19/1/13

Antonio Gramsci / La finalidad de sus escritos son educativos en el sentido lato y profundo de la palabra

Attilio Monasta

Muchos intelectuales italianos que han dejado huella en la historia de Europa pasaron parte de sus vidas, y escribieron sus mejores trabajos, en la cárcel o en el exilio. Cuanto más importantes eran sus reflexiones y acciones para el desarrollo cultural y educativo de la población, más tuvieron que sufrir de la represión y más deformaciones padecieron su mensaje. Así como Tommaso Campanella (1568-1638) escribió la primera "Utopía" italiana, con el título La ciudad del sol [La città del sole] durante los veintisiete años que pasó en la cárcel, también
Antonio Gramsci escribió en la cárcel el texto más importante que se
haya escrito sobre la función educativa y política de los intelectuales: en total, 2.848 páginas de notas manuscritas, que hoy día se conocen con el nombre de Cuadernos de la cárcel [Quaderni del carcere].

Lo que tendría que haber sido, según su intención inicial, un análisis crítico de la historia de los intelectuales italianos, se convirtió en una profecía sobre el destino de su propia obra, su mensaje y el modo en que los demás lo percibieron. Según el análisis de Gramsci, la función mejor conocida y más positiva de muchos intelectuales italianos ha sido (y quizá todavía es) "cosmopolita", es decir, universal, y por consiguiente es más pertinente para la civilización occidental, o incluso mundial, que para Italia (se entiende pertinente para la toma de conciencia y el fomento de la identidad cultural del pueblo italiano). La razón de ello se encuentra en la separación histórica, más evidente en Italia que en otros países europeos, entre el desarrollo cultural, el "trabajo" intelectual en el sentido tradicional, y el liderazgo político.

La educación es un campo en el que la teoría y la práctica, la cultura y la política se confunden inevitablemente, y donde la investigación y el descubrimiento intelectual se combina con la acción social y política. Sin embargo, no es infrecuente que se produzca una distinción, si no una oposición, entre esos dos aspectos de la educación, y el uso ideológico de la cultura y la ciencia a menudo provoca la "neutralización" de los efectos educativos y políticos del desarrollo cultural y la "justificación" del poder político por teorías domesticadas que, en consecuencia, pueden definirse como "ideologías". Es difícil, dentro de la división y separación tradicional de las disciplinas y campos de investigación cultural, definir todo lo que forma parte de esta "educación", ya que la educación se registra paralelamente al crecimiento de los niños y su escolarización, ya sea en los jardines de infancia o en la universidad.

Con todo, el perfil de Gramsci como "educador" no se basa en las pocas páginas de sus escritos dedicadas a la escuela y a la educación en un sentido tradicional, sino más bien en el supuesto de que el núcleo del mensaje de Gramsci, e incluso la finalidad de sus escritos son "educativos" en el sentido lato y profundo de la palabra. La infancia y la juventud de Antonio Gramsci coinciden con el primer desarrollo industrial y económico de Italia. A pesar de las particularidades de la sociedad italiana (por ejemplo, las acentuadas diferencias entre el norte y el sur, la variedad de regiones, dialectos y tradiciones, el largo dominio de diversas potencias extranjeras y en último lugar, pero no por ello menos importante, el dominio de la Iglesia Católica, centrada en Roma), a comienzos del siglo XX el mundo industrial y financiero hizo un considerable esfuerzo por "modernizar" la sociedad italiana, basándose en el modelo de los países de Europa central. En el contexto del enfoque "positivista" de la ciencia, la tecnología y la educación, los gobiernos de Giolitti llevaron adelante a la vez una organización científica del trabajo" (es decir, el taylorismo en la producción industrial) y una organización también científica de la cultura y la educación.
 
Durante un breve periodo anterior a la Primera Guerra Mundial, Italia gozó de una paz social aparente, impuesta al final del siglo XIX por gobiernos reaccionarios; la justificación de este periodo era la necesidad de completar las conquistas coloniales, y fueron las grandes masas de italianos del sur que emigraban al extranjero, a América o a Australia, quienes pagaron la factura.