18/2/13

Socialismo: De negaciones, imaginación y política / Gramsci: la lucha contra el capitalismo desde la batalla cultural

Esteban Valenti
  • Hoy sabemos mucho más de cómo no será el socialismo, que sobre las formas que son necesarias y posibles para alcanzarlo y construirlo
  • La relación entre le hegemonía y los cambios en la estructura económica y social y su correlato político, que nunca será mecánico requiere de un refinado ejercicio dialéctico, ese que hizo Gramsci
Es un debate interesante, no por los desafíos intelectuales que plantea que son muchos- sino porque tiene que ver con el futuro de la humanidad. ¿El destino último e inexorable del ser humano, el eslabón final de la larga cadena de la historia será el capitalismo? Es una pregunta que antes del derrumbe del muro nadie se formulaba de esa manera. Hoy está en el orden del día y tiene un dejo de resignación.

Podemos buscarle una respuesta en la ética, en la utopía necesaria para vivir y no resignarse, en la bronca de ver como las injusticias se prolongan y se agudizan o podemos agregarle otra pregunta: ¿Qué otro sistema podría sustituir al capitalismo? ¿Cómo sería, como debería ser? Y si no somos deterministas y aprendimos algo de la historia le podríamos agregar otra angustiante pregunta ¿será mejor o peor? ¿Será el fin de la historia?

Si asumimos que es ser humano es en definitiva el centro de toda construcción social, económica y política y que no son las supuestas leyes de la economía o de la demografía las que construyen las sociedades, si renunciamos de manera explícita a todo determinismo y a toda llave cuasi religiosa, la cosa se hace muy apasionante.

Para la izquierda uruguaya en el gobierno nacional desde hace 8 años y con perspectivas y posibilidades de seguir por la vía democrática en el gobierno y con 23 años gobernando Montevideo no es una pregunta retórica. La mayoría de la izquierda uruguaya tiene definiciones a favor de cambios profundos y en general de orientación socialista, o socialcristiana, o socialdemócrata, o socialmarxista, o socialmarxista-leninista. Es decir socialista.

El tema es que tenemos diferencias, no pequeñas sobre que es el socialismo. En el mundo de hoy no es por cierto un debate muy profundo, ni que apasione las academias, los intelectuales o las fuerzas políticas o sociales. Predomina una mirada corta y urgente.

En estos días aparecieron interesantes artículos y declaraciones de José Mujica, de Danilo Astori, de Eleuterio Fernandez Huidobro, de Mateo Grille. Hasta yo me animé en dos largos artículos a tratar este tema desde la obra de Antonio Gramsci.

Creo que lo primero que tenemos que hacer es escucharnos, leernos y respetarnos mucho. Las diatribas, las descalificaciones, típicas de los inicios del debate sobre el socialismo hace más de un siglo y medio, hoy no agregan nada. Creo que en realidad la defensa a ultranza de la pureza de una visión, de una interpretación ideológica, de una supuesta ciencia, que era en definitiva la visión de la ciencia en el siglo XIX, nos paraliza. Nos hemos dedicado más agravios, insultos y calificativos entre las diferentes visiones de los que luchamos por algún socialismo, que los que le dedicamos al capitalismo. En eso nos parecemos a las feroces luchas fratricidas entre católicos y protestantes en todas sus versiones.

Nos hará falta a todos estudiar mucho, entender más a fondo cuales fueron las causas, de avances, conquistas revolucionarias, retrocesos, fracasos estrepitosos y caídas y estudiar los cambios que se han operado en el capitalismo en su nueva crisis. Nos hará todavía mucha falta imaginación y rigor en una combinación muy compleja y muy difícil. Y audacia, audacia y más audacia. Esto último implica la posibilidad de equivocarnos, de analizarnos, de criticarnos, de corregir y de seguir adelante, sobre todo si lo hacemos en medio de la dura batalla política de gobernar y enfrentar la restauración de la derecha.

Carlos Marx fue el más implacable crítico del capitalismo. Eso nadie lo duda ni lo discute seriamente. Desentrañó sus mecanismos económicos y sus consecuencias sociales, estudió como nadie sus procesos económicos y en cierta manera, políticos y el papel de las clases sociales en el régimen que había nacido menos de un siglo antes. Sería un mentiroso si dijera que he leído y menos estudiado toda la obra de Marx, pero tengo la clara idea que no nos dejó una descripción concreta de cómo sería el socialismo, que era sin duda su objetivo y al que le dedicó su vida. El quería cambiar el mundo, hacerlo más justo, más virtuoso, mejor, para la inmensa mayoría de los seres humanos y en particular para los que trabajaban y eran explotados por la venta de su trabajo.

La teoría del valor-trabajo en Marx es totalmente diferente a la de sus predecesores, Adam Smith y David  Ricardo. En Marx, es un elemento fundamental para comprender el modo de producción capitalista. Su enfoque de la teoría del valor-trabajo es histórica y social y es la base de la economía capitalista. El trabajo no es valor por naturaleza, es valor porque la organización social lo utiliza. El trabajo produce valor en las mercancías o servicios, pero el hecho de que esos resultados del trabajo se mida por el tiempo del trabajo utilizado para producir esos productos o servicios se debe a la estructura social y a las relaciones de producción existentes.

La plusvalía es el valor del trabajo que no le es pagado al trabajador por encima de la fuerza de trabajo y del que se apropia el capital en el capitalismo y es la base de la acumulación capitalista. Este es un concepto que ya utilizaban tanto Smith como Ricardo aunque no en la visión que le dio Marx. Estos conceptos son claves para entender cualquier sistema que sustituya o sea una evolución del capitalismo, lo que se llamó y seguiré llamando el socialismo.

Pero para entender el capitalismo actual hay que incorporar otro elemento, que no existía, obviamente en la época de Marx, la utilización de la especulación financiera a nivel total, incluyendo el endeudamiento masivo de los trabajadores, la especulación sobre ese endeudamiento en particular a nivel inmobiliario y la distorsión de toda la economía, pero también un fuerte impacto en las costumbres y la cultura dominante en el consumo y en la dependencia del crédito. Es un tema que merecería un análisis particular.

Marx nunca dijo que el socialismo era la estatización de la economía, de cada aspecto de la economía, de la sociedad, de la política, de la cultura, del arte, de todo lo humano y que el la cúspide de esa pétrea pirámide burocrática debía estar un partido, un órgano de ese partido y más arriba todavía un líder, un secretario general. Ese nombre de secretario general fue concebido originalmente durante la vida de Lenin y tenía una connotación más administrativa y organizativa que otra cosa. Fue Stalin que lo transformó en el reinado absoluto y total sobre haciendas, vidas, ideas, ciencias, libertades y muertes. 

El socialismo real que se derivó de la Revolución de Octubre, con apenas 6 años de vida de Lenin, los últimos muy afectado en su salud, casi 30 años de dominio absoluto de Stalin, un interregno de once años de Nikita Jrushchov y de 18 años de restauración de Leonid Brézhnev fue el modelo que con diferencias, pero no sustantivas, fue adoptado en todos los países que construyeron el socialismo real , en oposición a otras definiciones de socialismo. Que son muchas y muy diversas. Algunas como la socialdemocracia gobernaron y gobiernan diversos países, otras no dejaron de ser un enunciado y todas afrontan su propia crisis.

El modelo se extendió en el mundo, tanto en los que llegaron al poder como, a los que luchaban por él, a través de los Partidos Comunistas, con una fuerte influencia en el mundo intelectual, en los movimientos de liberación nacional y anti colonial. Su base ideológica central no por culpa principal de Lenin fue que se adoptó, desde el punto de vista teórico político, un texto, relativamente breve en la amplia producción marxista y del propio autor, El Estado y la revolución, escrito entre agosto y setiembre de 1917, lleno de urgencias tácticas y políticas y en vísperas de la revolución. Fue la Biblia de la Dictadura del Proletariado, sin la cual no era posible el socialismo. Se puede decir que era la condición esencial para alcanzar algún estadio de la construcción del socialismo real . Aunque los nombres fueron diversos, como por ejemplo las democracias populares , etc.

De esa concepción política derivó un modelo económico y social monolítico, donde la estatización de la economía a nivel central, de todas y las más diversas empresas se sustituía al mercado a todos los niveles posibles. Estatizar todo, las grandes empresas, el comercio exterior, las organizaciones financieras de todo tipo, las medianas y pequeñas empresas y hasta los kioscos de revistas. Y la tierra, las riquezas minerales, la producción y comercialización. Todo. Y cuanto más todo, más socialismo.

Ese modelo fracasó. Se vino abajo. Se nos cayó encima. Implosionó por sus propias contradicciones y la contrarrevolución vino de adentro de sus sociedades y barrió con décadas de edificación estatal, política, partidaria y cultural.

Considero que la causa principal del fracaso fue en primer lugar política, las contradicciones que se fueron generando entre el discurso, el modelo y su pobre soporte cultural y la realidad de las diversas sociedades. La URSS, las sociedades del socialismo real no se cayeron porque hubiera una hambruna, una brutal crisis económica o financiera, sino que la chispa y la explosión se basó en profundas corrientes socio-políticas. Habíamos perdido la batalla ideológica y cultural en toda la línea, la burocracia se había devorado los cimientos del socialismo y sus valores éticos y políticos y esa misma burocracia a nivel del aparato partidario, represivo y empresarial fue la heredera material del derrumbe.

¿Acaso después de la caída del socialismo surgieron cientos, miles, millones de grandes, medianas o pequeñas empresas autogestionadas por sus trabajadores? En absoluto, todo derivó violentamente hacia el peor capitalismo, incluyendo la casi inexistencia de sindicatos para defender a los trabajadores, porque en el socialismo real los sindicatos eran poco más que un decorado.

Dejar por aquí el análisis sería chueco, no podemos dejar de considerar que las economías del socialismo real, producto de sus ineficiencias, de su baja capacidad de renovación, excepto en el área militar y espacial (que derivaban del mismo eje), fueron quedando rezagadas en relación al capitalismo. A ello se agregó que la carrera armamentista llevada al paroxismo devoraba enormes recursos.

Decía Marx en su Carta a Kugelman de 1868, que aun un niño sabe que una formación social que no reproduzca las condiciones de producción al mismo tiempo que produce, no sobrevivirá siquiera un año. Por lo tanto, la condición final de la producción es la reproducción de las condiciones de producción. Puede ser simple (y se limita entonces a reproducir las anteriores condiciones de producción) o ampliada (en cuyo caso las extiende) como decía Louis Althusser.

Marx escribió: La capacidad productiva del trabajo depende de una serie de factores, entre los cuales se cuentan el grado medio de destreza del obrero, el nivel de progreso de la ciencia y de sus aplicaciones, la organización social del proceso de producción, el volumen y la eficacia de los medios de producción y las condiciones naturales".

Todo nuevo régimen social, indicó Lenin, vence al que le precede consiguiendo una mayor productividad del trabajo. Elevar la productividad del trabajo significa economizar trabajo vivo y trabajo social, o sea, reducir el tiempo socialmente necesario para producir la unidad de mercancía, rebajar su valor. La proporción de trabajo vivo disminuye mientras que la proporción de trabajo pasado (materializado) aumenta relativamente y de tal modo que se reduce la suma global de trabajo encerrado, en la mercancía. En esta ley se manifiesta el decisivo significado del progreso de la técnica para el crecimiento de la productividad del trabajo. El nivel y los ritmos de crecimiento de la productividad del trabajo social dependen de muchos factores, ante todo del grado de desarrollo de las fuerzas productivas.

El socialismo real comenzó a perder esta batalla y por lo tanto no se transformó en un estadio superior del régimen capitalista que pretendía superar y sustituir. Ni siquiera la planificación centralizada, la ausencia de desocupación y las crisis cíclicas del capitalismo impidieron que este superara al socialismo en un aspecto clave, en el desarrollo de las fuerzas productivas.

Lenin en su propuesta, y subrayo propuesta, no imposición de una Nueva Política Económica (NEP) tuvo una visión crítica tanto del periodo que concluía en la guerra contra la invasión de las potencias occidentales y contra los guardias blancos, como de los errores cometidos y proponía un cambio radical, que hubiera tenido consecuencias decisivas en el plano económico, social, cultural, político e institucional.

El primer objetivo de la NEP fue revertir la grave crisis que vivía el recientemente nacido estado soviético y fue aprobada por el 10º.Congreso del Partido Bolchevique en 1921. La revolución había logrado sobrevivir, pero a costa de un enorme costo: la producción agrícola había descendido respecto a 1914 en un 60%, la producción industrial había quedado reducida a un 15%, la emigración al campo y el despoblamiento de las ciudades era galopante y el nivel de vida de la población estaba bajo mínimos. El invierno de 1920 y 1921 se caracterizó por su extremada dureza y junto al hambre causó más de dos millones de muertos.

La guarnición de la fortaleza de Kronstadt (Báltico), una de las más leales al gobierno revolucionario, se amotinó en marzo de 1921, descontenta con la situación económica y política imperante. La rebelión, aunque abortada, supuso un serio aviso para los bolcheviques, cuyos líderes vieron necesario un cambio de tendencia.

En palabras de Lenin, la NEP constituía un sistema transitorio y mixto, un obligado paso atrás en el que la economía permanecería bajo la dirección y planificación del Estado, aunque secundada por la iniciativa privada.

Por la NEP cesaron las incautaciones de granos a los agricultores y les fue concedida la libertad de cultivar y vender a su conveniencia, una vez hubiesen satisfecho una cuota obligatoria (10% de la cosecha) al Estado. También se flexibilizaron las relaciones laborales mediante la diversificación de los salarios y diversos incentivos a la producción.

Se autorizó el libre comercio interior, se contrataron técnicos extranjeros y se permitió la propiedad privada de pequeñas y medianas empresas. El Estado mantuvo bajo su control los transportes, el comercio exterior, la banca y las grandes empresas. También se accedió a la inversión de capitales extranjeros, si bien estos no afluyeron de la forma esperada, por la inseguridad que el régimen despertaba a nivel internacional y por la negativa de los nuevos dirigentes a hacerse cargo de la deuda externa del estado zarista.

La NEP consiguió una revitalización económica fulgurante, fundamentalmente en el campo agrícola, donde el significativo incremento de la producción permitió eliminar el hambre. Asimismo incrementó el nivel de vida de la población y permitió implementar un ambicioso plan de mejora de las infraestructuras y la industria. También supuso el surgimiento de nuevos problemas y tensiones sociales y políticas.

Pero en 1927 se habían logrado recuperar los niveles de producción de 1914, antes del inicio de la 1era. Guerra Mundial. La NEP sobrevivió a Lenin (que murió en 1924) y continuó hasta que Stalín decidió ponerle fin en 1928-1929, sustituyéndola por la estatalización de la economía, inaugurando con ello una nueva etapa en la construcción del Estado soviético, caracterizada en lo económico por la vuelta al dirigismo estatal que había sido puesto en práctica en los primeros tiempos de la revolución.

Para Lenin el socialismo era imposible sin la gran técnica capitalista basada en los últimos descubrimientos de la ciencia moderna y una organización estatal planificada capaz de someter a decenas de millones de personas al más estricto cumplimiento de una norma única en la producción y distribución de los productos y, en segundo lugar, sin la dominación del proletariado en el estado . Para él estas premisas constituían el abecé del marxismo y las sintetizará más tarde en su conocida expresión: pode soviético más electrificación . (Conferencia del PC(b)R de la Provincia de Moscú (20-22 noviembre 1920). No recortemos las ideas de Lenin a la conveniencia del momento, en él estaba presente, muy presente el concepto de la dominación del clase del proletariado , la dictadura del proletariado. Muy diferente a la visión de Rosa Luxemburgo y a la de Gramsci.

Aquí es imprescindible que nos detengamos en el concepto de soviet. Los soviet eran asambleas de consejos obreros, de campesionos, de militares y su inicio fue en la revolución rusa de 1905. Pero debe subrayarse que surgieron como expresión democrática de base, frente al poder absoluto del zarismo.

En la Constitución soviética de 1918, luego de la revolución de octubre se organizó la administración política del Estado en un sistema de abajo hacia arriba de consejos de obreros, campesinos y de soldados. También se dieron experiencias de este tipo fuera de Rusia, como el soviet de Limerick en Irlanda el de Argañosa en Asturias en 1934 o los consejos obreros en Alemania, o en Turín.

Pero lo que debemos señalar es la importancia vital de la relación entre la estructura económica, productiva y la organización política y social, y el protagonismo democrático, sin lo cual se desnaturaliza totalmente el propio contenido del socialismo.

Es en este tema que Gramsci y Rosa Luxemburgo (en polémica con Lénin) hacen un aporte fundamental: los seres humanos son el centro de todo el proceso de cambio y sus creencias, su organización en la sociedad civil, su cultura, las formas de hegemonía son la base de las transformaciones revolucionarias y no el determinismo de la economía.

Y eso tiene que ver con la organización democrática de la sociedad, sin que la gente se empodere realmente de su gran proyecto nacional y de sus cosas cotidianas en la gestión de sus vidas, de su barrio, de su educación, del avance de los cambios, no avanzaremos. Y si consideramos que eso se resuelve solo formalmente, tenemos un ejemplo estridente, si la descentralización que se aprobó en el 2009 tenía como objetivo ese empoderamiento de la gente, fracasamos con todo éxito. Le sobró formalidad y le faltó contenido, política, cultura e ideología y cultura ciudadana. Reprodujimos más y en pequeño los mismos mecanismos que ya existían. Ahora si para reparar eso regionalizamos y alejamos el Estado todavía más del ciudadano, nos equivocamos peor.

El mayor aporte de Gramsci fue precisamente el de ofrecer una visión de la lucha contra el capitalismo desde la batalla cultural, es decir desde el concepto mismo del ser humano como centro de cualquier transformación histórica, despojada de todo determinismo económico. El valor democrático de esta visión, su contradicción con la visión dominante, aplastante, de que el poder de la clase obrera se debía expresar a través del Estado y su dominio en todos los órdenes de la vida económica, social, cultural, científica, intelectual, artística, es abismal.

Los ortodoxos de siempre, los guardianes de una fe que ellos cercaron y que con Stalin alcanzó los más depravados niveles de negación de la libertad y del humanismo, lo comprendieron rápidamente, nunca quisieron utilizar a Gramsci, lo olvidaron, lo sepultaron.

Su concepto de la hegemonía, es un potente grito de confianza en la capacidad a través de la política, de la democracia de que la fuerza política, el intelectual colectivo del socialismo, pudiera alcanzar el poder y construir un sistema más justo, más humano, más libre. Los aparatos, la dictadura del proletariado, en su visión primitiva y básica que dominó la historia del socialismo real y de los partidos comunistas, no necesitaba de la hegemonía, la imponía al principio políticamente y luego cada día más burocrática y administrativamente. Es decir represivamente.

 Todo lo que hemos hecho hasta ahora, las bases de nuestro sentido crítico y, de la necesaria participación de la gente tiene directa relación con los valores de la libertad, de la justicia, de la democracia, de la solidaridad, de la honestidad, del altruismo, de la fraternidad, que son valores superiores de la condición humana. Para nosotros en la izquierda, todos estos valores tienen  la misma jerarquía . Eso que afirmaba Astori, no tiene un valor táctico o estratégico, está en la base de nuestra definición de socialismo, sobre todo visto a la luz de la experiencia histórica y no hay que cansarse de reafirmarlo.

¿Qué viene primero el cambio cultural o el cambio en las estructuras económicas? ¿En que momento es posible encarar esas transformaciones en las formas de propiedad y en las formas de producción?

Resignarnos a que solo cuando alcancemos un alto nivel de desarrollo capitalista, que en definitiva no es solo un alto nivel en la sociedad del bienestar sino en el desarrollo capitalista de las fuerzas de producción y acumulación, es reiterar un concepto determinista y economicista que es equivocado. No está avalado por la historia, ni remota ni lejana. También es bastante loco pensar que saltar del atraso y el subdesarrollo al socialismo, sea una tarea históricamente concreta.

Y la formulación de Mujica tiene un aspecto que hay que considerar seriamente, no en relación a Noruega, sino al Uruguay. ¿Estamos más cerca hoy de avanzar hacia formas de socialismo, ahora, o si el país estuviera sumido en una profunda crisis y en el estancamiento? ¿Estamos más cerca y mejor hoy o en el 2002? No es una pregunta retórica, es profundamente política y correcta.

Si hubiéramos fracasado, si el Uruguay no hubiera crecido a los ritmos que lo hizo, con los resultados en el trabajo, en la situación social, en los cambios estructurales en su producción y en sus posibilidades, estaríamos mucho más lejos de cualquier avance. Y esos avances notorios de los que deberíamos sentirnos orgullosos todos, no son el resultado del libre juego del mercado, o como dicen algunos del viento de cola, que es en realidad el libre juego de mercado internacional. Fueron políticas, una estrategia política, económica y social. Y es eso que hoy nos permite analizar no como una especulación intelectual las nuevas alternativas y profundidades en los cambios.

Un gobierno de izquierda que no hubiera aumentado sustancialmente el nivel de trabajo, por lo tanto de inversión, de salarios y jubilaciones, mejorado y ampliado las prestaciones sociales, reformado el sistema fiscal haciéndolo más justo, aplicando una reforma de la salud elaborada entre varios actores, sin dueños ni padres, incluso resolviendo errores originales con alta probabilidad de fracaso. Sin todo eso hoy no estaríamos discutiendo de estas cuestiones, sino en pleno repliegue.

¿Está más cerca del socialismo China hoy o cuando la inmensa mayoría de su población vivía en la miseria y en el atraso más oprobioso y se ensayaban Revoluciones culturales y guerras contra los gorriones o purgas por doquier? ¿Cuántas décadas le hubiera llevado a China alcanzar los niveles tecnológicos actuales?

¿Está más cerca el socialismo en Viet Nam, que crece, que tiene una economía dinámica, que se ha reconstruido de una guerra destructiva y es una nación en constante avance o la Corea del Norte que además de ser una monarquía dinástica, es un atraso productivo que somete a buena parte de su población al hambre, mientras invierte enormes recursos en la carrera armamentista y nuclear? Eso si en Corea del Norte todo es estatal, hasta el aire que la gente respira.

Si en un país gobiernan fuerzas de izquierda, incluso las más jugadas al socialismo y fracasan en resolver los problemas básicos del desarrollo, y no logran satisfacer y mejorar las condiciones de vida de la gente, es un problema de tiempo, pero ese es el camino al fracaso. El socialismo es en primer lugar política, y política es en primer lugar la relación entre el poder y la gente, sus expectativas, sus sueños, su cultura, su fuerza creadora y sus frustraciones. Y esa relación no hay hegemonía eterna y administrativa que la pueda resolver. Las caídas estrepitosas de los muros deberían ser una buena lección.

La relación entre le hegemonía y los cambios en la estructura económica y social y su correlato político, que nunca será mecánico requiere de un refinado ejercicio dialéctico, ese que hizo Gramsci en sus Cuadernos de la Cárcel.

No hay posibilidad alguna que logremos avanzar en la construcción de un cada día más potente sector de economía social, con formas colectivas de propiedad, en las cuales solo una parte será estatal y que habrá que elegirla muy bien para no morir sumergidos en la burocracia, y con nuevas y más exitosas experiencias cooperativas y de diversas formas de cooperación y propiedad social, sino no vamos ganando la batalla cultural, reforzando los valores solidarios, humanistas, de generosidad, de cooperación que se sustituyan a la avaricia y la acumulación como único y principal factor de riqueza. Y digámoslo con respeto porque ese fue durante siglos un motor importante de la civilización y nos trajo hasta aquí y logró adaptarse a los tiempos y vientos cambiantes, incluso al esfuerzo titánico de grandes del pensamiento de la acción que lo combatieron con inteligencia y pasión.

No habrá cambios culturales hegemónicos, sin niveles muy superiores de la escuela pública en su valor democrático y en su calidad, su renovación permanente, su compromiso con un proyecto avanzado de cambios, por lo tanto de ciudadanía y compromiso. No lo sustituimos ni con aumentos de salarios y de ingresos familiares, ni con decretos y leyes.

No seremos capaces de avanzar en niveles más profundos de distribución de la riqueza solo a través de un sistema impositivo que es importante sino logramos igualdad de oportunidades, en particular liquidando esa fractura todavía muy profunda que dejó del otro lado al 10% de los uruguayos. No es un problema de porcentajes, sino de principios y valores fundamentales para proponerse algo diferente. Se llame socialismo o de otra forma.

No lograremos avanzar en los cambios más profundos sino pegamos un salto de calidad en las formas y la calidad de la convivencia en nuestras ciudades, en una mejora substancial entre el trabajo manual e intelectual, entre Montevideo y el resto del país. No hay proyecto futuro sin una ciudad futura en la calidad de sus servicios, en la vida en colectividad, en la calidad de los espacios de convivencia común, en la calidad de su vida cultural, artística. Hasta en su urbanismo actual y de futuro.

No habrá avances en relación a este sistema dominante si la hegemonía, la batalla cultural no la ganamos contra el delito, contra la delincuencia como forma de vida, contra esos sectores cada días más encerrados en sus fronteras geográficas, sociales y humanas que han hecho del delito una opción de vida. Sólo con represión no ganaremos esa batalla, pero tenemos que darla también con represión, sin perder libertades. Ecuación muy difícil.

Es muy difícil avanzar solos. La integración no es solo comercio beneficioso, unión aduanera, capacidad de negociar con otros bloques, es parte del proceso emancipador, la integración de proyectos, de cadenas productivas, pero también de grandes y arriesgadas metas sociales y culturales entre  nuestros pueblos.

Miremos de frente una contradicción: nosotros en 8 años de gobierno de izquierda hemos logrado muy importantes avances sociales, económicos y de derechos, pero no hay proporción alguna con los logros en materia del avance de nuestros valores, al contrario, la prosperidad nos ha empobrecido en valores, nos hizo ricos en egoísmos y en pequeños reductos corporativos.

El socialismo es un debate abierto, lleno de pasiones, de sufrimientos, de grandes epopeyas populares, de pruebas, de bibliotecas de diversos autores y sobre todo de política. Nosotros, en este pequeño rincón del planeta nos ganamos el derecho a discutir de este tema con posibilidades de actuar desde la realidad, desde el gobierno, de los gobiernos locales, desde una experiencia unitaria casi inédita. Es un pasito.