17/4/13

El Príncipe Moderno / El partido político en Gramsci – I & II

Antonio Olivé

El pensamiento político occidental, sus teorías y formas políticas están repletas de metáforas. Desde el Leviatán hobbesiano, pasando por todos los consejeros de los príncipes con sus enseñas, emblemas y demás enseñanzas –Saavedra Fajardo, Baltasar Gracián…-, lo cierto es que siempre ha existido la necesidad de explicar más allá de las palabras, con imágenes y representaciones varias. También el marxismo. Y de entre éstos, Gramsci -obligado por la censura fascista- se ha destacado en el uso de metáforas.

Y he aquí que “gozando” del tiempo de reclusión en la cárcel de Turi de Bari, entre 1927 y 1928, Gramsci leerá a Maquiavelo y esta lectura le proporcionará la inspiración que necesitaba para trabajar en la interpretación de la obra del padre de la política moderna.

El repaso de las principales obras de Maquiavelo y la discusión de las interpretaciones históricas del mismo le darán, a continuación, una clave para aproximar historiografía y teoría política. La reinterpretación de la obra de Maquiavelo, en diálogo con Benedetto Croce y otros autores italianos, discutiendo con ellos lo que históricamente ha pasado por ser “maquiavelismo”, sugirió a Gramsci una hipótesis para la relectura de la obra de Marxy de lo que han sido los marxismos. De todo ello acabó brotando una metáfora consistente para la teoría política normativa, la del “príncipe moderno”.

Fascímil del primero de los 'Cuadernos de la Cárcel'
 de Antonio Gramsci
Si atendemos a las indicaciones de Fernández Buey, “lo esencial para estudiar la teoría política gramsciana está en los cuadernos 8 (donde inaugura un nuevo epígrafe con el título de “El príncipe moderno” y declara la intención de incluir en él todas las notas y apuntes de ciencia política), 13 (sobre la política de Maquiavelo); 14 (una parte del cual contiene más notas sobre Maquiavelo), 15 (que incluye notas varias de historia y teoría política dentro del rótulo “Pasado y presente”), y 18 (en el que escribe o rescribe más notas sobre Maquiavelo)” [i].

Gramsci considera El Príncipe de Maquiavelo (escrito en 1513, aunque publicado en 1532) como un libro vivo (no un tratado), en el que ideología política y ciencia política se funden en la forma dramática del “mito”. Esta consideración remite al mito en la acepción de Sorel [Q.8, 95; Q.13, 1535]. Para Gramsci (como para Sorel) la posibilidad de transformar un pensamiento sobre la política en acción política devenía en la capacidad de constituir una ideología-mito, 
“… una ideología política -escribe Gramsci- que no se presenta como fría utopía, ni como una argumentación doctrinaria, sino como la creación de una fantasía concreta que actúa sobre un pueblo disperso y pulverizado para suscitar y organizar su voluntad colectiva…” (p. 1556).
Gramsci señala que el príncipe a quien Maquiavelo le escribe sus consejos es un príncipe inexistente, no se trata de una realidad histórica sino una abstracción doctrinaria, “el símbolo del Jefe, del condottiero ideal” que quiere organizar la voluntad colectiva de un pueblo disperso y pulverizado y conducirlo a la fundación de un nuevo Estado. Ahora bien ¿cuál es el “príncipe” para quien escribe Gramsci? El príncipe moderno para Gramsci no es otro que el partido político, órgano nuclear de la política moderna

“…El Moderno Príncipe… no puede ser una persona real, un individuo concreto, sólo puede ser una organización, un elemento de la sociedad en su conjunto, donde ya se ha iniciado la concreción de una voluntad colecti­va reconocida y afirmada parcialmente en la acción. Esta organización está dada por el desarrollo histórico, y es el partido político, la primera célula donde se resumen los gérmenes de voluntad colectiva que tienden a llegar a ser universales y totales”.

¿Qué le interesa a Gramsci de El Príncipe? Hay dos aspectos que apasionan a Gramsci en su relación con Maquiavelo: “La formación de una voluntad colectiva nacional popular, que de la que el `Moderno Príncipe’ es a la vez organizador y expresión activa y actuante, y la reforma intelectual y moral”.

Esa idea de fundación de un nuevo Estado es la que Gramsci recoge de las prescripciones de Maquiavelo. La explicación del fracaso en la constitución del Estado nacional italiano por lo que califica como el “carácter cosmopolita de los intelectuales” y por la función universal (y, por tanto, no nacional) que el papado va a cumplir en ese proceso histórico. Así lo señala en los Quaderni:

“… Las razones de los sucesivos fracasos de crear una voluntad colectiva nacional-popular hay que buscarlas en la existencia de determinados grupos sociales que se forman con la disolución de la burguesía comunal, en el carácter particular de otros grupos que reflejan la función internacional de Italia como sede de la Iglesia y depositaria del Sacro Imperio Romano. Esta función y la posición consiguiente determinan una situación interna que puede denominarse económica-corporativa, es decir, políticamente, la peor de las formas de sociedad feudal, la forma menos progresiva y más estancada. Faltó siempre y no podía constituirse una fuerza jacobina eficiente, precisamente la fuerza que en otras naciones ha suscitado y organizado la voluntad colectiva nacional-popular fundando los Estados modernos…” (p. 1559).[i]

En Maquiavelo, el “Príncipe” busca conducir al pueblo para formar a un nue­vo Estado, y en la época moderna está representado por el o los partidos de la clase obrera, que en un proceso ideológico y político superan su carácter de parte – como lo hace el mismo Maquiavelo – para fundirse con el pueblo-nación y transformarse en voluntad colectiva y por lo tanto en hegemonía. El “Príncipe Moderno” es un partido que busca crear un nuevo Estado, y que en esta lucha crea los instrumentos culturales e ideo­lógicos que permiten difundir a la clase revolucionaria en tanto clase hege­mónica con el pueblo-nación.

Pero, en las condiciones modernas, ¿cuál debería ser el carácter del príncipe? Responder a esa pregunta significa para Gramsci rehabilitar para su presente las preocupaciones de Maquiavelo y adaptarlas a otra realidad. El Príncipe moderno ya no puede ser una persona concreta sino un elemento de una sociedad compleja en el cual comience a concretarse una voluntad colectiva.

La función del partido político, del Príncipe moderno, será entonces la de germen de una nueva voluntad colectiva nacional-popular, además de organizador de una reforma intelectual y moral capaz de generar una nueva concepción del mundo. En ese sentido, el antecedente de Maquiavelo es para Gramsci decisivo: tanto El Príncipe como personaje, cuanto los jacobinos de siglos después (su “encarnación categórica”) intentaron expresar ambas dimensiones aunque fracasaron en su tiempo. 
“… Es imposible -escribe- cualquier formación de voluntad colectiva nacional-popular si las grandes masas de campesinos cultivadores no irrumpen simultáneamente en la vida política. Esto es lo que intentaba lograr Maquiavelo a través de la reforma de la milicia; esto es lo que hicieron los jacobinos en la Revolución Francesa…” (p. 1559).
En la inspiración de Maquiavelo sobre Gramsci quedan dos líneas significativas. Una, la que se refiere a la “doble perspectiva” en la acción política “correspondiente a la doble naturaleza del Centauro maquiavélico, de la bestia y del hombre, de la fuerza y del consenso, de la autoridad y de la hegemonía, de la violencia y de la civilización, del momento individual y del universal (de la Iglesia y del Estado) de la agitación y de la propaganda, de la táctica y de la estrategia…” (Gramsci, 1975: p. 1576). No es difícil advertir hasta qué punto esta proposición es utilizada por Gramsci para fundar la relación entre violencia y consenso que construye la hegemonía, una de las claves de su discurso complejo sobre la política.

La otra línea de Maquiavelo que vuelve en Gramsci es la que tematiza sobre el “realismo excesivo” en política que conduce a interesarse no por el deber ser sino por el  ser, un error que conduce a considerar a Guicciardini, un contemporáneo de Maquiavelo, como el “político verdadero”. El dilema obliga a distinguir entre el diplomático y el político. El primero se mueve en la “realidad efectiva” porque su actividad no tiende a generar nuevos equilibrios sino a conservarlos. El segundo, representado por Maquiavelo, quiere, por definición, crear nuevas relaciones de fuerza y por tanto debe ocuparse del “deber ser”. Pero en la visión gramsciana la cuestión no debería ser planteada en esos términos antagónicos: de lo que se trata es de analizar si el “deber ser” es un acto arbitrario o un acto necesario.

Lo nacional-popular

Es sabido que en la articulación del pensamiento gramsciano la categoría de nacional-popular juega un papel central y que lo cumple hasta tal medida, que ella podría ser considerada como un punto de cruce en el que confluyen muchos de sus conceptos fundamentales, como el de hegemonía.

En los apuntes trazados en los Quaderni, la categoría aparece directamente relacionada con su percepción acerca de la forma desarticulada que asumiera el desarrollo histórico italiano, una de cuyas manifestaciones seria la «función  cosmopolita» cumplida por los intelectuales a partir de la ausencia de un proceso colectivo de «reforma intelectual y moral», capaz de superar el divorcio secular entre élites y pueblo-nación.

¿Cómo aparece el término nacional-popular en Gramsci? Se lo encuentra en sus apuntes desde la prisión, como parte de esa vasta reflexión sobre Italia, que sólo puede desplegar parcialmente, con la que buscaba explicarse el por que del fascismo como forma perversa de apropiación de «lo nacional».

En tanto calificativo, la expresión alude en Gramsci a dos dimensiones: a las tradiciones culturales (en especial la literatura) y a aquello, no siempre precisamente definido, que en sus notas sobre Maquiavelo llama la «voluntad colectiva» y que irrumpe en sus textos vinculada críticamente a la definición soreliana del «mito».

Tanto las formas culturales cuanto la voluntad colectiva nacional-popular (y ambas están estrechamente unidas) se deslindan de dos extremos que Gramsci rechaza: el cosmopolitismo uno y el particularismo o nacionalismo, otro. En el caso de la  literatura, por ejemplo, lo «nacional-popular» equivale y no es paradoja, a lo «universal»; cuando debe dar ejemplos no piensa en las formas llamadas espontáneas de la cultura local, sino en los trágicos griegos y en Shakespeare.

En verdad el núcleo del concepto gramsciano se ubica en el interior de uno de los planos teóricamente más polémicos del socialismo: en el de las relaciones entre intelectuales y pueblo. En un fragmento en el que comenta el hecho de que, en algunas lenguas, «nacional» y «popular» aparecen como sinónimos (notablemente en francés, en donde es imposible diferenciar soberanía nacional de soberanía popular), agrega: «En Italia el término nacional tiene un significado muy restringido ideológicamente y en ningún caso coincide con popular, porque en este país los intelectuales están alejados del pueblo, es decir de la nación, y en cambio se encuentran ligados a una tradición de casta que no ha sido rota nunca por un fuerte movimiento político nacional-popular desde abajo»

La traducción política de esa clave interpretativa para la historia italiana remite a un problema metodológico y teórico más general: el de las condiciones para un proceso de transformación social en situaciones de capitalismo atrasado en las que las unificación nacional ha sido tardía e incompleta y la constitución del estado liberal de derecho ha sido producto de una revolución desde arriba, es decir, no de una voluntad revolucionaria o reformista organizada desde abajo, sino de un proceso transformista.

Lo que Gramsci va a proponer como proceso de construcción de una «voluntad colectiva nacional-popular», es la necesidad de ese nexo entre una cultura moderna, laica y científica y los núcleos de «buen sentido» que se alojan en la contradictoria cultura popular.

Esta asociación entre una masa que, para organizarse y distinguirse, necesita de la intermediación de los intelectuales, específica a su concepto de hegemonía como un proceso de constitución de los sujetos sociales. Las reflexiones sobre la hegemonía no hacen más que coronar su discurso sobre lo nacional-popular como categoría fundante de la posibilidad de cambio histórico.

En sus «Apuntes sobre la política de Maquiavelo» esta relación es clara. En efecto, lo valioso de El Príncipe sería que en el, como mito, como forma dramática se sintetiza el proceso de formación de una voluntad colectiva, como «fantasía concreta que actúa sobre un pueblo disperso y pulverizado». La capacidad constructiva de esa forma mito se halla en que es capaz de expresar el elemento intelectual de modo que pueda confundirse con el elemento pueblo. Es sabido que la transposición moderna del mito de El Príncipe es, para Gramsci, la organización política socialista, único sujeto capaz de crear o al menos de coordinar una voluntad colectiva como protagonista de un efectivo drama histórico.

Esa voluntad colectiva expresa lo nacional-popular, el proceso de constitución de las clases económicas en sujetos de acción histórica. Para que éste ocurra deben aparecer algunas condiciones sociales y culturales. No siempre las clases fundamentales logran la capacidad práctica e ideal de trascender el horizonte de la actividad económico-corporativa; esto es, de devenir grupos hegemónicos, de agrupar alrededor de si una voluntad colectiva nacional-popular.

Gramsci utiliza como ejemplo el caso italiano. Allí no se ha dado históricamente la creación de una voluntad colectiva nacional-popular y ello debe ser atribuido a diversos factores: las características de la disolución de la burguesía comunal, el carácter de los grupos que reflejan la posición cosmopolita de Italia como sede de la catolicidad, etc. Ello contribuyó a la inexistencia de una fuerza jacobina capaz de disgregar a los elementos parasitarios que anidan en la aristocracia rural y de asociarse con los sectores urbanos industriales y con la gran masa de campesinos. Sus clásicos análisis sobre II Risorgimento ilustran sobre esta hipótesis acerca de las causas del fracaso en la construcción de una voluntad nacional-popular en Italia. Esta invocación al jacobinismo condensa la función movilizadora que debe asumir el «moderno Príncipe» que, para cumplir con sus objetivos de organizador principal de la hegemonía debe ser el abanderado de una «reforma intelectual y moral» como terreno necesario para que se despliegue allí la voluntad colectiva nacionalpopular. Ambas funciones – reforma cultural y organización de lo nacional-popular califican el papel eminente reservado al partido político en la perspectiva analítica de los Quaderni.

Parece claro que – más allá de la utilización de un lenguaje plantado en una tradición cultural diferente – estas hipótesis no se colocan en un espacio teórico demasiado diferente al configurado por Lenin. El tema del fracaso de lo nacional-popular en los procesos transformistas del desarrollo burgués y la postulación de la capacidad potencial del socialismo para recomponer esa unidad, ubica a Gramsci en la continuidad de la visión leniniana, entendida ésta como una alternativa para plantear los nexos entre democracia y socialismo a través de una definición del carácter popular de la revolución del proletariado.

Especificando el problema un poco más, diría que en este nudo de la recomposición de lo nacional y lo popular a través de la creación de una voluntad colectiva capaz de expresar la dirección política del proletariado sobre el resto de las clases subalternas, podría encontrarse la mejor formulación teórica e histórica realizada en la época, de las propuestas estratégicas formuladas, por influencia directa de Lenin, en el III y IV congresos de la Internacional Comunista. Gramsci se mantendrá permanentemente fiel a esas líneas y es evidente que su ocaso político a fines de la década del 20 así como el acento crítico que se trasluce en los Quaderni, tiene que ver con el abandono por parte de la Komintern, en el V y VI congresos, de las propuestas políticas trazadas en los últimos años de vida por Lenin y explicitadas con claridad en El extremismo, enfermedad infantil del comunismo. La influencia de los discursos que Lenin pronuncia en el III y en el IV congresos es transparente en las cartas de Gramsci a Togliatti, Terracini y otros dirigentes en 1926 y habrá de encontrar una primera expresión ideológica en ese auténtico prólogo a los Quaderni que son sus apuntes sobre Alcuni temi della questione meridionale redactados en las vísperas de su encarcelamiento. Quizás se encuentre en esa monografía, precisamente, el mejor acopio de sugerencias concretas, aplicadas al análisis de una situación particular, desarrollado por Gramsci en la perspectiva de la constitución de una nueva voluntad colectiva nacional-popular.

Notas

[i]“De la invención del príncipe moderno a la controversia sobre el príncipe posmoderno”, Francisco Fernández Buey.

II

Una vez visto qué son los intelectuales, sus clases, el papel que juegan en la sociedad hay que preguntarse ¿cuál organización de intelectuales más orgánicamente ligada a una clase social?, ¿qué tipo de organización de intelectuales es la más apta para dar a una clase social conciencia de su lugar y función en la sociedad?. Para Gramsci el partido es el organismo intelectual por excelencia, el que concreta más ampliamente el sentido de la noción de intelectual: el partido es el intelectual colectivo ­–en expresión de Togliatti-. Es la fuerza unificadora de la clase, el ámbito de formación del núcleo dirigente de la misma, y de desarrollo de espíritu innovador, de ataque práctico a la clase dirigente tradicional, a través de la elaboración de una conciencia de cuestionamiento activo a su dominación. El partido tiene la visión política general que no anida en organizaciones de finalidad económico-corporativa, como los sindicatos.

Para Gramsci la pertenencia a un partido político no está re­gulada por fenómenos de carácter pasional. Como bien indicaba Lukàcs en su Historia y conciencia de clase, el lugar que ocupa una clase social en el seno de una sociedad define una cierta función histórica de donde se deriva la posibilidad de una determinada concepción del mundo. El papel del partido es el de actualizar estas posibilidades, volver real lo que no existe más que en potencia más o menos desarrollada en el seno de la clase social.

Una clase, por definición, no puede ocupar posiciones diferentes en el seno de una estructura social. Su función histórica, delimitada por ese lugar, no puede ser múltiple. Así un solo partido exterioriza de manera completa esta función; la verdad teórica, diceGramsci, es que cada clase se expresa por un solo partido. Siendo éste el principio metodológico (cada partido es la expresión de una clase social), Gramsci procede a continuación, a dar cuenta de la multiplicidad de combinaciones existentes entre clases sociales y partidos:

“Puede observarse que en el mundo moderno, en muchos países, los partidos políticos orgánicos y fundamentales, por necesidades de la lucha o por otra causa, se han dividido en fracciones, cada una de las cuales toma el nombre de “partido” e incluso de partido independiente”.[1]

La relación entre partido y grupo social es vista por Gramsci no como una relación instrumental, de representación directa de intereses, sino como una actividad de construcción hegemónica, que construye alianzas en base a la búsqueda de “equilibrios” sociales:

“Cada partido es la expresión de un grupo social y nada más que de un solo grupo social. Sin embargo, en determinadas condiciones sociales, algunos partidos representan un solo grupo social en cuanto ejercen una función de equilibrio y de arbitraje entre los intereses del propio grupo y el de los demás grupos y procuran que el desarrollo del grupo representado se produzca con el consentimiento y con la ayuda de los grupos aliados, y en algunos casos con el de los grupos adversarios más hostiles.” [2]

En la línea permanente de Gramsci, de examinar el vínculo base-superestructuras en toda su complejidad, la relación partido-clase no es lineal, sino de doble vuelta. Si bien los partidos políticos no son sino la nomenclatura de las clases sociales, también es cierto que no son solamente una expresión mecánica y pasiva de las clases mismas, sino que reaccionan enérgicamente sobre ellas para desarrollarlas, extenderlas, universalizarlas.

Pero, Gramsci insiste, cualesquiera que sean las divergencias que oponen a los partidos que representan a las diferentes fracciones de una misma clase, estos partidos «independientes» están unificados por la defensa de los mismos intereses fundamentales y por la participación en una misma visión del mundo. También se hallan unificados por lo que Gramsci llama «el partido ideológico».

Así pues, Gramsci distingue entre el partido político, en sentido estricto, y el partido ideológico formado por el conjunto de las organizaciones intelectuales ligadas a algunas de las clases sociales sin estar por esto bajo la directa dependencia de un partido político particular:

Distinciones del concepto de partido: a) El partido como organización práctica (o tendencia práctica), es decir, como instrumento para la solución de un problema o de un grupo de problemas de la vida nacional o internacional (…). b) ) El partido como ideología general, superior a las diversas agrupaciones más inmediatas. [3]

Las grandes tareas del partido, las de alcance histórica son las de “la formación de una voluntad colectiva nacional-popular de la que el Moderno Príncipe es precisamente la expresión activa y operante y la reforma intelectual y moral [4], mientras que en las actividades cotidianas, el partido debe ser el representante y el guía de la clase obrera y, por mediación de éstas en el conjunto de las masas populares. Debe ser el instigador de la reforma moral e intelectual por la que las masas populares se aparten de la influencia ideológica de las clases dominantes para acceder a la forma de cultura superior. Debe ser el iniciador de la formación de una voluntad colectiva. El partido ejerce una función hegemónica sobre las masas populares en la medida que les dirige (formación de una voluntad colectiva), intelectual y moralmente (reforma moral e intelectual).

Su función es política por excelencia, es la dirección espiritual del Estado. En tanto intelectual orgánico, actúa como productor de consenso y por ende, en el plano de las conciencias individuales, para transformar su acción en el plano del colectivo, del grupo y de la clase social. En esta fase, el partido fusiona la dirección de la reforma intelectual y moral con las transformaciones económicas, con la eliminación de la plusvalía y de la acumulación capitalista.

A la cabeza de este proceso de universalización de los valores del prole­tariado como clase hegemónica se encuentra el “Moderno Príncipe”, es decir, el partido revolucionario, que en esta nueva era representa el papel del príncipe Maquiavelo en la lucha contra los intereses corporativos de la burguesía comunal y por la formación del Estado burgués. Este “Príncipe Moderno” es un partido que busca crear un nuevo Estado, y que en esta lucha crea los instrumentos culturales e ideo­lógicos que permiten difundir a la clase revolucionaria en tanto clase hege­mónica con el pueblo-nación. El “Moderno Príncipe”, el partido, es el instrumento de crítica consciente de la vieja sociedad, de su ideología y su moral, ligada a la negación de las relaciones económicas de explotación, y constructor de la nueva sociedad.

El problema consiste en conseguir un partido que integre a la vez al partido ideológico y al partido como organización práctica (los grandes intelectuales y los simples militantes), así como las diferentes tendencias de los distintos sectores de la clase obrera que pudieran cristalizar en fracciones. Para construir un partido de este tipo, hay que basarse en un carácter “monolítico” y no sobre cuestiones secundarias; por consiguiente debe observarse atentamente que exista homogeneidad entre dirigentes y dirigidos, entre los jefes y la masa. [5].

Gramsci distingue tres condiciones que permiten un grado de monolitismo:
Debe existir una homogeneidad ideológica que unifique las tres capas del partido (los dirigentes, los cuadros medios y los simples militantes).

El partido comunista es el partido de la clase obrera. Por consiguiente es necesario, no solamente que exprese las aspiraciones de esta clase, sino sobre todo que esté constituido por elementos del proletariado.
Es preciso, finalmente, que la estructura del partido una dentro de un solo bloque las diferentes capas que lo constituyen

La estructura del partido

Todo miembro del partido, inclusive el más oscuro militante, ejerce una función educativa y de organización: todo miembro del partido es un intelectual. Pero no todos los miembros de un partido trabajan al mismo nivel de responsabilidades. Gramsci distingue tres grupos fundamentales, en el seno del partido:

1. Los soldados son hombres comunes, medios, cuya participación está posibilitada por la disciplina y la fidelidad, y no por un espíritu creador y muy organizador[6]. Ellos son una fuerza en la medida en que hay alguien que los centralice, organice y discipline, pero si falta esta otra fuerza de cohesión, se dispersarán y se anularán en una pulverización impotente[7]. Sin ellos el partido no existiría[8].

2. Los capitanes constituyen el elemento principal de cohesión, que centraliza en el ámbito nacional, que da eficacia y potencia a un conjunto de fuerzas que, abandonadas a sí mismas, contarían cero o poco más; este elemento está dotado de una fuerza intensamente cohesiva, centralizadora y disciplinadora, y también, o incluso tal vez por eso, inventiva (si se entiende “inventiva” en cierta orientación, según ciertas líneas de fuerza, ciertas perspectivas, y también ciertas premisas)[9].

A estos capitanes Gramsci les denomina en otros lugares el estado mayor del partido. Elaboran la línea política del partido, apoyándose en la clase obrera, constituyen el centro dirigente del partido. El Comité central es el único centro dirigente del partido. Los derechos de la minoría son reconocidos en tanto que normalmente forman parte del Comité Central sin embargo, el “reconocimiento” de la minoría no puede inspirar medidas que llegasen a alcanzar la cohesión del partido o que limitasen el proceso de formación “orgánica” –y no “parlamentaria”- de su centro dirigente[10]

3. Los mandos intermedios forman un elemento medio que articule el primero con el segundo, los ponga en contacto no solamente “físico”, sino también moral e intelectual[11]. Tienen como misión equilibrar estos dos elementos poniéndolos en relación; deben transmitir a la cima las preocupaciones de la base y educar a ésta, a fin de que participe activamente en la orientación del partido.

En la concepción gramsciana, en el partido revolucionario hay tres mo­mentos que lo definen como tal: la unidad ideológica en torno a la filosofía de la práctica; la composición interna pero dominantemente proletaria en todos los niveles de organización, y la formación de un bloque que reúna los tres estratos en permanente movimiento y relación que él distingue en el partido, a saber bases, cuadros y dirigentes (o lo que es lo mismo,soldados, capitanes y mandos intermedios).

Gramsci, como decíamos al inicio, se vincula a la idea de Marx de que una clase social no puede lograr la conciencia de clase sino a través de su organiza­ción. Al respecto, Lenin señala: “ninguna clase en la historia ha conquis­tado el poder sin crear sus propios dirigentes políticos, sus propios repre­sentantes de vanguardia, capaces de organizar y dirigir el movimiento”.

Para Gramsci, los dirigentes políticos, los representantes de vanguardia de los que hablaLenin, son los intelectuales, pero no cualquier tipo de inte­lectual sino un intelectual orgánico de la clase obrera, que provisto de una cultura científica realiza una revolución teórico cultural, da conciencia de clase política al proletariado y le da a conocer su misión histórica, definien­do y realizando un bloque de alianzas políticas y sociales cuyo objetivo sea la conquista del Estado.

Así, Gramsci termina con una concepción restringida de los intelectuales, presente y difundida en Europa Occidental en los primeros diseños del siglo XX, otorgando al partido como tal y en particular al partido comu­nista el papel de intelectual orgánico, que debe conquistar el prestigio y la supremacía en el conjunto de la sociedad.

Notas

[1]Mach., pp. 20-21
[2] Notas sobre Maquiavelo, p. 44
[3] M. S., p. 172
[4] Cuadernos III, p. 228
[5] Mach., p. 28; O.C. p. 218 (La política…p. 94)
[6] Mach., p. 23; O.C. p. 211-212 (Antología, p.347)
[7] Mach., p. 24; O.C. p.212 (Id., pp. 347-348)
[8] Mach., p. 23-24; O.C. p. 212 (Id. id.)
[9] Mach., p. 24; O.C. p. 212 (Id., p.347)
[10] Per una lettera del compagno Ferragini, L’Unità, 1 ottobre 1925
[11] Mach, p. 24; O.C., p. 212 (Id., id.)
http://kmarx.wordpress.com