20/8/12

León Trotsky visto por André Malraux

Leon Trotsky  ✆ Bob Row
El motor se detuvo, y la sorda vibración del mar cercano le dio cuerpo a la noche. Avanzando lentamente por el sendero marcado por nuestras luces, precedido por un discreto joven camarada que portaba una linterna eléctrica, aparecieron un par de zapatos y pantalones blancos, un saco pijama abotonado hasta el cuello. La cabeza permanecía oculta en la oscuridad. Los rostros que expresan vidas excepcionales son casi siempre distantes; esperaba con la mayor curiosidad contemplar este rostro señalado por uno de los más grandes destinos del mundo.

Desde el momento en que este fantasma con anteojos se detuvo observé que toda la fuerza de sus rasgos se concentraba en su boca de labios suaves, tensos, muy marcados, los labios de una estatua asiática. Rió hasta que se disipó la confusión del primer encuentro, con una risa que no parecía guardar ninguna relación con su voz (una risa que separaba mucho sus dientes pequeños, extraordinariamente jóvenes, en el fino rostro embellecido por el cabello blanco). Su voz, al mismo tiempo amable e imperiosa, parecía decir: "Terminemos pronto con estos saludos cordiales y pasemos a cosas más serias."

Del compromiso social del historiador

¿Escribir para quién? ✆ S. Fischer
Esteban Mira Caballos

Especial para Gramscimanía
El mundo actual necesita más que nunca del papel de la Historia y de los historiadores. Vivimos unos momentos en los que la superpoblación, el cambio climático, el agotamiento de los recursos fósiles, las diferencias Norte-Sur y el fin del estado del bienestar hacen presagiar el final del capitalismo. Acaso, está amenazada también la propia supervivencia humana por la destrucción del medio en el que vivimos. Para colmo, en los últimos años, el postmodernismo ha conseguido convencer a muchos historiadores de que no existía ningún compromiso social y que debían volver a la clásica historia narrativa, desprovista de todo juicio de valor. Una nueva búsqueda de la objetividad, como ya hicieran los positivistas decimonónicos, y que en realidad, conducen a la historia al abismo. Y es que por más que lo intenten, la historia no es ni puede ser objetiva. El hecho en sí y los documentos, por supuesto, son profundamente subjetivos. La misión del historiador es precisamente revisarlos críticamente y tratar de explicarlos, desde la honestidad personal, no desde la objetividad. El problema es que pese a la gran cantidad de obras científicas que han aparecido en los últimos años, hablando de esta necesaria proyección social, trascienden al gran público bastante menos que algunas obras que podemos calificar de reaccionarias, como la de Francis Fukuyama. Ello provoca que la contribución social de la Historia no llegue prácticamente a la sociedad y precisamente en el momento que más se necesita de ella.