3/4/13

Ciudad, erotismo y poesía en ‘Los Cristales de la Noche’ de Carlos Noguera

Julio  Rafael Silva Sánchez
  • "Destaca su afán por aprehender la ciudad, esta vez a partir del rescate de la oralidad de sus habitantes. La voz narrativa se desliza mimetizándose en el diálogo de los personajes que recrean desde la barra del bar, el ámbito festivo del prostíbulo o la sala velatoria de la funeraria, el laberinto de concreto, polución y asfalto de la ciudad, vista y vivificada por el agudo ojo de un provinciano...": José Carlos De Nóbrega,  Derivando a Valencia a la deriva, Valencia, 2008
Especial para Gramscimanía
Carlos Noguera
Nos gustaría pensar que la frase anterior puede servirnos como aproximación contextual a la obra narrativa del escritor venezolano Carlos Noguera (Tinaquillo, estado Cojedes, 1943),  en un recorrido arbitrario, subjetivo y poético por las páginas de su quinta novela: Los cristales de la noche1 (publicada en la colección Alfaguara, de Santillana Ediciones, el año 2005),  obra en la cual el autor prolonga sus pulsiones, temas, ambientes y personajes desplegados en sus novelas anteriores, en una nueva metáfora de la realidad urbana y de la sexualidad del venezolano, a través de formas ficcionales que hurgan zonas oscuras de la psique y la conducta de sus actores. 
El autor nos entrega un discurso narrativo y una declaración poética que se mantienen como signo: poesía madura que abre la corola suprema de sus significaciones en la unidad integral de su estructura: toda llena de trascendencia y fecundidad. Ya el rompiente verdor cede paso a la maduración, como sombra vegetal y precisa. Como una abeja de persistente vuelo, la verdad vital ronda el corazón y la frente del poeta.

En esta novela, la palabra exorciza, domina y libera, creando un texto que repite todo lo sufrido, pero hace de ello un juego y una forma de dominio sobre la realidad. El texto, ahora, no es un síntoma (lo que irrumpe contra la voluntad del sujeto, una verdad de otra referencia que la del orden que se quiere construir), sino un signo voluntariamente emitido, provocado a voluntad, capaz de gravitar sobre la realidad, de crear lo inexistente, de sustituir en último término la realidad por la palabra. Presenciamos, entonces, una singular certeza: el objetivo palpable, sensible y gustable de un contacto humano apasionado, afectivo, sensual y comunicante: en una palabra: poético, expresando otra vez a la ciudad, con sus avatares y reencuentros.
            
Los procedimientos mediante los cuales el texto alcanza estas dimensiones, tienen por objeto la aproximación textual de los opuestos, el forzamiento y la comunión. Sus efectos, aquellos a través de los cuales el lenguaje acerca como en ruptura las realidades naturalmente alejadas en el contraste y la discontinuidad, se expresan (se continúan expresando) en esa extraña musicalidad, en esa frescura exultante del tono erótico.

Pensamos que esta novela de  Carlos Noguera es el continuum de toda su obra anterior (desde sus textos poéticos primigenios: Laberintos (1965) y Eros y Pallas (1967), hasta sus otras novelas: Historias de la calle Lincoln (1971), Inventando los días (1979), Juegos bajo la luna (1994), La flor escrita (2000) y Crónica de los fuegos celestes (2010): formulado en una armoniosa suma de estructuras en donde el testimonio, la confesión, el recuento, la poesía y el drama, son pliegues a través de los cuales se cuela la ficción, deudora de los saberes hechos de error y de nostalgia: escenarios múltiples que decretan el espacio poético de un frondoso bosque poblado de sentidos, cuyo relato es búsqueda y extravío, un recorrido ficcional y existencial que narra el trayecto de la imagen, del vértigo, de la locura, de la música, del cuerpo, de las desventuras y experiencias existenciales de singulares personajes: órbitas que fotografían la naturaleza incierta y poética de la cual nacen los deseos y voliciones. En esos espacios, la presencia pertinaz de la ciudad es el entorno preferido y la vivencia aceptada. Y, por supuesto, la actitud revolucionaria, enarbolada y militante.

En esta novela de Noguera denotamos, además de la acostumbrada sutileza psicológica y  el poder deslumbrante de las metáforas, la confección de un lenguaje que lo coloca muy lejos de la complacencia, la sumisión y la observancia de conductas esperables y aceptadas: es el continuo cuestionamiento al entorno social y político que le ha tocado vivir.  Como en otras páginas poéticas y narrativas, el autor se detiene a ratos en la reflexión crítica sobre el decurso político, sin olvidar jamás su condición de creador, de fabulador insigne. Páginas en las cuales se empina la vibración poética como un transitar espontáneo del lenguaje que se abre hacia la insinuación reflexiva, el dulce y desgarrado aliento erótico, la transparencia de objetos, ambientes y conductas. Subyace aquí una noble y ardorosa ternura a través de la cual el lenguaje es sometido a un persistente y agudo proceso de expresión vehemente, íntima, desbordada.  Aquí está, entonces, esa prodigiosa mixtura de erotismo, poesía y ciudad en ajustada síntesis, expresada en textos que trasponen la rutina lingüística, a través de giros de un excepcional poder expresivo: el lenguaje poético adquiere  las cualidades del juego; las palabras son símbolos dúctiles en traslación con profusos espejos en donde se refleja la realidad subjetiva. Todo ello provisto de una tensión arrolladora por descubrir lo numinoso, por develar lo que ocurre del lado de allá, por extinguir definitivamente las brumas (¿tal vez el enormísimo cronopio Julio Cortázar le sonríe cómplice y jubiloso desde su buhardilla definitiva?). Parece, entonces,  oportuna la expresión de Enrique Arenas (2007), en su aproximación a la poética de Alfredo Silva Estrada:
… Su poética juega y escenifica una dramática combinatoria desde el borde y la fisura, desde lo astral y lo literal imaginario, desde el acontecer, ser y devenir avanzando en retorno, inventando la fuente a lo que es perentorio regresar, ingresar. Su discurso articula y quiebra en sistemático desorden, en desarticulado ordenamiento la norma caótica y la avidez de sentido textualmente estructurado en ritmo y descalabro, oscilación y arraigo.2     
En esta novela de Noguera observamos, además, el tono irónico, la  burla, la sátira, la expresión punzante como modos de descifrar el universo: indagaciones sobre la esencia del mundo, escapes, rupturas, en una actitud lúdica a través de la cual el autor accede a una dimensión privilegiada que multiplica las perspectivas, aumenta la sutileza intelectual y favorece la eflorescencia simbólica. Es una escritura provocadora, turbulenta cuya función pareciera oscilar entre la sedición, la solicitación y el rechazo, siempre con un guiño cómplice hacia el imprevisto vértigo del vacío. Aquí el autor se revela como un narrador extraordinariamente vigoroso, distinto, generador de recursos lingüísticos, sintácticos y poéticos, capaz de resolver al instante el paso con el cual se anticipan las más ágiles invenciones. Una nueva forma de expresar los conflictos del venezolano, en niveles en que el fervor humano, la realidad de situaciones imprevistas, la ciudad y sus avatares, el erotismo y el imponderable elemento psicológico se conjugan con una fuerza casi alucinante.

La ciudad es aquí un referente esencial: líneas de fuerza que se cruzan, se atraen, se repelen. Calles, avenidas, urbanizaciones y barrios con nombres propios, fácilmente ubicables en la toponimia urbana (de Caracas, casi siempre). Otras veces, calles, plazas y casas imaginarias. Así, la ciudad nos agobia y nos libera: es inatrapable, confusa, envolvente.  El imaginario urbano, entonces, es un pacto de representación en el que se confronta el uso de nombres, de ordenamientos espaciales, de reacomodos por el sentido de pertenencia de sus habitantes a su territorio, en donde lo real se encuentra con lo simbólico y cada uno de ellos añade una nueva significación a la narración, abriendo las puertas al éxodo del sujeto, quien comienza ahora a añorar lo externo:

Resulta que ella iba con su carro, la oyeras tú, su forcito Taunus, por la avenida Principal de Santa Mónica. Regresaba de la universidad, de la facultad. Había ido a consultar una maqueta con un profesor de los viejos tiempos, un tipo chévere a quien él, Arturo, se suponía, había oído nombrar. ¿Qué hora sería? Las dos y media, tal vez las tres. La entrevista había comenzado a la media mañana y, sin que ninguno de los dos se percatara, los había llevado en ruta hacia el comienzo de la tarde, sin escala de almuerzo. De modo que a esa altura ella se sentía exhausta y hambrienta y aún más distraída que de costumbre. ¿Ruta? La habitual cuando se trataba de regresar de la Central a su casa: Tres Gracias, Chaguaramos, principal de Santa Mónica y subir a colina trepando por la Blanco Fombona. Un trayecto que podía practicar con los ojos vendados. Quizás por eso el descuido. Nada, que se comió el rojo de la Simón Planas como si estuviera cruzando la entrada del apartamento. La Simón Planas, ya sabías, baja a la autopista de El Valle. (LCDLN, 2005: 99). 

Narrarse para reconocerse, estructurar rompecabezas con fragmentos dispersos de la memoria, armar y desarmar diálogos, recrear un acontecimiento sobre imágenes desvaídas por el paso del tiempo, son posibilidades que abren la escritura, en armoniosa mixtura con el acento erótico. Casi en secreto, con asombrado sigilo va surgiendo esta lúdica narración. La avidez de las sensaciones iniciales del poeta da al texto un sentido de alucinada melodía. Sistemáticamente (como en sus obras anteriores) se evidencia en su mundo la vena erótica3: el narrador, amando y guardando los sutiles perfiles de personajes y ambientes, entrega el roce de su piel, indagaciones y reconstrucciones sucesivas, a través de las cuales las historias se recomponen en la búsqueda permanente de sentidos, ejercicios de la memoria que intentan modelar la huella de un itinerario vital, por medio de una indagación exploratoria del mundo interno del sujeto. El erotismo es aquí asumido, como lo dijese Judit Gerendas (2000), como amable y gozoso:
…un erotismo que traspasa toda la narración, sin convertirse en algo gratuito  agregado, ni dejar de ser parte significativa del acontecer vital de los personajes. Una sexualidad asumida con alegría, mostrada con un lenguaje que va recreando el placer, con veneración, con sensualidad, intensamente, a veces con exceso, siempre amorosamente. Un erotismo refinado y sabio, dentro del cual la fantasía tiene un papel primordial. Los juegos de la  seducción y los recuerdos de las percepciones de los sentidos atraviesan como una pulsación sensual toda la novela, cuyos personajes viven la sexualidad, no como una actividad meramente biológica, sino cargada de connotaciones culturales, como torneos en los que se van produciendo retos, actividades lúdicas y requiebros, para sortear los peligros de la rutina y dar cauce a la imaginación. A través del lenguaje se expresa una intensidad a veces contenida, asordinada, con la voz del narrador siempre muy próxima a la de los personajes, apostando siempre a favor de ellos, expresando de modo manifiesto una simpatía por su quehacer en el universo narrativo, con el afecto en la raíz de las palabras. La grandiosidad y la magia del sexo se va entregando a través de descripciones, narraciones y ritmos que van marcando lo extraordinario de lo cotidiano, el lugar donde ocurre a la vez la fusión con el otro y el encuentro con el sí mismo.4
Veamos entonces cómo  el tono erótico se adueña del texto:
Horas más tarde ella le confesaría que en aquel momento habían pensado que él la penetraría por el anillo estrecho: como lo habías lubricado y acaramelado allí y eso le había gustado tan de morirse, amorcito, balbucearía, sonriendo. ¿El pequeñín?, preguntaría él, se lo dejaras dormidito, en reserva, el viernes en la noche iba por él, su cielo, mientras le cargaba una palmadita por las nalgas. Pero ahora, en lugar de detenerse en el desfiladero, él descendió hasta el nido agridulce: se entretuvo, sí, en las colinas, besuqueando, pero sin dejar de ocuparse de la fisura rosada. Esta vez, para ella, la sensación era doble, por una parte la boca que la comía desde atrás  (y que podía bajar hasta el breve puente que empalma con el valle delantero); por otra, los dedos que recorrían y frotaban levísimamente el nido amielado hasta el botón del extremo. Sintió que todo su entre muslos manaba y se derretía. Rompió a llorar, y cuando se aprestaba a gritar todo aquello era tuyo, papito, la traspasaras, ¡coño!, se percató de que Arturo se había separado por un momento y ahora la embocaba en la fisura, un segundo antes de sentir el duro estilete que se abría paso en su carne para atravesarla, muertica ya, tuyita hasta el tuétano, contra la cama. (LCDLN, 2005: 149)
En esta novela, amor y soledad  corren hacia el olvido, en una fusión que imparte un intrincado clima de apesadumbrados hallazgos: la nostalgia flota como una niebla conmovida, próxima a la desembocadura del ensueño, todo esto expresado a través del trasfondo político, ideológico de la narración: el autor alude insistentemente a la experiencia guerrillera5 de ciertos personajes. Aquí la guerrilla no sólo representa un estado de violencia política concreto: define un sesgo ideológico que remite a una función de la relación de una manifestación con su contexto social. En tal sentido, la ideología es el medio en el cual los hombres y mujeres libran sus batallas sociales y políticas en el nivel de los signos, significados y representaciones, dentro del cual pueden identificarse algunas fases constantes de análisis: la cognoscitiva, la epistemológica, la política y la social. La ideología tiene que ver con la cuestión del conocimiento y el imaginario, y tiene también repercusiones materiales y político-sociales evidentes, lo que no le permite mantenerse solamente en el plano de juegos del lenguaje, sino que deberá apelar a una experiencia que involucra al colectivo. El autor, tocando la experiencia de los límites en su escritura, nos ofrece nuevamente, con un lenguaje totalizador y profundamente emotivo, el tratamiento del trasfondo político, sinuoso cauce que define el destino individual y colectivo:
De súbito, un alerta lo obligó a detenerse: una patrullera policial, sirena colgada, doblaba picando cauchos hacia el túnel de la avenida Victoria. Dirección opuesta. Alerta roja innecesaria. Sonrió de nuevo. Unos años antes, al momento de iniciar la actividad clandestina, el movimiento apenas se había dado oportunidad para enseñar una cartilla basiquísima, de ataque y de defensa, a los cuadros bisoños. ¿Recibirían cursos de autocontrol, relajación y comportamiento bajo condiciones de estrés los vietnamitas de hoy? Recordaba con piedad su propio entrenamiento, ya casi remoto: un trío de semanas al salto, la mitad de ellas en mera teoría. Luego, cada quien a arreglárselas como bien pudiera. ¿Era posible una guerra a punta de corazón puro? No aquí, en todo caso: la derrota y el repliegue hablaban sin ambages. Para expulsar a los franceses, los vietnamitas habían tenido que despertar a todo un pueblo y apertrecharse hasta los sientes, y ahora, con toda probabilidad, iban a tener que jugárselas de nuevo, por entero, esta vez contra los gringos. (LCDLN, 2005: 71)   
 De estas páginas emerge un lenguaje que apura su sangre de múltiples y complejos alcances. Intenso y hosco, como escudo de piel, en donde la ficción y la memoria expresan lo más entrañable, doloroso y agónico. Nuevamente la inflexión erótica corre el velo de un movimiento espiritual puro, en conjunción con el fuego, la tristeza, la soledad, apaciguados por el recuerdo o la avidez de la posesión:
Cuando vio que ella se dejaba arañar y lo arañaba, le pedía que la golpeara por las nalgas desnudas para luego golpearlo, se dejaba arrancar la ropa y arrancaba la de él, que gritaba como poseída sin escuchar los gritos con que él intentaba  insultarla, maldita puta, te abrieras, sólo entonces, como una centella, lo alcanzó la revelación de quién en verdad era él o estaba siendo, y supo que ella también sabía, mientras se abría en dos. ¿Quién, putica sucia, quién era yo, maldita? ¿Lo sabías? Sí, ¡coño!, mi padre, mi hermano, mi confesor, mi amante, mi hijo de puta, mi hermano, tú, gemía, se lo metieras todo, grandísimo coño de madre.
El Montañero saltó de la cama, mientras escuchaba a Natalia balbucear algo en la lengua incomprensible del sueño. Apagó el tocadiscos, bebió un vaso de agua y volvió a dormirse después de velar por un largo rato la respiración de Natalia, y de besarla… con una ternura que nunca antes había sentido. ¡Verga! ¿Quién carajo somos? (LCDLN, 2005: 595-596)    
Parece oportuna, entonces, la opinión del escritor venezolano Luis Britto García, quien, en ocasión del Primer Festival de Narradores Jóvenes, realizado en La Habana, Cuba (2008), expresaba:
 …esta es una narrativa a la cual uno podría llamar “personal”, vale decir que ciertamente no ignora la ética. En Los cristales de la noche, de Carlos Noguera, muchos de los personajes están marcados por la lucha armada, estuvieron presos, fracasaron, su destino se quebró, sus relaciones personales se arruinaron, pero en la novela lo que importa es el proceso personal, íntimo, cómo ve ese personaje su vida actual, más que la peripecia externa de la lucha armada o de la participación política. Porque en América Latina hay una situación externa que nos avasalla, pero también hay una realidad interna que merece consideración de los autores.6
 Notas

1 En la contraportada de esta obra de Carlos Noguera (2005) Los cristales de la noche. Caracas: Alfaguara, leemos:
…Una voz testigo relata, a partir de su propia experiencia y con base en el diario de uno de los personajes, el desarrollo de diferencias secuencias, casi cinematográficas, que entretejen el discurso de una época. Pasión, intriga, suspenso y aventura confluyen en esta novela, impregnada, además, de una contundente, severa y desgarrada crítica al statu quo cultural.
Este mismo año 2005, en Ensayos y comentarios sobre el arte de escribir (Buenos Aires: Jorge Lemoine editor), al lado de la opinión de distinguidos creadores como  Julio Cortázar, Jorge Luís Borges, Gilbert K. Chesterton, Alberto Moravia, Mario Vargas Llosa, Henry Miller, Charles Baudelaire, Anton Chejov, Raymond Carver y otros, Carlos Noguera expresará:
…Cuando García Márquez preparaba el manuscrito de El General en su laberinto, declaró: "Es una desgracia tener que leerse 120 libros para poder escribir 120 cuartillas". Probablemente no tropezó con una situación tan drástica en el resto de sus novelas, pero la documentación siempre es necesaria. En esto el rubor no puede ser un límite: desde libros de medicina hasta revistas de moda; desde entrevistas a especialistas hasta visitas a cárceles; desde grabaciones de discusiones de bar hasta búsquedas en internet. Películas, videos, documentos, códigos, horarios de recolección de basura, lo que sea necesario. El expediente más usado, probablemente, es la prensa diaria. El expediente extremo: ensayar a vivir personalmente la escena antes de relatarla. (Noguera, en Lemoine, 2005: 128)
La novela Los cristales de la noche es finalista en el XV Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos (Caracas, 2007), ganado por la escritora mexicana Elena Poniatowska, por El tren pasa primero. Pese a la nutrida representación nacional (participaron 44 obras), resalta que en los 12 preseleccionados, el único venezolano escogido fue el escritor Carlos Noguera. Al respecto, el académico Luis Navarrete Orta, integrante del Jurado, comentó:
…Quiero dejar claro que no me planteé la necesidad de que ganara un país, ni siquiera el mío y menos, por supuesto, que ganaran mis amigos. Allí concursaron personas muy cercanas a mí como Judit Gerendas, Stefania Mosca, Mercedes Franco y Alberto Barrera Tyszka, ganador del Premio Herralde. Con este último tengo una excelente relación desde que le di clases en la escuela de Letras de la UCV pese a que tenemos posiciones políticas e ideológicas diferentes, pero eso no importa. Las cosas políticas nos separan pero eso tiene que ver con la circunstancialidad de la historia venezolana, no es lo fundamental. Sobre las novelas presentadas al concurso, cuando me las leí nunca me planteé que fueran ganadoras. Desde el primer momento lo supe porque ya había leído otras que estaban en un nivel superior, a mi juicio. De hecho los jurados españoles fueron los que propusieron a Carlos Noguera y obviamente lo acogimos, porque es un tremendo escritor que se viene desarrollando desde hace muchos años.
Las otras obras finalistas fueron: Tres lindas cubanas, de Gonzalo Celorio (México), La hora azul, de Alonso Cueto (Perú), Salvador Golomón, de Alexis Díaz (Cuba), La batalla del calentamiento, de Marcelo Figueras (Argentina), El síndrome de Ulises, de Santiago Gamboa (Colombia ), Florencia y ruiseñor, de Bárbara Jacob (México), Zapata, de Pedro Ángel Palou (México), El barrio era una fiesta, de Mauricio Rosencof (Uruguay), Los minutos negros, de Martín Solares (México) y El ejército iluminado, de David Toscana. (México).

2 Arenas, E. (2007). “Silva Estrada: la danza, la tensión y el arco”, en VI Jornadas de Investigación Literaria y Lingüística. Maracaibo: Ediciones de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia.

3 Sobre el erotismo o la sexualidad que propone en sus  novelas, Carlos Noguera afirmará, en entrevista con Miguel Ángel Quemain (1997):
...Se ha dicho, y lo sabes, que en las propuestas de los años sesenta están incluidas las propuestas sexuales. Una interpretación del sexo pasa por la interpretación del rol de la mujer y de la pareja, que ciertamente no era el estándar de la década inmediatamente anterior. Viéndolo en retrospectiva yo fui púber en los años cincuenta y adolescente en los años sesenta. Y como te decía antes yo había leído, por supuesto al Divino Marqués, a Diderot, a todos los franceses exquisitos; naturalmente, uno no está inventado la sexualidad, de ninguna manera, imposible, ni en la literatura ni en la vida. Pero lo que cambió, y parece que esto sí es cierto, es la actitud que se tiene. Es decir, la gran revolución de los años sesenta, no es la revolución de las prácticas sexuales, sino la actitud de la mayoría de la juventud, que tenía una postura nueva ante fenómenos que podían estar ahí desde hace mucho tiempo.  Por ejemplo, en el plano de la legalidad, en la jurisprudencia, o el cambio de códigos en Inglaterra, donde la homosexualidad fue aceptada a condición de que no fuese una conducta pública escandalosa. Entonces, te digo, no hay invento, no es que tú inventes formas nuevas de sexualidad, sino que la frecuencia de esas formas antiguas pero atípicas se disuelve en el sentido de que no necesariamente muestras a la pareja monógama destinada a formar un hogar cuando se case. (Noguera, en Quemain, 1997: 82-83)
4  Gerendas, J. (2000)  Carlos Noguera y una nueva perspectiva en la narrativa venezolana,  en revista Ateneo. Los Teques: Ediciones del Ateneo.

5 Sobre la experiencia guerrillera contada en ésta y en otras novelas el autor confesará (en entrevista con Julio Ortega, en 1997):
…Todos (estos personajes) se vinculaban directa o indirectamente al mundo político de la izquierda que había vivido su efervescencia en esos primeros cinco años de los sesenta y que, en la segunda parte de la década vivió el reflujo. La novela quiere desarrollarse entre el año 64 y el año 70, aunque naturalmente refiere anécdotas que son tomadas de la guerrilla rural que, si bien no desapareció por la denominada “paz democrática” a mitad de los sesenta, disminuyó considerablemente (Noguera, en Ortega, 1997: 218)                                                                                                                          
6 Britto G., L. (2008). “América Latina y la creación como rebelión”, en La Ventana. La Habana: Ediciones Casa de las Américas; p. 12.

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