23/8/12

León Trotsky / Pasión, militancia (revolucionaria) e historia

Demian Paredes

En el marco de mi interés por las relaciones entre los artistas y escritores con Trotsky, y algunas discusiones sobre publicaciones y discusiones contemporáneas, hice, a modo de homenaje, este texto “de misceláneas”.

Tengo en mis manos un librito, publicado en 1993, de poco más de 120 páginas. Me lo dio una amiga, Juana Droeven.

Allí, la contratapa la escribe Fogwill.

Y comienza así: “En las memorias de Molinier jamás llueve, ni hace calor agobiante o frío. Nadie bebe ni fuma. Como en su vida, hay una sola atmósfera: el combate”.

Más allá de que el autor de Los pichiciegos haya sido –según él mismo declaró en algunos reportajes– trotskista en la década de 1960, ¡qué impresionado estaba de conocer en Argentina, en plena década neoliberal, a un militante trotskista de larga tradición!...
Y de pasión militante…

León Trotsky, un hombre de estilo

Leon Trotsky ✆ Luiz Fernando Reis 
Eduardo Grüner

En uno de los films de la estupenda Tetralogía del Poder de Alexander Sokurov, Stalin visita a un Lenin ya casi agonizante en su dacha, y le entrega un bastón con el puño exquisitamente labrado, que le envía de regalo el Comité Central. Compungido (cínicamente, hay que entender: al ascendente Stalin no se le puede escapar la simbología de regalarle un bastón al declinante Lenin), le informa que se había pensado inscribir en él una dedicatoria: al más grande hombre de la URSS, padre del socialismo, héroe titánico de la revolución, cosas por el (deplorable) estilo. El problema es que una decisión tan importante (¿?) requiere el voto unánime de todos los miembros del Comité y ha habido un voto en contra. Lenin lo interrumpe sin vacilar: “Ya me imagino: Trotsky”. La tragedia que ya ha empezado a atravesar a la Revolución Rusa está plenamente condensada en este episodio –sea verídico o imaginario–: poco tiempo después Lenin estará muerto, Trotsky será un paria, Stalin transformará el gobierno de los soviets en su personal dictadura burocrática y sanguinaria. La anécdota también pinta de cuerpo entero una posición política e intelectual de Lev Davidovitch Bronstein (a) Trotsky: los liderazgos son respetables y necesarios, pero la causa revolucionaria, llevada adelante por las masas en su conjunto, no puede ni debe reducirse al culto de la personalidad, así la “personalidad” sea el mismísimo Lenin. Cuando eso termina triunfando, se puede decir que ya está casi todo perdido.