24/3/13

El pensamiento engelsiano en sus rasgos más genuinos y originales

Friedrich Engels
✆ Alastair Mackinven
Ángelo Altieri

El nombre de Federico Engels suele ser asociado con el de Carlos Marx en un sentido que menoscaba la personalidad relevante del filósofo de Barmen. No nos referimos, por cierto, a la actitud interesadamente malévola de sus adversarios,para los cuales los créditos de Engels se circunscribirían a "su inmutable fidelidad de escudero". Aun muchos de sus admiradores no ven en él sino al colaborador eficiente, al amigo fraternal y al infatigable compañero de lucha de Marx.

Escasos son, en verdad, los testimonios de la originalidad y, de la genialidad de su pensamiento, que llegó a coincidir con el de Marx por caminos distintos1 y que, tras el largo periodo de mutua y fecunda colaboración entre los dos grandes fundadores del "socialismo científico", siguió desarrollándose hasta
tomar ía forma de una "dialéctica de la naturaleza", en virtud de la cual también el "materialismo histórico" cambió de fisonomía. Lamentablemente, el propio Engels favoreció, en cierto modo, esta inexacta, por limitativa y empobrecida, valoración de su personalidad, al decir con respecto a sus relaciones con Marx: 
"Que antes y durante los cuarenta años de mi colaboración con Marx tuve una cierta parte independiente en la fundación y sobre todo en la elaboración de la teoría, es cosa que ni yo mismo puedo negar. Pero la parte más considerable de las principales ideas directrices, particularmente en el terreno económico e histórico, y en especial su formulación nítida y definitiva, corresponden a Marx. Lo que yo aporté —si se exceptúa, todo lo más, un par de especialidades— pudo haberlo aportado también Marx sin mí. En cambio, yo no hubiera conseguido jamás lo que Marx alcanzó. Marx tenía más talla, veía más lejos, era un genio; los demás, a lo sumo hombres de talento".
Y en la carta a I. F. Becker del 15 de octubre de 1884, se había expresado aproximadamente de la misma manera: "Al lado de Marx me correspondió el papel de segundo violín". Palabras, éstas, que le fueron dictadas, evidentemente, por su excesiva modestia y por la devoción hacia el amigo y que, por eso mismo, no deben condicionar un juicio que pretenda estar fundado en la evidencia objetiva.