7/2/13

Cultura y nación / ¿Para qué no nos sirve ya Gramsci?

Néstor García-Canclini

Recuerdo un grafiti en una calle de Buenos Aires: «En mi casa tengo un poster con las fotos de todos ustedes. (Firmado:) Che Guevara». Tengo una sensación parecida cuando evoco la torrencial bibliografía sobre Gramsci producida en las últimas décadas. ¿Qué se puede decir a esta altura de los noventa que no vuelva a ser un juego de ecos con lo que se escribió en libros, artículos y tesis, lo que se enseñó y debatió sobre Gramsci en aulas, revistas y congresos? Si lográramos de algún modo resucitarlo, como pretenden las celebraciones de aniversario, correríamos el riesgo de que nos pidiera que ya no escribiéramos más sobre él: «No caben en la biblioteca de mi casa más reinterpretaciones ni usos de mi obra».

Este texto parte de la premisa de que el mejor homenaje para un pensador y un político que tuvo entre sus méritos no repetir lo que se suponía en su época ortodoxo y correcto, puede ser reflexionar sobre aquello para lo cual Gramsci dejó de ser útil. Lo intentaré partiendo de lo que él anotó sobre las relaciones entre la cultura, lo popular y lo nacional. Si su obra aún nos puede ayudar no es tanto por las innovaciones que generó sobre estas cuestiones en el pensamiento marxista como por la necesidad de retomar sus preguntas ante la última recomposición neoliberal del capitalismo.

Los Cuadernos como una pieza de jazz

Es sorprendente que a una obra tan fragmentaria y lacónica como la de Gramsci se le haya hecho decir tantas cosas. Pero casi nada de eso ya sirve. A esta altura en que la palabra superestructura fue olvidada en el lenguaje de las ciencias sociales, cuando las simplificaciones economicistas no atraen a nadie y el funcionalismo estructuralista con que Althusser teorizó los aparatos ideológicos se halla muy bien archivado ¿quién necesita corregirlo con los aparatos de hegemonía? ¿Hay alguien que quiera demostrar con reflexiones de los años 30 sobre la religiosidad popular y la ideología de qué papel tienen los procesos culturales en los cambios y los estancamientos de la economía? Suena tan lejano que hace apenas quince años se recurriera a Gramsci porque había que «superar a Lenin», reinterpretar la revolución en Occidente o reformular la teoría del partido...

Cuando uno piensa que esos textos rapsódicos y alusivos que escribió en la prisión fueron utilizados para convertirlo en renovador de casi todos los capítulos de la teoría marxista, nuevo estratega de las coyunturas, guía de las renovaciones partidarias, del sistema escolar y de las próximas funciones de la cultura popular, más que ante una obra sociopolítica tenemos la impresión de estar ante una partitura de jazz. Distintos conjuntos e individuos la interpretaron como quisieron, y así se consiguió simular que esos pocos centenares de páginas, a veces luminosas, a menudo rudimentarias, podrían rehabilitar al marxismo como surtidor de recetas omnicomprensivas.

Demasiada improvisación para restaurar, al fin de cuentas, una partitura ideológica de la que todavía se esperaba recibir la armonía imperturbable de los dogmas. Sin duda, muchos textos rigurosamente trabajados durante aquella euforia exegética no se quedaban en esta búsqueda maníaca de restauración. Pienso en la elaboración sobre lo hegemónico y lo subalterno, sobre las relaciones entre cultura y política, en los antropólogos neogramscianos de Italia (Alberto M. Cirese, Amalia Signorelli, entre otros), cuando la antropología era poco capaz de incluir los conflictos en su teoría de los contactos culturales y la sociología navegaba por migraciones, marginalidades y modernización es en las que lo simbólico no parecía jugar ningún papel.

Me acuerdo del impulso recibido desde las intuiciones gramscianas para repensar las articulaciones entre sociedad, cultura y poder, más allá de las compartimentaciones entre sociología, antropología y estudios políticos, por quienes buscábamos analizar transversalmente lo que esas disciplinas abarcaban. Sería injusto desdeñar el estímulo que Gramsci dio con sus análisis de la escuela, la prensa, la literatura masiva y el folklore a quienes intentábamos transformar los estudios académicos sobre la cultura, ubicándolos en las relaciones de poder. Su visión precursora de que lo popular no es un paquete cerrado de tradiciones y costumbres, sino que se define - de distintas maneras cada vez - por la posición de los grupos subalternos en cada bloque histórico, ayudó a dinamizar las investigaciones nostálgicas y embalsamadoras de los folkloristas.