13/2/13

La interferencia gramsciana en la producción teórica y política de la izquierda latinoamericana

Raúl Burgos

La cuestión de la difusión de la obra de Antonio Gramsci en América Latina ya fue objeto de múltiples estudios. El tema mereció un seminario internacional en Italia (Ferrara, 1985) organizado por el Instituto Gramsci bajo en nombre de “Transformaciones políticas en América Latina: la presencia de Gramsci en la cultura latinoamericana”2. Este hecho es de por sí indicativo de la importancia que tuvo la difusión de este pensamiento en estas regiones. Sobre este proceso nos interesa adelantar algunas observaciones. En primer lugar, una observación cronológica: podemos dividir la historia de la relacion del pensamiento de Gramsci con América Latina en dos períodos más o menos diferenciados: el primero de ellos desde el comienzo de los años 50 hasta el primer lustro de los 70;
el segundo, desde mediados de los años 70 en adelante. En la primera etapa los principales centros de edición de la obra de Gramsci en América Latina fueron Argentina (en un primer con las ediciones de la Editorial Lautaro, vinculada al Partido Comunista de la Argentina (PCA), que realizó la primer difusión a nivel continental de la obra gramsciana y a partir de 1963 con las ediciones del grupo de Pasado y Presente); y Brasil a través de las ediciones de la editorial Civilização Brasileira. Sobre la segunda fase de la difusión gramsciana, José Aricó extiende para América Latina la expresión que Marco Aurélio Nogueira había acuñado para el mismo período en Brasil, señalando que las ideas de Gramsci “explotaron como un volcán” (Aricó, 1988: 12).

En segundo lugar, una observación teórico-política: en la primera etapa la difusión del pensamiento gramsciano se realiza en una relación no conflictiva con el paradigma clásico de revolución que tiene origen en la Revolución Rusa. En el caso argentino, en el período comprendido entre 1950 y 1963, Gramsci aparece vinculado y limitado a los sectores del PCA que militaban en el trabajo cultural. En este momento Gramsci era leído, básicamente, como un teórico de la cultura. En el segundo momento de esta primer etapa argentina, ya fuera de la estructura del PCA, en manos de los expulsados de sus filas, Gramsci se difunde vinculado a otras corrientes políticas de la época críticas de la política y la teoría del PCA pero continuadoras de la tradición leninista. Aricó nos dice sobre el tipo de difusión de esta etapa:

La revista [Pasado y Presente], cuya primera serie concluye en septiembre de 1965, pretendía organizar una labor de recuperación de la capacidad hegemónica de la teoría marxista sometiéndola a la prueba de las demandas del presente. Desde esta preocupación, y aunque ello no fuera muchas veces expuesto de manera rotunda en sus contribuciones, cuestionábamos el llamado "marxismo-leninismo" como patrimonio teórico y político fundante de una cultura de transformación. Lenin era, para nosotros, la demostración práctica de la vitalidad de un método y no una suma de principios abstractos e inmutables; su filosofía no debía buscarse allí donde se creía poder encontrarla sino en su acción práctica y en las reflexiones vinculadas a ésta. No en Materialismo y empiriocriticismo , sino en las Tesis de Abril... (Aricó, 1988: 62-63).
[…] Éramos una rara mezcla de guevaristas togliattianos. Si alguna vez esta rara combinación fue posible, nosotros la expresamos (Aricó, 1988: 75).

Mas adelante agrega el lugar que ocupaban en las concepciones del grupo “...las matrices leninistas y gramscianas” que constituíam el fundamento teórico de las reflexiones del grupo. “Gramsci no nos liberó de Lenin -señala Aricó, resumiendo lo que nos parece una característica bastante general de la Nueva Izquierda de la época- simplemente nos permitió tener de sus ideas una concepción más compleja, más abierta...“ (Aricó, 1988: 79).

Por su parte Juan Carlos Portantiero expresa sobre el mismo punto:

[…] Es que no se trataba sólo de Gramsci. Nosotros hacíamos una especie de cóctel, donde Gramsci convivía con Guevara y la Revolución China. En ese conjunto nosotros veíamos posibilidades de articulación, con un discurso historicista y voluntarista frente a otro que nos parecía especulativo y cientificista. Cualquiera de esas tres entradas (el culturalismo, Gramsci, o Guevara) nos ayudaba a pensar las cosas de esa manera. Aunque utilizábamos más a Gramsci, por sus análisis sobre la cultura y las clases subalternas (Portantiero, 1991: 8)

En tercer lugar, una observación sobre el terreno de la difusión. En el primer ciclo, Gramsci no consigue un lugar destacado en la universidad. En los años 50 la difusión era incipiente y reducida a pequeños círculos. En los 60, el debate en la universidad latino-americana está marcado por los temas traídos por la Revolución Cubana lo que lleva a Aricó a denominar el período como “los años de Cuba”, expresando un estado de ánimo y una predisposición de espíritu para un tipo de lectura en la cual Gramsci entraba tangencialmente, como parte de un movimiento renovador dentro del marxismo pero sin una relevancia particular. Será sólo en el final de este primer ciclo que Gramsci comenzará a ocupar un espacio mayor en la vida académica. En el segundo ciclo, por el contraio, Gramsci está ya instalado en la universidad y ésta se transforma en un lugar privilegiado de su difusión y discusión5. Arnaldo Córdova se refiere al ingreso de Gramsci en la universidad mexicana, todavía en la década del 60, señalando una modificación en la dirección de difusión anterior:

Fuera de la izquierda militante algo positivo sucedió en aquellos años. Gramsci entró en algunos ambientes académicos. Jóvenes profesores marxistas sin militancia política, muchos de los cuales habían estudiado en Europa e inclusive en Italia, trajeron, junto con las obras juveniles de Marx recién descubiertas, una nueva visión del marxismo en la cual era común y necesaria la referencia a Gramsci (...) Ahora un mayor número de personas pasaba a conocer a Gramsci, y directamente en italiano, pues las traducciones argentinas de sus obras estaban agotadas y ya no circulaban en la mitad de los años 60 (Córdova, 1988: 98).

También es claro que el hecho de que ese “mayor número de personas [que] pasaba a conocer a Gramsci” lo hiciera “directamente en italiano” es indicativo del tipo restricto de difusión. El propio Córdova reconoce el hecho observando que “a pesar de todo, el número de conocedores de Gramsci continuo siendo extremadamente reducido” (ibid). Córdova señala al mismo tiempo como Gramsci pasa a ser masivamente conocido através de los textos de Althusser, con todos los problemas que esta mediación acarreaba. Es válido pensar que el modo de ingreso de Gramsci en la universidad en América Latina haya tenido esa forma “molecular” y difusa que se expresa en el texto de Córdova.

A mediados de la década de 70, México, país de una configuración política interna controvertida, a través de su política exterior sirvió de abrigo generoso para diversas tendencias de exiliados políticos. En particular militantes e intelectuales de izquierda de distintos países latinoamericanos afectados por la trágica etapa de las dictaduras militares encontraron en México una acogida amable hecho que convirtió a este país, a partir del segundo lustro de los años 70, en punto neurálgico de la vida política latinoamericana. En una América del Sur sumergida en dictaduras militares sanguinarias, con la democracia política imperando en unos pocos países y con una América Central incendiándose en movimientos revolucionarios, México (fundamentalmente, pero no sólo: también Venezuela, Cuba, Costa Rica, jugaron un papel similar, aunque de menor envergadura) fue caja de resonancia y lugar privilegiado para la observación, estudio y discusión de los procesos en marcha en las sociedades latinoamericanas, y sus universidades e institutos de pesquisa espacios frecuentados por una pléyade de intelectuales vinculados a la izquierda de las varias tendencias que crecieron en esos años turbulentos. México fue al mismo tiempo un lugar importante en la publicación de textos vinculados a la cultura socialista y al marxismo en particular. Ese “caldo cultural” será entonces, escenario destacado de una extensa experiencia de reflexión de la intelectualidad de izquierda latinoamericana sobre los motivos del fracaso de los proyectos transformadores encarados tanto por la vieja generación de izquierda como por la nueva generación, la llamada “izquierda revolucionaria”, la izquierda surgida en los años 60.

Vale la pena destacar ciertas características “institucionales” de la discusión y difusión de las ideas de la izquierda en estas circunstancias. Varios importantes encuentros de intelectuales jugaron un papel relevante. Son conocidos el Coloquio de Mérida (Yucatán), en 1973, cuyas ponencias y debates fueron publicados en el libro ‘Las clases sociales en América latina’, Siglo XXI, México; el Seminario de Oaxaca que resultó en el libro, Clases sociales y crisis política en América Latina, Siglo XXI, México, 1977; el Seminario de Puebla ,en octubre de 1978, sobre el tema “El Estado de transición en América Latina” publicado como Movimientos populares y alternativas de poder en Latinoamérica, Universidad autónoma de Puebla, 1980; el Coloquio de Culiacán (Sinaloa), en 1980, sobre Mariátegui; el Seminario de Morelia (Michoacán), también en 1980, dedicado a la discusión de la funcionalidad metodológica y política del concepto de hegemonia, -cuyas comunicaciones fueron publicadas en el libro Hegemonía y alternativas políticas en América Latina, México, 1985, etc. En particular ese último seminario fue concebido en esa intersección problemática de política y teoría, y no por acaso la elaboración gramsciana de la hegemonía fue el elemento aglutinante. En el Prólogo al libro que resultó del seminario, cinco años después reflexionaba José Aricó:

El objetivo del seminario era romper esta suerte de brecha abierta entre análisis de la realidad y propuestas teóricas y políticas de transformación. Para ello era preciso tender a buscar una aproximación a la política que, sin desvirtuar la naturaleza de un seminario de cientistas sociales donde se discute sobre teoría política, pugnara por encontrar un nivel de mediación con la realidad en la que las fronteras demasiado rígidas entre lo “académico” y lo “político” se desdibujaran... (Aricó, 1985: 12)
...El seminario, (...) no se propuso analizar cómo y a través de qué caminos se impuso históricamente la hegemonía de las clases dominantes en las naciones latinoamericanas, sino, más bien, cómo y a través de qué procesos y recomposiciones teóricas y prácticas puede construirse una hegemonía proletaria, o popular (...) capaz de provocar una transformación radical acorde con las aspiraciones democráticas de las clases trabajadoras del continente. Es precisamente esta perspectiva de las clases populares la que se deseaba subrayar... (Aricó, 1985: 11)