14/12/12

Introducción al estudio de la Hegemonía en el Estado

Nicos Poulantzas

Es conocido el éxito actual del concepto de hegemonía: hegemonía del proletariado, poder hegemónico, hegemonía en el Estado, clase hegemónica, etc. En realidad, se usa este concepto en un sentido o demasiado amplio o bien demasiado limitado y en cualquier caso impreciso si no delimitamos su status científico. 

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Ese concepto elaborado por Gramsci, aunque ya había sido expresamente utilizado por Plejanov, puede ser aplicado en dos dominios que, a pesar de sus conexiones, se presentan como diferenciados: en el de la función política objetiva y de la estrategia del proletariado —lo que plantea el problema de sus relaciones con el concepto de «dictadura del proletariado»—, y en el de las estructuras del Estado capitalista y de la constitución política de las clases dominantes en la sociedad moderna. Nos colocaremos en este último terreno a fin de captar la novedad, los presupuestos y las posibilidades operatorias de ese concepto en el análisis marxista del Estado.

El concepto de hegemonía se inserta en toda una problemática particular del materialismo dialéctico concerniente a la vez al problema de las relaciones entre base y superestructura y al de la especificidad del dominio político y estatal en una formación social históricamente determinada. Su aportación no puede limitarse a ningún dominio de la «ideología» en general, como se tiende frecuentemente a hacerlo, en la medida en que indicaría el papel de una clase dirigente que por medio de sus intelectuales, funcionarios de la ideología, llega a hacer aceptar su propia concepción del mundo al conjunto de una sociedad y, de ese modo, dirigir por un consentimiento condicionado más que dominar en el sentido estricto del término. 

No hay necesidad, en efecto, de introducir un concepto nuevo destinado simplemente a valorar la eficacia específica de las ideologías (en el sentido amplio del término) sobre la base, hecho siempre admitido por el análisis marxista. Si el concepto de hegemonía tiene un estatuto científico propio es porque aplicado al Estado capitalista y a las clases a cuyos intereses corresponde nos permite dilucidar sus características históricas particulares en sus relaciones con un modo de producción históricamente determinado. En una palabra, nos permite el examen de la «lógica específica de un objeto específico», de la relación concreta Estado capitalista-clases dominantes, constituyendo así un concepto científico abstracto-determinado.

Para calibrar lo que nos aporta el concepto de hegemonía, se debería considerar lo que para los «autores aceptados», con Vyshinsky a la cabeza, fue durante largo tiempo el modelo de análisis marxista del Estado, modelo que estaba regido por la fórmula-clave de Estado= voluntad de la clase dominante. El Estado es considerado, en primer lugar, como un conjunto cuya especificidad institucional estaría reducida a su aspecto normativo (reglas de conducta, leyes, etc.); este conjunto presupondría un cierto sujeto emisor de esas normas personificado por la voluntad de clase.

Paralelamente, el Estado es considerado como un instrumento de violencia represiva, lo cual presupone algún agente de la manipulación y ejercicio de esta violencia que no puede ser otro que la voluntad de la clase dominante. En realidad, esta concepción básicamente idealista y voluntarista del Estado que lo identifica con una «máquina» o una «herramienta» inventada y creada únicamente para sus fines de dominación por una «voluntad» de clase, es radicalmente opuesta al análisis científico marxista del Estado. Arriba a numerosas consecuencias que se concretan en definitiva en dos corrientes: por una parte, el Estado es considerado genéticamente como el producto de una voluntad, o sea de una «conciencia» de clase, entidad abstracta y sujeto trascendente de la historia, de la que no se puede dilucidar —en la medida en que constituye un concepto ideológico— las relaciones objetivas que mantiene con las estructuras de un modo particular de producción. Por otra parte, los intereses de clase que constituyen el sustrato del Estado en sus relaciones con el dominio específico de la lucha de clases son considerados paralelamente, según un economismo vulgar y de una manera acrítica, como traspuestos en su expresión política institucionalizada «tal cual son», sin otra mediación. Ninguna relación dialéctica puede ser así establecida entre los «intereses económico-sociales» y la «voluntad política de clase» en la medida exacta en que ese concepto de voluntad no puede constituir el lazo genético del Estado y del conjunto de las relaciones objetivas de un modo de producción en el cual están constituidos esos intereses. Esta estructura invariable «voluntarismo-economismo» se encuentra en todas las consecuencias concretas a las que arriba la fórmula Estado=voluntad de la clase dominante, a saber: