6/1/13

Gramsci y el sentido común

José Nun

1. Otro reduccionismo

Examiné en un trabajo anterior otro reduccionismo, distinto del económico, al que ha sido propensa la literatura marxista y tan pernicioso como aquél para la elaboración de una teoría de la política. Tal reduccionismo trasciende el análisis de la determinación misma de las estructuras o de los comportamientos para afectar el modo en que son interpretadas las prácticas sociales, esto es, por referencia a una racionalidad única que les daría sentido. (1) Sus huellas vienen de lejos: si es verdad, como afirma Mondolfo,(2) que el problema del conocimiento fue el centro de las preocupaciones filosóficas de Marx, no
lo es menos que su epistemología estuvo indisolublemente ligada a su fe
en la razón y, por último, a su utopía social.(3) Conforme a ésta, el comunismo sería el encargado de consumar, a la vez, el ideal iluminista de la autonomía absoluta del sujeto y el ideal romántico dela armonía integral del desarrollo humano, la unión del humanismo y del naturalismo en un mundo de la libertad que resultaría plenamente racional y donde la opacidad, la división y el desorden de la vida colectiva habrían sido definitivamente superados. Esta idea-fuerza de la transparencia posible de lo real (en que resuena la visión renacentista del hombre como microcosmos) me parece decisiva porque no se trataba para Marx de una invención sino del relevamiento de una tendencia histórica concreta cuyas condiciones ya habían comenzado a darse. Por eso, desde la IIIª Tesis sobre Feuerbach en adelante, la conciencia de clase proletaria va a ser conceptualizada no sólo como cuestionamiento radical del orden burgués sino como una síntesis en curso entre la teoría y la práctica, entre doxa y episteme, entre la ciencia y la vida cotidiana. Claro que una ciencia impregnada de historia -el wissenschaft hegeliano, como desciframiento del movimiento social producido por el pueblo mismo-; y una vida cotidiana que, desde el siglo XVII, se habría ido alejando cada vez más de la cultura folk para volverse escenario de una lucha sin cuartel contra las incumplidas promesas racionales del capitalismo.

Lo que no se duda es que la primera pueda conseguir interpretar enteramente a la segunda y que ésta se halle potencialmente en condiciones de hacerse cargo de tal interpretación. "La razón ha existido siempre, sólo que no siempre en forma razonable", le dice Marx a Ruge; pero ahora, por fin, la razón no tendrá que valerse de astucias y será posible "clarificar la conciencia del mundo" y "explicarle el sentido de sus propios actos". Sujeto universal y autodidacta por excelencia, la misión emancipadora del proletariado podrá requerir animadores pero no guías externos; y las trabas al desarrollo de su conciencia revolucionaria serán atribuidas básicamente a error o a ignorancia, es decir, a fallas de la razón.

Asumida apriorísticamente, esta reducción racionalista de la dialéctica de la historia -tan anclada, por último, en la visión del progreso que dominó la cultura europea del siglo XIX· se transformará después en el otro reduccionismo a que aludo. Por cierto, el "marxismo automático" de la Segunda Internacional lo prueba abundantemente. Pero este otro reduccionismo es también la premisa del voluntarismo radical que inaugura el ¿Qué hacer? de Lenin: que el partido de vanguardia sea aqui el encargado de introducir la conciencia revolucionaria en un proletariado que no puede acceder a ella por sí mismo, no quiere decir que éste no vaya finalmente a recibirla en el modo de la transparencia, como identidad homogénea capaz de atravesar cualquier mediación organizativa. Más aún, el único discurso racional adquiere de esta manera un portador consagrado y una expresión canónica -junto con la garantía última del no elitismo que le extienden las leyes de la historia-. ¿Y no subyace acaso este mismo reduccionismo en el difícil intento de Lukács por compatibilizar a Rosa Luxemburg y a Lenin en 'Historia y conciencia de clase', pese al soplo romántico y anticientificista que recorre sus páginas? Porque sí en los primeros ensayos la conciencia de clase se funda precisa y diáfanamente en esa identidad sujeto-objeto de la historia que, después, el mismo Lukács considerarla "una construcción puramente metafisica", en el capítulo final la separación entre el partido y las masas es presentada "sólo como un aspecto del proceso de desarrollo -homogéneo pero dialéctico - del conjunto de la clase y de su conciencia."