7/3/13

Hugo Chávez y yo / Murió invicto, pero las grandes pruebas aún quedan por delante

Tarik Ali

Una vez le pregunté si prefería a enemigos que lo odiaban porque sabían lo qué él hacía o a aquellos que decían tonterías por ignorancia. Se rió. El primero era preferible, explicó, pues le hacían sentir que iba por el camino correcto. La muerte de Hugo Chávez no vino de sorpresa, pero eso no la hace más fácil de aceptar. Hemos perdido a uno de los gigantes políticos de la era post-comunista. Venezuela, sus élites atascadas en corrupción a gran escala, ha sido considerada un puesto de avanzada de Washington y, en el otro extremo, de la Internacional Socialista. Pocos pensaban en el país antes de sus victorias. Después de 1999, cada medio de comunicación de importancia en occidente se sentía obligado a enviar un corresponsal. Debido a que todos ellos decían la misma cosa (el país estaba supuestamente al borde de una dictadura al estilo comunista),
mejor hubiese sido que les aconsejaran hacer uso común de sus recursos.

Me reuní con él por primera vez en 2002, poco después que el golpe militar instigado por Washington y Madrid había fallado, y después en muchas ocasiones. Había pedido verme durante el Foro Social Mundial en Porto Alegre, Brasil. Me preguntó: "Por qué no has ido a Venezuela? Ven pronto". Lo hice. Lo que llamaba la atención era su franqueza y coraje. Lo que a veces parecía puro impulso había sido cuidadosamente considerado y luego, dependiendo de la respuesta, se extendía por erupciones espontáneas de su parte. En un momento en que el mundo había quedado en silencio, cuando la centro-izquierda y centro-derecha debían pelear duro para encontrar algunas diferencias y sus políticos se habían convertido en hombres-máquina disecados y obsesionados con hacer dinero, Chávez iluminó el panorama político.

Apareció como un toro indestructible, hablando por horas a su gente con una voz cálida y sonora, una elocuencia feroz que hacía imposible el permanecer indiferente. Sus palabras tenían una resonancia impresionante. Sus discursos estaban llenos de sermones, historia continental y nacional, citas del líder revolucionario del siglo 19 y presidente de Venezuela Simón Bolívar, declaraciones sobre el estado del mundo y canciones. "Nuestra burguesía se avergüenza de que yo cante en público. ¿A ustedes les importa?", le preguntaba a la audiencia. La respuesta era un contundente "No". Luego podía pedirles que cantaran con él y murmuraba: "Más alto, para que nos escuchen en el este de la ciudad". Una vez, justo antes de aquél mitin, me miró y me dijo: "Luces cansado hoy. ¿Sobrevivirás la noche?". Respondí: "Depende de cuánto vayas a hablar". Sería un discurso corto, prometió. Menos de tres horas.

Los bolivarianos, seguidores de Chávez, ofrecían un programa político que retaba al Consenso de Washington: neoliberalismo en casa y guerras en el exterior. Esta era la razón principal para el vilipendio contra Chávez, que seguro continuará mucho después de su muerte.

Políticos como él se habían vuelto inaceptables. Lo que más rechazaba era la indiferencia desdeñosa de la mayoría de los políticos en América del Sur hacia sus pueblos. La elite venezolana es evidentemente racista. Se referían al presidente electo de su país como ordinario e incivilizado, un zambo de sangre mestiza, africana e indígena, en quien no se podía confiar. Sus seguidores eran retratados en redes de televisión privadas como monos. Colin Powell tuvo que reprender a la Embajada estadounidense en Caracas por organizar una fiesta en la que Chávez era representado como un gorila.

¿Le sorprendía eso? "No", me dijo con una mirada triste. "Vivo aquí. Los conozco bien. Una de las razones por las que muchos de nosotros nos unimos al ejército es que todas las otras vías estaban selladas". Nunca más. Tenía pocas ilusiones. Sabía que no en vano los enemigos locales estaban furiosos y conspiraban. Detrás de ellos estaba el Estado más poderoso del mundo. Por pocos momentos pensó que Obama podría ser diferente. El golpe militar en Honduras le abrió los ojos de tales nociones.

Tenía un sentido del deber muy detallista con su pueblo. Él fue uno de ellos. Diferente a los socialdemócratas europeos, nunca creyó que alguna mejoría en la humanidad podría venir de las corporaciones y banqueros y dijo eso mucho antes de la crisis de Wall Street en 2008. Si tuviera que etiquetarlo, diría que era un socialista demócrata, muy distante de impulsos sectarios y rechazaba el comportamiento egocéntrico de varias sectas de ultra izquierda y la ceguera de sus rutinas. Dijo todo eso la primera vez que nos vimos.

El año siguiente, en Caracas, le pregunté más sobre el proyecto bolivariano. ¿Qué se alcanzaría? Fue muy claro; mucho más que algunos de sus excesivamente entusiastas seguidores: "No creo en los postulados dogmáticos de la revolución marxista. No acepto que estemos viviendo en un período de revoluciones proletarias. Todo eso debe ser revisado. La realidad nos dice eso todos los días. ¿Buscamos hoy en Venezuela la abolición de la propiedad privada o una sociedad sin clases? No lo creo. Pero si me dicen que debido a esa realidad no se puede hacer nada para ayudar al pobre, a la gente que hizo rico este país con su trabajo – y nunca olvides que parte de eso fue trabajo de esclavo – entonces yo diría: 'Nos separamos amigo'. No puedo aceptar que no pueda haber redistribución de la riqueza en la sociedad. A nuestras clases altas no les gusta ni siquiera pagar impuestos. Esa es la razón por la que me odian. Nosotros decimos: 'Debes pagar impuestos.' Creo que es mejor morir en la batalla que cargar en lo alto una pancarta de muy revolucionario y muy puro y no hacer nada... Esa posición a veces me parece muy conveniente, una buena excusa... Trata y haz tu revolución, ve al combate, avanza un poco, incluso si es solo un milímetro, en la dirección correcta, en lugar de soñar utopías".

Recuerdo estar sentado cerca de una mujer mayor, vestida humildemente, en uno de sus mítines públicos. Ella me preguntó sobre él. ¿Qué pensaba yo? ¿Lo estaba haciendo bien? ¿No hablaba mucho? ¿No era muy imprudente a veces? Lo defendí. Estaba aliviada. Era su mamá, preocupada quizás de que no lo había criado tan bien como debía: "Siempre nos aseguramos de que leyera libros cuando era niño". Esa pasión permaneció en él. Historia, ficción y poesía eran el amor de su vida: "Como yo, Fidel es un insomne. Algunas veces leemos la misma novela. Llama a las 3am y pregunta: '¿Bueno, terminaste? ¿Qué piensas?". Y discutíamos por otra hora'".

Fue el hechizo de la literatura que en 2005 lo llevo a celebrar los 400 años de la gran novela de Cervantes en una manera singular. El Ministerio de Cultura reimprimió un millón de copias de Don Quijote y los distribuyó gratis entre un millón de pobres, pero ahora alfabetas, amas de casa. ¿Un gesto quijotesco? no. La magia del arte no puede transformar el universo, pero puede abrir una mente. Chávez confiaba en que el libro podría ser leído hora o después.

La cercanía con Castro había sido dibujada como una relación padre-hijo. Este es parcialmente el caso. El año pasado, una gran multitud se había reunido en las afueras del hospital en Caracas, donde se supone que Chávez debía estar recuperándose del tratamiento de cáncer, y sus cantos se hacían más y más fuertes. Chávez ordenó colocar un parlante en la azotea. Luego se dirigió a la multitud. Mirando esta escena en Telesur en La Habana, Castro estaba impactado. Llamó al director del hospital: "Habla Fidel Castro. Deberías ser despedido. Llévalo de vuelta a la cama y dile que yo dije eso".

Más allá de la amistad, Chávez veía a Castro y al Che Guevara en un marco histórico. Eran los herederos del siglo 20 de Bolívar y de su amigo Antonio José de Sucre. Ellos trataron de unir al continente, pero era como arar en el mar. Chávez se acercó más a ese ideal que al cuarteto que tanto admiraba. Sus éxitos en Venezuela provocaron una reacción continental: Bolivia y Ecuador obtuvieron victorias. Brasil, bajo el gobierno de Lula y Dilma, no siguió el modelo social, pero se negó a permitir que el Occidente los pusiera a unos contra los otros. Fue un tropo favorito de los periodistas occidentales: Lula es mejor que Chávez. Sólo el año pasado Lula declaró públicamente que apoyaba a Chávez, cuya importancia para "nuestro continente" nunca debe ser subestimada.

La imagen más popular de Chávez en el Occidente era la de un caudillo opresor. De haber sido cierto esto, yo desearía a más de ellos. La Constitución Bolivariana, rechazada por la oposición venezolana, sus periódicos y sus canales de televisión y la CNN local, incluyendo partidarios occidentales, fue aprobada por una amplia mayoría de la población. Es la única constitución del mundo que ofrece la posibilidad de sacar a un presidente electo del poder a través de un referéndum basado en la recolección de firmas suficientes. Consistente sólo en su odio hacia Chávez, la oposición intentó utilizar este mecanismo en 2004 para removerlo. Independientemente del hecho de que muchas de las firmas eran de personas fallecidas, el gobierno venezolano decidió aceptar el reto.

Yo estuve en Caracas una semana antes de la votación. Cuando me reuní con Chávez en el Palacio de Miraflores, él estaba estudiando detenidamente las encuestas de opinión con gran detalle. Podría estar cerca. "¿Y si pierdes?", le pregunté. "Entonces dimitiré", respondió sin vacilar. Ganó.

¿Alguna vez se cansa? ¿Se deprime? ¿Pierde la confianza? "Sí", respondió. Pero no fue el intento de golpe de Estado o el referéndum. Fue la huelga organizada por los sindicatos petroleros corruptos y respaldada por las clases medias lo que le preocupaban, ya que afectaría a toda la población, especialmente a los pobres: "Hay dos factores que me ayudaron a mantener mi moral. El primero fue el apoyo que tenemos en todo el país. Me harté de estar en mi oficina. Así que con un guardia de seguridad y dos camaradas fui a escuchar a la gente y a respirar un mejor aire. La respuesta me conmovió mucho. Una mujer se me acercó y me dijo: 'Chávez sígueme, quiero mostrarte algo.' La seguí hasta su casa pequeñita. En el interior, su marido y sus hijos estaban esperando que la sopa se terminara de cocinar. 'Mira lo que estoy usando para combustible ... la parte de atrás de nuestra cama. Mañana voy a quemar las patas, al día siguiente la mesa, luego las sillas y las puertas. Vamos a sobrevivir, pero no desistiremos ahora.' Al salir, jóvenes de del barrio vinieron y le dieron la mano. "Podemos vivir sin cerveza. Usted asegúrese de joder a estos hijos de puta".

¿Cuál era la realidad interna de su vida? Para cualquier persona con un cierto nivel de inteligencia, de carácter y de cultura, sus inclinaciones naturales, emocionales e intelectuales, son indisociables, constituyen un todo, que no siempre es visible para todos. Era un hombre divorciado, pero el afecto por sus hijos y nietos nunca estuvo en duda. La mayoría de las mujeres que amó, y fueron unas pocas, lo describieron como un amante generoso, y esto fue mucho después de que se habían separado.

¿Qué pasa con el país que deja tras de sí? ¿Un paraíso? Por supuesto que no. ¿Cómo es posible, dada la magnitud de los problemas? Pero deja tras de sí una sociedad muy cambiada en que los pobres sienten que tienen una participación importante en el gobierno. No hay otra explicación para su popularidad. Venezuela está dividida entre sus partidarios y detractores. Murió invicto, pero las grandes pruebas aún quedan por delante. El sistema que él creó, una democracia social basada en la movilización de masas, tiene que seguir progresando. ¿Será que sus sucesores estarán a la altura de esta tarea? En cierto sentido, esa es la prueba final del experimento bolivariano.

De una cosa podemos estar seguros. Sus enemigos no lo dejarán descansar en paz. ¿Y sus seguidores? Sus partidarios, los pobres de todo el continente y de otros lugares, lo verán como un líder político que prometió y reivindicó los derechos sociales contra todos los fuertes pronósticos, como alguien que luchó por ellos y ganó.