5/2/13

Gramsci en Brasil

Foto: Carlos Nelson Coutinho
Carlos Nelson Coutinho

Entre 1966 y 1968, en el periodo en que las contradicciones internas del régimen dictatorial brasileño, instaurado en 1964, todavía permitían un margen relativo de libertad en el terreno cultural, tuvo lugar una valiente iniciativa editorial: en tres años se publicaron cinco de las más importantes obras de Antonio Gramsci, inédito hasta entonces en lengua portuguesa1 Se ponía así a disposición del lector brasileño un corpus de escritos gramscianos que, dada su amplitud, todavía no era accesible ni aun al lector de lengua francesa, inglesa o alemana.

En un primer momento las consecuencias de esta iniciativa editorial fueron bastante modestas. Las primeras ediciones de los textos de Gramsci se agotaron muy lentamente y con dificultades:
 su influencia en la producción intelectual brasileña fue prácticamente inexistente o, en ciertos cados, subterránea. No había duda de que la publicación de las obras de Gramsci en Brasil caía bajo condena por la emanación, en diciembre de 1968, del Acta institucional N° 5, un instrumento legal de excepción con el que prácticamente se llevaba a cabo un nuevo golpe de Estado, que cerraba casi completamente los espacios legales de discusión y de reflexión teórica. Pero las condiciones políticas e institucionales desfavorables explican solo en parte las razones de que Gramsci fuera eclipsado temporalmente. Otra razón, al menos de igual importancia, se puede detectar en la misma cultura que dominaba entonces en los ambientes brasileños de izquierda: una cultura fuertemente influida por los modelos interpretativos de lo que convencionalmente se llama "marxismo de la Tercera Internacional", o bien, más sintéticamente, "marxismo-leninismo".

Este predominio de la tradición de la Tercera International no se manifestaba solamente en la concepción general del marxismo, fuertemente economicista, sino también en el modo de interpretar la misma realidad brasileña. Brasil se veía como una formación social "atrasada", semicolonial y semifeudal, que tendría necesidad —para superar sus contradicciones y encontrar el camino del progreso social— de una revolución "democrático-burguesa" o de "liberación nacional". Esta era, al menos desde los años treinta, la posición del Partido Comunista Brasileño. Pero también los grupos que, a partir de 1964, se habían separado de la política del Partido Comunista Brasileño, y habían escogido el camino de la lucha armada bajo la influencia ideológica y política del maoísmo y/o de las concepciones foquistas de Régis Debray, seguían vinculados a este planteamiento general. La reagrupación creada y encabezada por Carlos Marighela, por ejemplo, se llamaba Alianza de Liberación Nacional y se proponía llevar a cabo inmediatamente una revolución antifeudal y antimperialista.

A pesar de las sustanciales divergencias tácticas y estratégicas, había algo en común entre el "gradualismo" del Partido Comunista Brasileño y el "militarismo" de los grupos de ultraizquierda: la convicción de que Brasil, en cuanto país atrasado, tenía que adoptar los modelos revolucionarios del bolchevismo, del maoísmo o del castrismo. En aquel momento no eran muchos los intelectuales brasileños que se daban cuenta del hecho de que e1 país —precisamente debido a la política económica del régimen militar tecnocrático— había llegado a un nivel de desarrollo capitalista en sentido pleno, e incluso de capitalismo monopólico de Estado.
La extraña más no paradójica complementariedad entre las posiciones más retrógradas de la dictadura y la orientación tercerinternacionalista del marxismo brasileño explica las dificultades registradas en un primer momento en la aceptación de la obra de Gramsci. No resulta casual que la decadencia de aquellas posiciones y la crisis de esta última orientación posibiliten el espectacular crecimiento de la influencia gramsciana en el transcurso del último decenio: desde mediados de los años setenta, simultáneamente con el inicio (todavía tímido) del proceso de apertura política y con la crisis cada vez mas explicita de las organizaciones marxistas tradicionales, los escritos de Gramsci empezaron a ser ampliamente estudiados y discutidos. Los volúmenes ya publicados en el periodo 1966-1968 se reeditaron varias veces después de 1976; y nuevos títulos de Gramsci y sobre el fueron apareciendo sucesivamente.3 La difusión del autor de los Cuadernos supero en gran manera las fronteras de las universidades: algunos de los conceptos gramscianos fundamentales, especialmente el de "sociedad civil", son cada vez mas utilizados en la mayoría de los análisis políticos e historiográficos publicados recientemente en Brasil por parte de autores comunistas, socialdemócratas, cristiano-progresistas e incluso liberales. Se puede decir pues que Gramsci ha conquistado actualmente un espacio propio en la vida intelectual brasileña, convirtiéndose en una fuerza viva y un punto obligado de referencia en el laborioso proceso de renovación teórica y política presente en la izquierda brasileña.

¿Cómo se puede explicar esta "adopción" brasileña de Gramsci, un autor que en las dos mil páginas de sus Cuadernos solo una vez hace referencia a Brasil? Evidentemente es en el método y en los conceptos básicos, no en el plano de las afirmaciones literales, donde se puede encontrar una respuesta a tal pregunta: o sea, a través de su profunda universalidad Gramsci es capaz de iluminar algunos aspectos decisivos de nuestra peculiaridad nacional. Me referiré aquí a dos de estos conceptos: el de "revolución pasiva", capaz de aportar importantes indicaciones al análisis de los procesos de "modernización conservadora",5 que marcan la historia brasileña; y el de "Estado ampliado", a través del cual podemos detectar algunas características esenciales de nuestra situación actual —o sea, el hecho de que Brasil sea hoy una formación social de tipo "occidental" y, por consiguiente, captar al mismo tiempo elementos para la construcción de una estrategia democrática hacia el socialismo en Brasil.