14/3/13

Gramsci y la Sociedad / De la crítica de la sociología marxista a la ciencia de la política

Fabio Frosini

En los Cuadernos de la cárcel la crítica de la sociología conduce a la elaboración de una “ciencia de la política”. En este ensayo se muestra cómo esa crítica —que nace como intervención política en el contexto del comunismo de la Tercera Internacional— se entrelaza con los nudos cruciales de la reflexión de Gramsci, como la relación entre teoría y política (y el estatus de la teoría) y entre filosofía e ideología, y los conceptos de necesidad histórica, ley y ciencia. Se muestra cómo el resultado de la investigación consiste, para Gramsci, no tanto en el rechazo de la idea de una legalidad social, sino en la redefinición de la “ley” social e histórica en términos de “regularidad”, noción en la cual se sintetizan voluntad política y necesidad económica.

Cuestiones de método

En este escrito quiero examinar algunos aspectos del legado manuscrito de Antonio Gramsci. Como es de sobra conocido, tras su encarcelamiento (8 noviembre 1926) con una condena a 20 años, 4 meses y 5 días de prisión (4 de junio de 1928) por los delitos de conspiración, instigación al cambio violento de la Constitución del Estado y de la forma de gobierno, incitación al odio entre las clases (y varios delitos menores) y el sucesivo traslado a la “casa penal especial” para “detenidos que sufren enfermedades físicas y psíquicas” de Turi di Bari (a donde fue enviado tras una visita médica), Gramsci obtuvo el permiso de tomar apuntes. En el momento de su muerte (el 27 de abril de 1937) dejó 29 cuadernos de apuntes, que después de la guerra fueron publicados (entre 1949 y 1951) por Palmiro Togliatti y Felice Platone en una edición temática, y finalmente en 1975 Valentino Gerratana publicó la edición crítica con el título de Cuadernos de la cárcel.  A diferencia de la primera edición, ésta presentaba el manuscrito original completo, publicando los 29 cuadernos, tal y como fueron escritos por el autor, en un orden cronológico establecido por el compilador a través de diversos indicios directos e indirectos.

Estas breves precisiones tienen una función: dejar claro desde el principio mi manera de abordar los Cuadernos. Mientras en los años cincuenta y en los sesenta la lectura de los Cuadernos era forzosamente “sistemática”, ya que no se conocía ni se contaba con ningún indicio para saber el orden en el que se habían escrito, desde hace justo 32 años, es posible e incluso indispensable respetar en la lectura y en la reconstrucción ese orden de escritura, que es uno de los pocos elementos fijos de que disponemos en la interpretación del manuscrito que el autor dejó inacabado y no preparado para la publicación, ni siquiera lo suficientemente elaborado para poder ser fácilmente publicado. Por tanto, mi reconstrucción se basa decididamente en el orden cronológico en el cual se escribieron los Cuadernos (el trabajo se extendió desde febrero de 1929 a abril de 1935)3, ya que este orden es fundamental para poder entender los diversos párrafos.

Sabemos con certeza que Gramsci, en las últimas semanas de 1930 (esto es, más o menos dos años después de empezar el trabajo), en un resumen provisional al principio del cuaderno 8, pensaba que de sus “notas y apuntes” (que él definía «de carácter provisional —pro-memoria»), “podrían resultar ensayos independientes, no un trabajo orgánico unitario” (C 8, <Índice>, 935). Por tanto, Gramsci no pensaba en un tratado, sino en un cierto número de ensayos, coordinados eso sí en una trama unitaria, pero lo bastante independientes como para ser publicados por separado. Esta solución no nos tiene por qué maravillar: corresponde perfectamente a la “mente” de Gramsci, que era ajeno a la idea de que los “libros” fueran autosuficientes y que tuvieran un valor en sí mismos. Para Gramsci la escritura es fundamentalmente una forma específica de intervenir en la realidad, y en cuanto tal —también cuando se presenta en las formas sofisticadas de un estudio teórico— tiene un valor exclusivamente referido a las (específicas) tareas que se asigna y a las preguntas (circunstanciales) que trata de responder.

Desde este punto de vista, la referencia más importante para Gramsci era sin duda Antonio Labriola, que entre el 1895 y el 1898 había publicado tres “ensayos” fundamentales (nótese que es el mismo término utilizado por Gramsci) —En memoria del “Manifiesto” de los comunistas, Sobre el materialismo histórico. Dilucidación preliminar, Conversando sobre socialismo y filosofía— que conjuntamente han señalado el inicio del marxismo teórico en Italia, y al mismo tiempo son algunas de las aportaciones más importantes a la historia del marxismo. Con Labriola, Gramsci comparte no sólo algunos elementos centrales de la propia filosofía marxista sino también la alergia por las exposiciones sistemáticas y, como consecuencia, por la forma del tratado. Esto no quiere decir que para Labriola y Gramsci la teoría no tenga una realidad específica y una esfera de eficacia, y que a ello estén unidas la sistematicidad y la coherencia de pensamiento (no se trata por tanto de pensadores de aforismos); significa que la teoría no puede ser ni “pensada” ni, consecuentemente, “expuesta” separada de la materia que articula y organiza; además, la materia es siempre históricamente específica, universalizable por tanto a través de procedimientos de abstracción que tienen límites precisos, límites que son parte de la “conciencia refleja” de la teoría y en los que la teoría debe consistir en buena parte. Todo ello significa, en fin, que la teoría, en cuanto “conciencia refleja” está siempre unida a la política, es siempre una forma de intervenir —de poner en orden una materia específica en una forma específica, con la finalidad de permitir una intervención práctico-política de transformación. Más precisamente se podría decir que la teoría es en sí misma una forma de intervención práctico-política, puesto que no se encuentra jamás en un lugar neutro sino que es siempre (y en el caso del marxismo de forma consciente) parcial, y por tanto activamente involucrada en una batalla para cambiar las relaciones de fuerzas ideológicas. De aquí se deduce que, para Gramsci y Labriola, la teoría del materialismo histórico no pueda darse como un “sistema” completo, una exposición sistemática o un tratado porque la “plenitud” de la teoría marxista no está dentro de la teoría sino fuera, en la transformación práctica.

Volveremos más adelante sobre estos temas. Por ahora baste decir de forma preliminar que leyendo los Cuadernos se debe tener presente esta doble advertencia respecto al método: respetar su carácter provisional y el orden temporal de composición, y tener en cuenta el estatuto particular de “teoría” que presuponen y que en ellos Gramsci intenta desarrollar.
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