24/4/13

La acumulación del capital o lo que los epígonos han hecho de la teoría marxista / Una autocrítica

Rosa Luxemburgo

‘Habent sua fata libelli’: los libros tienen su estrella. Cuando escribía mi Acumulación, me asaltaba de cuando en cuando la idea de que acaso todos los partidarios, un poco teóricamente versados de la teoría marxista, dirían que lo que yo me esforzaba por exponer y demostrar tan conciezudamente en esta obra era una perogrullada; que, en realidad, nadie se había imaginado que la cosa fuese de otro modo y que la solución dada al problema era la única posible e imaginable. Pero no ha sido así.

Por la prensa socialdemócrata han desfilado toda una serie de críticos proclamando que la concepción en que descansa mi libro es falsa de medio a medio, que el problema planteado no existía ni tenía razón de ser, y que la autora había sido lastimosamente víctima de un puro equívoco. Más aún: la publicación de mi libro ha aparecido enlazada con episodios que hay que calificar, por lo menos, de desusados.

La "crítica" de La acumulación publicada en el Vorwärts del 16 de febrero de 1913 es, por su tono y su contenido, algo verdaderamente extraño, aun para lectores poco versados en la materia. Tanto más extraño cuanto que la obra criticada encierra un carácter puramente teórico, no polemiza contra ninguno de los marxistas vivos y se mantiene dentro de la más estricta objetividad. Pero por si esto no fuese bastante, se inició una especie de acción judicial contra cuantos se atrevieron a emitir una opinión favorable acerca del libro, acción en la que el citado órgano central en la prensa -en la cual no habría, además, ni dos redactores que hubiesen leído el libro- se distinguió por su fogoso celo. Y presenciábamos un acontecimiento sin precedente y bastante cómico, además: la redacción en pleno de un periódico político, se puso de pie para emitir un fallo colectivo acerca de una obra puramente teórica y consagrada a un problema no poco complicado de ciencia abstracta, negando toda competencia en materia de economía política a hombres como Franz Mehring y Karl Kautsky, para considerar como "entendidos" solamente a aquellos que echaban por tierra el libro.

Que yo recuerde, ninguna publicación de las del partido había disfrutado jamás de este trato desde que el partido existe, y no son maravillas, por cierto, todo lo que vienen publicando desde hace algunos años las editoriales socialdemócratas. Lo insólito de todo esto revela bien a las claras que mi obra ha tocado en lo vivo a ciertos sentimientos apasionados que no son precisamente la "ciencia pura". Pero para poder juzgar el asunto con conocimiento de causa, hay que conocer antes, por lo menos en sus líneas generales, la materia de que se trata.

¿Sobre qué versa este libro tan violentamente combatido? Para el público lector, la materia resulta un tanto árida por el aparato, puramente externo y accidental, de las fórmulas matemáticas que en el libro se emplean con cierta profusión. Estas fórmulas son el blanco principal en las críticas de mi libro, y algunos de los señores críticos se han lanzado, incluso, en su severidad, para darme una lección, a construir fórmulas matemáticas nuevas todavía más complicadas, cuya sola vista infunde pavor al ánimo del simple mortal. Como veremos más adelante, esta predilección de mis "censores" por los esquemas no es un puro azar, sino que está íntimamente ligada a su punto de vista en cuanto al fondo de la cuestión. Sin embargo, el problema de la acumulación es, de suyo, un problema de carácter puramente económico, social, no tiene nada que ver con las fórmulas matemáticas y puede exponerse y comprenderse perfectamente sin necesidad de ellas. Cuando Marx, en la sección de El capital en que estudia la reproducción del capital global de la sociedad, emplea esquemas matemáticos, como cien años antes de él lo hiciera Quesnay, el creador de la escuela fisiocrática y de la economía política como ciencia exacta, lo hacía simplemente para facilitar y aclarar la inteligencia de lo expuesto.

Con ello, tanto uno como otro trataban también de demostrar que los hechos de la vida económica dentro de la sociedad burguesa se hallan sujetos, a pesar de su superficie caótica y de hallarse regidos en apariencia por el capricho individual, a leyes tan exactas y rigurosas como los hechos de la naturaleza física. Ahora bien, como mis estudios sobre la acumulación descansaban en las investigaciones de Marx, a la par que se debatían críticamente con ellas, ya que Marx, por lo que se refiere especialmente al problema de la acumulación, no pasa de establecer algunos esquemas y se detiene en los umbrales de su análisis, era lógico que me detuviese a analizar los esquemas marxistas. Por dos razones: porque no iba a eliminarlos caprichosamente de la doctrina de Marx, y porque, además, me importaba precisamente poner de manifiesto la insuficiencia, para mí, de esta argumentación.


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