30/3/13

Todos están locos por Gramsci

Angelo D’Orsi
Traducción del italiano para Gramscimanía por Omar Montilla

 “The Gramscian Moment” es el título de un reciente libro del británico Peter Thomas, ganador del Premio Internacional Sormani. Y de auténtico “momento gramsciano” se debe hablar, tirando la mirada más allá de las fronteras. Pero sería un error pensar que este momento haya comenzado entre el 2011 y los primeros meses del 2012, cuando un auténtico aguacero de libros, reseñados correctamente por los medios, se abatió sobre las librerías italianas, y la inundación continúa.

La ‘Gramsci-Renaissance’ comienza desde el 2007, cuando se celebraron, en una medida y con una intensidad nunca vistas, los 70 años de la muerte
de Gramsci. Fue un año excepcional, con coloquios, reuniones, etc., que comenzaron en Australia y recorrieron el mundo, tocando decenas de países. Y, mientras comenzaban a salir de las imprentas los primeros volúmenes de la Edición Nacional de los Escritos, se presentaba, gracias al trabajo en el ámbito de aquella empresa gigantesca, y al llevado a cabo por la ‘Bibliografia Gramsciana Ragionata’ (BGR) y por el ‘Dizionario Gramsciano’, una nueva generación de estudiosos, que miraba a Gramsci con los ojos frescos, no condicionados por los debates del pasado. Alguien dijo: finalmente se podrá leer simplemente a Gramsci “como a un clásico”. Pero esto no es así en el fondo, no puede serlo.

Antonio Gramsci fue y sigue siendo un revolucionario y un comunista hasta el último de sus días –hace  75 años en una clínica romana después de un decenio de encarcelamiento y padecimientos inenarrables–, el 27 de abril de 1937. Pero también fue un pensador, seguramente el más profundo y original pensador de la Italia del siglo XIX; sino uno de los más estimulantes analistas de la “modernidad”: historiador, historiógrafo, filósofo y pedagogo; teórico de la lengua y de la literatura, científico político; y, last but not leas, [por último, pero no menos importante], un escritor inigualable, que en sus cartas ha tocado altísimos vértices de humanidad con una multiforme capacidad literaria.

Estas son las razones del renacimiento y de las atenciones por Gramsci, uno de los autores italianos de cualquier época, más traducido y estudiado en el día de hoy. Indudablemente. Pero como lo demuestran las polémicas frecuentes, desencadenadas por las llamadas nuevas interpretaciones o pretendidas “revelaciones”, no se discute solo en honor al teórico y escritor, sino sobre las connotaciones políticas de su obra teórica y práctica: de los resultados que obtuvo cuando era un joven periodista del Partido Socialista, o cuando se convirtió en director del semanario, después diario,  ‘L’Ordine Nuovo’, columna del Partido Comunista; como fundador de l’Unità, hasta cuando llegó, luego de una áspera batalla interna, a tomar las riendas del Partido, poco antes de su arresto en noviembre de 1926. En aquellos tiempos se produjo la ruptura con Palmiro Togliatti, sobre la cual se han hecho tantas especulaciones. La disensión habría nacido de las diferentes evaluaciones, positivas para Togliatti, críticas y preocupantes para Gramsci,  sobre las luchas internas del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS).

Es la historia de la carta de Gramsci para sus camaradas rusos que le fue confiada a Togliatti, y que, de acuerdo con Bujárin nunca fue entregada, suscitando un fuerte reclamo de Gramsci y una respuesta pesada de parte de Togliatti. Esto sucedió en 1926, y fue el último contacto entre los dos, que después no tuvieron nunca la posibilidad de hablarse. Del resto, mientras Gramsci comenzaba su calvario, Togliatti se convirtió en dirigente de la Internacional Comunista, compartiendo responsabilidades, aunque en la práctica no era sino un fiel ejecutor de las órdenes de Stalin, a menudo buscando de llevar adelante una línea de reserva. Pero lo cierto del caso es que Gramsci fue totalmente excluido. Pero no como estúpidamente alguien ha dicho, porque “para su fortuna” estaba en la cárcel, sino porque su comunismo, sobre el cual continuó a reflexionar, era objetivamente diferente. Ya lo había sido desde que se asomó a la Turín industrial, donde conoció a los trabajadores, “hombres de carne y hueso”, cuando puso su acento sobre el factor humano y cultural. Así, comenzó a elaborar un socialismo que tomara en cuenta esta situación. El socialismo debería ser un movimiento de liberación de los hombres (y mujeres: su atención sobre la otra mitad del cielo fue constante en Gramsci), no para sustituir una opresión por otra.

Ese socialismo era para Gramsci humanista y seguiría siéndolo incluso después de su transformación en comunismo. Pero el humanismo provenía no solo del contacto con  los proletarios, sino de la misma dedicación a la cultura. Y también cuando en los primeros años 20, la ‘bolchevización’ tocó tanto al Partido Comunista de Italia (Pcd’I), cuanto al propio Gramsci, no perdió su contacto con lo terrenal, humano e igualmente crítico, de su concepción de comunismo. Por ello, cuando cayó el muro de Berlín en 1989, arrastrando tras de sí casi a la totalidad de la tradición marxista, Gramsci, no sólo sobrevivió, sino que emergió como un triunfador.

Antonio Gramsci es el estandarte de otro socialismo posible. Derrotado políticamente en una determinada fase histórica, no lo fue filosófica y éticamente. Entonces, el momento gramsciano, sea a nivel de los altos estudios, sea en el nivel más bajo, a veces ínfimo, incluso vulgar, de polémicas baratas e infundadas, revestidas tal vez con un manto científico, no llegará a concluir: porque detrás del analista agudo que sufrió la derrota de la revolución en Occidente, de la larga meditación carcelaria, emerge el teórico de otra revolución posible, quizás a través de los instrumentos culturales, capaces de sustituir al dominio basado en la coerción, por la hegemonía basada en el consenso. Y su lema básico seguirá siendo el primero de los tres que están en el cabezal de L'Ordine Nuovo: "Instrúyanse porque necesitaremos de toda vuestra inteligencia."