22/3/13

La necesidad de Antonio Gramsci

Enric Llopis
  • El politólogo Manuel Monereo analiza la vigencia del filósofo y dirigente comunista italiano
“Nunca como hoy ha sido tan necesario el socialismo, ni jamás ha estado tan lejos. Esto es así porque ha desaparecido de nuestro imaginario la idea de revolución. Se trata, en el fondo, de un problema de Hegemonía gramsciana”. Con estas palabras ha resumido el politólogo Manuel Monereo la vigencia del pensamiento de Antonio Gramsci. [...].

En “Antonio Gramsci, introducción al estudio de la filosofía” (Ed. Crítica, 1985), el filósofo marxista Manuel Sacristán señalaba que la cuestión de la Hegemonía es “la más conocida de las ideas de Gramsci”. Y añadía que esta idea “tiene que ver con su convicción de que la derrota de la clase obrera italiana y europeo-occidental en el momento revolucionario de la primera posguerra mundial era explicable, entre otras cosas, por su falta de autonomía cultural”.
¿Qué decir a día de hoy, con masas de desempleados que votan a favor de políticas neoliberales y avalan a gobernantes procesados por corrupción?

Gramsci introdujo otras categorías igual de útiles para el análisis político: “bloque histórico”, “intelectual orgánico”, la cultura nacional-popular, una renovadora lectura de Maquiavelo…Pero la misma o mayor relevancia posee el Gramsci político, en tanto que dirigente comunista; o el Gramsci humano, que agoniza y muere en la cárcel el 27 de abril de 1937. “No quiero hacer ni de mártir ni de héroe. Creo que soy sencillamente un hombre medio, que tiene sus convicciones propias y no las vende por nada del mundo”, llega a afirmar. Y, junto a todos ellos, el Gramsci militante: “Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no debe dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son bellaquería, no vida”.

Por estas razones, “seguramente sean Antonio Gramsci y Ernesto Che Guevara los comunistas-marxistas más leídos y comentados hoy en todo el mundo”, afirma Monereo. Además, “la difusión de estudios gramscianos es descomunal en todos los idiomas”. Pero la vigencia del revolucionario italiano no se reduce al trabajo teórico pues, recuerda Manuel Monereo, “continúa siendo un inspirador de las nuevas generaciones de luchadores sociales en los cinco continentes: Desde el subcomandante Marcos, hasta el 15-M o los foros sociales”.

Monereo recuerda que, en su “Teoría de las generaciones”, Ortega y Gasset plantea que éstas responden más a un hecho histórico que biológico. Y Antonio Gramsci es un personaje de su generación, encarnado en el periodo histórico que le toca vivir. “Al principio no poseía una definida vocación política, pero fue la coyuntura histórica la que fue marcando su compromiso”, subraya Manuel Monereo. Es tan así que un Gramsci joven llega a Turín cuando esta ciudad constituye uno de los epicentros obreros de la época, con industrias como la FIAT. Ingresa en el Partido Socialista; aunque bebe del mismo, discute el idealismo de Croce, muy influyente en la filosofía del momento; participa en los debates sobre la Primera Guerra Mundial y vive la “traición” de la dirigencia socialdemócrata; el triunfo de la revolución rusa; funda “L’Ordine Nuevo”, embrión del PCI; recibe la poderosa influencia de la figura de Lenin y la III Internacional, se enfrenta contra el fascismo…

Para Gramsci, y para toda su generación, “Lenin fue determinante”, sentencia Manuel Monereo. “La III Internacional y Lenin representaron la lucha por la revolución proletaria a escala mundial” (La I y la II Internacional abarcaron un ámbito fundamentalmente euroamericano). Es más, “para los países de la periferia –incluidos Japón, India, Sudáfrica, América Latina y el mundo árabe- la III Internacional supuso un gran referente para la lucha antiimperialista”. “Se asumía el leninismo como el marxismo de la época imperialista”, resume Monereo.

Pero más allá de la influencia general en la época, Manuel Monereo subraya que Gramsci fue “el leninista más coherente de occidente; quien mejor entendió la reflexión de Lenin sobre por qué fracasó la revolución en occidente”. Pero no sólo eso. Gramsci aportó al análisis marxista conceptos para explicar este fracaso. Y lo hace, aclara Monereo, “desde el leninismo, pero yendo más allá de Lenin”. Gramsci “reconstruye a Lenin, a Marx y el instrumental analítico del socialismo y el comunismo aplicado al fracaso de la revolución social en Europa”, explica el politólogo andaluz.

Para ello, Gramsci entra en el viejo debate sobre las diferencias entre las sociedades orientales (primitivas y en las cuales el estado lo es todo) y occidentales (más densas, complejas y donde, además del estado, existe una sociedad civil articulada). Es en este punto donde el análisis del filósofo, político y periodista italiano adquiere toda su vigencia. Porque, según Gramsci, el estado en occidente no podía definirse como la adición, sin más, de los intereses generales de la burguesía. “El estado es coerción, pero también legitimidad; es, en definitiva, Hegemonía”, enfatiza Monereo. Antonio Gramsci revisa, así pues, la teoría marxista del estado y para ello introduce factores decisivos, como la construcción de consensos y las herramientas para forjar legitimidades.

n su polémica con Trotsky y Rosa Luxemburgo a cerca de la relación entre crisis económica y revolución, Gramsci llega a parecidas conclusiones. A grandes rasgos, para los dos primeros la crisis económica conduciría a una crisis social, y ésta a una crisis política que, prácticamente en secuencia lineal, desembocaría en una situación revolucionaria. Gramsci reconoce la posibilidad de que esta concatenación pueda darse en oriente, pero la realidad occidental resulta más compleja. Porque, según los análisis de Trotsky y Rosa Luxemburgo, ¿Cómo se explica el fracaso de la revolución en occidente? o ¿Cómo se explica el ascenso de nuevos elementos como el fascismo? Estas interrogantes le llevan otra vez a Gramsci a la cuestión de la Hegemonía.

Además, en torno a este concepto planea constantemente en Gramsci una obsesión: el rol del intelectual. Éste no es alguien que se caracterice por unas facultades superiores a las de la gente común. “El intelectual –en términos gramscianos- es un actor con capacidad de crear Hegemonía en un estado determinado. De ahí su importancia”, explica Manuel Monereo. Y de ahí que los cuadros comunistas deban convertirse en intelectuales de la clase obrera. En intelectuales orgánicos, cuya misión será la de formular de manera coherente la cultura obrera.

En algunos artículos y conferencias, Monereo ha rescatado otro concepto de la obra gramsciana –el “transformismo”- para el análisis del presente. Para el dirigente comunista italiano, el “transformismo” es el dispositivo por el que las clases dominantes, sobre todo en tiempo de crisis política, cooptan a las élites (los intelectuales) de las capas subalternas, ampliando su base social y perpetuando su poder. Según Monereo, “es un hecho que en España vivimos hoy una grave crisis política (una crisis orgánica del capitalismo español) que puede culminar en un cambio de régimen”. Algo muy parecido ocurrió también durante la crisis de la I República italiana y los escándalos de la Tangentópolis.

Para trazar el paralelismo, recuerda Monereo que actualmente en España hay un actor decisivo que desaparece: los poderes económicos. “La cuestión de fondo en una democracia capitalista es compleja. ¿Cómo mandan los que no se presentan a las elecciones? Es decir, ¿Cómo controlan e influyen en las decisiones de la clase política los que tienen el poder económico? La corrupción ha sido y es el mejor instrumento. El problema (aquí y ahora) es la captura del poder político por los grupos de poder económico, mediáticos y financieros”.

Siguiendo con esta reflexión, y con las especulaciones gramscianas sobre la política y el estado, Monereo subraya que “una cosa es el sistema de partidos y otra la concepción orgánica de estos partidos”. En términos simples, “Gramsci no tendría duda en que el PP y el PSOE están al servicio de la derecha económica por el papel que desempeñan, más allá de lo que hagan, digan en sus discursos o de que se presenten con diferentes siglas”, concluye el politólogo.
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