30/6/13

Capitalismo, movilizaciones, programa | En la visión de Marx, el salario no está reducido al nivel de subsistencia fisiológica

Rolando Astarita

A raíz de las recientes y grandes manifestaciones en Brasil y Chile, y un poco antes, en Turquía, muchos comentaristas destacaron que ocurren en países que han experimentado un crecimiento relativamente importante en los últimos años, o incluso décadas. Por ejemplo, en Brasil, desde 1992 el producto bruto interno por habitante más que se duplicó, unas 30 millones de personas salieron de la situación de pobreza absoluta, y mejoraron los índices en educación y salud (el Índice de Desarrollo Humano aumentó un 24% desde 1990 a 2013). Sin embargo, millones salieron a las calles reclamando por salud, educación y transporte, contra la represión policial y la corrupción. En esta nota argumento que la teoría de Marx provee un marco adecuado para entender la dinámica de estas movilizaciones, relacionada con la dialéctica “desarrollo capitalista – polarización social”. De aquí se desprenden cuestiones referidas a programas y perspectivas de estas movilizaciones.

Desarrollo capitalista y contradicciones

Tal vez lo más impactante de estas movilizaciones es que revelan que la necesidad y la posibilidad de una crítica radical al sistema capitalista no derivan principalmente de las regiones más atrasadas y estancadas del mundo, sino de muchos países que han experimentado un crecimiento relativamente importante. Esta cuestión conecta con el corazón del pensamiento Marx y Engels: es la idea de que el desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas genera las condiciones materiales y sociales para cuestionar al mismo modo de producción capitalista. En este respecto, hoy estaríamos asistiendo a un cuestionamiento “práctico” de la situación existente, impulsado por la misma dinámica que ha llevado a la actual civilización. Es una dialéctica que Marx describía hace más de 100 años diciendo que por un lado nacían fuerzas industriales y científicas “que jamás sospechara época alguna de la historia pasada”, y por otro lado existían “síntomas de decadencia que en mucho superan los horrores registrados en las postrimerías del Imperio Romano” (Marx y Engels, 1973, p. 81). Y era precisamente esta contradicción, interna al sistema, la que se manifestaba en el conflicto, en la lucha de clases.

Pues bien, pensamos que este diagnóstico de Marx conserva vigencia, y se aplica de forma multiplicada, a la actualidad. Hoy, más que nunca, “todo está preñado de su contrario”, y ésta es la fuente última de las movilizaciones. Hoy la humanidad tiene la posibilidad de alimentar y proveer una civilización mínima para todos, pero 1000 millones de personas están subalimentadas, y otros muchos cientos de millones no acceden a los servicios básicos. Hoy se podría reducir el tiempo de trabajo humano total, repartiendo las tareas, y humanizando el empleo; pero millones están sometidos a trabajos alienantes, padecen la precarización e inseguridad de sus empleos, o el sobretrabajo. Hoy, muchos jóvenes acceden a la educación secundaria y terciaria, pero al titularse enfrentan una realidad de trabajos descalificados y precarios, o simplemente no consiguen empleo. Hoy la internet y los medios de comunicación ofrecen oportunidades gigantescas para elevar la cultura y la conciencia crítica, pero son utilizados para fomentar el conformismo, la pasividad y el sometimiento de las masas. Las grandes urbes congregan cada vez más gente, pero las condiciones de transporte se hacen insoportables, y falla la provisión de los servicios básicos. Por último, el desarrollo de las fuerzas productivas ha llegado a un punto en que se están forzando los límites de los recursos naturales y de la  supervivencia de la vida sobre la Tierra.

Pero también son las fuerzas productivas desatadas por el capitalismo, las que despliegan el potencial para acabar con la relación social capitalista. Es que a medida que se extiende el capital, se amplía y se profundiza la proletarización. Constantemente están desapareciendo los pequeños productores privados y las viejas profesiones independientes, “tragadas” por las nuevas relaciones asalariadas. Las economías campesinas se proletarizan y masas de seres humanos se trasladan a las ciudades, muchas veces a vivir en condiciones miserables (1000 millones sobreviven en las “villas miserias” o “favelas” de las grandes urbes del planeta). Por primera vez en la historia de la humanidad, las poblaciones urbanas superan a las poblaciones rurales, y la relación capital – trabajo se ha hecho planetaria. Esto explica por qué los estallidos tienen como centro las grandes urbes, y por qué las reivindicaciones se ordenan en torno a problemáticas que enfrentan a las masas movilizadas con “sus” burguesías y gobiernos. Los programas tercermundistas -con eje en los problemas nacionales y el campesinado- pasan por lo tanto a segundo plano, o desaparecen de la agenda. Contra lo que algunos pronosticaron, la crisis económica no dio lugar a ascensos nacionalistas (como ocurrió durante la Gran Depresión, en los años 30), y las manifestaciones xenófobas y racistas en los movimientos de masas han quedado limitadas, al menos en la mayoría de los países. De ahí que sea un rasgo distintivo de las luchas el hecho de que “el enemigo está en casa” (aliado, o no, con los poderes del capital internacionalizado). Esta dinámica, en consecuencia, subyace a la toma de conciencia de los antagonismos y de las posibilidades encerradas en el crecimiento de las fuerzas productivas. Habría que acabar con la relación social de explotación, para liberarlas de la lógica de la ganancia, y ponerlas al servicio de los seres humanos.

Salario y pobreza relativa en Marx

Vinculado al punto anterior, cobra relieve la tesis sobre el carácter social e histórico de la fuerza de trabajo y la pobreza. Es que el salario, en la visión de Marx, no está reducido al nivel de subsistencia fisiológica, sino a los bienes necesarios que se corresponden “a la manera de vivir tradicional y socialmente dada del trabajador en un país y en una época determinada” (Rosdolsky, 1983, p. 320). El volumen y el tipo de satisfacción de las llamadas necesidades imprescindibles, son un producto histórico, dependen del nivel cultural, y de las nuevas pretensiones que surgen del desarrollo capitalistas y que la clase obrera puede imponer en su lucha gremial y política contra la clase capitalista (idem). También la producción capitalista conlleva la extensión de las necesidades, como había notado Marx: el capitalismo implica el “desarrollo de un sistema múltiple, y en ampliación constante, de tipos de trabajo, tipos de producción a los cuales corresponde un sistema de necesidades cada vez más amplio y copioso” (énfasis agregado; citado por Mandel, p. 387, quien destaca también el carácter alienante del consumo capitalista).

A su vez, a medida que aumenta la productividad del trabajo, el salario real crece tendencialmente, pero puede mantenerse, o aumentar, la tasa de explotación. Es lo que Marx llama la plusvalía relativa, una noción quepone de relieve la naturaleza explotadora de la civilización burguesa, aun cuando mejore el salario real. Por todo esto también, la pobreza es histórica y socialmente relativa. Que una familia no pudiera tener un equipo de TV hace 70 años en Argentina, no era indicativo de pobreza; pero hoy sí lo es.

Por eso, con el desarrollo de las fuerzas productivas, aumentan las necesidades, la conciencia de esas necesidades, y de la polarización social. En los últimos 30 años han tendido a aumentar las diferencias de ingresos en EEUU, en la mayoría de los países europeos, en China, y más recientemente, en los países del ex bloque soviético; y existe una conciencia creciente de esta polarización. También hay conciencia de que las diferencias sociales se mantienen muy altas -a pesar de haber experimentado una baja relativa en la última década- en América Latina. El pueblo brasileño “ve” que a la par que se gastan miles de millones de dólares en lujosos estadios (o en gastos de otro tipo), no hay recursos para las necesidades más elementales. En Argentina, Brasil o Chile la gente “ve” cómo la clase dominante nada en el lujo y el despilfarro, en contraste con sus duras condiciones de vida cotidiana. De nuevo, la urbanización y la extensión de las relaciones asalariadas, y los mayores niveles de educación, y ampliación de la información, agudizan la conciencia de la polarización. Y esto es producto del mismo desarrollo del capital. Es un error pensar que el socialismo postula la idea de “cuanto peor esté la clase trabajadora, más conveniente será para la lucha contra el dominio del capital”. Una clase social sometida al más completo embrutecimiento y degradación, no podría constituir la base social de un cambio social progresivo, ni convertirse en un factor político consciente, capaz de encabezar un cambio radical. El comunismo científico no inventa un mundo en las ideas para oponerlo al mundo real. Por el contrario, parte de lo existente, y ve en el propio desarrollo de la sociedad, la generación de las condiciones y de las premisas para su superación. Es entonces esta contradicción sentida, “vivida”, la que genera conflicto social, la lucha de clases.

Luchas sociales y coyunturas económicas

Los impulsos generales que hemos descrito más arriba se articulan, a su vez, con las fases de la acumulación, con los auges y las crisis. Trotsky alguna vez señaló que los períodos de agudización de los conflictos y las luchas sociales -incluso, de la emergencia de situaciones revolucionarias- tendían a agruparse en las fases en que la economía estaba pasando del último período de auge a la crisis, y la recesión, o la depresión (también, en el pasaje de una guerra a la paz). Contra lo que muchas veces se piensa, la depresión económica no constituye, por lo general, el campo más propicio para la lucha de clases. La desocupación masiva da lugar a la disgregación, la apatía y el desánimo; es otro factor que desmiente la tesis de “cuanto peor la economía, más intensa será la lucha de clases”. Por otra parte, en los períodos de fuerte acumulación, el trabajo recupera terreno frente al capital, pero éste se encuentra en mejores condiciones para ceder reivindicaciones.

En cambio, la entrada en la crisis, o eventualmente la desaceleración de la economía después de un período de crecimiento, combina una fuerza del trabajo todavía no afectada seriamente por el desempleo, con los inicios de la ofensiva sobre las masas trabajadoras (negativa a conceder aumentos de salarios de acuerdo al aumento de los precios; restricciones al gasto social, etcétera). Tomemos de nuevo Brasil: en 2010 su economía crecía al 7,5%, en 2011 al 2,7% y en 2012 virtualmente se estancó, con apenas el 0.9%. La desocupación es relativamente baja, del 5,7%, y varios indicadores revelan dificultades crecientes: déficit de cuenta corriente equivalente al 3% del PBI; altísimas tasas de interés; fuga de capitales y depreciación de la moneda de más del 9% en lo que va del año; déficit fiscal del 2,7% del PBI. Las cámaras empresarias y los analistas “serios” están exigiendo, en consecuencia, una “mejora del clima de negocios”, que debería empezar por poner límites a las demandas populares y laborales (el estallido se produjo por la suba de las tarifas del transporte). Son las políticas que conforman los programas “estándar” del capital, y sus gobiernos, frente a la caída de la actividad económica, los “desequilibrios macroeconómicos” y las crisis. Pero esto choca con la resistencia de la clase obrera y de los sectores populares.

La cuestión del programa

En una nota de mediados de 2011, sobre el movimiento de los indignados en España, planteé que si el movimiento planteaba sus demandas sobre un eje falso, y no pasaba a cuestionar la estructura social subyacente, podía quedar finalmente sin perspectivas. Y en la medida en que la situación se prolongara, asomaría el peligro del desánimo y la dispersión. Lo mismo se aplicaba a otros movimientos europeos de resistencia a las medidas de los gobiernos [Ver aquí]. En su momento, esa nota recibió variadas críticas. Puedo comprender el fastidio de mucha gente con esas conclusiones, pero a dos años vista de aquello, no veo motivos para cambiar, en lo fundamental, el diagnóstico. Cuando se prolonga un elevado desempleo y la economía cae en la depresión, es muy difícil mantener la movilización. Por otra parte, la lucha política exige propuestas y programas; con la indignación no alcanza para construir alternativas políticas frente al conjunto de la sociedad. Además, en tanto permanece el dominio del capital, se despliega la lógica de toda crisis: se desvaloriza la fuerza de trabajo, y aumenta la desocupación. De hecho, en España, Italia y Grecia, los salarios hoy son más bajos que hace dos años, los gastos sociales se han reducido, y el desempleo se mantiene muy alto. Frente a esto, los indignados no han podido mantener el nivel de movilización, y los partidos tradicionales del sistema, siguen al mando (aunque desgastados).

Algo similar se aplica ahora a Brasil, Turquía, y otros países, como Suecia, donde también acaban de estallar protestas. Se pueden obtener algunas reivindicaciones parciales, pero enfrentar las medidas de fondo que toma el capital para ganar “competitividad” -que pasan, invariablemente, por ataques a las condiciones de vida y laborales de las masas- requiere un programa radical. En última instancia, las movilizaciones son un producto de la contradicción que subyace a todas las relaciones sociales, la que existe entre el capital y el trabajo; por lo tanto, las causas de fondo que llevaron a la gente a las calles subsistirán, en tanto se mantenga el actual régimen social.

Textos citados

Mandel, E. (1979): El capitalismo tardío, México, Era.
Marx, K. (1973): Correspondencia, Buenos Aires, Cartago.
Rosdolsky, R. (1983): Génesis y estructura de El Capital de Marx, México, Siglo XXI.