16/2/13

Gramsci / El Estado, el consentimiento y la "guerra de posición"

Chris Bambery
Traducción del inglés por Santi Amador

Una crítica común hacia el marxismo es que se trata de una teoría que sostiene que todo está determinado por las circunstancias económicas y que ofrece una explicación rudimentaria de la ideología. Esto refleja el “marxismo” oficial que llegó a gobernar en Moscú y Pequín.

De acuerdo con éste, los trabajadores estaban dominados por una falsa conciencia, pero el partido se encargaría de conducirlos hacia la auténtica conciencia de clase. El marxista italiano Antonio Gramsci desarrolló el análisis de la ideología de Karl Marx. Lo hizo bajo unas condiciones terribles, las de la dictadura fascista de Mussolini. Cuando el juez de la Corte dictó sentencia declaró:
“se debe impedir trabajar a este cerebro durante 20 años”. Se equivocó. Gramsci escribió una serie de cuadernos en la cárcel. La censura a la que estaban sometidos explica por qué están escritos en clave. El problema inmediato que abordó Gramsci fue el fracaso de la insurrección revolucionaria que se había extendido en Europa occidental a raíz de la Revolución Rusa de 1917.

Italia era el país cuyas condiciones se aproximaban más a las de Rusia y Gramsci había desempeñado un papel clave en las luchas de la clase trabajadora de Turín durante “los años rojos” de 1919 y 1920. Esta ciudad era el centro industrial de Italia. Gramsci tomó una serie de argumentos de los líderes de la Revolución Rusa, Lenin y Trotsky, sobre las diferencias que existían entre Europa occidental y oriental.

Para Gramsci, la clase dominante era como el mítico centauro, mitad hombre y mitad bestia. Gobernaba a través de la utilización de la coacción por parte del estado y a través del consentimiento de aquellas y aquellos sobre los que gobernaba. En la Rusia zarista, la sociedad civil solo estaba empezando a emerger —era “primordial y gelatinosa”. La coerción del estado dominaba.

El objetivo de los revolucionarios era liderar un ataque directo al estado cuando se presentara la oportunidad. Gramsci lo denominó “guerra de maniobra”. En Europa occidental, la clase dominante se basaba la mayor parte del tiempo en el consentimiento y había una gran variedad de instituciones dentro de la sociedad civil que actuaban como una complicada serie de movimientos de tierra que rodean una gran fortaleza. Esas instituciones y las ideas que difunden por toda la sociedad tenían que ser socavadas a través de una lucha ideológica antes de que fuera posible un ataque directo. Un partido revolucionario tenía que disputarse y ganar el liderazgo en la clase trabajadora y otros grupos oprimidos. A esto lo llamó “guerra de posición”.

Para Gramsci aquí estaba involucrada la lucha. Una batalla diaria de ideas centrada en crear “intelectuales orgánicos” dentro de la clase trabajadora. Se trataba de las trabajadoras y trabajadores revolucionarios que eran parte integrante de su clase y estaban comprometidos con la misma. Tanto en el este como en el oeste, el estado se basaba en la represión y el consentimiento para gobernar. Gramsci advirtió que el estado era más poderoso en Europa occidental y que cuando llegara el momento crítico sería un enemigo más poderoso. En algún punto, la guerra de trincheras involucrada en la “guerra de posición” pasaría más a la ofensiva —la “guerra de maniobra”.

Todo ello centrado en una relación dinámica bidireccional entre el partido revolucionario y la clase trabajadora. Analizando su anterior experiencia con la clase trabajadora de Turín, argumentó que las rebeliones espontáneas de la clase trabajadora eran cruciales: “Este elemento de la ‘espontaneidad’ no se descuidó y mucho menos menospreció. Se educó, se dirigió, se purificó de todo elemento extraño que pudiera contaminarla”.

En 1924 describió al partido revolucionario “como resultado de un proceso dialéctico en el cual el movimiento espontáneo de las masas revolucionarias, y la organización y la dirección pasan a ser el centro de convergencia”. En otro lugar, abogó por la unidad entre la “espontaneidad” y la “dirección consciente”. “Precisamente porque el partido está fuertemente centralizado, es necesario un esfuerzo masivo de propaganda y agitación. Resulta necesario para el partido formar a sus miembros y elevar su nivel ideológico de una manera organizada”.

Sin embargo, los miembros del partido no eran simples robots siguiendo órdenes. Gramsci dijo que “es necesario que cada miembro del partido sea un elemento políticamente activo, un líder”. El partido tenía que proporcionar un liderazgo en la lucha día a día. “Este liderazgo no era ‘abstracto’. No consistía en la repetición mecánica de alguna fórmula teórica científica o abstracta; no confundía las políticas, la acción real, con las disertaciones teóricas. Se aplicó a las personas de carne y hueso...”. Cada miembro del partido tenía que ser un líder en su propio “medio” —en el trabajo, la escuela o el barrio.

El objetivo último de Gramsci que perduró hasta su muerte en 1937, por la enfermedad y el maltrato de los fascistas, fue la revolución.

Chris Bambery es editor del Socialist Worker, periódico del Socialist Workers Party, organización hermana de En lucha/En lluita en Gran Bretaña.