4/7/12

José Joaquín Burgos o el aire iluminado

Julio Rafael Silva Sánchez

Primera estación / Conociendo a un irreverente maestro de la lengua

Especial para Gramscimanía
Conocimos a José Joaquín Burgos a mediados de la década del sesenta, al final de nuestra adolescencia, cuando, continuando nuestro periplo académico iniciado en Tinaquillo, dejamos con pesar la casa paterna, y, luego de disfrutar de las hermosas sabanas de Taguanes, con la acostumbrada parada en el Monumento dedicado a esta batalla,  ocurrida el 31 de julio de 1813 (monumento preferido por mi padre al más conocido del Campo de Carabobo, por  inexplicables razones que se perdían en los orígenes de la estirpe),  llegamos a Valencia  y recalamos en el liceo Pedro Gual, en donde continuaríamos cursando el bachillerato, orientados por insignes profesores como el poeta Burgos, Jesús Berbín López, Pedro José Mujica, José Joaquín Estrada, Stefan Pestyk, René Falcón, José Luis Zerpa, Luis Gómez Guillén, Mercedes Quero de Dezio, Américo Lomelli Verde, Daniel Táriba y tantos otros excelentes ductores que hacían de la docencia un modo de vida y una pasión existencial.

El profesor Burgos, con su facundia intelectual y su aplomada y proverbial sencillez, saltándose el programa oficial, seducía a sus alumnos con la lectura de autores ignorados (¿o, tal vez, censurados?) por el Ministerio de Educación, como Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Alfonsina Storni, Walt Whitman,  Sylvia Plath,  Ernesto Cardenal,  Cintio Vitier, Guillermo Cabrera Infante, Adolfo Bioy Casares, Oliverio Girondo, Victoria Ocampo, Silvina Bulrich, Ida Gramcko, José Antonio Ramos Sucre, Enriqueta Arvelo Larriva, Alberto Arvelo Torrealba, Cruz Salmerón Acosta, Miguel Ramón Utrera, Alí Lameda, Adriano González León, José Pepe Barroeta,  Víctor el chino Valera Mora, José Vicente Abreu, Ramón Palomares… cuyas obras eran literalmente devoradas por nuestra inquieta cofradía de expectantes discípulos, aquella banda de ávidos adolescentes, en la cual destacaban, entre otros compañeros: Roger Capella, Claudio Romano, José Botello Wilson, Carlos Rojas Malpica, quienes compartíamos regocijados los textos de aquellos autores, al lado, por supuesto, de las obras de los clásicos: Homero, Horacio, Sófocles, Virgilio,  Garcilaso de la Vega,  Jorge Manrique, Miguel de Cervantes, Rubén Darío, Pablo Neruda, César Vallejo, Vicente Huidobro, Rómulo Gallegos, Miguel Otero Silva, Arturo Úslar Pietri … todos ellos profundamente amados por el poeta Burgos y siempre presentes en su muy abultada y generosa alforja de alquimista.

La revolución en Nepal no quiere morir

Jon Juanma

“La política es una guerra sin efusión de sangre, y la guerra, una política con efusión de sangre”: Mao Zedong / 泽东

Especial para Gramscimanía
 Si ya es difícil que los medios de (des)información masivos nos hablen de revoluciones cuando no son del color de las naranjas, más complicado es que lo hagan de una que desprende un rojo tan intenso como la nepalí. Situada entre dos de las principales potencias mundiales, India y China, la revolución de este país de 30 millones de habitantes continúa dieciséis años después de que la insurgencia maoísta declarara la guerra a la monarquía en 1996. La revolución prosigue su camino, pero cada vez más como un rompecabezas que no cesa de fragmentarse. Hagamos un poco de memoria...

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Durante la guerra civil los maoístas se financiaron mediante el robo de bancos y la extorsión de capitalistas, terratenientes y “reaccionarios” junto a la ayuda de organizaciones guerrilleras y populares solidarias con su causa, repartidas principalmente por el sureste asiático. Allí donde controlaron el territorio, los insurgentes establecieron comunas populares al estilo de Mao en la Guerra Civil China (1927/1949) y los obreros junto a los campesinos maoístas ocuparon fábricas y sobre todo latifundios de terratenientes (pues la presencia maoísta era predominantemente rural, en un país donde el 80% de su población vive en el campo). Además, lograron mejorar en mucho la situación de la mujer y los intocables. Allí donde instalaron “gobiernos populares” su situación cambió de forma radical empoderándolos de un modo inédito en toda su historia. No en vano, en el caso de las mujeres, el 40% de la guerrilla estaba formado por ellas1. Frente a esto, el saldo de costos humanos mensurables por los enfrentamientos armados entre insurgentes y fuerzas promonárquicas fue de más de 13 000 muertos y 100 000 desplazados. Los cuales asolaron el país, una vez acabada la demoniaca sinfonía de disparos de fusiles y explosiones de minas.