12/7/12

Karl Marx de nuevo en la palestra

Karl Marx ✆ Graziano Origa
Stuart Jeffries

El capitalismo está en crisis en todo el mundo, pero, ¿cual diablos es la alternativa? Pues, ¿qué pasa con las reflexiones de un cierto filósofo alemán del siglo XIX? Sí, Karl Marx se va al mainstream, y Dios sabe dónde va a terminar.

El conflicto de clases que antes parecía tan sencillo. Marx y Engels escribieron en el segundo libro más vendido de todos los tiempos, El Manifiesto Comunista: "La burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros. Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables" (El libro más vendido de todos los tiempos, por cierto, es La Biblia, que sólo se siente como si fuera 50 Shades of Grey).

Hoy, 164 años después de que Marx y Engels escribieron acerca de sepultureros, la verdad es que pasa casi exactamente lo contrario. El proletariado, lejos de enterrar el capitalismo, lo mantiene con vida. Exceso de trabajo, los trabajadores mal pagados, supuestamente liberados por la revolución socialista más grande de la historia (la Revolución China) son conducidos al borde del suicidio para mantener a los de Occidente jugando con sus iPads.

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La ironía apenas ha disminuido en los principales pensadores marxistas de hoy. "La dominación del capitalismo a nivel mundial depende hoy de la existencia de un partido comunista chino que da, a las deslocalizadas empresas capitalistas, mano de obra barata para bajar los precios y privar a los trabajadores de los derechos de autoorganización", dice Jacques Rancière, el pensador marxista francés y profesor de Filosofía en la Universidad de París VIII. “Afortunadamente, es posible esperar un mundo menos absurdo y más justo que el de hoy".

¿Qué es la performatividad?

Según John L. Austin & Roland Barthes

El concepto “performatividad”  hace referencia a la capacidad de algunas expresiones de convertirse en acciones y transformar la realidad o el entorno.

En 1955, el filósofo estadounidense John L. Austin (1911-1960), dictó una serie de conferencias en la Universidad de Harvard en las que reflexionaba sobre un tipo de expresiones que más que describir o enunciar una situación parecían constituir, en sí mismas, una acción. En la primera conferencia que llevaba el título “¿Cómo hacer cosas con las palabras?” llamó a dichas expresiones “performativas” (en español se ha traducido a veces como “realizativas”). Austin señaló que verbos como “jurar”, “declarar”, “apostar”, “legar”, “bautizar”, etc. producían oraciones que , de por sí,  eran ya una acción. Un ejemplo muy sencillo podría ser cuando un juez dice: “Yo os declaro marido y mujer”. Al pronunciar la frase, el matrimonio se constituye y, obviamente, esto cambia la realidad que existía hasta entonces. Convencionalmente, se considera que esta serie de conferencias dan origen al concepto “performatividad”.

En 1968, Roland Barthes, en su famoso artículo “La muerte del autor” recurre a la idea  de performatividad de Austin para reflexionar acerca de la escritura: “…es que escribir ya no puede seguir designando una operación de registro, de constatación, de “pintura” ( como decían los Clásicos) sino que más bien es lo que los lingüistas, siguiendo la filosofía oxfordiana, llaman performativo, forma verbal extraña (que se da exclusivamente en primera persona y en presente) en el que la enunciación no tiene más contenido (más enunciado) que el acto por el cual ella misma se profiere” (1994 : 68-9).  Así, podemos pensar que escribir es, ante todo, una forma de hacer, de producir distintas realidades. Lo interesante es que quien lleva a cabo esta acción no es el Autor (esa figura en la que se concretan la individualidad, la genialidad, la heroicidad, etc. características del sujeto moderno) sino el lector o espectador quien, a través de la lectura, da sentido, construye y encarna en su presente aquello que se ha escrito. Al leer,  el texto se hace realidad como experiencia de quien lo lee. De esta manera, al señalar la muerte del Autor y el nacimiento del lector, Barthes revela una característica más de lo performativo: lo que las palabras hacen es producir una subjetividad, es decir, una forma concreta de ser consciente y  de entender el mundo.

El capitalismo farmacéutico contra la salud y el conocimiento

Salvador López Arnal

Especial para Gramscimanía
Richard J. Roberts fue Premio Nobel de Medicina. Él y Phillip Allen Sharp fueron premiados por el descubrimiento de los intrones en el ADN eucariótico y el mecanismo gen splicing, el empalme de genes. Entrevistado por La Vanguardia en julio de 2007 [1], RJR afirmaba cosas sensatas del siguiente tenor: “La investigación en la salud humana no puede depender tan sólo de su rentabilidad económica. Lo que es bueno para los dividendos de las empresas no siempre es bueno para las personas... La industria farmacéutica quiere servir a los mercados de capital…”

“Como cualquier otra industria”, apuntilló el entrevistador. RJR no cayó en la pueril trampa: “Es que no es cualquier otra industria: estamos hablando de nuestra salud y nuestras vidas y las de nuestros hijos y millones de seres humanos… Si sólo piensas en los beneficios, dejas de preocuparte por servir a los seres humanos… He comprobado como en algunos casos los investigadores dependientes de fondos privados hubieran descubierto medicinas muy eficaces que hubieran acabado por completo con una enfermedad”.

Engels y el Materialismo Dialéctico

La elaboración de la filosofía materialista dialéctica ha sido uno de los logros más importantes en la historia del espíritu humano. En la elaboración de dicha filosofía, ocupa un lugar central el nombre de Federico Engels.

A menudo suele subestimarse el papel jugado por este filósofo en dicha empresa, puesto que tal obra va asociada con mayor fuerza a otro nombre: Carlos Marx, su amigo, con quien colaboró muy estrechamente y cuya grandeza intelectual brillaba con tal intensidad, que no podía dejar de opacar al resto de pensadores que le rodeaban.

El materialismo dialéctico es la columna vertebral de todo el marxismo; sistema de ideas elaborado por Marx. De ahí que se tome, casi sin pensar, a este genio como único fundador de esta concepción filosófica. Fue la sombra de este gigante, la que oscureció todos los aportes brindados por Engels, aún cuando éste fuese al mismo tiempo, también un gigante.

No se trata pues, simplemente de que uno haya sido mejor que el otro. Es innegable que Marx aventajaba en muchos aspectos a Engels, como también es innegable que por sí mismo y, sin la ayuda del segundo, jamás habría llegado a construir todo el imponente sistema de ideas que logró edificar. Ambos fueron, en este sentido  igualmente importantes. Pero ¿a qué se debe entonces la subestimación sufrida por Engels? a este primer factor hay que añadirle otro, del cual es culpable el mismo Engels: su excesiva modestia. Nunca estuvo movido por el anhelo de gloria. La misma filosofía se había encargado de mostrarle, cuan poco importante resultaba laborar en provecho de la propia individualidad, en lugar de hacerlo en provecho de toda la humanidad. A esto último consagró su vida, tanto así, en el terreno de la vida práctica como teórica.

Gilles Deleuze, Giorgio Agamben & José Luis Pardo / Entre Aristóteles y Bartleby

Vladimir Caraballo Acuña

En cada uno de sus ensayos, Agamben, Deleuze y Pardo se dedican a escarbar en las consecuencias filosóficas y lingüísticas de la fórmula I would prefer not to del relato Bartleby el escribiente de Melville. La idea general que queda luego de leer los tres textos está basada en la frase de Aristóteles según la cual “toda potencia es también potencia de no”. La fórmula lingüística de Bartleby (cuya indeterminación se pierde en la traducción al castellano “preferiría no hacerlo” al agregar el verbo) es, según los autores, la más pura exaltación de la potencia, es decir de una forma de habitar el mundo en la que se renuncia al acto, al hacer, y más bien se sitúa en la indeterminación de lo que puede ser o no ser al mismo tiempo o, mejor, de lo que es y no es al mismo tiempo. Cuando Bartleby se mantiene en su preferiría no…, lo que hace es negar el paso tanto a la afirmación como a la negación, manteniendo intacta la posibilidad de las dos, de la potencia.

Esta exaltación de la potencia en la formula de Bartleby tiene una doble cara en apariencia contradictoria: de un lado, desactiva la relación entre personas y entre palabras y cosas, es decir cancela, y de otro, mantiene intactas la contingencia del mundo, la posibilidad de que pase cualquier cosa, es decir habilita, crea. En cuanto a la primera de las cancelaciones –la posibilidad de asignar roles a los individuos a partir de las decisiones que toman– dicen Agamben y Deleuze:
“La fórmula I would prefer not to desactiva aquello actos de habla mediante los cuales un jefe puede dar órdenes, un amigo bienintencionado puede hacer preguntas o un hombre de fe puede prometer. Si Bartleby se negase a algo, aún podría ser reconocido como un rebelde o un contestatario y recibir en condición de tal un estatuto social. Pero la fórmula desactiva todo acto de habla al mismo tiempo que convierte a Bartleby en un mero excluido a quien no cabe ya atribuir situación social alguna” (Deleuze). “Bartleby no consiente pero tampoco se limita a negar, y nada le es más extraño que el pathos heroico de la negación” (Agamben)