11/1/13

Marx & Gramsci analizan la Gran Revolución

Ricardo Sánchez Ángel
Doctor en historia y profesor en la Universidad Nacional de Colombia

Especial para Gramscimanía
Este ensayo quiere restablecer polémicamente una lectura de la revolución francesa y sus utopías a través de autores como Alexis de Tocqueville, Carlos Marx y Antonio Gramsci, continuando con Jean Jaurés y Pedro Kropotkine hasta la actualidad, en que se ubica la disputa central entre revisionistas, Francois Furet como el máximo exponente y los historiadores sociales Georges Lefebvre, Daniel Guérin, George Rudé y Albert Soboul. Para proponer una lectura de historia-presente sobre la revolución francesa y sus criterios de actualidad.

La importancia de establecer y restablecer las lecturas que nos den el sentido de la revolución francesa de
1789, aparece una y otra vez en distintas circunstancias históricas -el bicentenario en 1989 fue la más copiosa polémica- en distintos países y desde distintos saberes. No sólo el saber histórico, el cual es estructurante en éste propósito, sino igualmente los del derecho, la política, la sociología...[1].

El sentido de la revolución francesa es polisémico, afirmado en distintas lecturas historiográficas y en los diversos balances políticos de los que ha sido objeto. Al fragor de las polémicas más duras, las tradiciones dominantes de la historia social inauguradas por Jean Jaurés, Pedro Kroptopkin y continuadas por Albert Mathiez y Georges Lefebvre, mantuvieron su influencia en el campo de la investigación histórica, no obstante el duro cuestionamiento revisionista que, con bríos inusitados estableció Francois Furet en su libro Pensar la Revolución Francesa. Tal ofensiva comenzó durante la guerra fría, con los aportes de la historiografía anglosajona revisionista de Robert R. Palmer (1954) y su concepción de una revolución ‘occidental’ o ‘atlántica’ de la cual la francesa sería un capítulo, o un aspecto de la revolución que comenzó con la inglesa, las colonias americanas, se prolongó en las revoluciones de Suiza, Países Bajos, Irlanda, para volver a aparecer después de Francia de nuevo en los Países Bajos, Alemania renana, Suiza, Italia, Malta, el mediterráneo oriental, Egipto, otros países de Europa y América Latina. Palmer al igual que Alfred Cobban (1954) niega el carácter antifeudal y burgués de la revolución francesa y por ende su carácter social y nacional[2].

Otros autores de la galería revisionista son Elizabeth Eisenstein (1965) y George Taylor quienes, por partida doble, criticaron el uso de los términos feudalismo y burguesía, la primera y el concepto de capitalismo, el segundo, tal como lo utiliza la historia social, especialmente George Lefebvre. En Francia la manifestación revisionista comienza en 1961 con  Edgar Faure y su obra La Disgrace de Turgot (12 mai 1776), donde se plantea la tesis de una revolución de la Ilustración aristocrática y burguesa, sin conexión necesaria con la revolución popular violenta, que instaura la república del Terror, la de los jacobinos, destacando lo inaugurado en 1789, la vía reformista, la de las élites, como continuidad de las tareas del Estado del Ancien Régime. La vía reformista venía a ser destructiva e indeseable. Esta es la ópera prima, que alentará la obra de Francois Furet y Denis Richet,  La Revolución (1965). El primero, un erudito y brillante escritor, autor además de un reputado Diccionario sobre la revolución Francesa[3]. Su obra cimera por la apuesta revisionista radical la constituye su Penser la Revolution Francaise (1978), libro que se constituyó en una especie de revelación posmoderna o conservadora, la biblia de renegados y partidarios del fin de la historia. Con un mérito especial y significativo del autor cuando afirma que el historiador de la revolución francesa debe ser no sólo competente, a diferencia del historiador de la Edad Media al cual le bastan estas pericias, sino que debe anunciar sus opiniones. Se trata de un escenario, un campo de fuerzas en que las batallas intelectuales no se pueden soslayar, dando tránsito de la pasión por la objetividad y los hechos veraces, a la pasión por los intereses ideológico-políticos, que de manera razonada y polémica se defiendan. Así define éste historiador su postura:

Lo sorprendente no es que esta historia particular, como toda historia lleve en sí presupuestos intelectuales. No existe interpretación histórica inocente y la historia que se escribe está incluida también en la historia, pertenece a la historia, es el producto de una relación por definición inestable entre el presente y el pasado, entrecruzamiento entre las particularidades de un espíritu y el inmenso dominio de sus posibles raíces en el pasado. Pero si toda historia implica una elección, una preferencia en el orden de los intereses, de esto no se deriva que la historia deba tener como supuesto una opinión sobre el tema considerado. Para que eso ocurra, es necesario que este tema movilice en el historiador y en su público una capacidad de identificación política o religiosa que haya sobrevivido al paso del tiempo[4].

Esta obra de Francois Furet ocupa un lugar central en el ataque a los historiadores marxistas, especialmente en respuesta al portador de la cátedra de la revolución francesa en la Sorbona, Albert Soboul, quien a su vez había atacado la interpretación de Furet y Denis Richet[5].

Hasta este libro, la forma de incorporar las lecturas de Marx y Engels sobre la gran revolución resulta relativamente respetuosa, en su ensayo posterior Marx y la Revolución Francesa (1986) publicado en el mismo volumen con el trabajo de Lucien Calvié, los Textos de Marx sobre la Revolución, lo que busca es colocar a Marx  fuera de la historia seria. En algunos momentos Furet resulta ligero y tergiversa la reflexión de Marx. Así, va a decir en el capítulo sobre Marx y el enigma francés: “Pero contrariamente lo que ha creído Marx, como tantos otros, la Revolución Francesa no ha terminado en 1830”[6]. Como se sabe, uno de los textos más largos y luminosos de Marx sobre la Gran Revolución es La Sagrada Familia, que concluye con esta afirmación, completamente distinta y opuesta a la de Furet: “La historia de la vida de la Revolución Francesa, que data de 1789, no termina todavía en el año de 1830, en que triunfa uno de sus momentos, enriquecido ahora con la conciencia de su significación social”[7].

Pensar la Revolución Francesa de Furet está dividido en dos partes, la primera, es el ensayo La Revolución Francesa ha concluido y la segunda, Tres historias posibles de la Revolución Francesa que compila los artículos: 1) El Catecismo revolucionario; 2) Tocqueville y el problema de la Revolución Francesa y 3) Augustin Cochin: la teoría del jacobinismo.

Para Francois Furet hay que valorar, porque no existe interpretación histórica inocente, y lo que se escribe pertenece a la historia. No se trata que los ‘hechos’ simplemente hablen por sí mismos, de acuerdo a las reglas. Hay que precisar lo que se quiere analizar, los datos deben ser seleccionados, establecidas las hipótesis y las conclusiones. Máxime frente a hechos como la Revolución que han precisado su propia valoración e interpretación, y que constituye el acontecimiento histórico por excelencia, el paradigma rector de la evolución política, ya no sólo como república democrática, sino como Revolución permanente.

Furet no tiene interés en negar la importancia de la Gran Revolución, sólo quiere restablecer su valoración por Tocqueville y declarar finito el mito y su proyección. El aporte de los franceses no es la laicización, ni la independencia de la política de la filosofía, sino la política democrática como ideología nacional. Esta es la hazaña, la superioridad sobre la revolución inglesa, de Robespierre sobre Cromwell. Su ensayo puede finalizar estableciendo la singularidad, lo que tiene de único, lo que llega a ser universal: la primera experiencia de la democracia.

Podrá entonces concretar la finalización de la revolución con la caída de Robespierre, la república jacobina del 9 termidor (1794). Pero no como fecha cronológica, sino como el tiempo en que la sociedad se libera de la ideología, de la democracia ‘pura’ ejercida por el pueblo a nombre de la nación, de la razón absoluta que deviene en moral y en el terror como ideología, de la praxis suprema de purificación contra los traidores y contrarrevolucionarios. La realidad sobre la ilusión con la continuidad de la guerra. Así, con el Dieciocho Brumario de Napoleón Bonaparte, la revolución deviene en monarquía y se reencuentra con sus orígenes: el Estado administrativo del absolutismo.

El libro de Furet quiere con porfía, emancipar el análisis revolucionario del mito, la poesía, la sacralización, frente a los hechos, el drama, la prosa, la gris realidad. Ajustar cuentas con la vulgata ‘marxista’. Restaurar las diferencias entre pensamiento e ideología. Por ello hay que declarar y reconocer que la Revolución Francesa ha concluido.

El autor propone reconocer la obra de Alexis de Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución[8], como el libro capital de toda la historiografía revolucionaria. Leer con la linterna de Tocqueville, de 1850, la revolución francesa en el año de gracia de 1977, cuando el autor escribe el suyo. Completado con los escritos sobre el jacobinismo de Augustin Cochin y su polémica con la tradición marxista, especialmente la corriente de Albert Soboul y sus discípulos y Claude Mazaurie, entre otros. La línea denominada jacobino-bolchevique-leninista. Diferencia a Marx y Engels, los cuales cita a favor e incluso compara con Tocqueville. Realza a Georges Lefebvre y su tesis de varias revoluciones, entre ellas la campesina dentro de la Revolución, siendo esta última anticapitalista, en el sentido restauracionista. Lo declara el gran historiador académico, al igual que celebra las ‘admirables curvas’ de E. Labrousse. Ambos historiadores están al mismo tiempo en la tradición de Annales y del marxismo.

Furet discurre ambiguamente por los territorios del pensamiento, la erudición y hasta la acusación panfletaria política. El carácter polémico le permite el mestizaje de géneros, pero al mismo tiempo una máscara y un disfraz. Si ha muerto la revolución francesa, lo ha hecho como ideología, mito, propaganda, yuxtaposición o también las ideas fuerzas, las igualdades, las libertades. Si es lo segundo, lo de Furet es el nihilismo de la revolución, como programa de la historia en su mejoramiento y progreso moral, como propósito. Porque, no es, ni dogma, ni fe, sino búsqueda y esperanza. Fuente de inspiración en su despliegue cosmopolita y popular.

Si a la obra de Furet fuese posible despojarla de sus generalizaciones y absolutismos panfletarios, estaríamos ante un fresco de pensamiento crítico, más cercano a Tocqueville, que de lo ruidoso y escandaloso de su eslogan: la revolución francesa ha terminado, que bien leído es, toda revolución que se inspire en sus ideas fundadoras ha muerto, como la revolución de octubre y el bolchevismo. Hay mucho de impostura dado que bolchevismo y jacobinismo tienen semejanzas y diferencias marcadas, más las segundas que las primeras. Lenin no es Robespierre mejorado, de la misma manera que Marx no es segunda versión mejorada de Spinoza o Hegel. Hay una amalgama de Furet en todo esto. Las apreciaciones de Lenin, Rosa Luxemburg y Kautsky son en sentido combinado: de reconocimiento y de crítica. De hecho y de teoría, el bolchevismo en Lenin y en otros es un modelo distinto radicalmente, así metafóricamente Lenin haya utilizado el jacobino como equivalente al socialdemócrata revolucionario, ‘ligado conscientemente a la organización del proletariado y de sus intereses’[9].

Conviene recordar lo planteado por Trosky en su artículo teórico 1789-1848-1905, cuando recuerda que la historia no se repite y que por ello, por mucho que se quiera comparar la revolución francesa con la rusa no aplica, dado que las separa un siglo. Sobre el punto del jacobinismo expone una postura dual. De un lado, el de la crítica teórica, el cuestionamiento a las contradicciones sociales, a su retórica y de ruptura con sus tradiciones que pasaban como herencia de la revolución. De otro lado, la defensa del jacobinismo de los ataques que pretender negar o caricaturizar su enorme papel histórico. De manera solemne precisa: “El proletariado defiende el honor del pasado revolucionario de la burguesía ... su corazón late lleno de simpatía hacia los hechos y las palabras de la Convención jacobina”[10].

Indiscutiblemente, la revolución francesa estableció una realidad de lucha de clases tan amplia y profunda, sin antecedentes, que inspiró el modelo marxista de la teoría revolucionaria en buena parte y en lo contemporáneo, el papel de las clases populares urbanas en los libros de Daniel Guérin, Albert Soboul, y la escuela inglesa ‘Hobsbawm y Rudé’.

Furet realiza su crítica al modelo lineal de la evolución de la sociedad, en su señalamiento a la subsunción de lo político en lo determinante económico, en que la Revolución Francesa es el paso de lo feudal a lo burgués, tratándose de un personaje metafísico: la revolución burguesa. Tampoco sería el triunfo de la burguesía sobre las clases privilegiadas ni el triunfo de las ‘Luces’ sobre los valores anteriores. En un ciclo corto de la historia 1789-1794 y 1799 no podría haber ocurrido. En lo primero, sobre los modos de producción, es cierta la critica y si es claro que las ideas ilustradas eran arrolladoras antes de 1789; en cambio no es refutable que la burguesía sí triunfó desde 1789, como realización del poder político republicano y democrático. El concepto de tiempo concentrado, como tiempo revolucionario, distinto al de corta y larga duración es clave en la comprensión. De haber tenido en cuenta el texto de Gramsci sobre el jacobinismo, Furet tendría comprensión de lo que se trata[11].

Por parte de Tocqueville es la aplicación de la historia-interpretación, de un pensamiento de ciclo largo histórico en El antiguo Régimen y la Revolución, donde se piensa, que el mayor logro de Francia, su centralización política en el Estado, es una tarea largamente cocinada, en el absolutismo y perfeccionada en la revolución y luego en el imperio. La revolución francesa viene a ser su continuidad y no su ruptura. El feudalismo existía, pero era sólo una institución civil y no política, aunque en sus reductos fuese cien veces más odioso. En su conceptualización, Tocqueville establece que a pesar de las apariencias, es una revolución social y política. Que no propicia el desorden y la anarquía sino el fortalecimiento del poder público. Y aunque fue un acto improvisado, no era más que “el complemento de un trabajo más largo, la conclusión repentina y violenta de una obra en que habían trabajado diez generaciones de hombres”[12].

Perry Anderson en su estudio especializado El Estado Absolutista señala el carácter inflexible de la formación feudal del absolutismo francés y ello fue decisivo en el colapso histórico, ya que los vínculos entre nobleza y Estado eran indisolubles. En cambio, la monarquía fue incapaz de defender los intereses burgueses, incluso cuando coincidían nominalmente. Vale decir, el equilibrio tan señalado como característica del absolutismo, se balanceaba más hacia el lado feudal que hacia el lado capitalista. Tal es la característica sui generis de este régimen de transición, que se detenía en el pasado[13].

A su vez Barrington Moore, en su obra Los Orígenes Sociales de la Dictadura y la Democracia, al referirse al absolutismo francés, considera que el avance del capitalismo en su seno era significativo, pero distaba mucho de haber derrotado al feudalismo:

La coalición de intereses contra Turgot es un indicio de que las fuerzas que perseguían romper las duraderas cadenas del feudalismo y establecer algo así como la propiedad privada y la libre competencia estaban lejos de ser las dominantes en la sociedad francesa en vísperas de la Revolución, por más incremento que hubieran tomado durante lo ya transcurrido del siglo XVIII[14].

George Rudé se coloca en la línea de Georges Lefebvre y Albert Soboul, en la historia desde abajo, entre quienes destacan la importancia de la obra de Tocqueville y hace las preguntas críticas claves. Si el absolutismo monárquico era transformador y reformista ¿Por qué no continúo su obra?  ¿Por qué se interrumpieron las reformas? y ¿Por qué lo que comenzó como una revuelta aristocrática se conjugó con una protesta masiva de las clases medias y populares? La respuesta es clara en el escrutinio variopinto de la historiografía clásica y moderna: el absolutismo temía más al progreso burgués democrático que al estatu quo del ancien régime[15].

El análisis de Augustin Cochin es radicalmente diferente, se centra en la corta duración, en la dinámica revolucionaria y no en las causas. Se trata de la nueva legitimidad cultural, la igualdad y la democracia directa. El principal actor es el pueblo y su historia es la de la ruptura, encabezada por el jacobinismo, fenómeno central de la hazaña revolucionaria. Ideología que inventa lo social a través de la nación y el pueblo. Será la ideología la que crea los actores, sociedad de ideas primero, los clubes y luego el gobierno de las sociedades populares en una dinámica que lleva al terror y a la hegemonía. La ideología popular representa y suplanta al pueblo. Rousseau engendra a Robespierre. Furet establece que ambos autores, Tocqueville y Cochin, en carriles diferentes, son complementarios.

1. Marx y la Revolución Francesa

La lectura sobre el sentido de la Gran Revolución comienza por los mismos actores y contemporáneos que perciben el cambio revolucionario y se preguntan por su desenlace. Preguntas como las que realiza Robespierre en 1789, en carta a su amigo Buissat, se interroga “¿seremos libres?”. En 1792, increpa: “Ciudadanos, a propósito de la insurrección del 10 de agosto y del derribo del trono, ¿queríais una revolución sin revolución?”[16]. Albert Soboul señala estos autores paradigmáticos: Sieyes, Robespierre y al final Baboeuf, en 1796, con la Conspiración de los Iguales. Los historiadores de la restauración Miguet, Guizot, Thiers la profundizan en su comprensión clasista y su necesidad histórica, aunque políticamente estuvieran del campo del orden capitalista. Vieron a la revolución como un desarrollo histórico de la lucha de clases, siendo como lo reconoció Marx en su famosa carta a Weydemeyer (5 de marzo de 1852) los que descubrieron este concepto. Dice Marx: “No me corresponde a mí el mérito de haber descubierto ni la existencia de las clases en la sociedad moderna, ni su lucha entre sí. Mucho tiempo antes que yo, los historiadores burgueses habían descrito el desarrollo histórico de la lucha de clases”. La otra figura estelar partidaria de la revolución es Michelet, autor de una célebre historia de la revolución, quien va a colocar al pueblo en el centro de los acontecimientos, como actor principal.

Carlos Marx mantuvo durante toda su vida un especial interés por Francia y la Gran Revolución, la Revolución política por excelencia, inaugurada en 1789, radicalizada en 1792-93, que reaparece en 1830 y continúa en 1848, para intentar su mutación radical en revolución social con la Comuna de París de 1871, tarea que inútilmente Marx había reservado a la revolución alemana. Incluso acarició el proyecto de escribir una historia de la Convención, lo que a la postre no ocurrió. Tuvo a su servicio L’histoire Populaire de la Revolution Francaise 1789-1830 de Cabet y la vasta empresa de edición de documentos del periodo revolucionario, particularmente debates parlamentarios, dirigida por el socialista cristiano Buchez y por Roux Lavergne.: L’Histoire palementaire de la Révolutión francaise[17]. Pero dedicó tres libros a las revoluciones francesas, La Lucha de Clases en Francia de 1848 a 1850, “el trabajo genial” -Engels dixit- El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte y La Guerra Civil en Francia, que contiene los dos manifiestos de la Primera Internacional sobre la Guerra Franco-Prusiana y el Manifiesto de la Comuna de París (1871). Además escribió cartas y textos sobre la política francesa al igual que su compañero de luchas e investigaciones Federico Engels. Los textos de Marx sobre la revolución francesa publicados por Lucien Calvié suman 138 páginas. ¿Y los escritos de Engels? Omisión inexplicada tanto en el ensayo de Francois Furet como en los criterios de Calvié. El primero lo cita una vez a pie de página[18]. El no estudio sistemático y complementario de los escritos de Engels con los de Marx, llevará a confusiones notables, como las planteadas por Furet en su opúsculo sobre Marx y la Revolución Francesa, a propósito del sufragio universal para nombrar un punto central. Al referirse a la tesis de El Dieciocho Brumario sobre el Estado Napoleónico como Estado del campesinado parcelario, afirma que los rurales han elegido a Napoleón III en vez de unirse al proletariado de las aldeas, sellando una alianza reaccionaria con la ilusión de un voto antiburgués. Sentencia Furet:

Marx permanece indiferente, o ciego, al efecto de la imprevisibilidad introducido en la política francesa en 1848, por el sufragio universal... La implantación del sufragio universal no cambia nada a esta regla: un interés principal consiste en hacer aparecer más claramente la única realidad fundamental, las relaciones de fuerza y las divisiones existentes dentro de la sociedad civil[19].

Este autor ha olvidado o desconoce que Marx en La Luchas de Clases en Francia,  precisamente de 1848, dedica el análisis de la proclamación de la República sobre la base del sufragio universal, producto del levantamiento armado y la movilización general de los trabajadores. El sufragio como conquista que dinamiza la participación democrática en el poder político de todas las clases. Además: “Lo que el proletariado conquistaba era el terreno para luchar por su emancipación revolucionaria, pero no, ni mucho menos, ésta emancipación misma”[20]. Marx, como si fuese poco, va a dedicar el numeral IV del libro al tema, La Abolición del Sufragio Universal en 1850.Le sirve como laboratorio para analizar el juego de los poderes: el ejecutivo y el parlamento; la burocracia y el ejército; el comportamiento de las distintas fracciones de clase del capital y de la renta; el papel de los partidos políticos y sus líderes; el comportamiento de los demócratas y el campo de la revolución, en un contexto de análisis funcional del sufragio universal[21].
El mismo Carlos Marx en la introducción al Programa del Partido Obrero Francés de 1880 en el congreso de El Havre y al realizar el balance del uso de los trabajadores alemanes del sufragio universal, dice: “han transformado el sufragio universal de medio de engaño que había sido hasta aquí en instrumento de emancipación”[22].

En la introducción de Engels al citado libro de Marx, convertida en un clásico de la táctica (que fue manipulado para presentar un Engels, “pacífico orador de la legalidad a toda costa”, como él mismo lo dice) se plantea en forma amplia el papel del sufragio en la lucha de los trabajadores y su relación con otras formas de lucha como las barricadas y los levantamientos insurreccionales. Todo esto es lo que no merece alusión en el ensayo simplista de Furet sobre Marx y la Revolución Francesa. Para Marx y Engels, la revolución francesa constituye un modelo y necesita una teoría que se incorpore a la vida política y social de los cambios revolucionarios que se viven en Europa. En especial, la tan anhelada revolución alemana, anunciada como social y que a la postre resultó un episodio menor, anacrónico, tan lejos de los grandes logros de las revoluciones inglesa y francesa, cuyas realizaciones se reconocen como sustantivas.

El Manifiesto Comunista fue escrito bajo la influencia y el estudio de lo acontecido en Francia e Inglaterra en un contexto de desarrollo europeo general del sistema capitalista de producción y del mercado mundial. La era de la industralización, con las pautas de la revolución tecnológica que la hizo posible señaló el triunfo indiscutible de nuevas relaciones sociales y nuevas realidades políticas y culturales. Inglaterra será el centro de la revolución industrial de la misma manera que Francia lo será de la revolución política.

En su artículo La Burguesía y la Contrarrevolución (11 de diciembre 1848) está sintetizada buena parte de la reflexión teórico política, sobre el sentido que Marx le asigna a las revoluciones francesa e inglesa, a propósito del análisis de la frustrada revolución alemana. Es un método comparativo de la revolución de marzo en Prusia, con la revolución inglesa de 1648 y la francesa de 1789. Un ejercicio de historia política conceptual comparada. El análisis se despliega en el escenario internacional europeo, trascendiendo las fronteras nacionales de los Estados y ubicándolo en el plano de nuevas épocas históricas, la del capitalismo y el Estado moderno. Lo que anuncian, es una nueva sociedad con todas sus implicaciones de distinto orden. Señala este texto el alcance teórico y metodológico de las revoluciones burguesas paradigmáticas.

En síntesis, la lectura del texto de Marx arroja estas conclusiones: 1) el carácter internacional de la sociedad y la economía capitalista en desarrollo; 2) el contenido internacional, en su sentido más amplio, de las revoluciones que prohíjan este nuevo orden social y político; 3) la trascendencia y las pautas valorativas que establece frente a otros acontecimientos, no se olvide que se está evaluando la revolución en Alemania, cuyos resultados constituyen un verdadero retroceso, una frustración de largo alcance. Para Marx, la revolución que comenzó en 1789 con el antecedente inglés de 1648, era un proceso irreversible, permanente, que continuaría en Francia en distintos momentos y debería transformarse en revolución social, tal como lo contempla el anuncio del Manifiesto Comunista de 1848, y que vivió la prueba de fuego en los acontecimientos alemanes por las mismas calendas[23].

El pensamiento de Marx estaba concebido como un punto de análisis y elaboración conceptual e igualmente una guía para la acción práctica de los trabajadores. Sus trabajos políticos, libros, cartas, circulares, manifiestos, polémicas, tenían el horizonte de orientar las tareas y propiciar la organización política de los trabajadores cuya esfera de acción era igualmente internacional. Si la revolución y las transformaciones socioeconómicas no dejaban de sucederse basta recordar su metáfora: todo lo sólido se desvanece en el aire, y esto ocurría en el plano internacional, era necesaria la acción concentrada del partido; tal era la razón de ser de la Liga Comunista y de la Asociación Internacional de los Trabajadores (La Primera Internacional). El pensamiento de Marx-Engels y su campo de acción eran internacionalistas, no sólo por sentimientos altruistas y de solidaridad, sino ante todo por las realidades internacionales desplegadas ante sus vidas de científicos y de políticos. La pasión de Marx por la revolución francesa, incluía su interés por el periodo de la Convención, los jacobinos, la República y el Terror. Los jacobinos, el primer partido político popular de la modernidad, cuyas experiencias serían estudiadas por todos los revolucionarios de distintas corrientes.

El texto que estamos comentando subraya la identidad del pueblo y la burguesía contra la nobleza. Pero es necesario distinguir el énfasis de Marx en la revolución inglesa de 1648 en que Cromwell y los Levellers (niveladores), levantaron un programa revolucionario: democracia, sufragio, constitución escrita, Estado moderno, tal como está en los Acuerdos del Pueblo. La revolución de 1660 será el fin de lo popular democrático y la consolidación de la alianza de la aristocracia de la gentry y la burguesía, con monarquía y triunfo de los derechos civiles en el manto del puritanismo. En el caso francés la burguesía representaba a toda la sociedad moderna, a la nación y a las clases que la constituían. Su contenido popular la llevó en el periodo de 1793-94 a enfrentarse a la burguesía, pero lo hacía para hacer valer los intereses de ésta, aunque con los métodos del terrorismo plebeyo enfrentando al absolutismo y al feudalismo[24].

Otra diferencia entre la revolución francesa y la inglesa es la establecida por la vía de solución al asunto agrario y al problema campesino. En la primera operará la abolición del feudalismo que comienza desde 1789, con el decreto del 4 de agosto, de abolición de los tributos personales, vulnerado por el decreto del 15 de marzo de 1790 que confundió los tributos personales de la servidumbre con los tributos territoriales, los de arrendamiento. El 14 de junio de 1789 se abolieron, sin indemnización, los derechos feudales personales llamados causales, como en el caso del legado, el matrimonio, los molinos, etc., aunque se mantenían los rezagos de los derechos anuales, los cuales exigían a los campesinos pagar las rentas territoriales. Con la permanencia de la movilización campesina, la Asamblea dictó los decretos del 16 y del 25 de agosto de 1792 por medio de los cuales suspendió todo proceso por el no pago de los derechos feudales supérstites. El proceso continuó en medio de una maraña de leyes, luchas y rebeldías en las que el feudalismo, que entró debilitado a la revolución, sufrió su primer golpe mortal en el año de 1789.

La Convención realizará tarea histórica al devolver en 1793 las tierras comunales a los municipios y el 17 de julio del mismo año culminó la tarea de abolición definitiva de los derechos feudales, que los campesinos habían transgredido año tras año en los campos, incluyendo el reparto de tierras y el control de las cosechas[25].

Para Marx, la diferencia esencial entre las dos revoluciones está en que en la inglesa la burguesía mantiene constante alianza con los terratenientes, mientras la francesa destruyó la gran propiedad territorial mediante la parcelación[26]. En ésta, la burguesía mantuvo su lealtad, en medio de la presión popular y campesina, con los objetivos antifeudales, lo que la hizo una clase nacional dirigente y no meramente dominante. Marx lo dirá con todas sus letras:

La burguesía francesa de 1789 no dejó ni por un momento en la estacada a sus aliados, los campesinos. Sabía bien que la base sobre la que descansaba su poder era la destrucción del feudalismo dentro del país, la instauración de una clase de campesinos libres y dueños de su tierra[27].

Eric Hobsbawm establecerá un nexo distinto, apuntando en la dirección del porvenir europeo, estudiando la transformación del mundo entre 1789 y 1848 debido a lo que va a denominar creativamente la ‘doble revolución’, vale decir la revolución francesa de 1789 y la revolución industrial británica. Este en un periodo diferente al de 1640 o 1668 y 1789. Lo establecido vivió la mayor transformación histórica de la humanidad en todos sus órdenes: económico, social, estatal, cultural[28].

Otro de los asuntos teóricos con que bregó Marx fue con el absolutismo propio del Ancien Régime, el proceso de centralización de la revolución, Napoleón Bonaparte con la restauración del imperio y Luis Bonaparte y el Bonapartismo tardío del capitalismo reaccionario. Para ello frecuentó la moderna historiografía de la época, donde se pone de manifiesto que dicha monarquía absolutista es propia de la transición en que desaparecen los viejos estamentos feudales y surge la burguesía, sin que ninguno de los dos bandos rompa el equilibrio, enfrentándose totalmente[29].

Para 1852, en El Dieciocho Brumario, Marx plantea una constante del Estado francés desde el absolutismo, que contribuyó a acelerar la decadencia del feudalismo. La revolución francesa tenía que continuar la tarea de la monarquía: la centralización. Napoleón la perfeccionó y la república parlamentaria la fortaleció para evitar su desbordamiento. Así, todas las revoluciones francesas perfeccionaron esta máquina en vez de destrozarla. Pero había cambiado de carácter durante la revolución, dado que sirvió para acelerar las condiciones de la sociedad y la economía capitalista, continuada por Napoleón al interior y en buena parte de Europa con las guerras y el Código Civil. Hasta llegar al segundo Bonaparte, “cuando el Estado parece haber adquirido una completa autonomía”[30].

La revolución francesa excluyó a las mujeres de los derechos políticos manteniendo un lenguaje jurídico masculino. La célebre Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 así lo confirma. Los pilares del individualismo burgués masculino con la propiedad y la libertad económica se complementaban con la exclusión femenina, pese a la polémica en la ilustración a favor de sus derechos y las propuestas de declaraciones[31]. Tampoco lo hizo la declaración jacobina que avanzó en lo social y educativo.  No obstante, tales declaraciones y la Constitución con todas sus críticas, inauguran la modernidad jurídico-política, consagrando la emancipación política con sus amplías libertades individuales, de participación y división de poderes. Con el debido proceso, pero aplazando la emancipación social, tal como lo anotó Marx en su análisis de la Declaración de los Derechos de 1789[32].

La otra gran exclusión es la  negación del derecho de organización de los trabajadores contemplado en el decreto del 14 de junio de 1791 de la Asamblea Constituyente, estableciendo penas severas a quienes lo promovieran, bajo el pretexto de evitar la reconstitución de las corporaciones que estaban en contradicción con la libertad y los derechos humanos. Es la tristemente célebre ley de Chapelier que sobrevivirá a buena parte del siglo XIX, aunque las luchas obreras la desafiarán en muchas oportunidades[33].

Francia era también un imperio colonial esclavista, especialmente en Haití y las Antillas. La revolución vino a desatar una dinámica emancipatoria en las colonias, que se concretó con la revolución en la más rica de las colonias de entonces. Haití vino a ser la patria de la libertad. El mérito le corresponde a la declaración jacobina de los Derechos que estableció en su artículo 18 la prohibición de la esclavitud.

2. Gramsci y los Jacobinos

El teórico italiano Antonio Gramsci en su vasta obra teórica, fragmentada y aguda, se refirió con especial fortuna en distintas oportunidades al asunto de la Política y los partidos políticos. Una de ellas fue la que dedicó, en los Cuadernos de la Cárcel, al análisis teórico del jacobinismo. En forma sintética para condensar su pensamiento y obligado por las circunstancias, se refirió al tema así:

Los jacobinos conquistaron su papel de partido dirigente en una lucha sin cuartel.

Se ‘impusieron’ a la burguesía francesa obligándola a ser consecuente y a radicalizar sus posiciones más allá de sus expectativas.

Este rasgo es característico del jacobinismo y su antecedente es Cromwell en la revolución inglesa de 1648, el cual exige una vanguardia partidaria enérgica y resuelta con una política de hechos consumados. En verdad “empujando hacía adelante a los burgueses a patadas en el trasero”. ¿Cómo se constituyó esa fuerza organizada de hombres atrevidos y consecuentes con las consignas acerca de la igualdad, la fraternidad y la libertad? Para ello Gramsci acude al examen del curso de la revolución.

En sus comienzos los representantes del Tercer Estado, sólo plantean intereses inmediatos, corporativos y egoístas. Son reformadores moderados. Viene, en los contextos de la presión popular, la selección de una élite, que concibe a la burguesía como el grupo hegemónico en el campo popular. Lo que determina esta organización es la concurrencia de dos factores: la resistencia de las viejas fuerzas sociales y la amenaza internacional. Recuérdese que sobre París marchaban las tropas alemanas alentadas por la realeza y sus partidarios y los partidarios del estatu quo, se aferraban a sus privilegios. Los jacobinos vienen a ser el acelerador del proceso revolucionario.

Este fragmento del texto gramsciano es ilustrativo del papel que le reconoce el autor al jacobinismo:

Por lo tanto los jacobinos fueron el único partido de la revolución en acto, en la medida en que representaban no sólo las necesidades y las aspiraciones inmediatas de los individuos realmente existentes que constituían la burguesía francesa, sino también el movimiento revolucionario en su conjunto, en tanto que desarrollo histórico integral. Pues los jacobinos representaban, además, las necesidades futuras, y también en esto, no sólo las necesidades futuras de los individuos físicamente presentes sino de todos los grupos nacionales que tenían que ser asimilados al grupo fundamental existente[34].

Gramsci estima adecuado el lenguaje de los jacobinos, su ideología, sus métodos en cuanto reflejaban las exigencias de la época, siguiendo la tradición cultural francesa. Por ello, aunque tiene en cuenta la crítica de Marx al jacobinismo en La Sagrada Familia de su ideología mistificada sobre el pasado romano, como referente para adelantar las tareas del progreso burgués, el teórico italiano relativiza esa crítica.

Presenta la táctica de acción jacobina de manera combinada en su despliegue. La primera exigencia es hacer imposible la contrarrevolución sumiendo sus fuerzas en la impotencia o aniquilándolas. La segunda consiste en ampliar los cuadros de la burguesía y hacer que ésta asuma la dirección de la nación, representando los intereses no sólo suyos sino de todo el cuerpo nacional. Para desarrollar exitosamente esta táctica, era necesario crear una correlación político militar permanente favorable a la revolución y suprimir cualquier capacidad de los adversarios. En el logro de este propósito, la política agraria de los jacobinos resulta decisiva. Dice el autor:

excepto en algunas zonas periféricas, donde el hecho diferencial nacional (y lingüístico) era muy patente, la cuestión agraria fue prioritaria en comparación con las aspiraciones a la autonomía local: la Francia rural aceptó la hegemonía de París, o sea, comprendió que para destruir definitivamente el viejo régimen tenía que formar un bloque con los elementos más avanzados del Tercer Estado, y no con los moderados girondinos[35].

Gramsci, igual relativiza el terror jacobino, “se les fue la mano” al plantear que se hizo en procura del desarrollo histórico nacional, haciendo de la burguesía la clase nacional dominante y dirigente de manera simultánea, dándole al nuevo Estado la base permanente de la compacta nación francesa moderna. La distinción entre clase dominante y clase dirigente constituye notable señalamiento en la tradición de los textos de Marx y que el italiano presenta de manera sencilla y precisa.

El jacobinismo como partido, tuvo una formación demasiado determinada e inflexible, manteniéndose siempre en el terreno de la burguesía, pese a que acudieron a la movilización popular o fueron presionados por ésta. Manteniendo la ley Chapelier, los jacobinos se negaron a reconocer a los obreros el derecho de organización. Al mismo tiempo dictaron la ley del máximum, de precios. En su radicalización clasista, el bloque urbano de París se rompió y precipitó el fin del dominio jacobino, dando paso al termidor, al directorio, al consulado y al Imperio.

Antonio Gramsci analiza el jacobinismo francés en un ejercicio de historia política comparada, para explicar el por qué no se dio en Italia la formación de un partido jacobino: la debilidad extrema de la burguesía. Establece igualmente la comparación con Inglaterra y Alemania en términos parecidos a como Marx los abordó en su momento. Sin duda tales escritos los tuvo presentes tanto por razones de método como de teoría-política.

3. La historia social de la revolución

Los balances historiográficos de Soboul y Rudé enfatizan con propiedad que la interpretación económico-social de la revolución comienza con la Historia Socialista de la Revolución Francesa de Jean Jaurés. Venía a superar con creces la historia de Jules Michelet, en que el pueblo es asumido como protagonista central de los acontecimientos épicos, en una resuelta toma de simpatía por 1789. El mérito de Michelet fue colocar al pueblo de subalterno en seres vivos y reales, que a juicio de George Rudé es la visión, como estallido espontáneo y colérico contra la pobreza y la opresión, que influyó más que cualquier otra obra en la comprensión y mitos sobre la revolución francesa[36].

A su vez, Jean Jaurés redescubre la obra de Barnave, diputado en la Asamblea Constituyente de la época, Introduction á la Révolution Francaise, dedicándole un capítulo de su historia, donde subraya cómo ese autor “tenía conciencia del movimiento económico de la burguesía revolucionaria”. En este capítulo Jaurés cita in extenso la obra de Barnave, recuperando la textualidad para recrearla en sus análisis, rematando con una crítica sobre lo limitado del enfoque social: “En todo su libro, que tiene más de 200 páginas, no se dice una palabra de la condición del obrero, ni hay una alusión al porvenir de los asalariados”[37].

La Historia Socialista incorpora las estructuras económico-sociales al conflicto político y a la lucha de clases, superando la notable contribución de Alphonse Aulard, Historia Política de la Revolución. En la introducción de Josep Fontana a la obra de Jaurés, se comenta el alcance del término de Historia Socialista, diciendo que no pretende introducir ‘parcialidad’, sino que quiere repensar la historia, formulándose las preguntas que no se le habían hecho. No duda Fontana que se trata de un trabajo profundamente renovador y señala un hito, que reinterpreta en términos de la lucha de clases. Además de la obvia importancia política para un proyecto futuro[38]. Josep Fontana, acertadamente alude en su semejanza la historia que adelantó Pedro Kropotkine, La Gran Revolución 1789-1793. Desafortunadamente, en los balances historiográficos de Soboul, Rudé y Furet se omite su nombre. Si Jaurés escribió la historia socialista, el príncipe Kropotkine escribe la historia anarquista, la cual justifica en la insuficiencia de la tarea realizada, aún tan destacada como en el caso de Michelet y Aulard. La historia de las ideas y de las instituciones estaba bastante investigada, en cambio la historia popular, la acción del pueblo en campos y ciudades quedaba por adelantar. Dice el autor: “A nosotros, descendientes de los que contemporáneos llamaban los ‘anarquistas’, corresponde estudiar esa corriente popular, trazar al menos sus rasgos esenciales”[39].

Los dos voluminosos tomos de la obra de Kropotkine cumplen la promesa anunciada, constituyen un grande y hermoso fresco literario, histórico-político de los capítulos decisivos de la revolución. Es un complejo análisis narrativo, sin excluir los logros del gran relato, el príncipe tiene ante sí la bella narración de Michelet y los historiadores aplicados hasta entonces. Combina análisis socio-económicos con lucha de clases, análisis de instituciones como la monarquía, la declaración de los Derechos del Hombre y los resultados económico-sociales reales de la abolición de la servidumbre. Señala el papel de los partidos, organizaciones populares, los líderes y enfrentamientos, el cambio paulatino del régimen político y los desplazamientos de escenario y sus protagonistas, la guerra civil, el Terror y la guerra en Europa. Al igual que en la obra de Jaurés, la historia de Kropotkine resulta una historia social desde abajo cuya modernidad y actualidad asombran en su claridad, constituyéndose en un modelo de interés para el desarrollo de la historia social.

Sus conclusiones coinciden y difieren de otros historiadores antiguos y modernos. Su énfasis en que la tarea central, la gran conquista es la abolición de la servidumbre y la del poder absoluto, con las libertades políticas y el desarrollo del régimen burgués-capitalista, no lo aparta de mostrar que en el desarrollo mismo de la revolución burguesa va a presentarse una formidable revolución popular, campesina, urbana con los descamisados, los sans-culottes, los artesanos y asalariados. Que allí, en la amalgama de los conflictos de todo orden, aparecen con motivaciones propias, horizontes de futuro distintos, los proyectos y propuestas de orden social, incluso la idea y la práctica anticipatoria del comunismo libertario. Su enfoque conclusivo, introduce este énfasis porque su lectura está en la idea del progreso, de la revolución permanente con los desenlaces positivos pese a los retrocesos y derrotas. Dice el historiador ruso: “... la Gran Revolución nos ha legado otros principios, de un alcance mucho mayor: los principios comunistas” (El historiador ha realizado el seguimiento a ese proceso, que se presenta unas veces oculto y otras manifiesto y hasta protagonista de primer orden), y agrega:

El fourierismo desciende en línea recta de L’Ange, de una parte y de otra de Chalier; Baboeuf es hijo directo de las ideas que apasionaron las masas populares en 1793. Baboeuf, Buonarroti y Sylvain Marechal no hicieron más que sistematizarlas algo o exponerlas solamente en forma literaria. Pero las sociedades secretas de Baboeuf y Buonarroti son el origen de las sociedades secretas de los ‘comunistas materialistas’, en las que Blanqui y Barbés conspiraron bajo la monarquía burguesa de Luis Felipe. Después surgió La Internacional por filiación directa[40].

¿Qué clase de comunismo es al que se refiere Kropotkine? Su respuesta es una contribución singular. Parte de afirmar que no sólo se trata de las luchas y organizaciones mencionadas, sino también ideas políticas que fueron las que intentaron aplicar en el año II (1793) y que tenían un gran sentido práctico, lo cual lo hacía más profundo y claro que el socialismo moderno. Dónde está la utopía?

Los principales puntos del ideario comunista según nuestro autor son:

El comunismo en el consumo, bajo la forma de la comunalización y la nacionalización del consumo, con sus propuestas de almacenes de trigo y de comestibles en cada municipio, con la utilización de un sistema estadístico para fijar el ‘verdadero valor’, el precio real de las mercancías, ‘de primera y segunda necesidad’. Pedro Kropotkine resume en esta expresión del jacobino Robespierre este propósito: “lo superfluo de los artículos de consumo es lo único que puede ser objeto de comercio, porque lo necesario pertenece a todos”.

Afirmación del derecho de todos a las subsistencias, a la tierra para producirlas, el reparto de tierra contra la gran propiedad y su intento de comunalizar el comercio. Estos  propósitos programáticos, fueron, a la vez, ideas y acción y es lo que le da a la tradición comunista surgida de la revolución francesa toda su vitalidad. Sus protagonistas, el pueblo trabajador y sus organizaciones, apuntaban a lo más profundo, que bien lo discernió Baboeuf en su Discurso de Defensa, al unir de manera indisoluble la libertad con la igualdad a partir de criticar radicalmente la propiedad privada.

Una lectura del programa de 18 cambios revolucionarios que Baboeuf y sus compañeros querían implantar en el triunfo de la revolución popular confirma la exposición de Kropotkine[41].

Albert Mathiez, George Lefebvre y Daniel Guérin son los continuadores y grandes artífices de la historia social. De acuerdo a George Rudé, el primero tuvo como gran realización el atento examen de los Sans-culottes y sus portavoces en su La Vie Chére et le Mouvement Social sous la Terror. El segundo gozará de la más grande reputación internacional. En su estudio Les Paysans du Nord, presenta al campesinado con un horizonte complejo y diferenciado, muy distintos un grupo a otro, a pesar de la identidad común que les permitió participar en el alzamiento generalizado de 1789. En su libro El Gran Pánico de 1789, Lefebvre enfrenta el análisis del Pánico en ese año  que movilizó los espíritus y las acciones en contra de los partidarios de la Monarquía y el estatu quo. Para ello, establece las causas del estallido revolucionario en el hambre, el actuar de los vagabundos, los motines, todo el entramado que liga las sublevaciones campesinas con sus campos de acción propio y la revolución. Aunque incursiona en los de arriba, la aristocracia, el curso del análisis es lo de abajo, el campesinado, sus luchas y propósitos. Es mérito de Lefebvre haber contribuido de manera germinal al estudio de las mentalidades. Para él, las clases sociales debían ser explicadas por sus mentalidades y no sólo por sus intereses, tradiciones y prejuicios, sino por la representación de la creencia de saber la verdad.

A su vez, Lefebvre se inscribe en la tradición del carácter burgués de la revolución, en su tradición republicana-jacobina. Aunque destaca la importancia de las ideas comunistas no cree que las mentalidades populares las acogieran. Rinde reconocimiento a Baboeuf como el precursor de la idea comunista y se refiere a la Conspiración de los Iguales así: “No es que los Sans-culottes, ni tampoco la mayor parte de los conjurados, fueran realmente comunistas”[42].

La obra investigativa de Daniel Guérin La Lucha de Clases en el apogeo de la Revolución Francesa 1793-1795, proviene de 1946 y reestructurada en 1968[43]. Sus propuestas pueden sintetizarse esquemáticamente:

Se ejerció la soberanía popular como Democracia directa por parte de los Sans-culottes.

El carácter histórico de la Comuna de París, desde el siglo XI, como conquista de libertades municipales va a resucitar como organización popular-municipal -las 48 secciones de París- embrión del nuevo poder popular.

La existencia de distintas formas de la dualidad de poderes, más como hecho revolucionario que constitucional.

Las secciones, comunas y sociedades populares expresaron la vanguardia revolucionaria.

La idea de una federación de comunas expresó el propósito de organización desde abajo, la base municipal a escala nacional, perfilando la democracia municipal. Se trata del federalismo revolucionario.

El periodo jacobino y popular tuvo dos líneas: la burguesa-revolucionaria democrática y autoritaria que acude al terror indiscriminado y la popular de los sans-culottes que ejercen el terror popular. Ambos autoritarios pero diferentes.

El enfrentamiento entre el carácter burgués, dirigido por la pequeña burguesía jacobina y los intereses populares radicalizados, perdió a la República y abrió la puerta a Napoleón Bonaparte.

El igualitarismo de Baboeuf levantó una plataforma económica y social que superase a la revolución burguesa. El autor destaca elogiosamente esos aportes.

El otro gran libro sobre el movimiento popular de los sans-culottes, es el de Albert Soboul. Constituye un aporte al estudio del movimiento popular y el gobierno revolucionario, en una tarea de largo y fructífero aliento sobre el proceso global de la revolución. Su tesis es la Unidad de la revolución en medio de la gran diversidad. Heredero de Lefebvre y la tradición marxista republicana, destaca los componentes no sólo burgueses y campesinos, sino también el de lo popular-urbano de manera notable; es un esfuerzo de conciliar o articular una ortodoxia marxista, con una tradición popular jacobina en el logro de una visión unitaria. Para Soboul hay gran protagonismo popular, pero lo esencial es subrayar los límites de clase y lo inevitable del carácter burgués. Así sintetiza su lectura:

En 1789 no hubo tres revoluciones, sino una sola, burguesa y liberal, con apoyo popular, particularmente campesino. No hubo desviación ni deslizamiento de la revolución de 1792 a 1794, sino la voluntad de la burguesía revolucionaria de mantener la cohesión del Tercer estado gracias a la alianza con las masas populares, sin cuyo sostén las adquisiciones de 1789 hubieran sido comprometidas para siempre. El año II no fue un ‘tiempo de desamparo’, sino un momento de radicalización necesaria para asegurar la victoria sobre la contrarrevolución y la coalición, y por consiguiente la victoria de la revolución burguesa[44].

4. La idea actual de revolución

Desde el advenimiento del sistema capitalista y su consolidación internacional el mundo ha conocido un conjunto de revoluciones en distintos continentes y países. En el sentido de transgredir los privilegios y buscar la igualdad social, las libertades, la superación de la humillación, la búsqueda de la dignidad. Se ha buscado abolir las cadenas de la explotación y la opresión. Acompañar el desarrollo maravilloso de las ciencias, las artes, los logros del trabajo y la investigación. Tal perspectiva la inauguró la gran Revolución Francesa en compañía de la Inglesa y la Americana. Otras continuaron y se plantearon el desafío de superarla, como la de Octubre en la Rusia de los zares, en Asia, la Revolución China y en América Latina, Cuba. La revolución de los bolcheviques avanzó inusitadamente en la conquista de las igualdades reales, sucumbiendo a la dictadura terrorista que ahogó en un mar de sangre las libertades, y, con ello, a millones de seres humanos. Su derrota y desaparición no invalidan la búsqueda y el propósito inaugural; contribuyen sí a aprender de los errores y la tragedia del denominado ‘socialismo realmente existente’ con su estela de dogmatismo. El estalinismo constituye la negación de la causa emancipatoria radical de los trabajadores.

El sistema mundo capitalista ha generado un inusitado crecimiento de las fuerzas productivas y del mercado mundial, beneficiándose del derrumbe del socialismo burocrático de la URSS y los otros estados de parecido sistema. (La excepción China con su inmenso poder humano demográfico, disciplina social, desarrollo económico, apertura al mercado mundial, cultura milenaria y dictadura del partido comunista. Los casos de Vietnam, Corea del Norte y Cuba constituyen excepciones diferentes a China, dadas sus grandes dificultades y aislamiento). El balance es una mayor concentración de la riqueza, la tecnología, los saberes, los beneficios en un puñado de estados y clases altas, que constituyen sociedades de la opulencia, aunque en su interior campeen las desigualdades, como en los Estados Unidos, país que ejerce una gran prevalencia imperial en los órdenes no sólo económico, sino cultural, militar y diplomático.

En la sociedad internacional una amplía mayoría, los dos tercios, viven en la pobreza y la miseria, la enfermedad y las exclusiones. Verdaderos continentes del hambre constituyen el África, el Oriente próximo y vastas extensiones de la India y Asia. América Latina es un subcontinente de pobreza y desesperanza en medio de los fetiches del desarrollo en sectores de clase alta y media.

El historiador inglés Eric Hobsbawm ha realizado el balance del siglo XX como un siglo del olvido, de guerras, revoluciones y avances[45]. Pero lo dominante es la guerra, así lo ha reiterado desde entonces, por ende, la muerte y la introducción de la barbarie, en la práctica de lo humano a escala de los distintos regímenes sociales.

Todo esto es altamente contradictorio. No obstante, hemos avanzado, la revolución de las mujeres con una amplitud firme, la abolición del Apartheid en Sudáfrica, la rebelión permanente de los humanos del común contra la domesticación y la ofensa, el repudio permanente al autoritarismo, los derechos humanos, el esplendor de las ciencias y las artes, marcaron una supervivencia del progreso, lo que constituye un signo altamente positivo. Sin embargo, lo dominante sigue siendo la incertidumbre que genera la explotación, las distintas humillaciones, opresiones, la barbarie, el terrorismo, las guerras.

El filósofo alemán Jurgen Habermas ha insistido, contra los pensadores del pesimismo y del  fin de la historia, sobre el postulado de que toda crítica a la razón opera desde la razón y allí está el anuncio de su validez. Es su lectura de la modernidad incompleta e inacabada. En su libro Facticidad y Validez responde sobre las ideas de 1789 para inspirar la contemporaneidad de manera positiva[46]. Habermas comenzó su carrera académica con una tesis sobre la opinión pública,[47] la prosiguió con un celebrado libro sobre las revoluciones y sus comparaciones, Teoría y Praxis[48].

Para América Latina y Colombia la influencia de la Revolución Francesa con distintas intensidades está presente en su historia por su alcance cosmopolita. Aquí está en el protagonismo de Antonio Nariño y los precursores y en Bolívar y los demás libertadores. Apasiona la política decimonónica y la formación de los partidos liberal y conservador y el debate entre gólgotas y draconianos, atraviesa el drama de las Sociedades Democráticas y su revolución de medio siglo, donde aparece la primera idea comunista. El largo período de dominación del radicalismo liberal con el federalismo hasta su derrota tuvo en la Revolución Francesa fuente de inspiración, en su versión moderada y girondina. Del otro lado el conservatismo y la regeneración se inspiraban en el clericalismo y la contrarreforma. El movimiento popular artesanal se alimentaba de los mitos jacobinos, la idea socialista y la aspiración de democracia real. La utopía en sus variantes liberales, jacobinas y radicales comunistas, encontraron eco en la política y las luchas populares del continente.

Ni calco ni copia decía José Carlos Mariátegui; tal es el criterio para renovar el sentido de la revolución francesa en nuestra contemporaneidad con un horizonte de actualidad, emancipación ecológica, femenina, socialista y libertaria. Un nuevo programa de revolución que parta de la autoorganización democrática radical de los trabajadores de toda condición social, técnica, cultural. Un pluralismo cultural y político que enfrente en su riqueza las desigualdades abiertas y disfrazadas.

Notas

[1] Dos balances sobre el debate en: Kaplan, S., Farewell Revolution. The Historians’ Feud. France, 1789/1989, Cornell University Press, Ithaca, 1995 y Garcia, P., Le Bicentenaire de la Révolution Francaise. Pratiques Sociales d’une Commemoration, CNRS Editions, París, 2000.
[2] Ver: Soboul, A., La Revolución Francesa. Principios Ideológicos y Protagonistas Colectivos, Crítica, Barcelona, 1987. Introducción general: Comprender la Revolución, pp. 33-47.
[3] Ver: Furet, F. y Ozouf, M, Diccionario de la Revolución Francesa, Alianza, Madrid, 1988.
[4] Furet, F., Pensar la Revolución Francesa. Petrel, Barcelona, 1980, pp. 11-12.
[5] Ver: Furet, F. y Richet, D., La Revolución Francesa, Hachette, Paris, 1965-1966.
[6] Furet, F., Marx y la Revolución Francesa, Fondo de Cultura Económica, México, 1992, p. 97.
[7] Ibídem, p. 150.
[8] Tocqueville, A., El Antiguo régimen y la Revolución, Guadarrama, Madrid, 1969.
[9] Para una crítica de valoración completamente negativa ver: Fontana, J., La Historia de los Hombres. Crítica, Barcelona, 2001, pp. 257-283. Capítulo 12: Las Guerras de la Historia.
[10] Ver: Trosky, L. Resultados y perspectivas, Ruedo Ibérico, Madrid, 1971, pp. 161-169. Igualmente, para una periodización de la Revolución Francesa de Lenin. “Notas de un publicista”, Obras Completas. Cartago, Buenos Aires, 1960, t. 16, p. 196.
[11] Gramsci, A. “Fragmentos de los Cuadernos de la Cárcel”. En: Hobsbawm, E. Los Ecos de la Marsellesa, Crítica, Barcelona, 1992.
[12] Tocqueville., El Antiguo régimen y la Revolución, ed. cit., pp. 47-48.
[13] Anderson, P., El Estado Absolutista, Siglo XXI, Madrid,1979, pp. 81-109.
[14] Moore, B., Los Orígenes Sociales de la Dictadura y la Democracia, Península, Barcelona, 2000, p. 66.
[15] Rudé, G., La Revolución Francesa, Tercer Mundo, Bogotá – Buenos Aires, 1989, pp. 33-36. Rudé se había encargado ya del estudio del tema en: La Multitud en la Historia, Siglo XXI, Buenos Aires, 1971, capítulos VI al VIII y en: Revuelta Popular y Conciencia de Clase, Crítica, Barcelona, 1981, capítulos 3 y 4 de la tercera parte.
[16] Robespierre, M., Discursos, Ciencia Nueva, Madrid, 1968.
[17] Ver: Furet., Marx y la Revolución Francesa, ed. cit., p. 27.
[18] Ibídem, p. 49. Sobre el modelo de 1789.
[19] Ibídem, p. 92.
[20] Ibídem, p. 131
[21] Ibídem, p. 211-225.
[22] “Introducción” de Engels a La Lucha de Clases en Francia. En: Marx-Engels. Obras Escogidas. Progreso, Moscú, 1971, tomo I, pp. 103-225.
[23] En el Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas de 1850, realizando el balance de la revolución europea de 1848-49, proponiendo pautas  de acción política y organizativa, Marx concluye al referirse a la tarea de organizar con toda independencia el partido político del proletariado: “Su grito de guerra ha de ser: la revolución permanente”. En: Marx-Engels. Obras escogidas. ed. cit., p. 102.
[24] Sobre la Revolución Inglesa ver: Sutherland, A., De la Carta Magna a la Constitución Norteamericana. Ideas fundamentales sobre el constitucionalismo, Tipográfica Editora Argentina, Buenos Aires, 1972.
[25] Ver: Kropotkine, P., La Gran Revolución 1789-1793, Editora Nacional, México, 1967. Tomo II, cap. XVI, pp. 185-192. Georges Lefebvre apunta: “Las revueltas campesinas desiguales y originales, tenían no obstante más de común en diferencias, apuntaban a la abolición de los derechos feudales pieza maestra del antiguo régimen”. El Gran Pánico de 1789. La Revolución Francesa y los campesinos, Paidós, Barcelona, 1986. Capítulo X: Las Sublevaciones campesinas, pp. 141-173.
[26] Marx, Carlos. “Texto 18”, en: Furet., Marx y la Revolución Francesa, ed. cit., p. 207.
[27] Ibídem, “texto 16”, p. 202
[28] Ver: Hobsbawm, E., Las Revoluciones Burguesas, Guadarrama, Madrid, 1971.
[29] Marx, Carlos. “Texto 13”, en: Furet., Marx y la Revolución Francesa, ed. cit., pp. 189-90.
[30] Ibídem, “texto 22”, pp. 224-25.
[31] Ver: Puleo, A., La Ilustración Olvidada. La Polémica de los Sexos en el Siglo XVIII, Antrophos / Comunidad de Madrid, Barcelona, 1993. Ver igualmente: Rials, S., et al. Los Derechos del Hombre, Instituto para el Desarrollo de la Democracia. Bogotá.
[32] Ver: Marx, Carlos. “Texto 4: La Cuestión Judía”, en: Furet, Francois. Marx y la Revolución Francesa, ed. cit., pp. 115-125.
[33] La crítica de Marx a esta ley se encuentra en los “textos 26: Carta de Marx a Engels, 30 de enero de 1865” y “27: El capital libro primero”. Ibídem, pp. 231-233.
[34] Gramsci, A. Fragmentos de los Cuadernos de la Cárcel. ed. cit., p. 163.
[35] Ibídem, p. 165.
[36] Rudé., La Revolución Francesa, ed. cit., p. 33.
[37] Jaurés, J., Causas de la Revolución Francesa, Crítica, Barcelona, 1982. Específicamente: “Barnave y la teoría económica de la revolución”, pp. 124-138.
[38] Fontana, J., “Jean Jaurés y la Historia de la Revolución Francesa”, Ibídem, pp. 7-11.
[39] Kropotkine., La Gran Revolución 1789-1793, ed. cit., p. 16.
[40] Ibídem, pp. 401-402.
[41] Tierno Galván, E. Baboeuf y los iguales. Un episodio de socialismo premarxista¸ Tecnos, Madrid, 1976, pp. 228-250. Para el célebre “Manifiesto de los Plebeyos” ver: Prieto, F., La Historia en sus Textos. La Revolución Francesa, pp. 385-396. Se pueden consultar también la recopilación documental de González-Pacheco, A., La revolución Francesa (1789-1799), Ariel, Barcelona, 1998.
[42] Lefebvre, G., La Revolución y el Imperio (1787-1815), Fondo de Cultura Económica, Bogotá, 1993, p. 151.
[43] Guérin, D., La Lucha de Clases en el Apogeo de la Revolución Francesa 1793-1795, Alianza, Madrid, 1974.
[44] Soboul., La Revolución Francesa. Principios Ideológicos y Protagonistas Colectivos, ed. cit., p. 47. Del mismo autor ver: Los sans-culottes. Movimiento Popular y Gobierno Revolucionario, Alianza, Madrid, 1987 y la Historia de la Revolución Francesa, Futuro, Buenos Aires, 1964. Soboul dirigió el Dictionnaire Historique  de la Révolution Francaise, Presses Universitaires de France, París, 1989. Otra interpretación se puede encontrar en: Hampson, N., Historia Social de la Revolución Francesa, Alianza, Madrid, 1970. Para una interpretación unitaria contemporánea en: Vovelle, M., La Caída de la Monarquía 1787-1792, Ariel, Barcelona, 1979 y Woronoll, D., La República Burguesa. De Termidor a Brumario, 1794-1799, Ariel, Barcelona, 1981.[45] Hobsbawm, E., Historia del Siglo XX, Grijalbo-Mondadori, Barcelona, 1995. Además su artículo: “La guerra y la paz en el siglo XX”, en: La Jornada, México, enero de 2004.
[46] Habermas, J., Facticidad y Validez. Sobre el Derecho y el Estado Democrático del Derecho en Términos de Teoría de Discurso, Trotta, Madrid, 1998, p. 590.
[47] Habermas., Historia y Crítica de la Opinión Pública – La transformación Estructural de la Vida Pública, Gustavo Gili, Barcelona, 1981.
[48] Habermas., Teoría y Praxis. Estudios de Filosofía Social, Tecnos, Madrid, 1990.