16/12/12

Introducción al pensamiento global de Antonio Gramsci

Antonio Gramsci 
✆ Graziano Origa
José María Laso Prieto

Su renovada actualidad

El 22 de enero de 1.991 se ha cumplido el centenario del nacimiento de Antonio Gramsci, una de las más relevantes figuras de la cultura y la política italianas del siglo XX. Por su prematuro fallecimiento –en 1937– casi han coincidido las conmemoraciones del cincuentenario de su muerte y del centenario de su nacimiento. Con motivo de la primera efemérides, se publicaron en diversos países libros y artículos conmemorativos en los que se argumentaba la vigencia de su pensamiento. Sin embargo, en los tres años transcurridos desde 1987, se han producido acontecimientos históricos que han proporcionado más fuerza a la vigencia y actualidad de las elaboraciones y concepciones políticas de Gramsci. Concretamente esta es la tesis del filósofo polaco Adam Schaff al sostener que el fracaso del denominado «socialismo real», en los países de Europa Central y Oriental, constituye la mejor confirmación de su certera previsión sobre la imposibilidad de construir una sociedad socialista sin haber logrado previamente el consenso ampliamente mayoritario de la población.

Consenso que sólo puede lograrse actuando en el campo de la cultura, para conseguir e implantar la hegemonía intelectual y moral del nuevo bloque histórico emergente. La aportación específica de Gramsci en el campo de la previsión científica, de las condiciones para la transformación social, la sitúa muy bien Adam Schaff, al precisar que «Mientras que Marx subrayaba la importancia de las condiciones objetivas de la revolución, Gramsci desarrolló en un periodo posterior, aprovechando la experiencia de la revolución soviética, la teoría del consenso como teoría subjetiva de la revolución socialista. Sin el acuerdo de la sociedad, no se puede realizar con éxito la revolución ni mucho menos verificar el domino de la clase obrera como hegemonía moral y política (y no como imposición violenta). Este consenso debe lograrse mediante el trabajo ideológico. De ahí el importantísimo papel que Gramsci atribuye a la intelectualidad en su teoría de la revolución socialista». 

Vida y obra

Antonio Gramsci nació en Ghilarza (Cerdeña) el 22 de enero de 1891. Su padre era un modesto funcionario de la administración estatal. A partir del bachillerato, se inicia en él una etapa de nacionalismo sardo. Por entonces, en Cerdeña, era muy fuerte el sentimiento nacionalista y Gramsci llega a identificarse con su lema ¡Al mar los continentales! A partir de las elecciones de 1.913 se puede considerar superada esta etapa sarda de Gramsci. En 1911 comienza a leer a Marx, «por curiosidad intelectual» y, al igual que su compañero Palmiro Togliatti, consigue una beca para estudiar en la Universidad de Turín. Al iniciar sus estudios de filología, entra en contacto con el movimiento obrero de Turín. Simultáneamente participa en el movimiento de la reforma intelectual y moral promovido por el filósofo idealista Benedetto Croce, cuyo primer postulado es que el hombre puede, y debe, vivir sin religión revelada. De esta época datan sus primeros escritos, publicados en los diarios socialistas Il grido del popolo y Avanti (1914-1918).

Durante su breve vida (1891-1937), Gramsci descolló como publicista a través de la revista L´Ordine Nuovo –fundada en 1918– llevando a cabo con especial rigor intelectual una gran labor de esclarecimiento y crítica de los fundamentes sociológicos de la cultura nacional italiana. No menor importancia revistió su actividad como dirigente político ya que se convirtió en el teórico y organizador de los «consejos de fábrica» y de otras organizaciones obreras italianas. Posteriormente, tras un breve pero intenso periodo de militancia en el Partido Socialista Italiano, Gramsci adoptará una decisión que determinará toda su trayectoria ulterior. El 21 de enero de 1921, en el Congreso del Partido Socialista, Gramsci, Togliatti y otros portavoces del ala izquierda rompieron con la mayoría reformista y fundaron el Partido Comunista Italiano. Proclamado el Fascismo, Gramsci es detenido no obstante la inmunidad parlamentaria de que gozaba como diputado, y en tan difíciles circunstancias redacta sus célebres Cuadernos de la cárcel que le consagraron como gran teórico marxista. La labor ingente que Gramsci desarrolló con su característico «lenguaje de Esopo» –ya que no sólo se trataba de aportar nuevas categorías científicas sino también de burlar el control de sus vigilantes– constituye un ejemplo con pocos precedentes similares acerca del poder de la voluntad humana. Según su biógrafo Giuseppe Fiori, «Trabajaba en condiciones difíciles, con los libros que el director –inclinado por conformismo de burócrata a resistencias y pequeñas vejaciones– le permitía recibir irregularmente desde el exterior. Así escribía diariamente, con ejemplar tenacidad, pese a los muchos factores desfavorables, los generales de la vida de todo recluso y además la imposibilidad de consultar ampliamente los libros y documentos necesarios, así como la progresiva deteriorización física. Pero –como señala Fiori– el trabajo, los apuntes, las notas breves con una idea fijada en su primer esbozo, los ensayos a completar o reelaborar eran para Gramsci la vida misma, su modo de continuar la lucha revolucionaria, de permanecer vinculado al mundo, ideológicamente activo de la sociedad y de los hombres». Tan abnegado esfuerzo no fue por ello baldío, en su doble faceta cuantitativa y cualitativa. Las casi tres mil páginas de los 32 cuadernos que Gramsci cubrió en once años de cárcel, con notas y apuntes, constituyen una de las aportaciones más importantes realizadas por un solo pensador a la problemática de nuestra época. La monumental edición de Einaudi las inserta –junto a sus escritos juveniles– en seis volúmenes, en el siguiente orden: El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce (1948), Los intelectuales y la organización de la Cultura (1949), Notas sobre Maquiavelo, la política y el Estado Moderno (1949), El Risorgimento (1949), Literatura y vida nacional (1950) y Pasado y Presente (1951). En la edición de Einaudi se agrupan así orgánicamente temas desarrollados en diversos cuadernos, incluso con varios años de distancia. No se trata, sin embargo, de materiales preparados para su inmediata publicación sino para su ulterior reelaboración. El propio Gramsci describe en carta dirigida a su cuñada, su plan de trabajo: «...Se puede decir que ya tengo un verdadero programa de estudio y trabajo, cosa que había de ocurrir forzosamente. Me había propuesto reflexionar sobre una serie de cuestiones, pero era forzoso que al llegar a cierto punto tuviese que pasar a la fase de documentación y, por tanto, a una fase de trabajo y elaboración que exige grandes bibliotecas... Hay que tener en cuenta además que el hábito de severa disciplina filológica adquirido durante los estudios universitarios me ha hecho adquirir unos escrúpulos metodológicos quizá excesivos». Evidentemente no se cumplió el designio del fiscal del Tribunal Especial para la Defensa del Estado cuando, tras una violenta requisitoria, dijo refiriéndose a Gramsci: «Hemos de impedir durante veinte años que este cerebro funcione». 

En 1947, la publicación de sus Cartas de la prisión le valieron a Gramsci para obtener, a título póstumo, el más importante galardón literario de Italia: el Premio Viareggio. Las Cartas de la prisión, en su mayor parte dirigidas a sus familiares, están impregnadas de una patética humanidad y reflejan la entereza moral con que Gramsci afrontó su largo y doloroso martirio. En ellas Gramsci trasciende su propia vicisitud individual para plantearse globalmente la condición del combatiente político: «Cuando se ha ligado la propia vida a un fin y se concentra en éste todas las energías y toda la voluntad, ¿no es forzoso que queden al descubierto algunos, o muchos, de los aspectos individuales?». Y, prosigue «Yo no hablo más del aspecto negativo de mi vida. Antes que nada por que no quiero ser compadecido; fui un combatiente que no ha tenido suerte en la lucha inmediata, y los combatientes no pueden ni deben ser compadecidos cuando han luchado no porque han sido obligados, sino porque ellos mismos lo han decidido conscientemente». Gramsci falleció el 27 de abril de 1937, tras once años de dura prisión fascista en cumplimiento de una condena de 20 años, 4 meses y 5 días, dictada contra él por el Tribunal Especial de Defensa del Estado. Sentencia totalmente ilegal debido a que Gramsci gozaba de inmunidad parlamentaria, para sus actividades políticas 

Su revalorización

No obstante los años transcurridos desde su fallecimiento, el interés suscitado por la dimensión humana y la obra teórica de Gramsci lejos de aminorar tiende a incrementarse. A esta revalorización de su pensamiento, que contrasta con el eclipse casi total de otros autores que fueron sus contemporáneos –cuya popularidad coyuntural no ha resistido la perspectiva histórica– ha contribuido decisivamente la óptima conjunción del teórico riguroso con el dirigente político, que supo compaginar adecuadamente el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad. Por su prematuro fallecimiento, casi han coincidido las conmemoraciones del cincuentenario de su muerte y el centenario de su nacimiento. Con motivo de la primera efemérides, se publicaron en muy diversos países libros y artículos conmemorativos en los que se argumentaba la vigencia de su pensamiento. Sin embargo, en los tres años transcurridos desde 1987, se han producido acontecimientos históricos que han proporcionado más fuerza a la vigencia y actualidad de las conclusiones teóricas y políticas de Gramsci. Concretamente, tal es la tesis del filósofo polaco Adam Schaff al sostener que el fracaso del denominado «socialismo real», en los países de Europa central y oriental, constituye la mejor confirmación de la certera previsión de Gramsci sobre la imposibilidad de construir una sociedad socialista sin haber logrado previamente el consenso ampliamente mayoritario dela población. Consenso que sólo puede lograrse actuando intensamente en el campo de la cultura, para conseguir la hegemonía intelectual y moral del nuevo bloque histórico emergente. La aportación específica de Gramsci en el campo de la previsión científica, de las condiciones para la transformación social, lo sitúa muy bien Adam Schaff, al precisar que «...Marx subrayaba la importancia de las condiciones objetivas de la revolución; Gramsci desarrolló en un periodo posterior aprovechando la experiencia de la revolución soviética, la teoría del consenso, como teoría subjetiva de las condiciones de la revolución socialista. Sin el acuerdo de la sociedad, no se puede realizar con éxito la revolución ni mucho menos verificar el domino de la clase obrera como hegemonía moral y política –y no como imposición violenta–. Este consenso debe lograrse mediante el trabajo ideológico. De ahí la importantísima función que Gramsci atribuye a la intelectualidad en su teoría de la revolución socialista».

Peculiaridades de los textos de Gramsci

Gramsci, que está considerado como el más destacado y original teórico marxista occidental, ofrece especial dificultad para la comprensión inicial de su pensamiento. La razón de ello estriba no sólo en que fue un elaborador de categorías políticas originales sino también en el carácter de su obra. Ésta se estructura en dos vertientes: 1) La periodística (política, sindical y cultural) que abarca hasta su detención en 1926. Es de estilo directo, brillante y de fácil comprensión. 2) La propia reflexión carcelaria (filosófica, política, económica, sociológica y cultural), constituida por innumerables notas y comentarios que llenan totalmente 32 cuadernos. Estos textos son de comprensión mucho más ardua que la de los textos periodísticos, a causa de su mayor grado de abstracción y por no estar destinados directamente a la publicación. Sin embargo, la monumental edición de Einaudi los insertó en seis volúmenes con los títulos ya indicados. 

Su lucha antipositivista

En el pensamiento de Gramsci confluyen, en síntesis dialéctica, los pensamientos de Benedetto Croce y Antonio Labriola. De este último incorpora su reacción antipositivista y la noción totalizadora de «praxis». Interpretando certeramente su intención, para Manuel Sacristán 
«...Toda la obra de Gramsci quedó estructurada por la finalidad de determinar un renacimiento adecuado del marxismo y de elevar esta concepción filosófica, que por necesidades de la vida práctica se había venido “vulgarizando”, a la altura que debía alcanzar para la solución de las tareas más complejas que imponía el desarrollo histórico; es decir, elevarlo a la creación de una cultura integral. Gramsci cumplirá esta tarea de acuerdo con la inspiración básica de Marx, no eliminando del marxismo el concepto central de práctica, sino proporcionando la más profunda concepción de ésta que se ha alcanzado en la literatura filosófica marxista. Por encima del accidental origen de la expresión, Gramsci es un filósofo de la praxis». 
Gramsci profundiza así la fuerte reacción antipositivista que le había caracterizad, tanto en le plano filosófico-científico como en el específicamente político. El precoz instinto político de Gramsci le hizo percibir, ya desde sus primeros escritos, que el cientifismo tras el que se ocultaban las posiciones oportunistas de algunos líderes socialdemócratas tenía no sólo raíces sociales objetivas sino también fundamentos gnoseológicos de claro origen positivista. Su compañero de lucha, y de estudios, Palmiro Togliatti precisa así su actitud: «Gramsci reaccionó contra las consecuencias negativas de una concepción pedante, mecanicista, del marxismo y del proceso mismo del movimiento obrero, muy arraigada entre los mencheviques rusos y que iba a encontrar en Kautsky su máxima expresión teórica. Frente al objetivismo economicista de Plejanov y de sus colegas socialdemócratas occidentales que basándose en una concepción petrificada y dogmática del marxismo, trataba de utópica toda praxis revolucionaria del proletariado, elabora Gramsci nuevas concepciones que, a pesar de contener todavía una apreciable carga de voluntarismo, pronto evidenciarían un gran realismo político. En ello la coincidencia entre Lenin y Gramsci fue total, ya que no obstante las diferencias en sus procesos de formación, en ambos líderes marxistas se daba una profunda conciencia revolucionaria que les permitía captar lúcidamente las condiciones necesarias para que el proletariado pudiese abordar seriamente la tarea de la conquista del poder». 

La etapa ‘consejista’ de Gramsci

El 1º de mayo de 1919 se inició la publicación de la revista L´Ordine Nuovo. Su núcleo fundacional estaba constituido por un grupo de jóvenes intelectuales socialistas, procedentes de la Universidad de Turín, con un proyecto intelectual que sólo se precisa al fusionarse con el movimiento de los Consejos de Fábrica. En esa revista Gramsci, sostiene que el Estado socialista existe ya potencialmente en las instituciones de la vida social características de la clase obrera explotada y que han surgido a consecuencia de la iniciativa de las masas. Para él, los Consejos obreros y las comisiones internas de fábrica constituían órganos dela democracia obrera que podrían transformarse después en órganos del poder proletario, en la línea del carácter industrial que Marx preveía para la futura sociedad comunista de productores. El objetivo de los Consejos de fábrica sería liquidar toda distinción entre poder político y económico, luchando por la emancipación y autonomía de los trabajadores considerados en su unidad, como productores, los cuales serán simultáneamente administrados y administradores. Se trataría de creaciones revolucionarias que partiendo del lugar de trabajo, y hundiendo sus raíces en el momento de la producción, constituirían representaciones obreras emanadas directamente de las masas con un mandato imperativo y siempre revocable. Para Gramsci, el Partido no es la clase y, precisamente por ello, la potencialidad de los Comités de fábrica deriva de que pueden constituir el órgano unificador de la clase en el lugar de la producción, superando la escisión productor-ciudadano en la que la burguesía reproduce su dominación. 

Gramsci sintetizó entonces así la respectiva función de partido, sindicato y Consejo obrero: 1) Partido: función de orientación política y de elaboración teórica; 2) Sindicato: función de educación proletaria; 3) Consejo obrero: desarrollo de una democracia obrera directa de base industrial. Gramsci fue enriqueciendo así paulatinamente el nivel de teorización marxista, en el campo consejista, hasta el punto de que llegó a rebasar las geniales intuiciones de Lenin –en El Estado y la Revolución– desarrollando un tratamiento sistemático de las posibilidades de fundamentación de una democracia obrera directa de base consejista. 

La etapa de construcción del Partido Comunista Italiano

En esta etapa de la evolución del pensamiento de Gramsci, las tesis centrales sobre los Consejos de fábrica se mantienen pero enriqueciéndose en una síntesis más amplia, en una estrategia política global. Gradualmente Gramsci evoluciona desde la «vanguardia obrera» de los Consejos de fábrica a la concepción del «partido de vanguardia». Así se produce el salto cualitativo por el cual el partido pasa a ser la forma superior de organización de la clase obrera, en tanto que los sindicatos y Consejos de fábrica constituyen las formas subordinadas de organización en las que se agrupan los trabajadores para la lucha cotidiana contra el capital.

Gramsci y la cuestión meridional

Un gran avance en la evolución de Gramsci, se produjo cuando tuvo que abordar, por primera vez, de forma sistemática los problemas de la Italia rural. Gramsci se planteaba, concretamente, no sólo el análisis de la situación de esa Italia subdesarrollada sino también el de concretar el fundamento ideológico de las distintas dominaciones de clase. Es decir, la función de la hegemonía política, cultural, intelectual y moral de un bloque histórico. A juicio de Gramsci, la clase emergente sólo puede lograr tal hegemonía si consigue despojarse de todo residuo corporativo y estar así en condiciones de crear un sistema de alianzas de clase que le permitan erigirse en clase dirigente y dominante. De ese modo el proletariado urbano, como protagonista moderno de la historia de Italia, destruirá el bloque histórico constituido por los terratenientes del sur y los industriales del norte, creando así las condiciones para una sólida alianza con las masas campesinas. O sea, la constitución de un sistema de alianzas de clase que le permita movilizar contra el Estado burgués a la mayoría de la población trabajadora. 

Empero la cuestión campesina está en Italia históricamente determinada. No es «la cuestión campesina y agraria en general». En Italia, la cuestión campesina tiene, por el determinado desarrollo de la historia italiana, dos formas típicas peculiares: 1) la cuestión vaticana (para la integración de los católicos de base en un proyecto revolucionario). 2) La cuestión meridional (para resolver el problema de las alianzas de clase). Para Gramsci, conquistar políticamente la mayoría de las masas campesinas significaría dominar esas dos cuestiones desde el punto de vista social. Profundizando en tal análisis, Gramsci llega a la conclusión de que la sociedad meridional italiana era, de hecho, un gran bloque agrario constituido por tres estratos sociales: 1) La gran masa campesina amorfa y disgregada. 2) Los intelectuales de la pequeña y media burguesía rural. 3) Los grandes propietarios terratenientes y los grandes intelectuales. 

Según Gramsci, los campesinos meridionales encuentran perpetuamente en fermentación, pero, como masa, son incapaces de dar una expresión centralizada a sus aspiraciones y necesidades. A su vez, el estrato medio de los intelectuales recibe de la masa campesina el impulso para su actividad política e ideológica. Los grandes propietarios, en el terreno político, y los grandes intelectuales, en el terreno ideológico, centralizan y dominan, en última instancia, todo ese conjunto de manifestaciones. Como es natural, la centralización se verifica con mayor eficacia en el terreno ideológico: Giustano Fortunato y Benedetto Croce, desempeñan una relevante función en esa unificación, como grandes intelectuales orgánicos que son del bloque histórico dominante (paralelismo entre Croce y Ortega y Gasset en su respectiva función de grandes intelectuales orgánicos del bloque dominante). 

Para Gramsci, los intelectuales meridionales eran muy interesantes. Mas de las 3/5 partes de la burocracia estatal está, por otra parte, constituida por meridionales. Tratando de profundizar en el estudio de la Psicología de estos intelectuales, Gramsci comprobó que: 1) En todos los países, el estrato de los intelectuales ha quedado totalmente modificado por el desarrollo del capitalismo. El viejo tipo de intelectual era el elemento organizativo de una sociedad e base campesina y artesana predominantes; para organizar el Estado, para organizar el comercio, la clase dominante cultivaba un determinado tipo de intelectual. 2) La industria ha introducido un nuevo tipo de intelectual: el organizador técnico, el especialista de la ciencia aplicada. 3) En las sociedades en las cuales las fuerzas económicas se han desarrollado en sentido capitalista, hasta absorber la mayor parte de la actividad nacional, este segundo tipo de intelectual ha prevalecido con todas sus características de orden y disciplina intelectual. 4) En cambio, en los países cuya agricultura ejerce una función todavía notable e, incluso, preponderante, sigue prevaleciendo el viejo tipo, el cual proporciona la parte mayor del personal del Estado y ejerce también localmente, en el pueblo y en el burgo rural, la función de intermediario entre la administración en general y el campesino. En la Italia meridional predomina ese tipo con todas sus características: democrático en su cara campesina, reaccionario en la cara que dirige hacia el gran propietario y el gobierno, politicastro corrompido y desleal; no se comprendería la tradicional figura de los partidos políticos meridionales si no se tuvieran en cuenta los caracteres de este estrato social. 

Los intelectuales orgánicos

El concepto de intelectual orgánico, que Gramsci dedujo de sus investigaciones sobre la función de los intelectuales a lo largo de la historia, se define así en uno de sus textos: «Cada grupo social, naciendo en el mundo propio de una función esencial en el campo de la producción económica, crea con él, orgánicamente, una o varias capas de intelectuales que le proporcionan su homogeneidad y la conciencia de su propia función no sólo en el terreno económico, sino igualmente en el terreno social y político». 

Por otra parte, en la investigación del «criterio unitario», que caracterizaría toda la actividad intelectual de Gramsci, elimina de entrada la distinción «homo faber-homo sapiens», dado que en todo trabajo físico, incluso el más mecánico y degradado, existe un mínimo de cualificación técnica. Es decir, de la actividad intelectual creadora. Así podría afirmarse que «todos los hombres son intelectuales». Profundizando en el tema, Gramsci precisó que ciertas categorías especializadas de intelectuales se forman en el ejercicio de la función intelectual en contacto con las clases sociales, pero, sobre todo, en contacto con los grupos sociales más importantes: la clase dominante o la que propende a serlo. Por medio de la sociedad civil y de la sociedad política, la clase dominante ejerce sobre las clases subalternas una doble función: hegemónica y coercitiva. Empero la ejerce de manera mediata. Es esta mediación la que caracteriza la función de las intelectuales orgánicos, en la medida en que se revelan como los «especialistas» de esta función; los encargados por el grupo dominante para el ejercicio de las funciones subalternas de hegemonía social y de gobierno político. 

Según esta concepción gramsciana, el intelectual, cuya función se amplía al considerarle como «funcionario de la superestructura», debe realizar una cuádruple tarea: 1) Organizar la función económica (cuadros técnicos, economistas, tecnócratas, etc.). 2) Organizar las concepciones heteróclitas de la clase dominante, y de la totalidad del cuerpo social, en una cosmovisión coherente y homogénea. 3) al hacer corresponder esta «Weltaanshauung» a la dirección que la clase dominante imprime a la dirección que la clase dominante imprime a la vida social, favorece el consenso «espontáneo» proporcionado por las grandes masas de la población a la clase hegemónica. 4) Como funcionario de la sociedad política (ministros, jueces, diputados, etc.) busca obtener «legalmente» la disciplina social. 

Intelectual orgánico e intelectual tradicional

La clase dominante –la aristocracia, por ejemplo, en el modo de producción feudal– crea en el curso de su desarrollo capas intelectuales –los empleados– que en el seno de una de sus organizaciones (por ejemplo, la Iglesia) cumplen esas misiones específicas: esos intelectuales son denominados orgánicos, en la medida en que pertenecen a una organización íntimamente ligada a una clase esencial. En ese sentido, el partido es el intelectual orgánico por excelencia. Los intelectuales no constituyen pues una clase social, sino una capa social que dispone, vis a vis de la clase social a la que están unidos, de cierta autonomía. El intelectual no discute el poder hegemónico de la clase social de la cual constituye el funcionario organizador, pero puede entrar en conflicto con ella. Sin embargo, incluso en esto los intelectuales se despegan de la clase dominante para unirse a ella más íntimamente. 

Intelectuales tradicionales

La capa intelectual representa la «conciencia» de la clase a la que sirven; en tanto que trabajadores de las superestructuras ideológicas, los intelectuales proporcionan a la clase de origen una visión clara de su propia orientación socio-económica, política, cultural, etc. que le permite asentar su propio poder hegemónico. En este sentido, los intelectuales orgánicos de la clase progresista deben contar con la ideología de los otros grupos sociales –anteriormente dominantes– a los que deben integrar en la nueva concepción del mundo dominante. Para esta finalidad deben asimilar a esa capa de intelectuales que Gramsci denominaba «intelectuales tradicionales». Es decir, a los que habían estado al servicio del anterior bloque histórico dominante. Así lo precisaba el propio Gramsci en uno de sus textos carcelarios: «todo grupo social esencial, que emerge a la superficie de la historia desde la precedente estructura económica, ha encontrado categorías de intelectuales que preexistían a su advenimiento y que, incluso, aparecían como representantes de una continuidad histórica que no habían interrumpido ni los conflictos más radicales». 

En la tarea que Gramsci se trazó desde su detención, de analizar con rigor la función de los intelectuales, Gramsci comenzó estudiando el papel que los intelectuales desempeñan en las sociedades divididas en clases antagónicas y, para ello, se remonta a la división del trabajo que en el plano de la actividad intelectual introdujo Julio César en la Roma de su época. Pronto, a través de múltiples conexiones, lleva a cabo la elaboración de diversos conceptos que constituyen el núcleo de su aportación teórica: intelectual orgánico-intelectual tradicional, bloque histórico, hegemonía, crisis orgánica, revolución pasiva, transformismo, Príncipe Moderno. 

Bloque histórico y hegemonía

Se considera que constituyen los conceptos fundamentales de la aportación gramsciana. Sin embargo, en los Cuadernos de la Cárcel, no existen sino algunas alusiones esquemáticas a esta noción. Se trata, por lo general, de la afirmación sumaria de la unidad entre la estructura socio-económica y la superestructura política e ideológica. Para Manuel Sacristán, «la idea de bloque histórico, es otra de las afortunadas acuñaciones de conceptos que son acaso el fruto más permanente de la obra teórica de Gramsci. En su génesis, parte de la constatación sociológica de que la lucha de clases, y, por consiguiente, su reflejo en los antagonismos políticos, no tiene lugar enfrentando exclusivamente una clase contra otra –como la oposición tradicional entre proletariado y burguesía– sino mediante el choque entre dos constelaciones de fuerzas. Cada una de ellas está constituida por una clase fundamental y otras clases o capas sociales auxiliares articuladas orgánicamente en una coalición más o menos sólida. Frente al bloque histórico constituido bajo la dirección de la clase dominante, que en un momento determinado ejerce la hegemonía, tiende a formarse el de las fuerzas progresistas que aspiran a la conquista del poder político como fase previa para, tras una etapa hegemónica transitoria, poner fin a la dominación de clases. 

Para Gramsci, el problema de las alianzas de clase era muy importante, pero con sus conceptos de bloque histórico y hegemonía rebasa la mera problemática de alianzas. Así, en un cursillo de formación que realizó para sus compañeros de prisión, Gramsci sostuvo que «sin la conquista de aliados el proletariado no puede emprender ningún movimiento revolucionario serio». Desde esa perspectiva y para resolver los problemas que suscitaba en Italia la lucha clandestina contra el fascismo, Gramsci razonaba así: 1) Ni siquiera en las condiciones más favorables podrá el partido contar con 6.000 activistas. 2) La táctica más conveniente no es el aislamiento sectario, sino la búsqueda de alianzas de clase. 3) Los campesinos y la pequeña burguesía son indispensables para promover un amplio movimiento popular antifascista. Sin embargo, contradiciendo la interpretación posterior que Roger Garaudy realiza del concepto de bloque histórico, Gramsci no reducía la operatividad de ese concepto a la de una mera alianza de clases. Realmente, para Gramsci, el vuelco de las relaciones de poder sólo se puede lograr aislando a la clase dominante, separando de ella a sus aliados antinaturales. Así, en el texto del citado cursillo, Gramsci sostenía: «El proletariado sólo puede llegar a ser clase dirigente y dominante cuando llegue a crear un sistema de alianzas de clases que le permitan movilizar contra el capital y el Estado burgués a la mayoría de la población trabajadora». Por ello, una concepción del bloque histórico –como la realizada por Garaudy en la década del 60– que lo reduzca a una simple modalidad de alianza de clases, además de los riesgos de economicismo (al limitarlo a los elementos estructurales) esterilizaría la gran fecundidad que proporcionan los análisis superestructurales gramscianos. Por ello, conviene precisar más el concepto de bloque histórico. En síntesis, una definición operativa del mismo sería considerarlo como «complejo, determinado por una situación histórica dada, constituido por la unidad orgánica de la estructura y la superestructura de una sociedad. Al evitar privilegiar a uno de sus componentes (economicismo), o a otro (ideologismo), de ambos elementos que se hallan en una relación de reciprocidad e interdependencia». Gramsci insiste sobre la unión de ambos elementos y en la función de los intelectuales –como «funcionarios de la superestructura»– actuando a nivel superestructural y cumpliendo con la misión específica de tejer el lienzo orgánico que une a ambos elementos del bloque histórico. 

Bloque ideológico

En la fragua de esa unidad es indispensable la constitución previa de un bloque ideológico. Para el logro del cual los intelectuales orgánicos de la clase emergente deben atraer a los intelectuales tradicionales. Así se puede llegar a dirigir y controlar la sociedad civil y, por consiguiente, el consenso de las clases subalternas. La clase dominante, que sostiene firmemente las riendas de la economía a nivel estructural, consigue pues, gracias al bloque ideológico, asegurar su primado a nivel superestructural y, de ese modo, asentar su hegemonía sobre el conjunto del bloque social. En consecuencia, puede considerarse que hay bloque histórico cuando la hegemonía de una clase dirigente sobre el conjunto de la sociedad se ve realizada. Este planteamiento suscita el estudio de la distinción entre sociedad civil y sociedad política y también del concepto de hegemonía, que aparece conjugado con el de bloque histórico. 

Sociedad civil

El planteamiento inicial de Marx, sobre la sociedad civil, aparece claramente formulado en su trabajo Contribución a la crítica de la Economía Política: «Mis investigaciones desembocaron en el resultado de que tanto las relaciones jurídicas, como las formas de Estado no pueden comprenderse por sí mismas, ni por la llamada evolución general del espíritu humano, sino que radican, por el contrario, en las condiciones materiales de vida cuyo conjunto resume Hegel, siguiendo el precedente de los ingleses y franceses del siglo XVIII, bajo el nombre de sociedad civil, y que la anatomía de esa sociedad civil hay que buscarla en la economía política». Para elaborar tal formulación, Marx se inspiró en la concepción que Hegel formuló tras el estudio del denominado «Sistema de necesidades». A su vez Gramsci, introduce nuevos matices en el concepto de sociedad civil. Así, si para Marx, la sociedad civil es el conjunto de la estructura económica y social en un periodo determinado. La concepción gramsciana se centra en sus aspectos superestructurales. Es decir, que para Gramsci, la denominada «sociedad civil» está constituida por el conjunto de los organismos denominados «privados» (asociaciones empresariales y sindicales, medios de comunicación y enseñanza, Iglesias, etc.) y que corresponden a la función de hegemonía que la clase dominante ejerce sobre el conjunto de la sociedad. 

La explicación de tales diferencias, en las respectivas concepciones de Marx y Gramsci, parecer radicar en la interpretación extensa y contradictoria que Hegel tiene de la sociedad civil. Si la mayoría de las veces ésta corresponde a la estructura socioeconómica –interpretación de Marx–, Gramsci se inspiró también en ciertos pasajes de La filosofía del derecho de Hegel, donde el filósofo alemán incluye asimismo en la sociedad civil a las asociaciones políticas y sindicales. Es decir, a las corporaciones que constituyen «el contenido ético del Estado».

Hegemonía

Gramsci –aparte de alguna referencia aislada en L´Ordine Nuovo– utilizó por primera vez operativamente el concepto de hegemonía en su trabajo La cuestión meridional. Lo profundiza y concreta en sus Cuadernos de la Cárcel. Después de una referencia inicial al aspecto filológico. Del término griego «eghestai»: conducir, actuar de guía, actuar de jefe. Tiene, por lo tanto, el significado de dirección y en ese sentido se empleaba para precisar el carácter de ciudad hegemónica (polis eghemos) en las guerras del Peloponeso. Gramsci se propuso elaborar con más rigor el concepto en el plano teórico-político, en este aspecto, Gramsci se consideró deudor de Lenin, ya que el dirigente soviético lo empleó por primera vez en su trabajo Dos tácticas de la socialdemocracia en la Revolución Democrática. Sin embargo, Gramsci –en su terminología carcelaria– consideró que era la más relevante aportación de Lenin a la «filosofía de la praxis» (el marxismo) a causa de la relevancia filosófica de la política. Gramsci consideraba también que el concepto de hegemonía podría ser incluso equivalente al concepto de dictadura del proletariado. En esa perspectiva, la dictadura del proletariado sería la forma política y estática, en la que se realiza la hegemonía, mientras que la hegemonía estaría constituida por el momento en que se realizan las alianzas que constituyen la base social necesaria para la «dictadura del proletariado», interpretando a ésta no sólo como la coerción sino también como dirección política e ideológica.

Ahora bien, a pesar del explícito origen leninista del concepto de hegemonía, Gramsci tuvo la oportunidad de elaborarlo a niveles de mucha mayor profundización teórica, al interrelacionarlo con el concepto de bloque histórico. Y es que, en realidad, para Gramsci sólo existe bloque histórico cuando la hegemonía de una clase sobre el conjunto de la sociedad logra realizarse. Es la ideología de la clase dominante, «interiorizada» socialmente mediante los aparatos ideológicos constituidos por los medios de comunicación, la enseñanza, al Iglesia, etc., la que permite a esa clase dominante soldar en torno suyo al bloque de fuerzas sociales diferentes. En los textos de Lenin, el concepto de hegemonía aparece ante todo, como hegemonía política. Como ya señalamos, Gramsci concede un gran valor a esta hegemonía política –incluso filosófico– pero distingue también otras formas de hegemonía.

Hegemonía ideológica y cultural

Para Gramsci, la supremacía de un grupo social se manifiesta de dos maneras: como dominación y como dirección intelectual y moral. La clase en el poder dirige al mismo tiempo que domina, gana para las soluciones que propone masas suficientes para constituir las bases de su propio poder, aunque los intereses reales de estas bases estén en oposición directa con sus soluciones. Todo ello se realiza mediante la política, el savoir faire político de la clase dominante. Empero la política no basta, tiene que intervenir la ideología. Esta política que la clase dominante –la capitalista, por ejemplo– hace penetrar en las masas populares; pues es precisamente la ideología la que permite a las clases dominantes soldar alrededor un bloque de fuerzas sociales diferentes. En ese sentido, el bloque histórico es un conjunto de fuerzas heterogéneas y, hasta cierto punto, contradictorias, que podrían estallar si no fuesen equilibradas por la ideología (que logra las funciones de dirección) como por la dominación (obtenida mediante la actividad política). Así se logra el doble efecto de dirección-dominación. En la hegemonía política se refleja la impronta de la sociedad civil sobre la sociedad política. Cuando a causa de una crisis orgánica, la clase dominante pierde su hegemonía su dominación queda reducida a la dictadura pura y dura. Por ello Gramsci utiliza el término dictadura para definir la situación de un grupo o clase social no hegemónico que domina la sociedad exclusivamente por medio de la coerción, debido a que mantiene en su poder el aparato del Estado. Este grupo o clase social no tiene –o ha dejado de tener, si ya lo tuvo– la dirección ideológica.

Para Gramsci, puede darse una situación de esa índole en dos casos que caracterizan la crisis de un bloque histórico: 1) Una clase que detenta la hegemonía en un bloque histórico la pierde, en provecho de un nuevo sistema hegemónico, o logra sólo mantenerse en el poder por medio de la fuerza (es el fenómeno fascista). 2) Una clase que aspira a la hegemonía, se apodera del Estado antes de haber logrado su hegemonía. (Es el caso de la Revolución Rusa). Según Hugues Portelli, estas situaciones son para Gramsci intermedias, para la construcción de un sistema hegemónico. Y así lo argumenta: 
"El período de primacía de la sociedad política, o dictadura, es un período de transición entre dos períodos hegemónicos, aunque no por eso deba ser subestimado, ya que la clase que los detenta puede aprovechar la ocasión para diezmar los cuadros de sus adversarios que actúan en al sociedad civil y en la sociedad política. Es lo que hizo la burguesía italiana durante el período fascista, decapitando los cuadros liberales y revolucionarios. Así aunque la hegemonía y la dictadura pueden estar combinadas, su carácter sin embargo es bien delimitado; frente a la hegemonía, donde domina la sociedad civil, la dictadura representa la sociedad política."
Guerra de movimientos y guerra de posiciones

Gramsci reflexionó profundamente acerca del fracaso de los movimientos revolucionarios en Occidente durante la década de los 20. Como consecuencia, llegó a la siguiente conclusión: «En Oriente, el Estado lo era todo, ya que la sociedad civil era primitiva y gelatinosa. En Occidente, entre el Estado y la sociedad civil existe una justa relación y en un estado que se tambalee se encontrará, a pesar de ello, una robusta estructura de la sociedad civil. El Estado no es más que una trinchera avanzada detrás de la cual se encuentra una robusta cadena de fortalezas y casamatas. Señala que en Oriente, en Rusia, «la guerra de movimientos», la que implicaba un conflicto de masas y un desenlace rápido era posible. Empero en Occidente, por el contrario, una «guerra de posiciones» es necesaria. Con esta expresión, Gramsci no pretendía una táctica defensiva sino una estrategia revolucionaria diferente, capaz de cercar el Estado y la sociedad a todos los niveles.

Hegemonía y sociedad regulada

La consecuencia de la hegemonía sobre las otras clases es el debilitamiento de la sociedad política y, por lo tanto, de la coerción. Es en esa medida que Gramsci califica de «democrática» a la hegemonía. La sociedad política se ve así reducida a una función de apoyo y tiende incluso a integrarse a la sociedad civil. Ello indica que con el nuevo bloque histórico emergente, liderado por la clase obrera, se logra uno todavía más amplio en el que su hegemonía prepare las condiciones precisas para el nacimiento de una «sociedad regulada» en la que desaparecería la función represiva del Estado.

Gramsci y la cultura

La original y rica concepción que Gramsci tenía de la cultura, se manifiesta también en muy diversos aspectos de su ingente obra: tratamiento de la función de los intelectuales en la organización de la cultura, el necesario componente cultural de la hegemonía política, el concepto de cultura nacional-popular, etc. Además Gramsci terció en la polémica que sus compañeros Tasca y Bordiga sostuvieron sobre la función de la cultura. Tasca defendía la urgencia de una profunda renovación cultural y de una mejor preparación de los dirigentes marxistas. Por el contrario Bordiga rechazaba toda conexión entre acción política e iniciativa cultural, considerando reformista toda posición «cultural». En el seno de esta polémica, Gramsci expuso su concepción de la cultura en la lucha por el socialismo. En síntesis, su conclusión fue: 1) No puede concebirse la cultura sólo como saber enciclopédico en el cual el hombre no es visto sino bajo al forma de recipiente que llenar de datos y hechos. Esto no es cultura sino pedantería. 2) La cultura es organización, disciplina del propio yo interior y toma de posesión de la propia personalidad, es conquista de la consciencia superior por la cual se logra comprender el propio valor histórico, la propia función en la vida, los propios derechos y deberes. 3) El hombre es, sobre todo, espíritu. Es decir, creación histórica y no naturaleza. No se explicaría de otra manera, porque habiendo existido siempre explotados y explotadores –desde el período histórico– no se haya realizado aún el socialismo. Ello quiere decir que toda revolución ha sido precedida siempre por un intenso trabajo de crítica, de penetración cultural. El último ejemplo es el de la Revolución francesa precedida de la Ilustración. El mismo fenómeno se repite hoy para el socialismo. Es a través de la crítica de la civilización capitalista como se está formando hoy la conciencia unitaria de la clase obrera y crítica quiere decir cultura y no ya evolución espontánea y naturalista. Crítica quiere decir aquella conciencia del yo que Novalis ponía como fin de la cultura. 

Finalizamos este trabajo, elaborado a petición del Centro de Profesores de Gijón en el marco de un Seminario dedicado al pensamiento de Gramsci, con una síntesis de otros conceptos del fecundo pensamiento gramsciano.

El concepto «nacional-popular»

El concepto «nacional-popular» –según D. Grisoni y R. Maggiori– no es una expresión nominal, sino adjetivada, que se aplica a nombres para traducir que tienen su origen en el pueblo, que le pertenecen, y que son su expresión objetiva y real. Es así que Gramsci utiliza «cultura nacional-popular», «literatura nacional-popular», «voluntad colectiva nacional-popular», etc. y para mostrar que esas «formas» de la realidad histórico-social son creadas y reconocidas para y por el pueblo y se distinguen por esta razón de las derivadas de la burguesía –clase dominante–. De hecho, el concepto «nacional-popular» plantea prácticamente el problema del enlace intelectuales-masas. Ya el análisis de los términos de esta expresión subraya la posición, en una estructura social dada, de la capa intelectual con la clase dominante y con las clases subalternas. Así, hace notar Gramsci, en muchas lenguas, «nacional» y «popular» son sinónimos o casi; esto acaece en ruso y alemán donde «volkisch» tienen un sentido aún más íntimo de raza, en las lenguas eslavas en general; en francés «nacional» tiene una significación en el que el término «popular» está ya más elaborado políticamente, porque se halla conectado al concepto de «soberanía»: soberanía nacional y soberanía popular tienen, o han tenido, igual valor. Pero en Italia, «nacional» que «tiene un sentido ideológico restringido», no coincide en modo alguno con «popular», porque en Italia, los intelectuales están lejos del pueblo, es decir, de la «nación» y existen en tanto que esfera autónoma, como «casta» más unidos a una tradición libresca y abstracta «que a un campesino de Sicilia». Así puede comprenderse la atracción que siente el pueblo italiano por los escritores italianos. Los intelectuales italianos –debido a no haber sido jamás contestados «por un fuerte movimiento político popular o nacional, surgido de abajo»– son algo despegado, «habitantes de las nubes», exteriores al pueblo, cuyas aspiraciones desconocen y cuyos sentimientos o difusas necesidades son incapaces de comprender y expresar. La hegemonía de la cultura extrajera halla su raíz en esta ausencia de una cultura nacional-popular italiana.

De modo que crear esta nueva cultura, es antes que cualquier otra cosa, la misión acordada a los intelectuales como «educadores y formadores del intelecto y de la conciencia del pueblo-nación..., la misión de satisfacer las exigencias intelectuales del pueblo..., de elaborar «un humanismo» moderno, capaz de expandirse hasta «las capas más bajas e incultas». «Nacional-popular» es, por consiguiente, el índice de un desplazamiento de las capas intelectuales hacia el pueblo, la erección de un nexo orgánico intelectuales-masa, la puesta en marcha de un proceso de conocimiento que  se articules alrededor de la «comprensión». Es decir, de la educación recíproca. «Nacional-popular» significa entonces expresión coherente y organizada del pueblo. 

Crisis y crisis orgánica

Detención momentánea de la evolución de la clase progresiva, en el sentido de que ésta ya no hace avanzar realmente la sociedad como un todo, satisfaciendo no sólo las exigencias de su propia existencia, sino ampliando sin cesar sus propios cuadros, con vista a la toma de posesión continua de nuevas esferas de actividad económico-productiva. Para Gramsci, esta crisis estructural no favorecerá la aparición de un bloque histórico sino en la medida en que se convierta en crisis orgánica, es decir, crisis de hegemonía o ruptura de lazos entre estructura y superestructura. La crisis orgánica es concebida por Gramsci como una disgregación del bloque histórico, en el sentido de que los intelectuales que están encargados de hacer funcionar el nexo estructura-superestructura, se separan de la clase a la cual estaban orgánicamente unidos y no permiten ya que ejerza su función hegemónica sobre el conjunto de la sociedad. «La clase dominante ha perdido el consenso, es decir, ya no es “dirigente” sino únicamente “dominante”, detentadora de fuerza coercitiva pura». La crisis de una clase o grupo social sobreviene en la medida en que éste ha desarrollado todas las formas de vida implícitas en sus relaciones pero, gracias a la sociedad política y a su aparato de coerción, la clase dominante mantiene artificialmente su dominación e impide que la reemplace el grupo de tendencia dominante: «la crisis consiste en que lo viejo muere y lo nuevo no puede todavía nacer». Una crisis semejante puede deberse al fracaso de una empresa política de la clase dirigente que llega a imponer por la fuerza el consenso social (Gramsci cita el ejemplo de la guerra), o bien puede estar provocada por las grandes masas de la población que «pasan súbitamente de la inactividad política» a una cierta actividad y plantean reivindicaciones que en su propio complejo inorgánico constituye una revolución. La crisis orgánica que se manifiesta como desaparición del consenso que las clases subalternas acuerdan a la ideología dominante no puede culminar en la aparición de un nuevo bloque histórico, sino en la medida en que la clase dominada fundamentalmente sepa construir, por la mediación orgánica de sus intelectuales, un sistema hegemónico dominante capaz de oponerse al sistema hegemónico anterior y extenderse por todo el ámbito social. Es decir, apoderarse de la sociedad civil como preludio a la conquista de la sociedad política.

Transformismo

El «transformismo» es una simbiosis gracias a la cual la clase dominante –históricamente, la burguesía– se incorpora y asimila a los intelectuales de las clases subalternas, haciendo de ese modo imposible la aparición de un grupo revolucionario suficientemente organizado para convertirse en hegemónico. Gramsci, al estudiar esta práctica en Italia sobre el «Risorgimento», pone de relieve dos etapas sucesivas: 1) Un transformismo simple y primario, o molecular, cuando los intelectuales de los partidos democráticos de oposición «se integran individualmente en la clase política conservadora-moderada (caracterizada por su aversión a toda intrusión de las masas populares en la vida del Estado, y hacia toda reforma orgánica que sustituya el riguroso “dominio” dictatorial por una hegemonía)». 2) Un transformismo compuesto o secundario, cuando se trata de grupos enteros «que se pasan al campo moderado, sea integrándose en los partidos tradicionales, sea constituyendo nuevos partidos políticos». Este tipo de transformismo se asemeja al practicado en España por el Partido Socialista Obrero Español al absorber –integrándolos privilegiadamente entre sus cuadros dirigentes– a numerosos cuadros políticos de los partidos situados a su izquierda. De ese modo, la clase dirigente produce un ensanchamiento constante de la base social, absorbiendo gradualmente a la élite consciente y activa «de los grupos aliados adversos que parecían ser enemigos irreconciliables». Se trata de un ensanchamiento de la base social, pues, como lo hace observar Gramsci, los intelectuales arrastran siempre con ellos un grupo dominante de individuos. El transformismo constituye así la decapitación sistemática de las clases subalternas por la clase dominante. Esta absorción ideológica por la burguesía busca en Italia una finalidad diferente que en Francia, donde buscaba un sostén popular, por tanto el ensanchamiento de su base social, pues quiere perpetuar la exclusión de las clases subalternas de la vida política. Así, por el transformismo, Gramsci estudia la relación entre hegemonía y dictadura enseñando que el predominio de la sociedad civil sobre la sociedad política conducirá a una hegemonía y luego a una dirección política, que concretamente se traducirá en un ensanchamiento de la base social de las clases dominantes, mientras que si hay utilización y predominio de la sociedad política, habrá dictadura y, de modo subsiguiente, despojo y neutralización de las clases subalternas.

Notas

1. Este trabajo fue elaborado originalmente, como ponencia, para un seminario organizado por el Centro de Profesores del Gijón (Nota del autor).
2. Nota de los editores digitales. Presentamos dos textos con el mismo nombre elaborados por José María Laso en 1991 el primero y en 1997 el segundo. No hay muchas diferencias de estilo entre ellos, así, aunque la corrección de algunas palabras indica que se ha revisado el texto completo, en lo esencial permanecen idénticos. En todo se ha mantenido el formato y el texto de 1997 salvo erratas. En cuanto al contenido, el segundo texto incluye los dos epígrafes que hemos encerrado entre corchetes.