10/4/13

Antonio Gramsci / Un legado de pasión

Alcides Hurtado Bustillos

Antonio Gramsci es un pensador importante e interesante para nosotros porque contribuye con su pensamiento a despertar un interés filosófico y político de especial significación para la renovación democrática y la creación de una corriente de pensamiento que reinterprete la nueva época política sin fundamentalismo ni pragmatismo. El pensamiento gramsciano es una invitación a pensar en un proyecto democrático y a construir una cultura política que sedimente el plurarismo, la tolerancia y el respeto a la diferencia en la vida cotidiana. En pocas palabras, el pensamiento de Antonio Gramsci adquiere toda su relevancia, justo en el momento en que se presenta esta etapa difícil, muy compleja que configura la crisis política, moral e intelectual.

I

En el pensamiento gramsciano nos encontramos varios puntos de referencia para abordar los grandes problemas de las ciencias sociales contemporáneas y de la teoría política que, para Gramsci, no puede plantearse sino en función de un proyecto de transformación social profunda.


El punto central de su pensamiento radica en cómo terminar con la histórica separación entre gobernantes y gobernados y a partir de allí nos expone una intensa obra cuya actualidad consiste en que ella se articulan universalidad teórica y proyecto político transformador.

Independientemente de la postura ideológica con la cual nos identificamos, no es posible ignorar la riqueza que nos presenta Gramsci, en contra del dogmatismo y el reduccionismo; por otro lado, nos aporta las herramientas teórico-metodológicas para cuestionar y hacer una ruptura con los esquemas estereotipados de dogmatismo, fanatismo y la simplificación del análisis político.

En los trabajos de Antonio Gramsci encontramos fuertes críticas a la concepción del marxismo. En el contecto de sus interpretaciones creativas, sostiene que Carlos Marx en sus diversos trabajos presenta una concepción de la realidad no acabada, y esto implica la necesidad de desarrollarla y elaborarla. Este planteamiento contribuye una invitación para el intelectual orgánico a construir teorías que orienten la acción e inspire la conciencia sobre nuestra realidad.

Propone que la originalidad de la filosofía de la praxis consiste en apartarse de los monismos y dualismos de todo tipo y revalorizar la vida cotidiana del hombre en su proceso de construcción del conocimiento.

Si el hombre –dice Gramsci- se autoproduce en el devenir histórico, entonces la ciencias, sus conceptos y sus metodologías, también son fenómenos históricos; no existe nada definitivo, absoluto ni cristalizado de una vez y para siempre. En tal sentido, la ciencias es una categoría histórica y un movimiento en continuo desarrollo; y lo que interesa no es sólo la objetividad de la realidad, sino el hombre que elabora su método de investigación, su nivel de conpromiso social.

Las ciencias sociales tienen en el pensamiento del intelectual italiano elementos de análisis para superar la tendencia arraigada en nuestra cultura de adjudicarse ser la encarnación de la “ciencias pura” presente en el marxismo, el funcionalismo, el estructuralismo y el positivismo. Esa misma actitud es asumida en los sistemas religiosos (y en las sectas) de sentirse representantes del sistema “puro”, único y verdadero; este tipo de representación y de actitud espiritual fomenta las ideologías cerradas que enclaustran a sus detentadores en mundos cerrados e intolerables. Es necesario romper con todos estos “ismos” que atraviesan nuestra cultura. Pero esa ruptura a su vez debe de ser relativa, absorbente y circular, es decir, volver de nuevo a sus raíces, analizarlas con profundidad y recuperar los aportes humanistas y científicos de todos los “ismos” mediante una cultura abierta y crítica. Todos los “ismos” son producto de la evolución cultural del hombre, y son por consiguiente, al base para construir una nueva cultura que entienda y reconozca la pluralidad del mundo de hoy.

II

Antonio Gramsci plantea la relación teórica y práctica como elementos irreductibles uno de otro y su relación dialéctica se cumple por medición de la política. En otras palabras, la política es, para Gramsci, el espacio de encuentro entre ambas, el producto de la práctica social fecundada por el conocimiento encuentra su razón de ser y su verdadera dimensión en los problemas planteados por la cotidianidad social.

La política es, en Gramsci, la intervención social conciente de la realidad en la que el elemento espontáneo es educado, orientado, depurado para hacerlo homogéneo, pero de un modo vivo es históricamente eficaz. La creatividad intelectual gramsciana añade que, la filosofía de la praxis no tiende a mantener a los simples –el pueblo- en su filosofía primitiva de sentido común, sino a llevarlos a una superior concepción de la vida para construir un bloque moral e intelectual que haga politicamente posible un proceso intelectual colectivo del pueblo. Por ello mismo, para Antonio Gramsci la relación teórica-práctica no pudo ser un problema meramente epistemológico. El vió la expresión histórica y social de esta relación en la existencia de intelectuales y sostuvo que toda filosofía que quiera ser movimiento cultural y político no podía sano hacer que los intelectuales elaboraran e hicieran coherente los principios y los problemas planteados por el pueblo con su actividad práctica. Sólo por obra de ese contacto se hace “histórica” una filosofía, se depura de los elementos intelectualistas de naturaleza individualista y se hace vida colectiva.

Las referencias a esta problemática son múltiples en su obra, particularmente en los Cuadernos de la Cárcel, pero quizás en ninguno la condense tan bien –dice Portantiero- como una hermosa nota de 1932, “Del saber al comprender”: “el popular ،siente’, pero no siempre comprende o sabe. El elemento intelectual ‘sabe’, pero no comprende o particularmente, ‘siente’... el error del intelectual consiste en creer que se puede saber sin comprender y especialmente sin sentir ni ser apasionado (no sólo del saber en sí, sino del objeto del saber), esto es, que el intelectual puede ser tal (y no un puro pedante increído) si se halla separado y sin sentir las pasiones elementales cándolas y justificándolas y por lo tanto, explicándolas y justificándolas por la situación histórica determinada; vinculándolas dialécticamente a las leyes de la historia, a una superior concepción del mundo, científica y coherentemente elaborada: el saber. No se hace política-historia con esta pasión, sin esta vinculación sentimental entre intelectuales y pueblo”.

La creatividad intelectual gramsciana no cae en el simplismo populista de suponer que las masas crean directa o espontáneamente los elementos esenciales de la cultura entendida como conciencia orgánica o como un ordenamiento intelectual y moral que permita conformar la hegemonía. Se requiere de intelectuales orgánicos capaces de difundir verdades ya descubiertas, “socializarlas”, convertirlas en factor esencial de progreso político de las iniciativas colectivas de los grupos sociales. El intelectual orgánico en el pensamiento de Antonio Gramsci tiene un significado preciso, esto es, surgir y derivar de las necesidades del pueblo, y servir al mismo tiempo a ellos; se trata entonces –dice Gramsci- de construir un proceso intelectual colectivo del pueblo y no sólo para unos pocos e aislados intelectuales.

III

El concepto de hegemonía es, sin lugar a dudas, una de las contribuciones más significativas del pensador italiano al campo de las ciencias políticas.

Para Gramsci la cuestión hegemónica, desde un punto de vista estratégico, no es que un proyecto político llegue al poder, aun cuando esto es muy importante; es como llegar a ser aceptado, no sólo como gobernantes, sino como guía y dirigente. Por tanto, él considera que la lucha por la hegemonía debe de realizarse antes, durante y después de la toma del poder.

La idea central de este postulado radica en que todo proyecto político transformador es un hecho de masas, un complejo proceso social en el que está involucrada casi la totalidad de las clases populares quienes al superar la fragmentación que las caracterizan, comienzan a disputar el poder en diversos niveles tanto en lo gubernamental como en el universo de las instituciones de la sociedad civil. En tal sentido, el partido es un principio articulador de esta multiplicidad institucional, su motor, la síntesis de una voluntad colectiva nacional-popular.

La hegemonía no es un esquema abstracto, sino que supone el análisis profundo de cada sociedad histórica; es un concepto donde se conjugan las exigencias de carácter nacional. Por otro lado, señala Gramsci, que toda relación homónica es una relación pedagogica y en ella debe haber democracia entre el grupo dirigente y el grupo dirigido y una relación activa de vinculación recíproca. En consecuencia, si una clase llega a ser hegemónica, no será porque consiga imponer sobre la sociedad su ideología de clase.

Para ejercer su liderazgo, el proyecto político transformador debe tomar en cuenta siempre el interés colectivo nacional o regional sobre el cual se aspira a ejercer la hegemonía, pasa necesariamente por incorporar las demandas particulares de los grupos socioculturales (minorías étnicas, ecologistas, jóvenes, mujeres, etc.) y conectarlas con las reivindicaciones de clase.

El punto central de esta propuesta gramsciana radica en que con frecuencia el análisis se reduce a la expresión básica de estructura social (las clases), sin considerar que estas clases o sectores importantes de ellas, en espacios regionales o nacionales, se conforman como entidades más amplias con dinámicas particulares, sin la consideración de las cuales no es posible entender el comportamiento concreto de las clases mismas.

La hegemonía no es en el pensamiento gramsciano una alianza de carácter táctico de los grupos socio-culturales con las clases sociales, en la que cada una conserva su propia individualidad y que una vez cumplidos sus objetivos, se disuelve y puede implicar incluso en acciones contra los intereses de algunos de los aliados. Es todo lo contrario, la hegemonía supone un universo de necesidades materiales, experiencias de lucha y formas de conciencia en función de la creación de una voluntad colectiva transformadora.

La hegemonía como capacidad para unificar la voluntad disgregada implica una tarea de generar una organización capaz de articular diversos niveles de conciencia y orientarlos hacia un mismo fin. Esto pasa por un proceso de trabajo articulado de las formas organizativas de una voluntad nacional y popular y sus intelectuales, supone también, una laboriosa articulación entre “espontaneidad” y dirección consciente”.

La creatividad del pensamiento de Antonio Gramsci es de importancia capital por su riqueza y profundidad de su obra que constituye un acervo teórico-político imprescindible para el momento de crisis en que se encuentra la nación. En este contexto, los postulados gramscianos adquieren una renovada importancia para nosotros dado que este intelectual italiano nos invita al análisis de comprender el ordenamiento en que se sustenta la unidad nacional. Y si estamos inconformes con este arreglo lo que se requiere es proceder a la construcción de las premisas de uno nuevo, es decir, a la propuesta de un proyecto nacional alternativo que tenga como objetivo la construcción de una nueva nación basada en el plurarismo, la democracia, la igualdad y la creatividad de todo un pueblo, dando paso así a una cultura nacional-popular que excluya la explotación y abra las puertas de una vida mejor para todos.
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