7/4/13

Lo que Enrico Berlinguer no pudo lograr para Italia

Mattia Feltri
Traducción del italiano para Gramscimanía por Omar Montilla
  • A propósito del libro “Enrico Berlinguer: La passione non è finita”, a cargo de Miguel Gotor, Einaudi, Torino 2013, pp. XXXVIII 174
  • Les ofrecemos dos extraordinarios videos sobre los funerales de Berlinguer 
Italiano
Todavía estamos allí: atentos al intento obstinado de Enrico Berlinguer. Parece que, más que a una actualización de su pensamiento, nos remontaremos treinta o treinta cinco años atrás, si se leen integralmente todos los discursos y las entrevistas del último gran líder del Partido Comunista Italiano, seleccionados por Miguel Gotor para la editorial Einaudi. La tentativa obstinada, más que hablar de cuestiones morales, o de austeridad, o de compromiso histórico, que eran la piedra angular
del pensamiento político de Berlinguer, se trataba de encontrar un agujero que permitiera a los comunistas entrar en el gobierno. Se trataba de encontrar desesperadamente una versión moderna y democrática del socialismo soviético.

Algo que en parte nos recuerda el esfuerzo estéril de Mijaíl Gorbachov en la Unión Soviética poco después. Pero si, por ejemplo, partimos de la cuestión moral evidenciada en la célebre conversación con Eugenio Scalfari en 1981, allí se encuentra de todo –lo nota el mismo Gotor– excepto por una terrible acusación contra la corrupción, colocada como preludio apresurado. La cuestión moral residía más que nada “en el copamiento del Estado por parte de los partidos de gobierno”. Si los discípulos de Berlinguer hubieran leído mejor, seguramente la Segunda república habría tenido menos obsesivos justicieros y experimentos como aquellos de la ciudad de Siena con su banco, por decir algo, no se habrían producido. Del copamiento del Estado, Berlinguer parte para establecer la famosa “diversidad” casi antropológica de los comunistas (enojando a Giulio Natta [o quizás Alessandro: Giulio el químico había muerto en 1979] y a Giorgio Napolitano, y para encontrar la causa “primera y decisiva” de la desviación inmoral: “La discriminación contra nosotros”.

Son juicios que nos llegan cuando el “compromiso histórico” había fracasado. La Democracia Cristiana y el Partido Comunista no concluirían el camino del acercamiento al que Berlinguer se había referido ambiguamente en una entrevista a Giampaolo Pansa, en la cual (junio de 1976) cuando le dijo que se sentía “más seguro estando aquí”, es decir bajo el manto protector de la OTAN. Pero en el discurso que Berlinguer había pronunciado pocos meses antes (febrero de 1976) en el XXV Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) en Moscú, es mucho más cauteloso, y ni siquiera se refriere al asunto. No por vileza, se diría, sino por la complicación de confirmarse leninista o proponerse europeo, democrático, parlamentario. Sobre el asunto Scalfari se inquieta (en otra entrevista, en agosto de 1978). Le pregunta a Berlinguer en qué forma es leninista. Berlinguer se dedica a hablar largamente sobre la modernidad y la no modernidad de la Revolución de Octubre, de los soviets, sobre las nuevas relaciones entre las masas trabajadoras y populares, etc., etc. Finalmente Scalfari se rebela y le espeta: “Pero, en fin, ¿ustedes son leninistas o no lo son?” No es una curiosidad, especifica Scalfari, sino que la pregunta tiene un significado político. Berlinguer continúa a hablar abundantemente sin precisar una respuesta  clara. Entonces Scalfari no temió ser lapidatorio: “Entonces usted no reniega de Lenin…”. “Ma per carità!” [Pero, ¡por favor...!] respondió Berlinguer.

El terrible y loable tentativo de insertar al Partido Comunista Italiano (PCI) en un contexto histórico que estaba en otra parte, se encontraba con el alma de un hombre sumergido en una idea moribunda: es una lástima porque Berlinguer estaba obligado a dar un paso sin posibilidad alguna de éxito. Y que tal vez no podría, no sin lágrimas, hacerlo mucho más doloroso. La diferencia entre el PCI y el Partido Socialista, lo dice en aquellos años, estriba en que los socialistas no están “por la superación del capitalismo”. Después del golpe de Estado contra Salvador Allende en Chile, denuncia en los Estados Unidos “el espíritu de agresión” y “la tendencia a oprimir los pueblos”, posiciones que en cambio no ve en la Unión Soviética, decisivamente sostenedora de la maravillosa “Cuba socialista”. Es un artículo fundamental en la teoría del compromiso histórico, al cual Berlinguer aspira porque teme una alianza férrea entre los fascistas y los demócrata-cristianos, pero su opinión sobre la ‘tercera vía’ es toda una curva y un agujero, que se evidencia en cada renglón.

Las bellas páginas sobre la austeridad también se rebelan, como una lúcida e intempestiva arremetida contra el consumismo (“la ilusión de que es posible perpetuar un tipo de desarrollo basado en la expansión artificial de los consumos individuales”), “ídolos capitalistas: el individualismo exasperado, el hedonismo, la búsqueda del dinero fácil, abundante e inmediato; escaparse de las responsabilidades y la búsqueda de un trabajo fácil y de poco riesgo; la envidia del poder; la preocupación por alcanzar un status social de éxito…”). Lamentablemente las condiciones son, una vez más, no para corregir al capitalismo, sino para derribarlo. La austeridad salvará a la economía y establecerá una “nueva moralidad”. No fue suficiente que Norberto Bobbio le hiciera notar la obviedad de que para muchos el consumismo coincidía con la esperanza. También esta vía –nada que ver con la del ex primer ministro italiano Mario Monti, sumergida en las finanzas– iría a chocar con la realidad. Lamentablemente los herederos de Berlinguer no sabrán aprovechar de nuevo los gigantescos esfuerzos que hizo para superar los errores: de Berlinguer harán un fetiche inmune a la crítica, de forma que a los postcomunistas como a los comunistas, solo les esperará la derrota.
Título original: “Quello che a Berlinguer non riuscì”