13/2/13

Hacia Gramsci / La larga marcha de la izquierda mexicana

  • México es ahora uno de los países en que más se ha publicado a Gramsci incluyendo la última edición de los Quaderni
  • Gramsci llegó tarde a México, pero no mucho más que a otros países latinoamericanos y tampoco fue peor recibido que en aquellos
Arnaldo Córdova

México, por la complejidad y la riqueza de su historia, por su carácter paradigmático en el conjunto de América Latina y por haber sido un país en que se llevó a cabo una de las grandes revoluciones del siglo XX, pudo haber sido y sigue siendo un objeto de estudio verdaderamente privilegiado para el análisis marxista y, especialmente, para el análisis gramsciano.

En ningún otro país de América Latina, para decir lo más elemental,
la política ha cobrado tanta autonomía respecto de la vida económica y social; en ningún otro se ha desplegado de tal manera, como en México, la evolución de la política de lo que Gramsci llamaría una "guerra de posiciones" a una "guerra de movimientos" o de "maniobras" (en México oriente y occidente se encuentran, se combinan y se funden); en ningún otro se ha dado tan compleja y diferenciada la separación de la "sociedad civil" y la "sociedad política", en ningún otro, en particular, la lucha de clases ha adquirido ese carácter "corporativo" y, a la vez, institucional que ha tenido en México; en ningún otro las masas han entrado en la política en la forma tan variada, plena y distinta en que lo han hecho en México. Como lo expresó en alguna ocasión el sociólogo brasileño Francisco de Oliveira, México siempre ha representado para la América Latina ese de te fabula narratur en el que se cifra nuestra entera historia continental y su futuro.

Resulta, por todo ello, algo extraño y, al mismo tiempo, desconsolador, la escasa fortuna que Gramsci ha tenido en México, especialmente en la izquierda y sus intelectuales. Es cierto que hoy en México son muy pocos los que hablan de política sin citar a Gramsci y casi no hay intelectuales de izquierda que no hayan leído o, al menos, ojeado las obras de Gramsci o alguna de las antologías de sus escritos que se han publicado en lengua española. También es cierto que México es ahora uno de los países en que más se ha publicado a Gramsci incluyendo la última edición de los Quaderni. Y un hecho verdaderamente notable es que el léxico típico de Gramsci hoy ha entrado a formar parte de la fraseología de los grupos gobernantes mexicanos, cuyos exponentes, con el mayor desparpajo, hablan continuamente del binomio "sociedad civil- sociedad política", de la "hegemonía" de las fuerzas políticas herederas de la Revolución Mexicana y hasta han propuesto una "renovación moral" de la sociedad y el Estado que recuerda la demanda gramsciana de la "reforma moral e intelectual" de la sociedad. Pero esos son sólo hechos superficiales y hasta cierto punto irrelevantes. La realidad es que Gramsci no acaba todavía de entrar en nuestra cultura política y sigue siendo un extraño incluso para la mayor parte de los intelectuales de izquierda.

Los hombres y su modo de vivir y de pensar son fruto de sus circunstancias, de la sociedad en que se dan y de las tradiciones culturales a las que se deben. Como no podía ser de otra manera, la izquierda mexicana es un resultado lógico de las condiciones en que se desarrolla el país antes y después de la Revolución Mexicana de 1910-1917. Fuera de lo que sucedió en otros países latinoamericanos, como Argentina, Uruguay e, inclusive, Chile, México no recibió una inmigración masiva de europeos los que, junto con una fuerza de trabajo calificada, redituaron, además, un cúmulo de las más avanzadas ideas políticas y sociales. Como es bien sabido, el socialismo en aquellos países sudamericanos es, en gran parte, obra de trabajadores inmigrantes y de pequeños intelectuales europeos que, ya antes en Europa, habían militado en los movimientos socialistas y revolucionarios.

En México fueron también europeos los que introdujeron las ideas revolucionarias, pero su obra no fue la de una gran corriente migratoria, sino la de una aventura personal que prendió tarde y poco. A México, por lo demás, no llegaron revolucionarios marxistas o social demócratas, sino, preferentemente, anarquistas del más viejo cuño, radicales y sectarios, atrasados y de escasa cultura, que despreciaban la acción de masas y preferían las catacumbas de la clandestinidad y el golpe de mano (la "acción directa", como solían decir hasta bien entrados los años veinte). Su obra educativa en las masas trabajadoras fue totalmente marginal; pero sus ideas, que forjaron la conciencia de la izquierda revolucionaria, se asentaron fuertemente y todavía al día de hoy pesan como una lápida irremovible sobre los hábitos, los usos y costumbres y la ideología de la izquierda mexicana. Como correspondía a un anarquismo atrasado y cerril, los primeros izquierdistas mexicanos partían de la convicción inicial y globalizadora de que al enemigo "de clase" hay que destruirlo mientras se lleva a cabo la revolución, que el Estado es tan sólo la fuerza protectora del capital y una máquina de opresión que debe desaparecer a toda costa y que basta el acto mismo de la revolución para fundar la nueva sociedad, igualitaria y libre de opresores.

Muchos de esos antiguos izquierdistas, anarquistas revolucionarios, se cuentan entre los primeros precursores e iniciadores de la Revolución Mexicana. Ricardo Flores Magón, Praxedis Guerrero, Lázaro Gutiérrez de Lara, por mencionar sólo algunos, están incluidos en el santoral laico y patriótico de la Revolución Mexicana y para muchos su acción fue tan importante que sin ella, quizá, la Revolución misma no se habría dado o, cuando menos, se habría retrasado por mucho tiempo. Ellos se contaron entre los primeros críticos de la dictadura porfirista y fueron, entre sus innumerables méritos, los organizadores de las primeras grandes huelgas de obreros que sacudieron, hasta sus cimientos, al Estado oligárquico porfiriano y constituyeron los antecedentes inmediatos de la revuelta de las masas que culminó en el estallido de la Revolución en 1910. Las huelgas de Cananea (1906) y Río Blanco (1907) y las acciones de guerrillas que desarrollaron los anarquistas mexicanos prepararon el ambiente y anticiparon las causas de las que habría de surgir la Revolución. Eso todo mundo lo reconoce. Los anarquistas (que se llamaban a sí mismos "liberales" o "libertarios") fueron también los autores del más consistente programa revolucionario, antecedente de la Constitución de 1917 e ideario de todos los grupos que hicieron armas contra la dictadura, el Programa del Partido Liberal de 1906.

Con mucha razón se ha dicho que la Revolución Mexicana fue, esencialmente, obra de las masas campesinas. La clase obrera, a fines del siglo pasado y principios del presente, en efecto, estaba apenas naciendo. Mejor organizada que las masas rurales, la clase obrera jugó el extraordinario papel de detonador del movimiento revolucionario, mucho mejor que cualquier otro grupo social, pero no fue, no podía ser, la base social de un gran movimiento revolucionario de masas. Los ejércitos revolucionarios, de todos los bandos (maderistas, orozquistas, zapatistas, villistas y carrancistas) se integraron, fundamentalmente, con luchadores provenientes del campo, mientras la pequeña y naciente clase obrera se convertía en simple espectadora del huracán revolucionario que se desataba por encima de ella.

Para los dirigentes anarquistas, incluidos los más radicales, como Ricardo Flores Magón, aquella era una lucha "por el poder" que, por lo mismo, no podía interesar como tal a la clase obrera. Para los explotados, decían, no se trataba de conquistar el Estado sino de destruirlo. Los grupos revolucionarios que luchaban por el poder y se aniquilaban unos a otros, predecían, acabarían sojuzgando a las masas trabajadoras al igual que sus antiguos opresores. Los más radicales llamaban a luchar contra los nuevos amos, incluso con las armas en las manos, los menos radicales simplemente capeaban el temporal esperando a ver quiénes serían los vencedores llamados a gobernar el país después de la tempestad. La Revolución, de cualquier forma, terminó sin que la clase obrera hubiera participado activamente en ella, siempre dominada por grupos anarquistas y oportunistas, cuyo odio al gran Leviatán, el Estado que estaba surgiendo, no les impidió, muchas veces, venderse al mejor postor.

La Revolución, sin embargo, fue un gran movimiento modernizador de las estructuras sociales y, si bien era cierto que muy poco debía a la clase obrera como movimiento social, ideológico y político, creó de inmediato las condiciones que hicieron de la propia clase obrera el factor más importante de la lucha política en la nueva sociedad. Como ocurre con toda gran revolución burguesa, su primer objetivo se cumplió con la creación de un verdadero Estado moderno en México, como poder autónomo e independiente de los diferentes grupos y clases sociales. La política, ahora como política institucional, se convirtió en política de masas y en ella la clase obrera pasó a ser el elemento en el cual comenzó, cada vez más, a fundarse la dirección del Estado sobre la sociedad. Aunque lentamente, la industria y el comercio volvieron a cobrar nuevo impulso y muy pronto México superó los niveles de desarrollo que había alcanzado durante el porfirismo. En consecuencia, la clase obrera también creció, en número y en calidad política, hasta convertirse en la clase popular más importante.

En 1919 nació el Partido Comunista. Fue un hecho importante de la historia política de México, si bien extraordinariamente marginal respecto de la historia general del país y, en especial, de la historia que en ese momento vivía la clase obrera mexicana, representaba el nacimiento de una nueva izquierda y, en cierto sentido, también una nueva perspectiva en la situación social, económica y política que había creado la Revolución Mexicana. Su referente, como no podía ser de otra manera, era la revolución rusa. La Revolución Mexicana había concluido, era historia pasada, y para los comunistas de entonces se abrió la perspectiva de una "nueva revolución" que habría de concluir con la "toma del poder" por parte de la clase obrera. Resultaba obvio que de la revolución rusa apenas si conocían los datos exteriores y más generales: allí la clase obrera, dirigida por el partido de los bolcheviques, había tomado el poder. Lo dramático era que de la Revolución Mexicana, a pesar de haberla vivido en carne propia, tampoco conocían mucho y aceptaban una versión vulgarizada de la misma que decía que la revolución popular había sido traicionada y aprovechada por grupos minoritarios y arribistas. Muchos de nuestros primeros comunistas habían llegado del anarquismo y en su modo de pensar y de actuar no se diferenciaban gran cosa de los antiguos anarquistas, dogmáticos, sectarios y, ante todo, antiestatistas.

Los antiguos anarquistas fueron barridos de la dirección del movimiento obrero y, aunque conservaron una cierta presencia todavía hasta finales de los años treinta, la clase obrera, en su nuevo desarrollo, abandonó por completo el credo anarquista para entregarse de lleno a la fantasía ideológica de la "alianza" entre la clase obrera y el "campesinado", por un lado, y el Estado de la Revolución Mexicana, por el otro. Las grandes organizaciones de trabajadores de los años veinte y treinta ya no estuvieron dirigidas por elementos radicales cuyo primer objetivo era "destruir" el Estado, sino por nuevos grupos políticos cuyo objetivo era preservar el Estado de la Revolución y, en el mejor de los casos, buscar desarrollar una acción revolucionaria y transformadora de la sociedad a través de ese mismo Estado. El punto de partida de éstos últimos era, por supuesto, la Revolución Mexicana.

De esos grupos nació una figura singular de la historia política de México y, en especial, de la historia de la izquierda y de la clase obrera mexicanas: Vicente Lombardo Toledano, militante de las organizaciones obreras de los años veinte, primero, y después el más importante dirigente de las clases trabajadoras durante los años treinta. Intelectual de amplia cultura universal y orador extraordinario, Lombardo nació y se desarrolló ideológicamente en el horizonte de la Revolución Mexicana. Jamás dejó de ser una criatura de la Revolución Mexicana: el socialismo, para él, debía llegar a través de la brecha que había abierto la Revolución Mexicana. En los últimos años veinte Lombardo se hizo marxista, pero rechazó siempre entrar en el Partido Comunista. Para él era inaceptable el rechazo de los comunistas a la Revolución Mexicana y, sobre todo, a la acción del Estado surgido de ella. Curiosamente, el hombre de la Tercera Internacional en México y, en más de un sentido, en América Latina, lo fue Lombardo, cuando en la segunda mitad de los años treinta floreció la estrategia del "frente popular".

La izquierda comunista siempre se opuso a Lombardo, a pesar de que éste se había convertido al marxismo, precisamente porque para él resultaba vital apoyar al Estado de la Revolución Mexicana. En los años veinte, antes de ser marxista, Lombardo caracterizaba al Estado de la Revolución como una organización política colocada por encima de las clases sociales que servía para imponer el equilibrio entre ellas y realizar la justicia social que definía los objetivos de la Revolución. Ya como marxista y como gran dirigente del movimiento obrero, en los años treinta, Lombardo sostuvo la teoría de las etapas en el desarrollo de la revolución socialista que caracterizó la línea de la Internacional: México llegaría al socialismo, eso era inevitable, pero antes debía librar una lucha nacionalista por liberarse de la dominación imperialista y en ella el proletariado debía hacer frente común con todas las clases sociales de México. En ese proceso el papel del Estado era de una importancia vital: sin él, influido por las clases populares, el tránsito al socialismo era imposible. Años después, luego de que fue expulsado del movimiento obrero por los dirigentes oficialistas, Lombardo fundó, con la colaboración de muy distinguidos hombres de izquierda, un nuevo partido que quería ser la ligazón entre los objetivos históricos de la Revolución Mexicana y la demanda marxista de la revolución socialista, el Partido Popular, que hoy, después de más de quince años de haber muerto Lombardo, se postula como el partido que debe llevar a la Revolución Mexicana hacia el socialismo, naturalmente, aliado con el Estado, en la lucha por liberar a nuestro país del dominio imperialista. Con esa bandera, el Partido Popular (ahora Partido Popular Socialista) se ha convertido en uno de los más fieles aliados de los grupos gobernantes de México.

Los comunistas, por su parte, permanecieron fieles al sectarismo y al radicalismo antiestatista que habían heredado del anarquismo. Como para los anarquistas de antaño, su lema parecía ser: "Con el Estado nada; contra el Estado todo". Esa fue y ha sido una herencia que los ha caracterizado hasta tiempos muy recientes y que, si bien es cierto que en muchas ocasiones los ha definido claramente frente a los diferentes sectores de la sociedad mexicana por otro lado les ha impedido hacer una política con penetración e influencia en una clase obrera y en unas masas rurales que hasta el día de hoy permanecen totalmente uncidas al Estado de la Revolución Mexicana. Su antinacionalismo, fruto de su antiestatismo, estuvo siempre regido, incluso durante los años del "frente popular", por la idea de que una clara posición clasista (obrerista y campesinista) sería su mejor carta para atraer a las masas populares a una militancia decidida por el socialismo.

Su problema, como para toda la izquierda, fue siempre -y lo sigue siendo hasta hoy- la Revolución Mexicana: ¿cómo definirla y como definir a su Estado?, ¿qué estrategia debía derivar de una posición clara frente a la Revolución y la sociedad que de ella había surgido?, ¿qué ligas podía tener la nueva izquierda histórica de México con la Revolución y los movimientos sociales que ella había desencadenado? El rechazo de la Revolución dictó las soluciones teóricas que los comunistas dieron a su interpretación de la historia nacional. En los años veinte definían la Revolución Mexicana como una revolución "pequeño burguesa"; no se atrevían a definirla como una revolución "burguesa" porque no les parecía, y con razón, que quienes la habían dirigido y ahora gobernaban al país fuesen unos "burgueses", por lo menos en sus orígenes. Bajo el influjo del stalinismo de la Tercera Internacional, ya durante los años treinta, era usual que los comunistas mexicanos definieran la Revolución Mexicana como una revolución "democrático burguesa". En esa interpretación, México era un país "semicolonial" y "semifeudal" que debía liberarse de la dominación imperialista y debía destruir el latifundismo "feudal" que imperaba en sus campos. La Revolución había sido sólo el capítulo "político" de ese proceso de liberación: la "burguesía en ascenso" había derribado el antiguo Estado feudal y había entronizado su dominio, sin que pudiera todavía realizar sus objetivos antimperialistas, antifeudales y democráticos. Esas teorías luego vinieron a reforzarlas los historiadores soviéticos de los años cincuenta y sesenta (Alperovich, Rudenko, Lávrov, entre otros) y constituyeron un patrimonio firme de los comunistas mexicanos durante cerca de cuatro décadas.

Todo ello no impidió que los comunistas dieran pruebas más que sobradas de su heroísmo en la lucha, de su espíritu de abnegación y sacrificio e inclusive de su eficacia como grandes organizadores de las masas. Ellos fueron los principales animadores de la gran huelga ferroviaria de 1926, drásticamente reprimida por el gobierno callista; David Alfaro Siqueiros era ya, a fines de los veinte, uno de los más activos organizadores sindicales de trabajadores de la minería y de la alimentación y también uno de los principales dirigentes del Partido Comunista; en los primeros años treinta, los comunistas se distinguieron, particularmente, como agitadores de las primeras grandes luchas campesinas que conducirían, unos años después, a las grandes expropiaciones de latifundios en Michoacán, la Comarca Lagunera, el Valle de Mexicali y Yucatán. En esos años surgieron los principales sindicatos nacionales de industria (ferrocarrileros, mineros, petroleros) y los comunistas estuvieron también entre sus principales organizadores. En el gran movimiento sindical independiente que se desarrolló entre 1932 y 1936 y que culminó con la fundación de la Confederación de Trabajadores de México, en febrero del último año citado, la mayor de las centrales obreras que todavía hoy existen, los comunistas siempre estuvieron a la vanguardia y su acción fue decisiva para la unificación del proletariado mexicano. Cuando en 1938 el gobierno de Cárdenas decidió integrar a los sindicatos y ligas campesinas en el partido oficial (en ese entonces Partido de la Revolución Mexicana y desde 1946 Partido Revolucionario Institucional), dando origen al régimen de corporativismo político que aún domina en México, los comunistas se mantuvieron en muchos de los puestos de dirección del movimiento de masas y se requirieron, por parte del gobierno y de los lideres oficialistas, tremendos esfuerzos para expulsarlos de ellos. De hecho, los comunistas se mantuvieron como una fuerza dirigente de los principales sindicatos nacionales hasta que se les expulsó de ellos por la fuerza durante el gobierno de Miguel Alemán, especialmente en los años 1948 a 1952. Lombardo, como recordábamos antes, fue expulsado de la CTM en 1947. Desde entonces la izquierda lombardista y comunista permaneció virtualmente desterrada del movimiento obrero y campesino y ello se tradujo en su debilitamiento extremo en el terreno de la lucha política e ideológica hasta nuestros días.

La gran diversificación que experimentó la izquierda mexicana desde fines de los años cincuenta (comunistas, lombardistas, trotskistas, maoístas, foquistas, etcétera) no removió los puntos y las ideas tradicionales que la habían caracterizado hasta entonces, pero ayudó, al menos, para volver a poner en discusión el problema del Estado, la definición de la Revolución Mexicana y la historia misma de la izquierda desde sus orígenes. A ello contribuyó, esencialmente, el movimiento estudiantil de 1968, que en gran parte estuvo dirigido por nuevos grupos izquierdistas que nada tenían en común con la vieja izquierda. El Partido Comunista, después de la invasión de Checoeslovaquia por las fuerzas del Pacto de Varsovia, en ese mismo año, rompió su tradicional dependencia respecto de la Unión Soviética y comenzó un lento y prolongado proceso de transformación ideológica que culmino en su legalización con la apertura democrática que inició la reforma política de 1977. Otros grupos de la izquierda crecieron y se desarrollaron en ese periodo dando lugar a un pluralismo de la propia izquierda que hizo mucho más variado y diversificados sus puntos de vista y sus posiciones políticas. Los nuevos intelectuales izquierdistas, muchos de ellos desde fuera de los partidos o grupos tradicionales, comenzaron una amplia revisión de la historia del país y, en particular, del periodo de la Revolución Mexicana e intentaron conformar un bagaje de ideas que permitiera el conocimiento de la realidad nacional por fuera de los esquemas sectarios y adocenados que habían sido propios de la izquierda mexicana hasta entonces. Aun así, el grueso de la izquierda se siguió moviendo, en lo esencial, en sus antiguas posiciones políticas e ideológicas que tanto habían contribuido a forjar los anarquistas.

Habría que suponer que en las condiciones de la reforma política, con ser ésta tan limitada como ha sido, ideada tan sólo para evitar que la izquierda siguiera el camino de la subversión y ligarla a un compromiso institucional con el Estado, la izquierda estaba obligada, ante todo, a reivindicar una historia política y social de la que ella misma es coautora y corresponsable. Su rechazo del Estado y de la Revolución y su antinacionalismo (el que, por lo demás, no se ha traducido nunca en un claro internacionalismo) le han impedido identificarse con esa historia y sus tradiciones, apropiarse de ella y presentar a las masas trabajadoras opciones que concuerden con su ser nacional. Eso mismo incapacita a la mayor parte de las fuerzas de izquierda para luchar por un auténtico programa democrático y para cambiar al país por vías democráticas. En la reforma política la mayor parte de la izquierda se ha visto involucrada en los procesos electorales, pero se da el caso de que la mayoría de los izquierdistas no creen que las elecciones sirvan para efectuar transformaciones de importancia en el sistema político mexicano; en esencia, creen que las elecciones constituyen una salida inútil en la gran tarea de terminar con la explotación y la opresión en México e instaurar una sociedad socialista.

Puede entenderse, visto el panorama histórico de la izquierda mexicana, de sus tradiciones políticas e ideológicas y de su experiencia nacional, aun en las líneas tan generales en que lo hemos hecho aquí, por qué un pensamiento tan fino, tan realista y tan dúctil como el gramsciano no ha podido echar raíces profundas y duraderas en México. Acostumbrada a concebir sus objetivos políticos y sus razones ideológicas como el enfrentamiento final entre las clases sociales del que indefectiblemente saldría victoriosa la "clase revolucionaria por excelencia" (el proletariado, la clase obrera), para la izquierda la historia no fue sino un "proceso natural", regido por leyes férreas e irremovibles, en el que se impone, finalmente, un designio superior a los hombres: la liberación de los trabajadores y la muerte del capital. Para ella la lucha política no fue jamás la elección de determinados medios e inclusive de enemigos para llegar a ciertos fines, sino, recordando justamente a Gramsci, una auténtica profesión de fe religiosa y una oculta, pero siempre activa, visión teológica del mundo y de la vida. El socialismo y el comunismo llegarían porque eso era algo que trascendía la voluntad de los hombres. Su propia historia aparecía a los ojos de los izquierdistas como una cadena heroica de fracasos momentáneos en el esfuerzo permanente que iba siempre en pos del "combate final", de la rendición última de cuentas con los enemigos de clase. Los fracasos se explicaban por la falta de inteligencia, por la impreparación o las limitaciones de toda índole de los predecesores o por la superioridad del enemigo, pero todo ello no bastó nunca para poner en duda el inevitable advenimiento del "juicio final" de los justos. Un pensamiento como el gramsciano, para el que la historia no es sólo el desarrollo ciego de fuerzas materiales, sino también un complejo interrelacionado de voluntad y cultura, sencillamente no tenía cabida en aquella visión simplista y en gran medida teleológica de la historia.

Es verdad que Gramsci llegó tarde a México, pero no mucho más que a otros países latinoamericanos y tampoco fue peor recibido que en aquellos. El marxismo esquemático y adocenado que venía del stalinismo siguió dominando durante gran parte de los sesenta y todavía en los setenta había numerosos seguidores de esa característica perversión del socialismo científico. Pero Gramsci ya estaba disponible en México hacia fines de los cincuenta mediante las ediciones que realizó Editorial Lautaro, de Argentina, de los Quaderni en su primera versión editorial y también de la primera edición de las Cartas desde la cárcel. Gramsci pasó, sin embargo, por ser una rareza editorial y nada más. Evidentemente, quienes lo leían, muy pocos, no encontraban ninguna inspiración en él. Los que tenían alguna información sobre el movimiento comunista internacional sabían, aunque levemente, que Gramsci había sido un gran dirigente comunista italiano y uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano; pero ignoraban qué papel había representado en la política italiana, desconocían su obra y, sobre todo, no sabían ubicarlo en el contexto histórico del movimiento comunista internacional. Togliatti era conocido entre los comunistas mexicanos como el gran dirigente del PCI que, por cierto, se estaba significando como un opositor "reformista" a Moscú, con sus teorías del policentrismo político y las "reformas de estructura" y todo lo que empezó a identificarse, a partir de la segunda mitad de los cincuenta, como la "vía italiana al socialismo". A Gramsci, a lo sumo, se le podía distinguir como el maestro "reformista" del "reformista" Togliatti, aunque nadie supiera, bien a bien, por qué. A pesar de que ya circulaban en español, las obras de Gramsci no se leían. Literariamente, era más conocido en México Antonio Labriola, el "amigo italiano de Engels", que Gramsci. De Labriola se conocían algunos escritos desde los años treinta y se sabía que había sido el más importante precursor del comunismo italiano.

La explosión del conflicto chino soviético en abril de 1960 llegó para enturbiar todavía más el contacto de la izquierda mexicana con Gramsci. Naturalmente, tal y como ocurrió en la mayor parte del mundo, los izquierdistas mexicanos se dividieron instantáneamente en "pro chinos" y "pro soviéticos". Los primeros se esforzaron por defender una cierta ortodoxia revolucionaria que afirmaba que la única vía conocida para llegar al socialismo era la lucha armada y que una supuesta "vía pacífica" o de "reforma de estructuras", como proponían los italianos, era una ilusión contrarrevolucionaria que lo único que conseguiría sería hacerle el juego a la burguesía. Los segundos trataban, muy débilmente por cierto, de demostrar que no todo estaba escrito sobre las vías de la revolución y que, en última instancia, sería el pueblo el que decidiera. La oportunidad era excelente para que los izquierdistas mexicanos de todas las tendencias abrieran un amplio debate sobre la lucha por la democracia y la contribución que ésta podía hacer a la causa revolucionaria, pero nadie pensó en serio, por aquel entonces, en la democracia. Todo mundo, en cambio, se puso a hurgar en las pocas obras de Marx y Engels que se conocían en español y, sobre todo, en las Obras completas de Lenin (cuarta edición, que por entonces se había editado en Argentina), para coleccionar citas que apoyaran una u otra posición. Desde luego, todo mundo tuvo razón y en la guerra de las citas no hubo ni vencedores ni vencidos, pues era evidente que Marx, Engels y Lenin daban lo mismo para apoyar la vía "pacífica" que la vía "armada" de la revolución. Todo eso lo pagó la izquierda con su desintegración ininterrumpida. En los sesenta se decía que donde había dos izquierdistas mexicanos era muy posible que surgieran cinco partidos.

Fuera de la izquierda militante, algo positivo ocurrió en esos años. Gramsci entró en algunos ambientes académicos. Jóvenes profesores marxistas sin militancia política, muchos de los cuales habían estudiado en Europa y algunos, incluso, en Italia, llevaron, junto con las obras juveniles de Marx recién descubiertas, una nueva visión del marxismo en la que era común y necesaria la referencia a Gramsci y, en muchos casos, a la obra del nuevo marxismo italiano surgido en esencia de la inquietud intelectual de Della Volpe. El marxismo, por lo demás, se renovaba por todas partes en el mundo. Y en México se daba un pequeño renacimiento intelectual del que ese nuevo marxismo formó parte indisoluble. Mientras la izquierda militante, atomizada y empequeñecida sin descanso, discutía sobre quién tenia razón, los chinos o los soviéticos, en la Universidad florecía el interés por el redescubrimiento del marxismo y se discutían todos los ensayos de interpretación que en ese sentido se producían en otras partes. Ahora conocía a Gramsci un mayor número de personas y, además, en italiano, pues sus traducciones argentinas en español se habían agotado y no circulaban ya a la mitad de los sesenta. Ese número de conocedores de Gramsci, empero, siguió siendo extremadamente reducido. El marxismo universitario de los primeros sesenta, por lo demás, demasiado intelectual y elitista, tardó mucho en aplicarse al estudio y el conocimiento de la realidad nacional, de manera que las mejores propuestas gramscianas en punto a método y recuperación de la cultura nacional quedaron como meros temas de solaz teórico y académico.

México le deparaba a Gramsci un destino todavía más amargo que el de ser objeto de discusiones académicas y cenaculares. La izquierda militante finalmente conoció a Gramsci de manera más o menos generalizada, pero ello ocurrió del modo más lamentable. En 1967 comenzó a publicarse en México la obra de Louis Althusser. Su difusión fue extraordinariamente rápida y masiva, incluso en los ambientes académicos que se habían abierto al nuevo marxismo en los primeros años sesenta. También lo fue su aceptación y más todavía cuando se hizo célebre en los círculos de izquierda un joven alumno de Althusser, Régis Debray, quien se desempeñaba entonces como el máximo teórico del "foquismo" en América Latina, en una época, por cierto, en que operaban numerosos grupos guerrilleros a lo largo y ancho de la región. El mismo Régis Debray quiso poner en práctica sus teorías y fue inmediatamente aprehendido en Bolivia en los días en que fue muerto el Che Guevara. Pronto Debray y el "foquismo" pasaron de moda, pero no Althusser, que todavía durante buena parte de los sesenta siguió difundiéndose extraordinariamente en los ambientes académicos y de la izquierda militante.

Althusser puso de moda a Gramsci en México y es posible que eso haya ocurrido también en otras partes de América Latina. Lo lamentable del hecho consistía en que las obras de Gramsci no estaban disponibles todavía en español, después de que las ediciones de Lautaro se habían convertido en una rareza de librería. Una excelente antología de los escritos gramscianos, debida a Manuel Sacristán Luzón apareció sólo tres años después de que se publicó en México el Pour Marx de Althusser. Para el filósofo francés, Gramsci no podía ser considerado un verdadero marxista; era un "crociano" y las enseñanzas de Croce lo habían conducido a un historicismo neohegeliano que reñía resueltamente con el "verdadero" marxismo (vale decir, el marxismo estructuralista de Althusser). Como podrá imaginarse, cuando Gramsci finalmente cayo en manos de los militantes de izquierda estaba irremediablemente precedido de una pésima fama, no sólo de "crociano" e "historicista", sino hasta de "reformista" (ignorándose, por supuesto, el hecho de que muchos consideran a Gramsci uno de los "radicales" del movimiento comunista internacional de los años veinte).

Pese a ello, Gramsci finalmente impuso su presencia en México y en América Latina. Sus obras comenzaron a editarse con gran profusión, sobre todo en México y en España. En unos cuantos años casi no había un marxista que se preciara de serlo que no tuviera por lo menos uno o dos libros de Gramsci en su biblioteca. Aparecieron también cada vez más numerosos los estudios sobre el pensamiento gramsciano, europeos, latinoamericanos y, por último, mexicanos. Curiosamente, Gramsci comenzó a cobrar fuerza en la medida en que todo el mundo se iba olvidando de Althusser. Ello era ya evidente a mediados de los setenta. Pero lo más importante, desde luego, fue la proliferación de estudios marxistas mexicanos sobre la realidad mexicana y su cada vez más difusa ligazón con la obra y el pensamiento de Gramsci. Sus grandes conceptos y preocupaciones (sociedad civil, sociedad política, hegemonía, bloque histórico, reforma moral e intelectual de la sociedad, el príncipe moderno, el mito popular de inspiración maquiaveliana, etcétera) se fueron convirtiendo en referentes teóricos indispensables en el estudio de la nación mexicana y de su historia. Mientras las modas intelectuales llegaban y se iban, una tras otra, incluida la del althusserismo, Gramsci permaneció en México.

Hoy son innegables y ampliamente reconocidas las contribuciones que el marxismo mexicano ha hecho al conocimiento de su realidad nacional. Desde fines de los sesenta inicio un debate que con el tiempo se fue profundizando y legitimando en torno a la redefinición de la historia del país, de la Revolución Mexicana, de la sociedad y, sobre todo, del Estado. En ese debate no sólo se han revisado viejos dogmas (muchos de ellos provenientes del antiguo marxismo) y viejos puntos de vista, sino, lo más importante, han surgido nuevos conceptos y se ha venido conformando un nuevo acervo teórico y doctrinal de la historia política, social y económica de México, cada vez más influyente en la actual cultura nacional. En todo ello ha contado de manera destacada el conocimiento de Gramsci y, en especial, la discusión cada vez más creativa de sus sugerencias teóricas y metodológicas.

Todo ello, sin embargo, no resulta tan alentador cuando como dijimos al principio, se considera a la izquierda en su conjunto y, sobre todo, a la izquierda que milita en los más variados partidos y organizaciones políticas. Aquí Gramsci sigue en espera de ser reinvindicado como el gran marxista y forjador de cultura que fue. Es cierto que ahora la izquierda es menos dogmática que antaño y que sus dirigentes y exponentes intelectuales cada vez que debaten sienten menos la necesidad de reforzar y apuntalar sus opiniones con un rosario de citas tomadas de las obras de Lenin, Trotsky, Mao o cualquier otro gran dirigente revolucionario; pero en más de un sentido la izquierda y sus dirigentes siguen siendo prisioneros de antiquísimas posiciones dogmáticas y sectarias y eso, a corto o a largo plazo, limitará las posibilidades de que Gramsci y su obra sean objeto de un estudio serio y provechoso por parte de los izquierdistas mexicanos. Tampoco se puede descartar, por otro lado, la posibilidad de que Gramsci cobre un mayor interés en los círculos izquierdistas militantes en un breve tiempo. La necesidad de entender mejor al país y su historia y de profundizar y ampliar los alcances de la lucha por la democracia en que se encuentra empeñada la izquierda sería un augurio de que Gramsci, finalmente, encontrará el interés pleno de los mexicanos en su obra y su pensamiento.

Ponencia presentada en el Seminario Internacional "Le transformazione politiche dell'America Latina: La presenza di Gramsci nella cultura latinoamericana", en Ferrara, Italia, 11-15 septiembre de 1985.