31/3/13

Cuando Gramsci descubrió a Turín, la ciudad obrera

El joven Antonio Gramsci
✆ Gianluca Costantini
Francesco Scalambrino
Traducción del italiano para Gramscimanía por Omar Montilla

Estaba cansado. Los transbordadores y los trenes no eran como los de hoy y el viaje desde la isla de Cerdeña hasta Turín había resultado más fatigoso de lo que se había previsto, inclusive para él que ya no era más un niño. Más bien, ‘Nino’, como cariñosamente era llamado Gramsci en su familia, se encontraba en plena juventud. Nacido en 1891, ya era un veinteañero y apenas había completado el bachillerato. Pero era un joven débil y su gracilidad física aminorada, a causa de una caída sufrida cuando era un niño, la cual le traería problemas por toda la vida.

Desde su partida de Cerdeña se sentía en un estado de ‘sonambulismo’, fuera de su tierra natal y preocupado por sus condiciones financieras: por ello había viajado en tercera clase, gastando 45 de las 100 liras que le había proporcionado la
familia para el viaje. Para la familia tal cantidad de dinero significaba un gran sacrificio, en vista de las difíciles condiciones económicas en que se encontraban. Por esta misma razón había decidido abandonar su Cerdeña natal.

Procurarse el dinero necesario para concluir sus estudios secundarios ya había sido un problema: había logrado llevarlos a cabo en Cagliari (la capital de Cerdeña), pero en condiciones casi desesperadas. Al terminar su bachillerato, la cuestión se había tornado dramática, en vista de los mayores costos que había que sufragar para frecuentar una Facultad universitaria. Sin embargo se había enterado que el Real Colegio Carlos Alberto de Turín, había ofrecido una beca de estudio a los mejores estudiantes pobres del territorio que había ocupado el reino de Cerdeña. Después de superar un severo y difícil examen que constaba de pruebas escritas y orales  en todas las materias de los tres  años del liceo, tendría la posibilidad de inscribirse en la Universidad de Turín, gracias a una contribución de 70 liras mensuales por 10 meses al año, con tal de frecuentar regularmente las clases, y que se superasen los exámenes con una buena media y en los tiempos prescriptos.

A finales del mes de septiembre de 1911 se enteró de haber sido uno de los dos admitidos provenientes de Cagliari y que los exámenes tendrían lugar entre el 18 y el 28 de octubre. Por esta razón había emprendido el viaje para ir “di là dalle grandi acque” y llegar hasta Turín.

Su primer contacto con la ciudad había sido poco feliz. En la estación ferroviaria había sido recibido por Francesco, un paisano que se había obligado a abandonar Cerdeña para llegar a la ciudad industrial y trabajar en la fábrica de neumáticos Pirelli. Juntos se dirigieron a la casa que Francesco le había conseguido como primer alojamiento, pero la cifra indicada como canon de arrendamiento era muy alto. Por otra parte, con ocasión de las celebraciones para cincuentenario de la unidad italiana, se había inaugurado la Exposición Universal en el parque del Valentino, y como consecuencia los precios se habían disparado. Un auxilio inesperado le había llegado de parte del secretario del Real Colegio Carlos Alberto, que había logrado procurarle una pequeña habitación a mitad de precio, “… donde me otorgaron un crédito; yo estaba tan deprimido que quería hacerme devolver a Cerdeña por parte de la Questura […] Y pasé el invierno sin un abrigo, con un vestido ligero, apto para Cagliari. Para marzo de 1912 me sentía tan mal que no hablé más durante algunos meses: al hablar equivocaba las palabras”, recordaría unos años más tarde en una de sus cartas.

A pesar de todo había logrado superar brillantemente la severa selección del concurso: entre 71 candidatos admitidos, solo 27 habían sido promovidos y Gramsci se había clasificado entre todos, en el noveno puesto. Vivía sin embargo una suerte de aturdimiento físico y psicológico, algo que resulta común a cualquier joven que haya sido catapultado en una gran ciudad, a cada “triple o cuádruple provinciano como era un cierto joven sardo” de principios del siglo XX, que por primera vez enfrentaba la gran metrópolis industrial. Pero tenía temor de caminar solo por las calles del centro: “Me da escalofrío caminar, después de haber corrido el riesgo de caer bajo la ruedas de no sé cuántos automóviles o tranvías” escribía a su padre. Sobre todo, sufría por el hambre y por el frío: “Gravemente enfermo por el frío y la desnutrición, fantaseaba con una gran araña que de noche estuviera emboscada y descendiera para chuparme el cerebro mientras dormía”. La casa donde vivía le parecía un “glaciar”, paseaba por la habitación con el fin de calentarse los pies, o bien estaba tan “imbacuccato” [envuelto, cubierto, vestido, tapado, NdelT.] que no podía lograr tener en su mano la pluma para escribir y a estudiar para preparar los exámenes universitarios. No superarlos significaba perder el subsidio o beca que se le había otorgado.

Con menos frecuencia se sentía en condiciones de enfrentar los exámenes y gradualmente abandonó los estudios universitarios, mientras tomaba mayor conciencia de la realidad social de una metrópolis industrial. Y también con frecuencia, y a lo largo de las calles que del centro de la ciudad conducían hacia el rio Po, había visto a los trabajadores manifestar contra las duras condiciones de trabajo y había comenzado a apasionarse “por la lucha, por la clase obrera”.

Antonio Gramsci en Turín, con los redactores de L'Ordine Nuovo
Viva y plena de iniciativas, Turín no era solo la sede de actividades industriales, era también la ciudad de la moda, del cine y de una vivaz actividad teatral. ‘Nino’ frecuentaba asiduamente los teatros de la ciudad, asistía a las primeras proyecciones cinematográficas y reseñaba los espectáculos para los periódicos socialistas. De hecho se había dedicado con pasión creciente al periodismo político y a dar conferencias en los círculos socialistas, persuadido como estaba de la necesidad de preparar a la clase obrera, porque “cada revolución ha sido precedida de un intenso trabajo de crítica, de penetración cultural”, y por tanto “para los proletarios es un deber no ser ignorantes” por cuanto “el problema de la educación de los proletarios es un problema de libertad”. A quien le reprochaba recurrir a un lenguaje demasiado complejo en sus artículos o en las conferencias dedicadas a los jóvenes obreros, respondía que en la obra de divulgación entre los jóvenes y entre los obreros, era necesario recurrir a “imágenes y lenguajes nuevos”, pero sin simplificaciones excesivas: “Un concepto que sea difícil por sí mismo, no puede ser facilitado sin que se convierta en una obscenidad”.

Por esto recorría a lo largo y a lo ancho la ciudad y había aprendido a conocerla y a amarla. En el curso de los difíciles años de la Primera Guerra Mundial, de la ocupación de las fábricas y de la afirmación del régimen fascista, se había convertido más a la vida política y cultural turinesa. Junto a él estaba también Piero Gobetti, joven liberal que ‘Nino’, socialista y después comunista, había escogido como amigo y colaborador. Turín era siempre más “su” ciudad, la ciudad de “ambos”.

Para la historia, será siempre la “Turín de Gramsci y de Gobetti”