8/4/13

Antonio Gramsci / Una opinión sobre el ‘jazz’

Gigi (Luigi) Spina
Traducción del italiano para Gramscimanía por Omar Montilla

“El budismo no es una idolatría”: Esta es la segunda observación que Gramsci somete a un tal “evangelista o metodista o presbiteriano” durante una “pequeña discusión ‘carcelaria’ desarrollada a pezzi e bocconi” de la cual refiere en la carta del 27 de febrero de 1928 a su cuñada Tatiana Schucht (Tania) para hacerle “pasar el tiempo”.

El interlocutor de Gramsci, preocupado (más bien “indignado”) por el peligro “de un injerto de la idolatría asiática en la cepa del cristianismo europeo”, es trajinado sin problemas “en una maraña de ideas, sin salida para él” por dos argumentadas observaciones, la segunda de las cuales se abre, precisamente,
con la advertencia referida al inicio.

Es sobre este asunto y de los probables efectos de la cultura taoísta en la concepción de Gramsci a los que se ha referido Giangiorgio Pasqualotto.

La carta de Gramsci citada nos ofrece una posterior, y quizá insólita, materia de interés. Sigamos con la lectura, partiendo de la anterior afirmación:

Desde este punto de vista, si hay algún peligro estaría constituido más que nada, por la música y los bailes importados en Europa por los negros. Esta música en verdad ha conquistado todo un estrato de la población europea culta, ha creado más bien un verdadero fanatismo. Ahora es imposible imaginar que la repetición continuada de gestos físicos que los negros hacen danzando alrededor de sus fetiches, que al tener siempre en sus oídos el ritmo sincopado de las bandas de jazz, se queden sin resultados ideológicos:
a) se trata de de un fenómeno muy difundido, que atañe a millones y millones de personas, especialmente entre los jóvenes;
b) se trata de impresiones muy enérgicas y violentas, es decir, que dejan profundas y duraderas cicatrices;
c) se trata de fenómenos musicales, es decir, de manifestaciones que se expresan en el lenguaje más universal y actual, en el lenguaje que más rápidamente comunica imágenes e impresiones globales de una civilización, no solo extraña a la nuestra, sino que es menos compleja de la asiática, primitiva y elemental, es decir, fácilmente asimilable y generalizable de la música y de la danza a todo el mundo psíquico.
En resumen, el pobre evangelista fue convencido que, mientras tenía temor de convertirse en asiático, en realidad, sin darse cuenta se estaba convirtiendo en negro y que tal proceso estaba terriblemente avanzado, por lo menos en la fase de convertirse en mestizo. No estoy informado del resultado de lo logrado: pienso que no haya sido capaz de renunciar al café con contorno de jazz y que en lo sucesivo se mirará más atentamente en el espejo para advertir los pigmentos de color en su sangre.
(A. Gramsci, Lettere dal carcere [= L], Torino 1965, pp. 179-180).

Este análisis gramsciano, para nada superficial, sobre los efectos del fenómeno del jazz cuando apareció en Europa, es quizás poco conocido o popular, pero en cualquier caso no es algo aislado. Algunos meses antes, en la carta a su amigo Berti, fechada 8 de agosto de de 1927, al expresar “la gran desilusión intelectual” que le había producido la lectura del “tan cacareado libro de Henri Massis titulado Défense de l'Occident" (Sobre el contenido del libro, de molde nacionalista y fuertemente eurocéntrico, Gramsci se devuelve a una página de los Cuadernos (VIII, c. 73 = Note sul Machiavelli, Torino 1966, p. 77).) Gramsci comentaba:

Lo que hace me reír es el hecho de que este notable señor Massis, con el santo temor que la ideología asiática de[l poeta Rabindranath] Tagore  y [de Mahatma] Gandhi non destruya el racionalismo católico francés, no se da cuenta que París se ha convertido en una media colonia de la intelectualidad senegalesa y que en Francia se multiplican el número de mestizos. Se podría, para reír, sostener que si Alemania es la extrema propagadora del asiatismo ideológico, Francia, estaría a las puertas del África tenebrosa y que las bandas de jazz son la primera molécula de una nueva civilización euroafricana! (L, p. 112).

Como se puede observar, la modalidad argumentativa de las dos cartas es la misma, y lo es también desde el punto de vista de la estructura epistolar: se basa en las ideas ajenas (del evangelista y de Massis) sobre los peligros sobre la influencia de la cultura asiática, de la cual se refiere al destinatario de la carta; esto último se hace partícipe del mismo tipo de objeción (no del Asia, sino del África que es de donde vendría el peligro) dirigida, en un caso, directamente (al evangelista), y en el otro casi a través de un imaginario contradictorio (este notable Massis).

También hay que advertir que en las dos piezas, que es un aspecto importante, hay un tono entre lo irónico y lo divertido, a veces explícitamente ‘comunicado’: “para hacerte pasar el tiempo”, “enredarlo en una maraña de ideas”, “el pobre evangelista” hasta el fin de la misma carta a Tania, con la imagen de pobre hombre que se mira al espejo tratando de buscar los trazos de su incipiente negritud [1]. Del mismo modo se observan en la carta a Berti, las expresiones: “lo que me hace reír […] se podría, para reír […] el África tenebrosa”, etc.

El tono ligero con el cual Gramsci se refiere, en ambos casos, a temas de reflexión que nada tienen de ligeros, tienen, en mi opinión una cierta cautela, más bien cierta aprehensión, para afrontar argumentos intrínsecamente escabrosos. Se puede deducir en la argumentación gramsciana lo que fue históricamente, en los intelectuales de una cierta formación política e ideológica, el impacto de las nuevas formas artísticas, en este caso la música negra americana, cultivada sobretodo en su ascendencia africana; formas artísticas que mientras se presentaban como productos de otra cultura “extraña”, susceptible de no ser censurada racialmente [2], por su amplia, y casi inesperada difusión entre varios estratos sociales, especialmente entre la burguesía culta, mostraban el rostro peligroso de la ‘evasión’, de la ‘racionalidad’, terrenos sobre los cuales el movimiento obrero, muy tarde, habría expresado una visión equilibrada y abierta.

No pretendemos retrotraernos, claro está, a la época y a la consciencia gramscianas acerca de fenómenos que son más recientes, bastará con relevar la diversa precisión ‘geográfica’ en los contextos epistolares para extraer elementos históricos precisos.

En la carta a Berti, antes referida, Gramsci es mucho más preciso para individuar el área de las primeras influencias afro-americanas sobre los gustos musicales (y no solo) europeos; en la carta a Tania, en cambio, el razonamiento es de mayor amplitud, más genérico. En primer lugar está Francia que ha sido influenciada por la intelectualidad de las colonias [3], y que junto con Inglaterra constituye en la segunda década del siglo XX, una de las primeras “pequeñas cabezas de puente” del jazz en Europa [4]. En esta primera fase de la expansión de la música negra americana en el continente europeo, el papel principal que cumplen las bandas de jazz se expresa sobretodo en la estrecha conexión que existe entre la expresión musical y el baile rítmico [5]. París fue una de las capitales europeas donde por primera vez se escucharon las orquestas de jazz, que con relación a otras grandes metrópolis, ofrecía un terreno fértil para un encuentro que permitiera un injerto cultural que tendría reflejos duraderos, inclusive en otros sectores de la actividad artística [6].

Mientras Gramsci identifica el lugar donde con más fuerza se ha adelantado el proceso de fusión de las nuevas formas culturales, enfrenta después con particular agudeza el análisis de la trama entre la música y la danza y los reflejos sobre la actitud mental y sobre la ideología que tales fenómenos pueden causar. Gramsci toma los elementos más concretos y notorios de la nueva realidad, sin distanciarse, en las observaciones sobre el fanatismo, sobre la repetitividad y sobre el delirio que caracterizan a los bailarines, de la sustancia de las informaciones contenidas en las fuentes periodísticas e historiográficas de la época. Basta citar, por dar un ejemplo, en la reseña aparecida el 1° de mayo de 1916 en el ‘Chicago Herald’ con el título “Sesenta mujeres arrancan la máscara al vicio”, donde se comentaba la irrupción en el Anti-Saloon League, en los locales del South Side de Chicago, sede de ‘performances’ jazzísticas. [7] Se describe la atmósfera de delirio y confusión “entre el ruido que producían las ‘Jass Band’ importadas de Nueva Orleáns”. Según otras fuentes, la gente enloquecía por el entusiasmo que le producía el sonido de la música orquestal, gritando: “Dénnos más jass”. [8]

Si este era el clima en los Estados Unidos, no diferente –y mucho más molesto para una mentalidad europea habituada a identificar el acto musical con algo clásico, con el melodrama, en fin, con el equilibrio de sonidos y formas– debía ser el comportamiento de las plateas y de las salas europeas.

El otro ejemplo se refiere a las descripciones, del siglo XIX, del ‘shout’, danza religiosa de los negros, en las cuales se destacan: monotonía de los movimientos, vigor, fervor religioso, intensidad, hipnosis colectiva [9].

Estos datos, corresponden obviamente, en Gramsci, al análisis de los reflejos psicológicos e ideológicos de las cadencias musicales (nada que ver con las condenas xenofóbicas del jazz de corte nazista o fascista) [10]: el peligro que con claridad, pero con la atenuante de la ironía Gramsci prospecta, es el de la simplificación, de la masificación, de la reducción a cuestiones simples de las sensaciones, de la participación creciente de las masas, particularmente entre los jóvenes, en tal ejercicio físico-mental, de reflejos, en fin, que tal aspecto de la personalidad, educado a través del lenguaje universal de la música, que comunica imágenes e impresiones de una cultura extraña a la europea, pueda tener sobre el comportamiento ideológico y, por qué no, político de una persona.

Sería erróneo leer estas páginas gramscianas con los ojos pendientes solamente de las grandes transformaciones que el fenómeno musical (jazz, rock, pop music) ha experimentado en las últimas décadas, y sobre todo, al papel que las grandes manifestaciones musicales, entre ellas los llamados ‘mega-conciertos’, en los cuales también se reencuentran formas de repetitividad que han sido incorporadas a la electrónica y difundidas a través de la TV a todo el mundo, y que han conquistado exitosamente campos en lo civil y lo político (antirracismo, derechos humanos, pacifismo, etc.), en particular entre las masas juveniles. En verdad, estas manifestaciones culturales se podrían abordar críticamente, y alguien lo ha hecho, viendo el reverso de la moneda, y que hoy se denomina patrocinio (sponsor), intereses industriales y económicos en la difusión de la música, la moda y el conformismo.

La ‘lectura’ gramsciana, históricamente determinada, puede ser considerada como la intención de abordar críticamente un fenómeno social y cultural ‘de masa’ totalmente nuevo, con el añadido de que seguramente las ‘sospechas’ de que un dirigente comunista abrigaba ‘constitucionalmente’ de frente a expresiones y comportamientos no encuadrables inmediatamente a través de molde cognoscitivo y valorativo de su ideología.

Notas

[1]  No parece irreverente la referencia, pero no puedo dejar de pensar en las noticias sobre la estrella pop Michael Jackson, quien se había empeñado, así parece, en tratar de perder la pigmentación negra de su piel. Y pensar que hace algunos años cantaba: “Estoy cansado / de ser blanco / mi cara quiero teñir de negro”.
[2]  Sobre el racismo y sobre el antisemitismo, asi como la visión edulcorada visión de los negros de ‘La Cabaña del Tío Tom’, véanse las reflexiones gramscianas en L, pp. 487, 500-502, 569-570, 782, 791, 808, 811.
[3]  Senegal, cuya historia política contemporánea es muy relevante en lo intelectual, parece ser para Gramsci un punto de referencia muy frecuente: también en L, p. 423: “Dudo que un senegalés, por haber hecho la guerra, pueda comprender mejor a Homero”, es una irónica observación a una tesis del ‘filólogo’ Emilio Brodero.
[4]  La expresión es de L. Malson, Storia del jazz, Torino, 1968, p. 38. Sobre tal expansión cfr. A. Francis, Jazz, Milano 1961, pp. 155-156; E.J. Hobsbawm, Storia sociale del jazz, Roma 1982 (ed. or. 1961), pp. 85 (para una síntesis), 96-97, 361 ss. (para la situación inglesa); G. Cane, Facciamo che eravamo negri. Il jazz e il suo black-ground, Bologna 1987, p. 291. El trabajo de Eric Hobsbawm amerita, que apareció, como es sabido, en la primera edición, con el pseudónimo de Francis Newton. El corte decisivamente histórico-sociológico, permite una lectura fascinante, inclusive para los no apasionados del jazz. En tal trabajo, vista la connotación político-cultural del autor, se habría esperado quizá, una referencia a estas páginas gramscianas.
[5] Cfr. E.J. Hobsbawm, op. cit., pp. 344-345.
[6] Basta recordar, como testimonio de la continuidad de tal papel de la capital francesa, el evento di F. Paudras y B. Powell, poéticamente trascripta por el director de cine francés B. Tavernier en ‘Round midnight’, o las atmosferas del ‘Gioco del mondo’ de Julio Cortázar (Torino 1969), sin excluir ‘Mi ricordo jazzistici’ di G. Perec (Torino 1988).
[7] Para tales informaciones, cfr. A. Polillo, Jazz. El evento y los protagonistas de la música afroamericana, Milano 1975, pp. 93-95.
[8] Sobre primogenitura en el uso del término y sobre su significado cfr. A. Polillo, op. cit., pp. 96-99.
[9] Cfr. G. Cane, op. cit., pp. 61-62.
[10] A. Mazzoletti, Il jazz in Italia dalle origini al dopoguerra, Bari 1983, reporta un testimonio de G. Boneschi, músico y director de orquesta en auge en los años ’50, sobre el experimento de ‘convertir’ estaciones de radio alemanas u otras, en radios norteamericanas, a través de la difusión de música de jazz (oficialmente prohibida), en las cuales se difundían mensajes de propaganda del régimen.

Este artículo apareció por primera vez en Belfagor 44/4, 1989, pp. 450-454
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