29/1/13

La vigencia del Manifiesto Comunista / Su importancia para pensar el Estado y la Democracia

José Castillo & Mabel Thwaites Rey  |  El Manifiesto Comunista, no es ocioso decirlo, es un documento político: es un llamamiento, una perspectiva política para la emancipación social de los trabajadores. Y como tal plantea un eje fundamental: la indisolubilidad entre teoría y práctica. A ciento cincuenta años de su redacción y con la historia de luchas y derrotas acumuladas por el movimiento obrero internacional, cabe preguntarse desde donde leerlo hoy. Es decir, qué vigencia tiene el planteo de la construcción de un proyecto emancipador no desde la utopía sino desde el análisis científico de su posibilidad, que incluye la lucha de clases como motor de la historia, las contradicciones del capitalismo como el eje desde el cual surge la nueva sociedad, y el proletariado como sujeto histórico de la revolución.


Muchas veces se ha tergiversado, mutilado, vulgarizado, esclerosado el pensamiento de Marx. Las reacciones se han, lamentablemente, mezclado, generando lecturas "heterodoxas" que muchas veces parecen burdas imitaciones de aquellos autores (Proudhon, Lassalle, el socialismo de cátedra, Mach, etc.), ya destrozados por la crítica de los clásicos del marxismo. Muchas veces, cuando oímos hablar de que tal o cual planteo representa una lectura del marxismo "abierto", o "laico", instintivamente desconfiamos: lo intuímos interesante si se trata de diferenciarlo de la momificación del "marxismo-leninismo", de los manuales estalinistas; pero lo sospechamos contrabandista si se trata de hacer pasar como marxismo una melange de otras lecturas ajenas (y a veces contradictorias) al pensamiento de Marx. Entiéndase bien, nadie tiene la obligación de declararse marxista, ni nadie tiene ningún marxómetro (desde ese lugar estamos en contra de todas las lecturas en clave de "comisario político"), pero lo menos que puede exigirse es cierta seriedad en la lectura de un autor al que se está citando: conocer las obras y los contextos en que fueron escritos los diferentes textos.

Otra moda es hablar desde la "tradición marxista": acá es más fácil, han sido tantos los que han declamado sobre Marx, en todos los sentidos, que siempre puede encontrarse algún eje por donde Marx se cuela. En realidad, desde esta perspectiva, prácticamente cualquier autor culto de los siglos XIX y XX estaría en la tradición marxista. Claro que debemos tratar de darle un contenido más preciso a esta tradición: por eso nos restringiremos a aquellos que se inscriben sistemática y autorreferencialmente en los grandes debates abiertos por el marxismo y/o en sus prácticas políticas, lo que implica sus intentos de estructurarse en el movimiento obrero, en la socialdemocracia, en las revoluciones, en el bolchevismo. Y también en todas las expresiones que desde allí produjo la historia (política y académica) del siglo XX: el trotskismo, el austromarxismo, la escuela de Frankfurt, el estructuralismo francés, el maoísmo, el guevarismo, el marxismo anglosajón, el debate alemán, etc. Todas estas corrientes nacieron discutiendo el cómo de la emancipación de los trabajadores y trataron de darle una perspectiva política, más o menos acertada, más o menos errada.

Ahora bien, nuestro propósito se centra en indagar la vigencia del Manifiesto Comunista, en particular, en el marco de la teoría marxista, en general. Pero lo abierto de la respuesta hace necesario restringirnos a dos cuestiones nodales: Estado y democracia. Son nodales porque el Estado es el gran tema del joven y el viejo Marx y, en el marxismo práctico, es el punto de todas las rupturas. En la tradición marxista, detrás de cada reformulación de la teoría del Estado está el afán no solo de comprender la forma efectiva de la dominación por simple gusto gnoseológico, sino de configurar alternativas viables de cambio social. Porque en la comprensión de la esencia de la dominación, de sus resortes y características, está ínsito el diseño de la estrategia viable para su transformación. De ahí que las disputas interpretativas sobre la naturaleza del Estado capitalista difícilmente puedan disociarse de posturas políticas e incluso tácticas, tendientes a enfrentar el modelo dominante de una manera que, se presume, es la más apropiada para tener éxito en la empresa revolucionaria.