2/2/13

Gramsci y nosotros / ¿Quién necesita un Cielo socialista en el cual todos estén de acuerdo con todos, donde todo es igual?

Stuart Hall

Stuart Hall
Esta no es una exposición comprensiva de las ideas de Antonio Gramsci, ni un recuento sistemático de la situación política en la Gran Bretaña de hoy. Es un intento de pensar “en voz alta” algunos de los desconcertantes dilemas que enfrenta la Izquierda, a la luz de- desde la perspectiva de- el trabajo de Gramsci. No quiero sostener que, en forma simple, Gramsci “tiene las respuestas o la llave” para los problemas de hoy. Sí creo que debemos pensar nuestros problemas de una forma gramsciana- lo cual es diferente. No debemos usar a Gramsci (de la misma manera en que hemos abusado
de Marx por tanto tiempo) como a un profeta del antiguo testamento quien, en el momento justo, nos ofrecerá la cita consoladora y apropiada. No podemos desterrar a este cerdeño de su formación política específica y única, apuntalarlo a fines del siglo XX y pedirle que solucione nuestros problemas por nosotros: especialmente teniendo en cuenta que todo el impulso de su trabajo fue el rehusar este tipo de transferencia facilista de una coyuntura, nación o época a otra.

Aquello en Gramsci que realmente transformó mi propia manera de pensar acerca de política es la pregunta que surge de los Cuadernos de la cárcel. Si miras los textos clásicos de Marx y Lenin, vas a creer en un desarrollo revolucionario epocal e histórico que surgiría a partir del final de la primera guerra mundial. Y ciertamente, los eventos sí dieron evidencia de que tal desarrollo estaba ocurriendo. Gramsci pertenece al “momento del proletariado”. Ocurrió en Turín y otros lugares durante la década de los años veinte, donde personas como Gramsci –que estaban en contacto con la vanguardia de la clase trabajadora industrial- pensaban que, si tan sólo los administradores y los políticos se quitaran del camino, esta clase de proletarios podrían manejar el mundo, tomarse las fábricas, apoderarse de toda la maquinaria de la sociedad, transformarla materialmente y manejarla, económica, social, cultural y técnicamente. La verdad acerca de los años veinte es que el “momento del proletariado” casi sucede. Justo antes y después de la primera guerra mundial, era realmente un asunto incierto si, bajo el liderazgo de una clase tal, el mundo podría ser transformado –como fue transformada Rusia en 1917 por la revolución soviética. Este era el momento de la perspectiva proletaria de la historia. Lo que he llamado la pregunta de Gramsci en los Cuadernos emerge en las postrimerías de este momento, con el reconocimiento de que la historia no iba por ese camino, especialmente en las naciones industriales avanzadas de la capitalista Europa occidental. Gramsci tenía que confrontar el repliegue, la falla, de dicho momento: el hecho de que un momento tal, habiendo pasado, nunca volvería en su antigua forma. Gramsci aquí se encontró cara a cara con el carácter revolucionario de la historia misma. Cuando una coyuntura se despliega, ya no hay marcha atrás, la historia cambia de engranaje. El terreno cambia. Te encuentras en un nuevo momento. Tienes que atender, “violentamente”, con todo el “pesimismo del intelecto” del que dispongas, a la disciplina de la coyuntura.

En adición a esto (y esta es una de las razones principales por las que su pensamiento es tan importante para nosotros hoy), él tuvo que enfrentarse a la capacidad de la Derecha – específicamente, del fascismo europeo- de hegemonizar esta derrota.

Así que hay aquí un reverso histórico del proyecto revolucionario, una nueva coyuntura histórica, un momento en el cual la Derecha, en vez de la Izquierda, puede dominar. Este parece un momento de crisis total para la Izquierda, cuando todos los puntos de referencia, las predicciones, han sido hechas añicos. El universo político, tal y como lo habitabas, se colapsa.

No quiero decir que la Izquierda en Gran Bretaña esté en exactamente el mismo momento, pero sí espero que reconozcamos ciertos aspectos asombrosamente parecidos, ya que es la similaridad entre estas dos situaciones, lo que hace que la pregunta de los Cuadernos de prisión sea tan seminal para ayudarnos a entender nuestra condición hoy. Gramsci nos proporciona, no las herramientas con las cuales resolver el acertijo, sino los medios que permiten hacer las preguntas correctas acerca de la política de los años ochenta y los noventa. Lo hace al dirigir resolutamente nuestra atención hacia aquello que es específico y diferente en este momento. Él siempre insiste sobre esta atención a la diferencia. Es una lección que la Izquierda en Gran Bretaña todavía tiene por aprender. Tendemos a pensar que la Derecha no solo nos acompaña siempre, sino que siempre es igual: las mismas personas con los mismos intereses, con los mismos pensamientos. Estamos viviendo la transformación del conservadurismo británico – su parcial adaptación al mundo moderno, a través de las “revolución” neoliberal y monetaria. El thatcherismo ha reconstruido el conservatismo y el partido conservador. Los hombres de negocios utilitaristas y de rostro duro, los hombres de la tacaña burguesía, están ahora a cargo, no la clase de los cazadores y los pescadores. Y sin embargo, aunque estas transformaciones están cambiando el terreno y la lucha política delante de nuestra propia mirada, pensamos que las diferencias no tienen un efecto real sobre nada. Todavía se siente más “de Izquierda” decir que la vieja clase gobernante sigue adelante como siempre ha hecho.

Gramsci, por el otro lado, sabía que la historia y la especificidad son importantes. Así que, en vez de preguntar “¿qué hubiera dicho Gramsci acerca del thatcherismo?”, debemos simplemente atender este ceñimiento de Gramsci a la noción de la diferencia, a la especificidad de la coyuntura histórica: cómo es que fuerzas disímiles se juntan, coyunturalmente, para crear un nuevo terreno, sobre el cual se debe formar una nueva política. Esta es la intuición que nos ofrece Gramsci acerca de la naturaleza de la vida política, desde la cual podemos tomar partida.

Quiero decir que creo que las “lecciones de Gramsci” son, en primer lugar, respecto del thatcherismo y de la Nueva Derecha; y, en segundo lugar, respecto de la crisis de la Izquierda.

Aquí, simplemente estoy trayendo a colación el lado agudo de lo que considero es el thatcherismo. Estoy intentando abordar la apertura -a partir de mediados de la década de los setenta- de un nuevo proyecto político de la Derecha. Ciertamente, el proyecto se organizó, en sus etapas tempranas, en oposición al Estado, el cual estaba siendo, en la visión thatcherista, profundamente corrompido por el Estado de bienestar y por el “keynesianismo” que había ayudado a “corromper” a los británicos. El thatcherismo vino a existir en oposición al viejo Estado de bienestar keynesiano, cos su “estatismo” social- demócrata que, en su visión, había dominado la década de los sesentas. El proyecto del thatcherismo era transformar el Estado para así reestructurar la sociedad; descentrar, desplazar toda la configuración de posguerra; reversar la cultura política que había formado la base del orden político –el compromiso histórico entre el trabajo y el capital- que había tomado su lugar a partir de 1945.

La profundidad de la reversión a la cual se apuntó era amplia: una reversión de las reglas básicas de esa configuración, de las alianzas sociales que la sustentaban y los valores que la hacían popular. No quiero decir las actitudes y los valores de las personas que escribían libros. Quiero decir los valores de las personas que sencillamente, en sus vidas cotidianas, tienen que calcular cómo han de sobrevivir, cómo han de cuidar de las personas que tienen cercanas.

Esto es lo que quiero decir cuando afirmo que el thatcherismo le apuntó a una reversión del sentido común ordinario. El “sentido común” de los ingleses ha sido construido alrededor de la noción de que la última guerra había erigido una barrera entre la “mala época” de los años treinta y el presente: el estado de bienestar había llegado para quedarse; nunca volveremos so del mercado como el criterio para medir las necesidades de las personas, las necesidades de la sociedad. Siempre tendría que haber alguna fuerza incremental, institucional, adicional - el Estado, en representación de los intereses generales de la sociedad- para traer a colación, para sopesar, para modificar al mercado. Estoy perfectamente consciente de que el socialismo no se inauguró en 1945. Estoy hablando de la base popular de la social-democracia benefactora, la cual se da por sentada, y que forma el suelo real y concreto sobre el que cualquier socialismo que sea digno del nombre tiene que ser construido. El thatcherismo fue construido para interpelar, para contestar ese proyecto y, donde fuera posible, para desmantelarlo y poner algo nuevo en su lugar. Entró en el campo político a través de una competencia histórica, no sólo por el poder, sino por la autoridad popular, por la hegemonía.

Se trata de un proyecto –y esto confunde sin fin a la Izquierda- que es, a la vez, regresivo y progresivo. Regresivo porque, en ciertos aspectos cruciales, nos lleva hacia atrás. No podrías estar yendo en ninguna otra dirección excepto hacia atrás, al sostener ante la gente británica, finalizando el siglo XX, que el mejor futuro posible para ellos es convertirse, por segunda vez, en “victorianos eminentes”. Esto es profundamente regresivo, arcaico y anticuado.

Pero no lo mal interpretemos. También se trata de un proyecto de modernización regresiva. Porque, al mismo tiempo, el thatcherismo tenía su ojo brotado puesto sobre uno de los hechos históricos más profundos acerca de la configuración de la sociedad británica: que en realidad nunca entró propiamente en la era de la civilización burguesa moderna. Nunca institucionalizó, en propiedad, la civilización y las estructuras del capitalismo avanzado –aquello que Gramsci llamó el “fordismo”. Nunca transformó sus antiguas estructuras industriales y políticas. Nunca se convirtió en una segunda potencia capitalista- industrial- revolucionaria, como lo hizo Estado Unidos, y como lo hicieron, por otra ruta (la ruta prusiana), Alemania y Japón. Gran Bretaña nunca acometió esa profunda transformación que, al final del siglo XIX, rehizo tanto al capitalismo como a las clases trabajadoras. Consecuentemente, Thatcher sabe que no hay un proyecto político serio en la Gran Bretaña de hoy que no se trata también de la construcción de una imagen y una política de lo que sería esa modernidad para nuestras gentes. Y el thatcherismo, a su manera regresiva, retomando el pasado, mirando hacia atrás a glorias pasadas en lugar de mirar hacia una nueva época, ha inaugurado el proyecto de la modernización regresiva.

No hay nada más crucial, a este respecto, que el reconocimiento de Gramsci de que cada crisis es también un momento de reconstrucción; que no hay destrucción que no sea, también, una reconstrucción; que, históricamente, nada es desmantelado sin que se intente poner algo nuevo en su lugar; que toda forma de poder no sólo excluye sin que también produce algo.

Es esta una concepción completamente nueva de la noción de crisis –y de la noción de poder. Cuando la Izquierda habla de crisis, todo lo que vemos es al capitalismo desintegrándose, y nuestra llegada marchante a tomar el control. No entendemos que la disrupción del antiguo orden económico, social y político provee la oportunidad de reorganizarlo en forma diferente, para reestructurar y reelaborar, para modernizarnos y movernos hacia delante. S hace falta, por supuesto, al costo de dejar a un amplio número de personas –en el noreste, en el noreste, en Gales y Escocia, en las comunidades mineras y en los devastados corazones de la industria, en las ciudades del interior y en otros lugares- consignadas al basurero histórico. Esta es la “ley” de la modernización capitalista: desarrollo inequitativo, desorden organizado.

De cara a esta nueva organización política, la tentación es siempre desmantelarla ideológicamente, obligarla a quedarse quita, haciendo la clásica pregunta marxista: ¿a quién representa realmente? Ahora, usualmente cuando la Izquierda hace esa clásica pregunta marxista a la manera antigua, realmente no está preguntando nada, sino que está haciendo una afirmación. Ya conocemos la respuesta. Por supuesto, la Derecha representa la ocupación del estado por el capital, siendo el estado nada más que el instrumento de este último. Los escritores burgueses producen novelas burguesas. El partido conservador representa la clase gobernante a la que se dirigen todas las plegarias. Etc, etc… Esto es el marxismo como una teoría de lo obvio. La pregunta no entrega conocimiento nuevo, solamente la respuesta que ya conocemos. Es una especie de juego –la teoría política como un juego trivial. Pero de hecho, la razón por la que tenemos que hacer la pregunta por que en realidad no sabemos la respuesta.

Realmente es difícil saber, de cualquier manera simple, a quién representa el thatcherismo. Se trata del perplejo fenómeno de una ideología pequeño-burguesa que “representa” y está ayudando a reconstruir tanto el capital nacional como el internacional. En el curso de su representación del poder corporativo, sin embargo, esta ideología gana el consentimiento de sectores sustanciales de las clases dominantes y dominadas. ¿Cuál es la naturaleza de esta ideología que puede inscribir en sí una gama tan amplia de intereses y posiciones disímiles, que parece poder representar un poco a todos –incluyendo la mayoría de los lectores de este ensayo? Porque, no debemos equivocarnos, una pequeña parte de todos nosotros está también involucrada en el proyecto thatcheriano. Claro, todos estamos un cien por ciento comprometidos. Pero de vez en cuando –los sábados en la mañana, quizás justo antes de la manifestación- vamos a Siansbury y nos convertimos en una pequeña parte del proyecto thatcheriano…

¿Cómo podemos encontrarle sentido a una ideología que no es coherente, que nos habla, en una oreja, con la voz utilitarista, libertaria del hombre de mercado, y en la otra, con la voz del burgués respetable y patriarcal? ¿Cómo funcionan juntos estos dos repertorios? Todos quedamos perplejos ante la naturaleza contradictoria del thatcherismo. A nuestro modo intelectual, creemos que el mundo se va colapsar a causa de una contradicción lógica: esta es la ilusión del intelecto: que la ideología debe ser coherente, cada parte encajando en su lugar, como una investigación filosófica. Cuando, de hecho, todo el propósito de lo que Gramsci llamó ideología orgánica (es decir, históricamente efectiva), es articular diferentes sujetos, identidades, proyectos y aspiraciones en una sola configuración. No refleja, sino que construye una “unidad” a partir de la diferencia.

Hemos estado apresados por el proyecto thatcheriano, no desde 1983 o 1979, como dice la doctrina oficial, sino desde 1975. 1975 es el clímax de la política británica. Primero que todo, está la escalada del petróleo. Luego, la crisis capitalista. Tercero, la transformación del conservadurismo moderno con el acceso del liderazgo thatcheriano. Este es el momento de la reversión cuando, como arguyó Gramsci, se encuentran factores nacionales e internacionales. No comienza con el triunfo electoral de Thatcher, ya que la política no es solamente un asunto electoral. Aterrizó e 1975, justo en el medio del plexos solar político del señor Callaghan. Quiebr al señor Callaghan –y de por sí una rama quebrada en dos. Una mitad de él se mantiene patriarcal, paternalista, social- conservadora. La otra mitad baila a un nuevo son.

Una de las voces de sirena que cantan la nueva tonada en su oído es la de su hijastro, Peter Jay, uno de los arquitectos del monetarismo, en su rol misionario como editor de economía en The Times. Él fue el primero en ver la aproximación de las nuevas fuerzas del mercado, el nuevo consumidor soberano. Y, prestando oído a estas intimaciones del futuro, el viejo abre su boca, ¿y qué dice? La consentidera tiene que detenerse. El juego se acabó. La social- democracia no va más. El Estado de bienestar se ha ido para siempre. No podemos pagarlo. Nos hemos estado pagando demasiado, asignándonos demasiados trabajos innecesarios, pasándola demasiado bien.

Puedes ver a la psique inglesa colapsándose bajo el peso de los placeres ilegítimos de que ha estado disfrutando –el permisivismo, el consumismo, todos los dulces. Todo es falso –espuma y latón. Los árabes se lo han llevado todo. Y ahora tenemos que seguir delante de una manera diferente. La señora Thatcher le habla a este “nuevo camino”. Le habla a algo diferente en las profundidades de la psique inglesa- es masoquismo. La necesidad que parecen tener los ingleses de que los regañe la nana y que los manden a dormir sin postre. El cálculo según el cual cada buen verano tiene que ser pagado con veinte malos inviernos. El espíritu de Dunkirk: entre peor nos vaya, mejor nos comportamos. Ella no nos prometió la sociedad del despilfarro. Dijo: tiempos de acero, de regreso al paredón; los labios tiesos, a trabajar, a moverse, acóplese. Ciñámonos a las viejas verdades, la sabiduría de la vieja Inglaterra. La familia ha mantenido a la sociedad unida- vivamos según esto. Mandemos a las mujeres de regreso a la casa. Saquemos a los hombres de la frontera del noroeste. Tiempos difíciles –a los cuales seguirán, tiempos después, los buenos días. Pidió libertades, no por uno, sino por dos y tres períodos. Al final –dijo ella- seré capaz de redefinir a la sociedad de tal forma que todos de nuevo, por la primera vez, desde que el Imperio comenzó a irse por el retrete, sepan cómo se siente ser parte de la Gran Bretaña Ilimitada. Podremos, otra vez, enviar a nuestros chicos, izar la bandera, darle la bienvenida a los navíos. Bretaña será grande de nuevo.

Las personas no votan por el thatcherismo, a mi modo de ver, porque hayan creído la letra pequeña. Las personas cuerdas no creen que la economía británica sea floreciente y exitosa. Pero el thatcherismo, en cuanto ideología, se dirige a los miedos, las ansiedades, las identidades perdidas de la gente. Nos invita a pensar en la política a través de imágenes. Está dirigido a nuestras fantasías colectivas, a Gran Bretaña como comunidad imaginada, al imaginario social. La señora Thatcher ha dominado totalmente este idioma, mientras que la Izquierda desoladamente intenta arrastrar la conversación hacia “nuestra política”.

Este es un proyecto histórico de largo alcance, la modernización regresiva de Gran Bretaña. Poder ganar a favor de esta tarea a las personas comunes, no porque sean tontas o estúpidas, ni porque estén enceguecidos por algún tipo de falsa conciencia. Debido a que, de hecho, el carácter político de nuestras ideas no puede ser garantizado por nuestra posición social o por el “modo de producción”, es posible para la Derecha construir una política que le habla a la experiencia de la gente, la cual sí está inscrita en aquello que Gramsci llamó la necesariamente contradictoria y fragmentaria naturaleza del sentido común, una política que sí resuena con algunas de las aspiraciones ordinarias de la gente y que, en ciertas circunstancias, recupera a las personas, como sujetos subordinados, para un proyecto histórico que hegemoniza aquello que solíamos identificar –erróneamente- con “intereses de clase necesarios”. Gramsci es uno de los primeros marxistas modernos en reconocer que los intereses no son dados, sino que tienen que ser construidos política e ideológicamente.

Gramsci nos advierte en los Cuadernos que una crisis no es un evento inmediato, sino un proceso; puede durar por un largo período de tiempo, y puede tener diferentes resoluciones: a través de restauraciones, reconstrucciones o por transformación pasiva. A veces más estable, a veces más inestable; pero, en un sentido profundo, las instituciones británicas, la economía británica, la sociedad y la cultura de Gran Bretaña han estado en una profunda crisis social durante la mayor parte del siglo XX.

Gramsci nos advierte que crisis orgánicas de este tipo surgen, no sólo en el dominio político y en las áreas tradicionales de la vida económica e industrial, no simplemente en la lucha de clases, en el viejo sentido, sino en una amplia serie de polémicas y debates acerca de preguntas sexuales, morales e intelectuales fundamentales, en la crisis de las representaciones políticas y de los partidos – en una larga serie de asuntos que no parecen, a primera vista, estar en absoluto, y en el sentido escueto, articulados con la política. Esto es lo que Gramsci llama la crisis de la autoridad, la cual no es más que “la crisis de la hegemonía o la crisis general del Estado”.

Estamos justo en este momento. Hemos estado formando esta “crisis de la autoridad” en la vida social inglesa desde mediados de la década de los sesenta. En los sesentas, la crisis de la sociedad inglesa fue señalada en un número de debates y luchas alrededor de nuevos puntos de antagonismo, los cuales en un principio parecían estar apartados del territorio tradicional de la política británica. La Izquierda frecuentemente se quedaba esperando con paciencia que se reiniciaran los viejos ritmos de la “lucha de clases”, cuando de hecho eran las mismas formas de dicha lucha las que estaban siendo transformadas. Solo podemos entender esta diversificación de las luchas sociales a la luz de la insistencia de Gramsci de que, en las sociedades modernas, la hegemonía ha de ser construida, luchada y ganada en muchos frentes diferentes, en la medida en que se tornan más complejas las estructuras del estado y la sociedad moderna, en la medida en que proliferan los puntos de antagonismo social.

Así que una de las cosas más importantes que Gramsci ha hecho por nosotros es darnos un concepto profundamente expandido de cómo es la política en sí, y consecuentemente, cómo son la autoridad y el poder. No podemos, después de Gramsci, devolvernos a la noción que toma las políticas electorales, o las políticas de los partidos en sentido angosto, o incluso la ocupación del poder estatal, como el terreno de la política en sí. Gramsci entiende que la política es un campo ampliado; que, especialmente en sociedades como la nuestra, los sitios en los cuales se constituye el poder son enormemente variados. Estamos viviendo en la proliferación de los sitios del poder y el antagonismo en la sociedad moderna. La transición a esta nueva fase es decisiva para Gramsci. Pone directamente en la agenda política las preguntas acerca del liderazgo político y moral, el papel educativo y formador del Estado, las “trincheras y fortificaciones” de la sociedad, el asunto crucial del consentimiento de las masas y la creación de un nuevo tipo o nivel de “civilización”, de una nueva cultura. Traza la línea decisiva entre la fórmula de la “revolución permanente” y la fórmula de la “hegemonía civil”. Es el filo entre la “guerra de movimiento” y la “guerra de posiciones”: el punto en el que el mundo de Gramsci se encuentra con el nuestro.

Esto no quiere decir, como algunas personas leen a Gramsci, que, por lo tanto, el Estado ya no importa. El Estado es clara y absolutamente central en la articulación en un régimen normativo de las diferentes áreas de debate, los diferentes puntos de antagonismo. En el momento en que puedes obtener suficiente poder en el Estado para organizar un proyecto político central es decisivo, porque luego puedes utilizar al Estado para planear, urgir, incitar, solicitar y castigar, para conformar en un solo régimen a los diferentes sitios de poder y consentimiento. Ese es el momento del “populismo autoritario” –el thatcherismo a la vez “encima” (en el Estado) y “debajo” (allá afuera con la gente).

Aún así, la señora Thatcher no comete el error de pensar que el Estado capitalista tiene un carácter político único y unificado. Ella está completamente consciente que, aunque el Estado capitalista está articulado para asegurar el largo plazo, las condiciones históricas para la acumulación de capital y plusvalía, aunque es el guardián de cierta clase de civilización y cultura burguesa y patriarcal, es, y continúa siendo, una ámbito de debate.

¿Quiere esto decir que el thatcherismo es, después de todo, simplemente la “expresión” de la clase dominante? Por supuesto que Gramsci siempre le da un papel central a las cuestiones de clase, las alianzas de clases, la lucha de clases. Donde Gramsci se aparta de las versiones clásicas del marxismo es en que él no piensa que la política seas un ámbito que simplemente refleja identidades políticas ya unificadas, formas de lucha ya constituidas. La política no es para él una esfera dependiente. Es donde las relaciones y las fuerzas, económicas, sociales, culturales, tienen que ser accionadas para producir formas particulares de poder, formas de dominación. Esta concepción de la política es fundamentalmente contingente, fundamentalmente abierta. No hay una ley de la historia que pueda predecir el resultado de una lucha política. La política depende de las relaciones de fuerza que operan en cualquier momento específico. La historia no se encuentra esperando para resarcir los errores en un “triunfo inevitable”. Pierdes porque pierdes, porque has perdido.

El “buen sentido” de la gente existe, pero es sólo el comienzo, no el final, de la política. No garantiza nada. De hecho, Gramsci dijo: “las nuevas concepciones ocupan una posición extremadamente impopular entre las clases populares”. No hay un sujeto unitario de la historia. El sujeto se encuentra necesariamente escindido –un ensamblaje: una mitad es de la edad de piedra, mientras que la otra contiene los “principios de la ciencia avanzada, los prejuicios de todas las etapas pasadas de la historia, y las intuiciones de filosofías futuras”. Ambas cosas luchan al interior de los corazones y las mentes de las personas, intentando encontrar una forma de articularse políticamente. Por supuesto, es posible reclutarlas en proyectos políticos bien diferentes.

Especialmente hoy, vivimos en una era en que las viejas identidades políticas están colapsando. Ya no podemos imaginar la llegada del socialismo a través de la imagen de aquel sujeto singular que solíamos llamar el “hombre socialista”. El hombre socialista, con una mente, un interés, un proyecto, está muerto. Y gracias a Dios. ¿Quién lo necesita ahora, con su partencia a un período histórico particular, con su particular sentido de la masculinidad, con su identidad fija en una serie particular de relaciones familiares, en una identidad sexual particular? ¿Quién lo necesita, como si fuera aquella identidad singular a través e la cual la gran diversidad de seres humanos y culturas étnicas en nuestro mundo deben entrar al siglo XIX? Él está muerto, aniquilado.

Gramsci miraba un mudo que era, delante de sus ojos, complejizante. Vio la pluralización de las identidades culturales modernas, emergiendo entre las líneas de un desarrollo histórico desigual, frente a lo cual hizo la pregunta: ¿cuáles son las formas políticas a través de las cuales un nuevo orden cultural puede ser construido, a partir de esta “multiplicidad de voluntades dispersas, estos propósitos heterogéneos”? Dado que así es como son en realidad las personas, dado que no hay una ley que hará que el socialismo se convierta en realidad, ¿podremos encontrar formas de organización, formas de identidad, de lealtad, concepciones sociales, que pueden estar a la vez conectadas con la vida social y, al mismo momento, transformarla y renovarla? El socialismo no nos será entregado por la puerta trasera de la historia por algún deus ex machina.

Gramsci siempre insistió en que la hegemonía no es exclusivamente un fenómeno de ideología. No puede haber hegemonía sin “el núcleo decisivo de lo económico”. Por otro lado, no podemos caer en la trampa del viejo economismo mecanicista y creer que, si podemos asir lo económico, podemos movernos por el resto de la vida. La naturaleza del poder en el mundo moderno es que este también se encuentra construido en relación con cuestiones políticas, morales, culturales, intelectuales, ideológicas y sexuales. La cuestión de la hegemonía es siempre la cuestión de un nuevo orden cultural. La pregunta que confrontó a Gramsci con Italia nos confronta a nosotros ahora con Gran Bretaña. ¿Cuál es la naturaleza de esta nueva civilización? La hegemonía no es un estado de gracia que se ha instalado por siempre. No es una formación que incorpora a todos. La noción de un “bloque histórico” es precisamente diferente de la noción de una clase gobernante pacificada y homogénea.

Implica una concepción bastante diferente de cómo las fuerzas y movimientos sociales, en su diversidad, pueden ser articuladas en una serie de alianzas estratégicas. Para construir un nuevo orden, no se necesita reflejar una voluntad colectiva ya formada, sino más bien forjar una nueva, para así inaugurar un nuevo proyecto histórico.

He estado hablando de Gramsci a la luz de, en las postrimerías de, el thatcherismo: usar a Gramsci para comprender la naturaleza y la profundidad del reto a la Izquierda que el thatcherimso y la Nueva Derecha en la vida y la política inglesa. Pero he estado, a la vez, hablando inevitablemente acerca de la Izquierda. O, más bien, no he estado hablando acerca de la Izquierda, por que la Izquierda, en su forma organizada, laborista, parece no tener ka menor idea de lo que implica el sacar adelante un nuevo proyecto histórico. No entiende la naturaleza necesariamente contradictoria de de los sujetos humanos, de las identidades sociales. No entiende a la política como producción. No puede ver que es posible conectarse con los sentimientos y la experiencia ordinaria de las personas en sus vidas cotidianas, y sin embargo progresivamente articularlos hacia una forma de conciencia social más avanzada. No ve que proliferar los centros de poder, y así atraer cada vez más áreas de antagonismo social, es parte de la naturaleza misma de la civilización capitalista moderna. No reconoce que las identidades que las personas cargan en sus mentes -sus subjetividades, su vida cultural, su vida sexual, su vida familiar, sus identidades étnicas, su salud- han sido masivamente politizadas.

Simplemente no creo, por ejemplo, que el liderazgo actual del partido Laborista entienda que su destino político depende de si puede o no, en los próximos veinte años, construir una política capaz de dirigirse, n a uno, sino a una diversidad de puntos de antagonismo en la sociedad; unificarlos, en sus diferencias, dentro de un proyecto común. No creo que hayan aprehendido el hecho de que la capacidad del partido Laborista de crecer como una fuerza política depende absolutamente de su capacidad de alimentarse de las fuerzas populares de movimientos bien diferentes; movimientos por fuera del partido que no podía poner en juego, y que no puede por lo tanto “administrar”. Retiene una concepción completamente burocrática de la política. Si las palabras no surgen de la boca del partido Laborista, entonces deben contener algo subversivo. Si la política energiza a las personas para que hagan demandas nuevas, esto es un signo seguro de que los nativos se están volviendo inquietos. Debes expulsar o deponer a unos cuantos. Debes regresar a la ficción, al “votante laborista tradicional”: a una noción fabianista, pacificada de la política, en la cual las masas sabotean al poder para ubicar en él a los expertos, y los expertos luego hacen algo por las masas… después, mucho después. La concepción hidráulica de la política.

La concepción burocrática de la política no tiene nada que ver con la movilización de una variedad de fuerzas populares. No tiene ninguna concepción de cómo las personas se empoderan haciendo cosas: primero que todo, frente a sus preocupaciones inmediatas; luego, el poder se expande hacia sus capacidades y ambiciones políticas, de tal forma que comienzan a pensar de nuevo en cómo podría ser gobernar el mundo…Su política ha dejado de tener una conexión con la más moderna de todas las resoluciones –la profundización de la vida democrática.

Sin la profundización de la participación popular en la vida nacional- cultural, las personas comunes no tienen ninguna experiencia de gobierno sobre nada. Necesitamos readquirir la noción de que la política se trata de la expansión de las capacidades populares, las capacidades de las personas comunes. Y, para poder hacer esto, el socialismo debe hablarle a las personas a quienes quiere empoderar, en palabras que les pertenezcan a ellos, gentes del siglo XX tardío.

Habrán notado que no estoy hablando acerca de si el partido Laborista está en lo correcto frente a este o aquel tema. Estoy hablando de la totalidad de la concepción de la política: la capacidad de aprehender en nuestra imaginación política las enormes decisiones históricas que afrontan los británicos el día de hoy. Estoy hablando de nuevas concepciones de la nación: de si crees que Gran Bretaña puede avanzar hacia el nuevo siglo con una concepción de lo que significa ser “inglés” que ha sido completamente constituida a partir de la larga y desastrosa marcha imperialista de Gran Bretaña a lo largo y ancho de la tierra. Si realmente crees esto, no has aprehendido la profunda transformación cultural que se necesita para rehacer a los ingleses. Este tipo de transformación cultural es precisamente aquello de lo que se trata el socialismo de hoy.

Ahora, un partido político de Izquierda, sin importar qué tanto se centre en el gobierno, sobre ganar elecciones, afronta, a mi modo de ver, exactamente este tipo de decisión. La razón por la cual no soy optimista respecto de que el “masivo partido de la clase trabajadora” pueda alguna vez entender la naturaleza de la decisión histórica que lo confronta es precisamente que sospecho que el partido Laborista todavía cree secretamente que todavía le queda un poco de campo en el viejo, económico- corporativo e incrementista juego keynesiano. Todavía cree que puede regresar a un poquito de keynesianismo aquí, un poco más del Estado de bienestar más allá, un poco más de la cosa fabiana… Realmente, no tengo una visión cataclísmica del futuro, pero honestamente creo que esta opción se encuentra ahora clausurada. Está agotada. Nadie cree en ella. Sus condiciones materiales han desaparecido. Los británicos comunes no votarán por ella porque saben en sus huesos que la vida ha dejad de ser así.

¿Que lo que el thatcherismo propone, a su radical modo, no es aquello a lo que podemos volver, sino a través de cuál ruta podemos avanzar? Frente a nosotros se encuentra la decisión histórica: capitular al futuro thatcherista, o encontrar una forma nueva de imaginar.

No se preocupen por la señora Thatcher, ella se retirará a Dulwich. Pero hay muchos más thatcheristas de tercera, cuarta y quinta generación, tan secos como la arena, hombres “cuerdos” que esperan tomar su lugar. Creen que nosotros somos dinosaurios. Creen que pertenecemos a otra era. A medida que el socialismo declina lentamente, amanecerá una nueva era y esta clase de hombres posesivos estarán a cargo de ella. Sueñan acerca de un poder cultural real. Y el partido Laborista, a su modo susurrante, sin agitar el panal, esperando que las encuestas electorales escalen, afronta de hecho sólo la decisión entre convertirse en algo históricamente irrelevante o comenzar a bocetear una forma de civilización completamente diferente.

No digo socialismo, por miedo a que el término nos sea tan familiar que terminemos creyendo que hablo simplemente de poner sobre los rieles de nuevo al mismo viejo programa que todos conocemos. Estoy hablando de la renovación de la totalidad del proyecto socialista en el contexto de la vida social y cultural moderna. Quiero decir que tenemos que desplazar la relación de fuerzas –no para que la utopía se realice el día después de las siguientes elecciones generales, sino para que las tendencias comiencen a correr en otra dirección. ¿Quién necesita un Cielo socialista en el cual todos estén de acuerdo con todos, donde todo el mundo es exactamente igual? Dios nos libre. Hablo más bien de un lugar en el cual podamos comenzar la disputa histórica por aquello que debe ser una nueva civilización. ¿Es posible que las nuevas e inmensas capacidades materiales, culturales y tecnológicas, que por mucho rebasan los sueños más locos de Marx, que están ahora realmente en nuestras manos, vayan a ser políticamente hegemonizadas por la modernización reaccionaria del thatcherismo? ¿O podremos tomar estos nuevos medios de hacer historia, de conformar nuevos sujetos humanos, y palancarlo todo en dirección de una nueva cultura? Esta es la elección que afronta a la Izquierda.
“Uno debe enfatizar”, escribió Gramsci, “la significatividad que tienen, en el mundo moderno, los partidos políticos en la elaboración y difusión de concepciones del mundo, porque lo que ellos esencialmente hacen es elaborar las éticas y políticas que corresponden a estas concepciones actuando como si este fuera su propio laboratorio histórico”.
Este artículo fue publicado por primera vez en Marxism Today, junio de 1987, y está basado en una conversación brindada en la conferencia acerca de Gramsci del mismo nombre.
 
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