25/4/13

Palabras para los anarquistas / Cada clase al convertirse en dominante realiza su propia concepción anárquica

Antonio Gramsci
Traducción del italiano para Gramscimanía por Omar Montilla
  • Toda clase social determinada ha tenido siempre una concepción propia, la suya y no la de ninguna otra clase
  • Los anarquistas deberían ser más libres espiritualmente: es una premisa que no debe parecer excesiva a quien pretende querer libertad y nada más que libertad
Los anarquistas italianos son muy quisquillosos porque son muy presuntuosos: han sido persuadidos de que siempre han sido los depositarios de la verdad revolucionaria revelada […] De un tiempo a esta parte los anarquistas no hacen más que vanagloriarse satisfechos con la siguiente constatación: “¡Nosotros lo hemos dicho siempre! ¡Nosotros tenemos la razón!”, sin tener que hacerse la siguiente pregunta: ¿Por qué si tienen la razón la mayoría del proletariado italiano no los han seguido? […]


A esta pregunta, los anarquistas italianos podrían responder exhaustivamente solo después de haber realizado un gesto de humildad y de contrición: solo después de haber abandonado el punto de vista anarquista, el punto de vista de la verdad absoluta, y luego de haber reconocido de haberse equivocado cuando… tenían toda la razón. Responderán solo después de haber reconocido que la verdad absoluta no basta para arrastrar a las masas a la acción, para infundir entre las masas el espíritu revolucionario, sino que es necesaria una “verdad” determinada, después de haber reconocido que a los fines de la historia humana la “verdad” es solo aquella que se encarna en la acción, que insufla pasión e impulsos a la conciencia actual, que se traduce en movimientos profundos y en reales conquistas de parte de las masas mismas.

El anarquismo no es una concepción propia de la clase obrera y solo de la clase obrera: aquí se encuentra la razón del “triunfo” permanente de la “razón” permanente de los anarquistas. El anarquismo es la concepción elemental subversiva de cualquier clase oprimida y es la forma de difusión de la conciencia de toda clase dominante. Debido a que a cada opresión de clase sigue la formación de un Estado, el anarquismo es la concepción subversiva que coloca en el Estado en sí y para sí la consecuencia de todas las miserias de las clases oprimidas. Cada clase al convertirse en dominante realiza su propia concepción anárquica, porque ha realizado su propia libertad. El burgués era anarquista antes de que su clase conquistase el poder político e impusiese a la sociedad el régimen estatal idóneo para instalar el modo de producción capitalista. El burgués continúa siendo anarquista después de su revolución, porque las leyes de su Estado no lo obligan, son sus leyes; y el burgués dirá que puede vivir sin ley, dirá que puede vivir con entera libertad. El burgués se convertirá nuevamente en anárquico después del triunfo de la revolución proletaria: entonces se dará cuenta nuevamente de la existencia de un Estado, de la existencia de leyes extrañas a su voluntad, hostiles a sus intereses, a sus hábitos, a su libertad, y se encontrará con que el Estado es sinónimo de constricción porque el Estado obrero conculcará a la clase burguesa la libertad de explotar al proletariado, porque el Estado obrero será el guardián de un nuevo modo de producción, que desarrollándose será capaz de destruir toda forma de propiedad capitalista y toda posibilidad de que pueda renacer.

Sin embargo, la concepción propia de la burguesía no ha sido el anarquismo, ha sido la doctrina liberal, así como la concepción propia de la clase obrera no es anarquismo, sino el comunismo marxista. Toda clase social determinada ha tenido siempre una concepción propia, la suya y no la de ninguna otra clase: el anarquismo ha sido la concepción “marginal” de toda clase oprimida, el comunismo marxista es la concepción determinada de la clase obrera moderna y sólo de ella. Las tesis revolucionarias del marxismo se convierten en una cifra cabalística, si se piensa a lo externo del proletariado moderno y del modo de producción capitalista, del cual el proletariado moderno es la consecuencia. El proletariado no es enemigo del Estado en sí y para sí, como no lo es la burguesía en sí y para sí.

Los anarquistas italianos son muy quisquillosos porque son muy presuntuosos. Se alebrestan fácilmente frente a la crítica proletaria: prefieren ser adulados y lisonjeados como campeones de revolucionarismo y de coherencia teórica absoluta. Estamos persuadidos que para hacer la revolución en Italia es necesaria la colaboración entre socialistas y anarquistas, colaboración franca y leal de las dos fuerzas políticas, basada en problemas proletarios concretos. Pero creemos que es necesario que los anarquistas pongan bajo revisión sus criterios tácticos tradicionales, tal como lo ha hecho el Partido Socialista, y que justifiquen con argumentos actualizados, circunscritos en el tiempo y en el espacio, sus propias afirmaciones políticas. Los anarquistas deberían ser más libres espiritualmente: es una premisa que no debe parecer excesiva a quien pretende querer libertad y nada más que libertad.
L'Ordine Nuovo, 3-10 aprile 1920