18/5/13

Antonio Gramsci y los Cuadernos de la Libertad

Rafael Castaño Rendón
  • Los cuadernos sirvieron para mantener a Gramsci en pie de lucha, para evitar su muerte moral y humana, ya que la física la había decretado inevitablemente el gobierno fascista
Mucho antes de ser encarcelado, Gramsci vino a decir que su participación en la lucha social de la clase obrera le había impedido convertirse en el pijo intelectualoide a que social, territorial y humanamente estaba condenado. El comunismo y su compromiso en la lucha impidieron su conversión en un desecho humano.

De muchos seres humanos del planeta –millones- podríamos decir lo mismo durante el siglo XX. El comunismo les insufló, en condiciones de vida muchas veces infrahumanas –en medio de las cárceles, el hambre, la miseria, la explotación más salvaje- el sentido de la dignidad humana.

Lo mismo podría decirse del anarquismo, aunque esta consistente corriente del movimiento obrero sólo se expandió en algunos países. La actual crisis, en la que todo se mueve, quizá depare al anarquismo aquello que no le proporcionó el XX.

El futuro lo estamos escribiendo en el presente, pero el pasado aún está por reescribir, en especial el pasado de las clases subalternas, por mucho que las glorias pretéritas de los de arriba queden manchada con dicha  “relectura”, glorias que, sospechamos, se reducen a la sangre, la explotación y el dolor de muchos. De ello nos habló mucho Gramsci y creo que los explotados (el sentido común de los explotados) nunca creyó en demasía los libros de historia.

Luego, en la cárcel, aquellos cuadernos sirvieron para mantener a Gramsci en pie de lucha, para evitar su muerte moral y humana, ya que la física la había decretado inevitablemente el gobierno fascista. Como le recordó una vez el médico de una de la cárcel, él no estaba allí precisamente para curarle. Una mente prodigiosa en un cuerpo que se deshacía rápida e inexorablemente. En este texto, a los cuadernos de la cárcel los llamaremos los cuadernos de la libertad, retomando la expresión de Coutiño, porque hay cárceles que dan libertad y  riquezas que llevan a la esclavitud.

Hasta 1956, en que se dejó hablar desde los partidos comunistas con cierta libertad, poco se habló de Gramsci, salvo de su martirio. Su pensamiento no fue muy estudiado. Sin embargo fue, junto con Trotsky y Lukács, el más destacado pensador de la Tercera Internacional no momificada. Precisamente a su entrada en la cárcel, el proceso de osificación de la misma, que ya atisbó Gramsci, se estaba iniciando.

Después de 1956, la lectura de sus Cuadernos se prestó a todo tipo de lecturas, aunque hay que reconocer, que salvo en Latinoamérica, como también se desprende de los escritos de Néstor Kohan, no fue normalmente Gramsci leído en clave revolucionaria, como se ha podido hacer de Trotsky, del Lukács de “Historia y consciencia de clase” o incluso de Althusser pese a su teoricismo.

Puede decirse que en España la obra gramsciana tuvo como introductor un pensador de primera magnitud: Manuel Sacristán Luzón. Un gigante del pensamiento que tuvo que pasar, si no por la cárcel, sí por las privaciones, las miserias y los sufrimientos que fue la vida del pensador sardo.

El escrito inacabado y póstumamente publicado (aunque escrito en 1967) “El orden y el tiempo” por Sacristán Luzón no pudo ser continuado, como tantos escritos en la vida de Sacristán, no tanto por las urgencias del momento, sino, como algunas vez se ha comentado, porque las circunstancias de la vida, tan parejas en 1967 a las que sufrió Gramsci (la enfermedad, la miseria, la desorientación del movimiento obrero) hicieron imposible escribir su libro sobre Gramsci.

No escribió tampoco Sacristán la introducción a su Antología y traducción de la obra de Gramsci publicada por siglo XXI y con la cual introduce a Gramsci en la cultura intelectual de izquierdas en España. Sólo la cercanía de la muerte, permitió a Sacristán escribir con tranquilidad esa obra magistral que constituye su prólogo al “El undécimo cuaderno de Gramsci en la cárcel”, prólogo escrito pocos meses antes de su muerte. Nadie mejor que Francisco Fernández Buey expresó por qué no pudo culminar Sacristán Luzón su estudio sobre Gramsci:

“Lo que obligó a Sacristán a aplazar la investigación en curso fue el sufrimiento que le produjo el estudio detallado de la vida y de la obra de Gramsci en unas fechas muy difíciles para el movimiento comunista (eran los meses que siguieron al doble aldabonazo del 68: París y Praga), y aún más en un país como el nuestro en el que, al estar el movimiento comunista prohibido por la dictadura franquista, ni siquiera era posible la discusión abierta, entre amigos naturales, de lo que estaba ocurriendo. La comprensión empática de la tragedia del comunista Gramsci en las cárceles del fascismo mussoliniano, el desacuerdo con la actitud del partido comunista francés durante los hechos de mayo, la repulsión provocada por la intervención de los tanques soviéticos en Praga y la contradictoria situación de un comunismo español crítico de la invasión de Checoslovaquia pero casi obligado al silencio por la clandestinidad son, sin duda, factores que justifican suficientemente un proceso depresivo en personas sensibles con convicciones morales. La sensibilidad moral de Sacristán, su identificación profunda con la tragedia personal de aquel hombre, al que también el mundo se le fue haciendo grande y terrible, pudo más que la capacidad de concentración intelectual  (Francisco Fernández Buey: Gramscimanía, 30 de julio de 2010)

Antes que él, quizá a partir de alguna conversación mantenida con Fernández Buey, también lo ha comentado Salvador López Arnal en términos similares).

Es sabido como en los setenta se utilizó la obra y algunos conceptos de Gramsci para justificar el paso pacífico al socialismo a partir del capitalismo, a través de elecciones, en la táctica conocida como eurocomunismo, táctica por cierta tan antigua como Bernstein y el socialrreformismo, pero que en aquellos años se presentaba como la última novedad teórica del pensamiento “revolucionario”.

Bastaba al parecer con formar un bloque histórico entre ciertas las clases populares y ciertas burguesías nacionales (ya se sabe, el mito de la burguesía mala y la burguesía buena, que últimamente han puesto de moda Vicenç Navarro y otros, el buen capitalismo keynesiano y el mal capitalismo neoliberal,…) y alcanzar la hegemonía cultural para tener el socialismo a la vuelta de la esquina. Se pensaba en los 70 por algunos que el capitalismo realmente existente, la burguesía financiera-terrateniente en España, el ejército franquista, el imperialismo yanqui,…se desharía como hielo en el agua con un buen bloque histórico y la hegemonía cultural. Desde New York, Santiago Carrillo nos dijo que el leninismo no tenía mucho futuro y nos anunciaba las bondades del eurocomunismo (al que incluso dedicaría un libro aquel ínclito intelectual y dirigente del PCE), así como años después, en una entrevista que conservo en la memoria, llegó a decir que no creía que cuando Marx hablaba del comunismo estuviera pensando en echar a la reina Victoria de Inglaterra. De esta forma para Carrillo, el comunismo no estaba reñido ni con la monarquía ni con el juancarlismo. En una España sociabilizada y socialista, no estaría de más la corona borbónica paseando ad aeternum por el solar ibérico.

En fin el eurocomunismo murió, como parece que hoy está muerta la socialdemocracia. Sin embargo, parece que Marx y Gramsci siguen tan vivo como siempre, y del último hasta podemos sacar –por ello es un clásico, esto es, alguien de quien siempre podemos extraer enseñanzas, porque ha calado en los esenciales de la historia, la sociedad y el ser humanos- bastantes cosas en estos años de crisis, desazón e incertidumbre. Lógicamente enseñanzas del único Gramsci que existe: el comunista revolucionario. La  malhadada experiencia eurocomunista podemos despacharla con la actitud de Manuel Sacristán cuando en 1977, se hizo corriente en España convertir a Gramsci como el padre del "eurocomunismo". El filósofo español, sorprendido ante este hecho, reivindicó el derecho de Gramsci a no ser manipulado por ningún sectarismo partidista. También Vázquez Montalbán manifestó su pesar por el hecho de que un pensador que había entregado su vida por la revolución, llegará a ser transformado por un grupo de impresentables (los calificativos son míos al no disponer en estos momentos de la cita directa) en un vulgar reformista de batín y chancleta. En unas breves frases, dentro de un magnífico estudio sobre el eurocomunismo, Manuel Sacristán resume los básico del mismo:

“El “eurocomunismo” como estrategia socialista es la insulsa utopía de una clase dominante dispuesta a abdicar graciosamente y una clase ascendente capaz de cambiar las relaciones de producción (empezando por las de propiedad) sin ejercer coacción. Para creerse semejante utopía es necesario haber perdido la idea de lo que es una clase amenazada de expropiación por la clase a la que ella domina y explota actualmente”.  

La burguesía en las etapas de crisis dispone de todo un arsenal para que su hegemonía se imponga; si esta no se alcanza, recurrirá a la fuerza bruta: al fascismo, en los años 20 y 30 de siglo pasado, a no sabemos qué en los tiempos que corren. En realidad Gramsci, en contra de la opinión generalizada, no elaboró una teoría para la conquista del poder en los países desarrollados. Para él era evidente que en los años 20 la revolución socialista en Italia era posible y si no se dio se debió básicamente a que en la lucha por la hegemonía, ni la consiguió el proletariado –cuyo múltiples movimientos sociales no lograron concretarse en un proyecto político que calara en la sociedad- ni la burguesía, que para salvar sus intereses económicos, decidió sacrificar los políticos. Aquí el surgimiento del fascismo. Se había producido una crisis del estado que sólo la violencia pudo superar.

Gramsci, en este punto, no estaba, ni mucho menos, rectificando a Lenin. Como Gramsci afirmó en repetidas ocasiones, el concepto de hegemonía es clave en la teoría leninista del poder y la revolución. Gramsci únicamente lo retoma. En sus cuadernos leemos: "El principio teórico-político de la hegemonía (...) es la mayor contribución teórica de V. Ilich a la filosofía de la praxis". Y también "Es posible afirmar que la característica esencial de la filosofía de la praxis más moderna (aquí nos está hablando de Lenin) consiste en el concepto histórico-político de hegemonía". Cuando Joan Tafalla y Joaquín Miras, en un reciente artículo, afirman que no es posible pensar ahora en un paso hacia el socialismo, porque la ideología transformadora no ha calado realmente en las masas y que hace falta un largo trabajo para que ello se produzca, parecen pensar que la hegemonía en Gramsci es algo que se produce únicamente antes del gran proceso transformador, cuando para Gramsci, profundo leninista, no podía dejar de pensar que precisamente para conservar el socialismo había que mantener la hegemonía: 
"La dictadura del Proletariado es una lucha tenaz, cruel y terrible, violenta y pacífica, militar, económica, pedagógica y administrativa, contra las fuerzas tradicionalistas de la vieja sociedad", "Bajo la Dictadura del Proletariado, será preciso reeducar a millones de campesinos y pequeños propietarios, intelectuales burgueses, subordinando a todos a la dirección del proletariado" (Lenin).
De Joan Tafalla y Joaquín Miras se podría decir el pesimista juicio de Kautsky sobre la revolución rusa  en 1921: mucha sangre, lágrimas y ruinas, escribe, habrían sido ahorrados “si los bolcheviques hubieran poseído el sentido menchevique de la autolimitación a lo que es accesible, sentido en el que se revela la maestría de alguien”. La fórmula es simple, frente a un partido combativo,  Kautsky prefiere al partido pedagogo, educador, que marca la marcha y el ritmo históricos.

Un pesimismo parecido muestra últimamente Santiago Alba Rico sobre la posibilidad de crear conciencia de clase y hegemonía en los países occidentales por la desaparición de las grandes empresas tayloristas, que fue en donde, según él, pensaba Gramsci que se creaba la conciencia de clases a través del intercambio de experiencias, las luchas comunes, la vida compartida, la camaradería,…: “La fábrica ya no es un espacio dónde una va a construir su proyecto vital. Antes, incluso si uno no tenía conciencia política, la fábrica formaba parte en cualquier caso de un proyecto vital que te permitía, yo qué sé, casarte, tener hijos, etc. Y al mismo tiempo, evidentemente, era el lugar dónde uno se politizaba; la educación sentimental, la educación política del sujeto se producía en el puesto de trabajo”. (S. Alba Rico, en Rebelión).

Sin embargo al negativismo de Alba de pensar que se ha hecho imposible la creación de voluntad revolucionaria en occidente porque se ha perdido la cultura popular, la unidad de la fábrica como ambiente de influencia y de conciencia que diría Gramsci, este vería con claridad como hay mil y una formas de crear conciencia y así, hoy día,  no se encontraría en el fondo de una trinchera, sino en la lucha contra los desahucios, de la sanidad, el fin de la educación pública, la unión en las asociaciones creadas por el 15-M, la clarividencia de Anguita y del Frente Cívico, los nuevos espacios que crean la calle y que tanto teme la derecha.  Hoy día la lucha por la conciencia es la lucha por la conquista de la calle. La conquista de la calle será la conquista concienciadora y político, como  lo fue en Bolivia, en Venezuela, en Argentina unos meses, en España un año,... Concienciar  y revolucionar. Si se olvida uno de los polos, no se consigue ninguno.

Tenemos una clase obrera que lucha de manera dispersa, no cohesionada, que se desespera al ver que lucha en miles de frentes y que, apenas abandona uno, surge otro. Los últimos años nos han enseñado esta dura lección. Nos falta la unidad de las mareas que surgen en nuestro país, un proyecto de poder que una a los movimientos dispersos, y que despierte la ilusión de que podemos cambiar la actual estructura socioeconómica, podrida a ojos vista, pero que no sabemos cómo demoler. A la clase obrera y al conjunto de la población que sufre el ataque del neoliberalismo no le falta conciencia, sabe perfectamente lo que sucede, pero la conciencia sola no produce el levantamiento colectivo, sino, a lo más, conocimiento.

Parafraseando a Gramsci,  frente a ello, no está de más el pesimismo en la conciencia, y el optimismo de la voluntad. Vivimos la crisis del estado y de toda la estructura socioeconómica que hasta ahora lo sostenía. Del otro lado, en palabras de Manuel Navarrete por España entera hemos visto movilizarse y crecer “las protestas contra los desahucios, la certeza de que, ante el banco, la policía y el juez, es posible que vecinos, que casi no se conocen a pesar de vivir en la misma calle o barrio, se puedan oponer y se opongan a los designios del poder. La consecución de un millón y medio de firmas para conseguir la dación en pago ha sido la demostración más palpable de que, efectivamente, si se quiere, se puede. Se trata de una creación popular cuya importancia no podemos ni queremos desmerecer”. O todo este conjunto de actuaciones se concretan en una lucha frontal contra el estado o tal vez, como tantas veces, acabaran en el pudridero de la historia.

Desde la Ilustración tenemos la idea de la historia y del tiempo como un progreso continuo, fruto del cual, al final, nos llegará el paraíso socialista. El tiempo jugaría a nuestro favor, pero la historia ha mostrado que el tiempo es discontinuo, que existen la crisis, los retrocesos, los momentos desaprovechados, los levantamientos que aparecen sin que se hubieran sospechado. Como diría Walter Benjamin en una de sus famosas Tesis sobre la Historia 
“El conformismo, que desde el principio ha estado como en su casa en la socialdemocracia, no se apega sólo a su táctica política, sino además a sus concepciones económicas. El es una de las causas del derrumbamiento ulterior. Nada ha corrompido tanto a los obreros alemanes como la opinión de que están nadando con la corriente”.
No hay ninguna corriente que nos lleve al paraíso. Los momentos de crisis, de discontinuidad, las acciones transformadoras y revolucionarias rompen el tiempo homogéneo y permiten abrir una brecha en lo existente. Desaprovechar el momento presente porque todavía la ideología no ha calado lo suficiente en el pueblo, es sembrar la amargura y la derrota en los que están sufriendo lo indecible en este momento. No sabemos si es el momento del “ya” o estamos en un por ahora, eso sólo nos lo puede traer la actuación consecuente en el momento concreto que vivimos y que no podemos desaprovechar.

Un poco de valor en el momento adecuado, como diría Freud –al contrario que Kautsky- cuántos dolores innecesarios hubiera evitado. Avanzar con la espada en alto, porque nunca se sabe cuándo es el momento. Tal vez ya hemos desperdiciado demasiados. Si un proceso de cambio serio sólo se pudiera dar cuando toda la sociedad estuviera preparada para ello, todo proceso revolucionario sería innecesario.

Precisamente el largo trabajo de preparación fue, al mismo tiempo,  para la II internacional, el de la  burocratización, cuando todo se apuesta al camino y se olvidan los fines. 

Si para iniciar un  proyecto alternativo de sociedad, éste debe estar ya formado en la cabeza de decenas de millones de personas, mucho antes de que esto se produzca es más probable que en lugar del momento transformador nos encontremos con un general con la bota sobre nuestra nuca.

Tafalla y Miras comentan que los fracasos de 1868, 1931 y 1975 se debieron a la falta de calado del proyecto emancipador entre las masas. ¿No sería más bien la causa que los cabildeos políticos entorpecieron y acabaron por desgastar los movimientos populares? Es justo que  Tafalla y Miras se asqueen ante los cabildeos de la transición, pero parece que ahora han doblado el bastón hacia el otro lado. El pueblo trabaja, se cansa, busca salidas y caminos que sólo pueden tener una traducción política, de poder,… Al soberano hay que ayudarlo a nacer y lógicamente, debe crear su partera, pero el camino para que el Soberano sea tal pasa inevitablemente por la revolución de lo existente, que transforma al hombre y limpia toda la porquería del pasado. Para acabar, unas líneas de aquella gran partidaria de la revolución prematura, Rosa Luxemburgo: Desde 1899 Rosa había insistido en el hecho de que los principios socialistas “se aprenden en los folletos y las conferencias tan poco como la natación en una sala de estudios”. El proletariado se forma “en la alta mar del combate”.