24/7/12

Teófilo Tortolero / El desaforado olor del cielo

Foto: Teófilo Tortolero, en su juventud
Julio Rafael Silva Sánchez

“Cercana al milenio, la poesía exige del poeta una “interpretación” de los signos en el cielo, de las imágenes borrosas en el horizonte, de los sonidos inaudibles que surgen de la tierra. Un canto que cante y cuente el significado de estos días abundosos y portentosos, situaciones inimaginables e inimaginadas donde lo hasta ahora imposible parece lo único posible.” Alejandro Oliveros, en Predios, N° 4, 1993)

Especial para Gramscimanía
Recuerdo con asombrosa nitidez esa tarde del verano de 1968 cuando, en la frescura artificial de un quiosco de cerveza, divisé por primera vez el rostro iluminado del  poeta. Allí estaba, al lado de Eugenio Montejo, muy cerca de la manga de coleo de su querida Nirgua. Y entonces, ocurrió lo que, de su encuentro personal, rememora Reynaldo Pérez Só (1997): aquel “...poeta nervioso, con cara de portugués, amable... inmediatamente me invitó a conversar sobre poesía.” 1

Y, en efecto, conversamos. Pero no sólo de poesía, su pasión infatigable, sino de otros tantos temas relacionados con su vida: su familia, Nirgua, los poetas de Valencia, los amigos comunes... Porque Teófilo Tortolero (Valencia, 1936-1990) era capaz de asimilar, con ejemplar vehemencia, los más insólitos y variados estímulos de la existencia y del arte y de adherirlos ardorosamente al contexto profundo de una sensibilidad excepcional de poeta, pensador y amigo solidario.

Gramsci y la vía no jacobina de la revolución burguesa

Antonio Gramsci ✆ Mucchi
Osvaldo Calello

En uno de los pasajes de los Cuadernos de la Cárcel, al examinar el fenómeno del cesa­rismo, Antonio Gramsci señaló que el tipo de lucha política se había modificado sus­tancialmente después de los acontecimientos revolucionarios en 1848. Señalaba, en ese sentido, el apreciable cambio que habían experimentado las condiciones políti­cas y estatales sobre las que se desarrollaba esa lucha, y enumeraba como transfor­maciones sustanciales la expansión del parlamentarismo, el desenvolvimiento de las organizaciones sindicales y de los partidos políticos, la formación de consistentes burocracias estatales y privadas; y junto con ellas, las modificaciones experimenta­das en la organización policial, considerada en su sentido más amplio, sumando al aparato represivo el conjunto de fuerzas estatales y privadas con funciones de poli­cía política de carácter preventivo y de investigación.

Gramsci volvió sobre el asunto en otro pasaje en el que opuso a la teoría de la revolu­ción permanente, “nacida antes de 1848 como expresión científicamente elaborada las experiencias jacobinas desde 1789 al Termidor”, la noción de hegemonía civil. Además de destacar la irrupción de las grandes organizaciones de masas (partida­rias y sindicales), llamó la atención sobre el hecho de que en el período histórico que consideraba superado, “la sociedad estaba aún bajo muchos aspectos, en un estado de fluidez: mayor retraso en el campo y monopolio casi completo de la eficiencia polí­tica-estatal en pocas ciudades o directamente en una sola (París para Francia); apa­rato estatal relativamente poco desarrollado y mayor autonomía para la sociedad civil respecto de la actividad estatal; sistema determinado de las fuerzas militares y del armamento nacional; mayor autonomía de las economías nacionales frente a las relaciones económicas del mercado mundial, etc.”.[1] Sin embargo, subrayó que luego de 1870, con la expansión colonial europea, esta situación se transformó, y las relaciones internas de organización del Estado y así como las internacionales, se vol­vieron más complejas y sólidas, convirtiendo en anacrónica la fórmula de revolución permanente, concebida como concentración revolucionaria inmediata de la fuerza popular en disputa por el poder.

Reescribiendo a Gramsci / Las apropiaciones apócrifas del progresismo en Argentina

Juan Manuel Lucas

Las razones exigen una investigación titánica. Quizás las primeras traducciones del PC, las lecturas de Pancho Aricó, o el ingenuo democratismo que Portantiero le adjudicó en su célebre “Los Usos de Gramsci”; quizás la amplitud política de una obra tan genial como polisémica, y su potencial para legitimar a un progresismo que siempre invoca pragmáticas relaciones de fuerza, inocuas guerras de posiciones, inalcanzables reformas morales e intelectuales para sostener su oportunismo histórico. Lo cierto es que si hay un teórico marxista que seduce al progresismo vernáculo debe buscarse en la producción del célebre fundador del PC Italiano. Es que la sofisticada y compleja producción de Gramsci ofrece un campo fértil para los macaneos teóricos y lingüísticos con que el progresismo llena páginas y páginas en clave revolucionaria.

Bastó con que el moyanismo señalara las limitaciones de clase que comenzaron a desnudarse en el kirchnerismo durante la coyuntura que va de la “profundización del modelo” a la “sintonía fina”, para que todos los cañones de la poderosa prensa psicobolche salieran con los tapones de punta a cuestionar el corporativo y antipolítico comportamiento del burócrata. Ríos de tinta en las editoriales y los artículos centrales de Página 12 han evidenciado el horror de la pequeña burguesía ante cualquier gesto de autonomía ideológica y política en los “pelo duro” que hoy conducen la CGT. El último de estos gestos está firmado por Edgardo Mocca (EM) y lleva el sugestivo título de Representación Sindical y Representación Política.