio, en Gramsci, la contingencia histórica alcanza una expansión máxima, “ya que los elementos sociales han perdido la conexión esencial que los constituía en momentos del paradigma etapista, y su sentido mismo depende de articulaciones hegemónicas cuyo éxito no está garantizado por ninguna ley de la historia” (Laclau y Mouffe, 1987: 80). Y rescatan que “cada una de estas extensiones [del concepto de hegemonía desde su uso por la socialdemocracia rusa hasta Gramsci] fue acompañada de una expansión de lo que provisoriamente podríamos llamar una ‘lógica de lo contingente’ –resultante, a su vez, de la quiebra y retracción al horizonte explicativo de lo social de la categoría de ‘necesidad histórica’-, que había constituido la piedra angular del marxismo de la Segunda Internacional” (Laclau y Mouffe, 1987: 7-8).
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