24/3/13

El jefe que hoy lloramos encontró una sociedad en descomposición, un polvo de hombres sin orden ni disciplina

  • “El camarada Lenin ha sido el iniciador de un nuevo proceso de desarrollo de la historia, pero lo ha sido porque él mismo era el exponente y el último momento más individualizado de todo un proceso de desarrollo de la historia pasada, no sólo de Rusia, sino del mundo entero.”
Antonio Gramsci

Todo Estado es una dictadura. Ningún Estado puede carecer de un Gobierno constituido por un reducido número de hombres que se organizan a su vez alrededor de uno dotado de más capacidad y de mayor clarividencia. Mientras haga falta el Estado, mientras sea históricamente necesario gobernar a los hombres, cualquiera que sea la clase dominante, se planteará el problema de tener jefes, de tener un “jefe”.

El que algunos socialistas que siguen llamándose marxistas y revolucionarios digan que quieren la dictadura del proletariado, pero no la dictadura de los “jefes”, la individualización, la personalización del mando; que digan, esto es, que quieren la dictadura, pero no en la única forma en que es históricamente posible, basta para revelar toda una orientación política, toda una preparación teórica “revolucionaria”.

En la cuestión de la dictadura proletaria el problema esencial no es el de la personalización física de la función de mando. El problema esencial consiste en la naturaleza de las relaciones que los jefes o el jefe tengan con el partido de la clase obrera, y de las relaciones que existan entre ese partido y la clase obrera. ¿Son relaciones puramente jerárquicas, de tipo militar, o lo son de carácter histórico y orgánico? El jefe, el partido, ¿son elementos de la clase obrera, son una parte de la clase obrera, representan sus intereses y sus aspiraciones más profundas y vitales, o son una excrecencia de ella, una simple sobreexposición violenta? ¿Cómo se ha formado ese partido, cómo se ha desarrollado, mediante qué proceso se ha producido la selección de los hombres que lo dirigen? ¿Por qué se ha convertido en partido de la clase obrera? ¿Ha ocurrido eso por casualidad?

El problema lo es, pues, de todo el desarrollo histórico de la clase obrera, que se constituye lentamente en la lucha contra la burguesía, registra alguna victoria y sufre muchas derrotas; y no sólo de la clase obrera de un solo país, sino de toda la clase obrera mundial, con sus diferenciaciones superficiales y, sin embargo, tan importantes en cada momento aislado, y con su sustancial unidad y homogeneidad.

El problema se convierte en el de la vitalidad del marxismo, de su ser o no ser la interpretación más segura y profunda de la naturaleza y de la historia, de la posibilidad de que dé a la intuición genial del hombre político un método infalible, un instrumento de precisión extrema para explorar el futuro, para prever los acontecimientos de masa, para dirigirlos y hacerse dueño de ellos.

El proletariado internacional ha tenido y sigue teniendo un ejemplo vivo de partido revolucionario que ejerce la dictadura de clase; ha tenido y desgraciadamente no tiene ya el ejemplo vivo más característico y expresivo de lo que es un jefe revolucionario: el camarada Lenin.

El camarada Lenin ha sido el iniciador de un nuevo proceso de desarrollo de la historia, pero lo ha sido porque él mismo era el exponente y el último momento más individualizado de todo un proceso de desarrollo de la historia pasada, no sólo de Rusia, sino del mundo entero. ¿Era por casualidad jefe del partido bolchevique? Y el partido bolchevique, ¿era por casualidad el partido dirigente del proletariado ruso y, por tanto, de la nación rusa? La selección duró treinta años, fue laboriosísima y tomó a menudo las formas aparentemente más extrañas y absurdas.

Se produjo en el campo internacional, en contacto con las civilizaciones capitalistas más adelantadas de la Europa central y occidental (1), en la lucha de los partidos y de las fracciones que constituían la Segunda Internacional antes de la guerra. Continuó luego en el seno de la minoría del socialismo internacional que quedó, al menos parcialmente, inmune del contagio socialpatriótico. Y luego en Rusia, en la lucha por conseguir la mayoría del proletariado, en la lucha por comprender e interpretar las necesidades y las aspiraciones de una clase campesina innumerable, dispersa por un territorio inmenso. Y aún sigue hoy, porque cada día hay que comprender, prever, proveer.

Esa selección ha sido una lucha de fracciones, de pequeños grupos; ha sido lucha individual, ha significado escisiones y unificaciones, detenciones, exilios, prisión, atentados; ha sido resistencia al desánimo y al orgullo, ha significado sufrir hambre teniendo a disposición millones en oro, ha querido decir conservar el espíritu de un sencillo obrero en el tren del zar, no desesperar nunca aunque todo pareciera perdido, sino volver a empezar con paciencia, con tenacidad, conservando la sangre fría y la sonrisa en los labios cuando los demás perdían la cabeza.

El Partido Comunista ruso, con su jefe Lenin, se había ligado de tal modo a todo el desarrollo del proletariado ruso, a todo el desarrollo, por tanto, de la entera nación rusa, que no es siquiera posible imaginarios separados, ni al proletariado como clase dominante sin que el Partido Comunista sea el partido de Gobierno, y, por tanto, sin que el Comité Central del partido sea el inspirador de la política del Gobierno y sin que Lenin fuera el jefe del Estado.

La actitud misma de la gran mayoría de los burgueses rusos –que decían: sería también nuestro ideal una república con Lenin en cabeza, pero sin el Partido Comunista– tenía una gran significación histórica. Era la prueba de que el proletariado no ejercía ya sólo el dominio físico, sino que dominaba también espiritualmente.

En el fondo y confusamente, hasta el burgués ruso comprendía que Lenin no habría podido llegar a la jefatura del Estado ni mantenerse en ella sin el dominio del proletariado, sin que el Partido Comunista fuera el partido de Gobierno: su conciencia de clase le impedía reconocer, además de su derrota física directa, su derrota ideológica e histórica; pero ya dudaba, y su duda se expresaba en aquella frase.

Se presenta también otra cuestión. ¿Es posible hoy, en el período de la revolución mundial, que existan “jefes” fuera de la clase obrera, que existan jefes no-marxistas, que no estén ligados estrechamente a la clase que encarna el desarrollo progresivo de todo el género humano? En Italia conocemos el régimen fascista, y en cabeza del fascismo está Benito Mussolini, y hay una ideología oficial en la cual se definía al “jefe”, declarándolo infalible, preconizándolo como organizador e inspirador de un renacido Sacro Imperio Romano.

Vemos impresos diariamente en los periódicos decenas y centenares de telegramas de homenaje de las vastas tribus locales al “jefe”. Vemos sus fotografías: la máscara endurecida de un rostro que conocimos en las concentraciones socialistas. Conocemos ese rostro. Conocemos el movimiento de esos ojos en las órbitas, que en el pasado se proponían aterrar a la burguesía con su mecánica ferocidad, y hoy aterrar al proletariado. Conocemos ese puño siempre cerrado en amenaza. Conocemos todo ese mecanismo, todo ese arsenal, y comprendemos que pueda impresionar y agitar las vísceras de la juventud en las escuelas burguesas; es de verdad impresionante, incluso visto de cerca, y asombra. Pero ¿”jefe”? Hemos visto la semana roja de junio de 1914.

Más de tres millones de trabajadores se lanzaron a la calle por el llamamiento de Benito Mussolini, que desde hacía un año, desde la hecatombe de Roccagorga, los habían preparado para aquella gran jornada con todos los medios periodísticos y tribunalicios que estaban entonces a disposición del “jefe” del Partido Socialista, de Benito Mussolini: desde los dibujos de Scalarini hasta el gran proceso de Milán. Tres millones de trabajadores salieron a la calle; y faltó el “jefe”, que era Benito Mussolini. Faltó como “jefe”, no como individuo, porque dicen que como individuo era valiente, y que en Milán desafió el cordón y los fusiles de los guardias. Faltó como “jefe” porque no lo era, porque, según confesión propia, en la dirección del Partido Socialista no conseguía dominar las miserables intrigas de Arturo Vella o de Angelica Balabanof.

Ya entonces era, como lo es hoy, el tipo concentrado del pequeño-burgués italiano, rabiosa, feroz mezcla de todos los detritus dejados en el suelo nacional por los varios siglos de dominio de los extranjeros y del clero: no podía ser el jefe del proletariado; se convirtió en dictador de la burguesía, que ama los rostros feroces cuando vuelve a hacerse borbónica, que espera ver en la clase obrera el mismo terror que ella sentía por el giro de aquellos ojos y por aquel puño amenazador.

La dictadura del proletariado es expansiva, no represiva. Se produce un continuo movimiento de arriba abajo, un recambio continuo a través de todas las capilaridades sociales, una continua circulación de hombres. El jefe que hoy lloramos encontró una sociedad en descomposición, un polvo de hombres sin orden ni disciplina, porque en cinco años de guerra se había agotado la producción fuente de toda vida social. Todo se ha reordenado y reconstruido, desde la fábrica hasta el gobierno, con los medios, bajo la dirección y el control del proletariado, o sea, de una clase nueva en el gobierno y en la historia.

Benito Mussolini ha conquistado el gobierno y lo mantiene con la represión más violenta y arbitraria. No ha tenido que organizar una clase, sino sólo el personal de una administración. Ha desmontado algún mecanismo del Estado, más para ver cómo era y hacer prácticas del oficio que por una necesidad originaria. Su doctrina está enteramente contenida en la máscara física, en el rodar de los ojos en las órbitas, en el puño siempre dispuesto a la amenaza…

Estos espectáculos no son nuevos para Roma. Roma ha visto a Rómulo, ha visto a César Augusto y ha visto, en su ocaso, a Rómulo Augusto.