25/7/12

La “ortodoxia” que no fue / A propósito del Cuaderno XI de Gramsci

Juan Dal Maso   /   La relación entre el marxismo y la filosofía ha sido un importante punto de discusión (aunque con distinto énfasis) tanto de la tradición clásica como del denominado “marxismo occidental”. También ha estado en el centro de la reflexión de aquellos marxistas que han quedado en alguna intersección entre ambas clasificaciones o por fuera de ellas como el peruano José Carlos Mariátegui, el checo Karel Kosík o los serbios nucleados en Praxis.

Entre los que se reivindican marxistas hay, a grandes rasgos, dos posturas predominantes sobre la cuestión filosófica: unos toman partido por una interpretación del marxismo en clave de “filosofía de la praxis” con ribetes humanistas y voluntaristas.

Otros optan por una lectura materialista y científica, más cercana a la concepción de ciencia anglosajona. Bensaïd, por su parte ha intentado, apelando al concepto de ciencia alemana1, demostrar que Marx estaba lejos de una posición lineal y que por el contrario tenía tensiones en este aspecto, abriendo el panorama a una lectura más amplia de la cuestión, pero más inclinada hacia la primera posición, sobre todo en la teoría política. De alguna manera, estas oposiciones se plantearon previamente en la tradición clásica, aunque en otro contexto y con otras herramientas teóricas. Pero mientras algunos intelectuales marxistas, como el caso de Lukacs, eran claramente subjetivistas y otros como Bujarin expresaban la visión contraria, Gramsci aparece como una suerte de tercera posición que mientras revitaliza la problemática subjetiva, toma distancia del “subjetivismo” de Lukács. 

Función de la psicosis en la obra de Louis Althusser

Foto: Louis Althusser
El claro rigor de la locura: El psicoanalista francés Gérard Pommier elige la figura de Althusser para discernir cómo la sinrazón más íntima puede permitir la mayor lucidez sobre la historia y la sociedad.

Gérard Pommier 

En la mañana del sábado 16 de noviembre de 1980, Althusser despertó a Pierre Etienne, médico de la Escuela Normal Superior: ¡Pierre! Ven, creo que he matado a Hélène.... Pierre Etienne internó al filósofo en SainteAnne, en plena excitación maníaca. El crimen que creía haber cometido era inaudito, único en su género. Jamás acto semejante había sido perpetrado por un pensador de tamaña relevancia, por un revolucionario tan comprometido. Y tampoco semejante suceso había involucrado nunca a un psicoanalizante tan célebre, en tratamiento desde hacía tantos años.

En la prensa amarilla, indignados o en actitud de larvada irrisión, los comentaristas no se equivocaron: aquel día, la extensión de la razón -con la filosofía- y la comprensión de la locura -con el psicoanálisis- encontraron un límite más allá del cual el oscurantismo y la irracionalidad parecían haber recuperado sus derechos. Marx y Freud eran llevados al banquillo de los cómplices en los medios de difusión, mientras tenían comienzo la indagación, las pericias y el proceso administrativo que culminarían en el ãno ha lugarä pronunciado por la Justicia. El filósofo que sostuvo con tanto rigor la tesis de una ãhistoria sin sujeto acabaría sus días cautivo de un acto declarado sin sujeto en nombre de la ley.* * * ¿Cómo desconocería esas viejas heridas reabiertas de pronto el que en 1971 había trazado un diagrama de sus numerosas hospitalizaciones y depresiones? No menos de un acceso melancólico importante por año. Que un hombre sea tenido por loco según los criterios de la sociedad, y que su obra no pierda por ello autoridad según las mismas normas es algo que interroga sobre la aparente contradicción de razón y sinrazón.