9/12/12

Notas sobre Gramsci y las Ciencias Sociales

Renato Ortiz

No es mi intención en este breve artículo elaborar una interpretación amplia y exhaustiva de la obra de Antonio Gramsci. Varios autores ya la han realizado; creo entonces que mi contribución dentro de este contexto sería de poca utilidad. Mi punto de partida es otro, y surge a partir de una interrogante: ¿qué es lo que, actualmente, un científico social puede aprender de su obra? Se trata, por lo tanto, de una mirada unilateral e interesada, que deja por fuera un análisis cuidadoso de los conceptos para privilegiar la relación del autor con el campo de las Ciencias Sociales. 

PDF
¿Era Gramsci un sociólogo?, ¿acaso un politólogo? Considero que este tipo de preguntas formula una serie de falsos problemas, ya que las preocupaciones del teórico italiano, en tanto marxista y militante, traspasaron las fronteras disciplinarias y, además, tuvieron como referencia directa la praxis política. Con todo, la indagación que orienta este ensayo tiene una razón de ser: siempre tuve una fascinación por sus escritos. Al final de los años setenta estudié sistemáticamente los Cuadernos de la cárcel, lo que me estimuló a escribir algunos estudios publicados en mi libro ‘A consciência fragmentada’ (1980). 

Sin embargo, me llamaba mucho menos la atención la perspectiva propiamente política (partido, revolución o reforma, Estado, fuerza y consenso), puesto que el esfuerzo argumentativo de Gramsci expresaba una poderosa solvencia analítica capaz de formular y aprehender una serie de problemas sociológicos. Lo anterior me condujo a comparar sus planteamientos sobre la problemática de la religión con los de Max Weber. Retomo entonces una intuición ya antigua, procurando darle forma y consistencia, justo ahora, en un momento distinto de mi vida y de la historia de las sociedades.

Al enfrentarse con la obra gramsciana, resulta difícil que el lector logre sustraerse de una sensación inquietante: se trata de un pensamiento situado históricamente. Varios elementos confirman tal aserción. En primer lugar, el debate sobre el socialismo, que estuvo marcado por el clima sociocultural de las postrimerías del siglo XIX y los inicios del XX y en el que una utopía de transformación radical logró sintetizar una esperanza colectiva.

Se trataba de un tiempo de efervescencia —Revolución Rusa, consolidación de las organizaciones de masa, emergencia de partidos comunistas—, muy distinto al de la época contemporánea —fin del régimen soviético, caída del Muro de Berlín, declinación de los Partidos Comunistas, extinción de la Guerra Fría. Tal debate no constituía en modo alguno una mera controversia ideológica, precisamente por sus desdoblamientos en el plano teórico, y, además, muchos acreditaban que el marxismo, por estar asociado con el devenir histórico, disfrutaría de una posición privilegiada y “superior”, en relación con todas las otras interpretaciones posibles de la sociedad (las ideologías o las Ciencias Sociales).

Otro aspecto considerado era lo nacional-popular, visto desde la construcción de la nación italiana, que no constituía una temática específicamente gramsciana, pues era compartida por la gran mayoría de los intelectuales de la época. Debido a que Italia se constituyó tardíamente como nación, el debate giró en torno al surgimiento de una clase dirigente capaz de organizar y gobernar al pueblo en un determinado territorio. Los análisis de Gramsci, muy diferentes a los de sus contemporáneos, subrayaron la separación entre los intelectuales y el pueblo (desde la cultura hasta la política), mas presuponían también una integración de tales fuerzas distantes. La filosofía de la praxis, en su inmanencia— un término caro al autor—coincidiría por lo tanto con la realización del proyecto nacional —distinto del proyecto liberal o el fascista—, pero era, aun así, nacional. En tiempos de globalización, resulta difícil que tal discusión sea planteada en tales términos. Aún existe una problemática de la modernidad.

No se puede olvidar que la Revolución Industrial, conjuntamente con el proceso de unificación nacional, se encontraba todavía en curso en la Italia de principios del siglo XX. Una metáfora bastante corriente evidencia de manera emblemática los impasses de tal situación: questione meridionale. Gramsci escribe en un período de modernización del país, un país que, al mismo tiempo, se encuentra fragmentado por las fuerzas tradicionales y conservadoras (la Iglesia Católica), y donde la industrialización constituía un elemento dinámico en la formación de una nueva clase obrera. La oposición entre el norte industrializado y el sur agrario es tanto un desfase económico como una negación del ideal de integración nacional. Una situación enteramente distinta se presenta hoy, cuando la modernidad constituye una certeza indiscutible y el destino nacional se redefine bajo la impronta de la Comunidad Europea. Por último, la cuestión del partido. Gramsci forma parte de una generación que concibió la política, y más propiamente el partido, desde una función específica, a saber, la de “encantamiento del mundo”. Con otras palabras: el partido tenía la capacidad de comprender y organizar colectivamente las voluntades individuales. Su organicidad se encuentra anclada en valores compartidos por todos e, incluso, logra orientar la conducta de los individuos.

La filosofía de la praxis, en tanto teoría universal y coherente del mundo, planteaba una inmanencia de la historia y se presentaba a sí misma como una ideología positiva. El partido sería entonces el príncipe de los tiempos modernos, el centro de irradiación de una “gran narrativa”, capaz de aprehender el mundo en su totalidad, resignificándolo y confiriéndole inteligibilidad. Tal confianza en la capacidad de la política (Gramsci dedica numerosos pasajes para diferenciarla de la religión), ciertamente se desvanece. En un texto seminal de Octavio Ianni, El príncipe electrónico (2001) —un diálogo con Gramsci y Maquiavelo—, constatamos que en el mundo contemporáneo el papel que le correspondía al partido, en tanto organizador de la vida colectiva, se agotó en buena medida (aunque no enteramente) y, además, se redujo; que otra dimensión social —los media y el universo del entretenimiento—, desplazó su anterior primacía.