11/12/12

Anuncios de una ‘crítica anticipadora’ en el Capítulo VI (inédito) de Karl Marx

Toni Negri
Traducción del italiano por Nemoniente & Iohannes Maurus
  
Cuando se lee el Capítulo VI Inédito habiendo ya estudiado el Libro I de El Capital, es sorprendente la potencia teórica y la claridad de la exposición de algunos conceptos que, casi en el mismo periodo, Marx construía, no de otra manera sino con otra intención, precisamente en el Libro I. No queremos sólo ocuparnos aquí de esta potencia teórica, queremos también mostrar que la importancia del Capítulo VI Inédito consiste en el hecho de que algunos de esos conceptos se convierten en la fuente de importantes desarrollos de la crítica política marxiana y permiten entender, o mejor aún, orientar los dispositivos teóricos para una mejor comprensión del capitalismo contemporáneo. De hecho, Marx aquí supera a menudo su propia capacidad de ilustrar los perversos mecanismos de la explotación capitalista y, mientras ve desarrollarse la tendencia, parece situarse (teóricamente) en el porvenir de la lucha de clases contra el capital.[1]    
Los capítulos en que se construye esta “crítica anticipadora” son esencialmente los referentes a la definición del plusvalor absoluto y relativo (junto con el desarrollo de las tecnologías y del maquinismo) y que en consecuencia elaboran las categorías de “subsunción formal” y “real”; aquellos en los que se construyen los conceptos de “trabajo productivo” y “trabajo improductivo” y se insiste sobre la posición y función de la ciencia dentro del proceso de valorización del capital; y finalmente aquellos que tratan el concepto y la medida de la productividad del capital y quizá se aferran, ahondando en la extensión y en la densidad social de la explotación capitalista, la imagen de un sujeto revolucionario que ilumina el horizonte contemporáneo.
                                        
A continuación no se pretenderá tanto profundizar el análisis de estos pasajes del Capítulo VI Inédito, como subrayar en qué manera ayudan a extender hasta nuestro tiempo, en la época del capitalismo postindustrial, la potencia de la crítica marxiana

I

No nos interesa aquí volver sobre la definición del plusvalor absoluto y el plusvalor relativo. Marx habla de ello persistentemente de la p. 3 a la p. 58 (en la ed. alemana de la p. 454 a p. 473) para después introducir los conceptos de sumisión (o subsunción) formal y real del trabajo en el capital en las pp.. 59-76 (ed. alemana pp.. 473-478). Las definiciones de las diferentes formas del plusvalor corresponden a las expuestas en el Libro I de El Capital. Ni siquiera es importante (para avanzar en nuestra investigación) repetir los criterios que distinguen la subsunción formal de la real. No obstante: “la subsunción real del trabajo en el capital se desarrolla en todas aquellas formas que producen plusvalía relativa, a diferencia de la absoluta” (p.. 72; ed. alemana p.. 478). Esencial será subrayar que para Marx “Con la subsunción real del trabajo en el capital se efectúa una revolución total (que se prosigue y repite continuamente [N.B. el subrayado es nuestro]) en el modo de producción mismo, en la productividad del trabajo y en la relación entre el capitalista y el obrero”. Una temporalidad fuerte rige por tanto el proceso, el tiempo de una revolución continua donde la “composición orgánica” del capital es investida por el movimiento de sus componentes, máquinas y trabajadores, ciencia y valores de uso. A esta intensificación temporal acompaña una extensión global del modo de producción capitalista: “En la subsunción real del trabajo en el capital hacen su aparición en el proceso de trabajo todos los cambios que analizamos anteriormente.. Se desarrollan las fuerzas productivas sociales del trabajo y, merced  al trabajo a gran escala, se llega a la aplicación de la ciencia y la maquinaria a la producción inmediata. Por una parte, el modo capitalista de producción, que ahora se estructura, origina una forma modificada de la producción material. Por otra parte, esta modificación de la forma material constituye la base para el desarrollo de la relación capitalista, cuya forma adecuada corresponde, en consecuencia, a un determinado grado de desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas del trabajo” (p.. 73; ed. alemana p. 478).

En estas condiciones, sujeto a esta dinámica, el capital se despoja de toda “individualidad”, deviniendo capital social. Pero más importante todavía es el hecho de que las “fuerzas productivas” devienen inmediatamente “sociales”. El maquinismo, la tecnología (“determinada”, “situada” que se renueva precisamente en la subsunción real) lejos de ser sólo “neutrales” productos de la “ciencia”, son por el contario “fuerzas productivas” que, invadiendo la realidad, integran en si ya no sólo a los trabajadores sino a la sociedad. El maquinismo amarra  la vida. Veamos qué son las máquinas. Fuera del capitalismo, Hegel nos enseña que el instrumento de trabajo es un medio, un medio para actuar sobre la naturaleza. Entre el hombre y la naturaleza está el instrumento, la máquina. Pero en el capitalismo la relación sufre un cambio: el trabajo del obrero deviene mediación entre la máquina (el instrumento) y la naturaleza. La omnipresencia de la tecnología en el trabajo deviene total. El instrumento ya no es valor de uso para el trabajador sino que el trabajador se convierte en valor de uso para el capital, para “su” (del capital) máquina (capital fijo). “…una vez incluido en el proceso de producción del capital, el instrumento de trabajo recorre, sin embargo, diferentes metamorfosis, la última de las cuales es la máquina o, mejor dicho, un sistema automático de máquinas […], puesto en movimiento por una fuerza motriz autómata, que se mueve a sí misma; este autómata se compone de numerosos órganos mecánicos e intelectuales de forma tal  que los trabajadores mismos son determinados como órganos conscientes del mismo (Grundrisse, ed Grijalbo, vol. I p.. 81; ed. alemana p.. 583). Y de nuevo: “en la máquina, y más aún en la maquinaria como sistema automático, el instrumento de trabajo se transforma, desde el punto de vista de su valor de uso, es decir desde el punto de vista de su existencia material, en una existencia adecuada al capital fijo y al capital en general, y la forma en la cual el instrumento de trabajo es incluido en cuanto instrumento de trabajo inmediato en el proceso de producción del capital, es superada en una forma puesta por el propio capital y a él correspondiente” (ibidem). Pero si es así, cuando este desarrollo se completa, dos totalidades sociales se superponen: el capital (constante) que cubre toda la realidad social y el capital (variable) que es fuente de valorización de esta realidad social. Estas páginas representan entonces una formidable premisa y una descripción “biopolítica” de la subsunción real del trabajo en el capital. Explicitando la premisa: ya no hay valor de uso, ya no hay ni siquiera naturaleza –todas las relaciones sociales (obviamente aquellas de producción pero también las de reproducción y de circulación) se trasponen al terreno de la explotación– en definitiva, la vida se subsume en el capital.

Al desplegar la precedente narración del desarrollo capitalista de la subsunción formal a la real, hemos tenido en cuenta –además de algún pasado trabajo nuestro (por ejemplo los ensayos recogidos en I Libri del rogo, Derive Approdi, Roma, 2006 y Marx oltre Marx, Feltrinelli, Milano, 1979)– el fundamental comentario al Cap. VI Inédito de Claudio Napoleoni (Lezioni sul Cap. VI Inedito di Marx, Boringhieri, Torino, 1972) y lo hemos hecho porque el comentario de Napoleoni a las páginas de Marx nos parece totalmente correcto. De lo hasta aquí expuesto Napoleoni extrae una primera y definitiva consecuencia, y es que en Marx la subsunción del trabajo social en el capital incluye también la maquinaria, el instrumento de trabajo, ya sea como máquina, ya sea como cuerpos de los trabajadores; deduce lógicamente que “una máquina no usada de manera capitalista debería ser distinta de la usada de manera capitalista”, y evidentemente que  también los cuerpos de los trabajadores que se componen en cierto modo en una determinada forma del desarrollo capitalista, deberían componerse de otro modo más allá del capitalismo; y también esta conclusión parece correcta. Resulta sin embargo que esta conclusión es verdadera sólo si asumimos linealmente las deducciones marxianas de la subsunción real. En cambio si las asumimos “dialécticamente” (es decir como sometidas a las determinaciones históricas de la lucha de clases) no será ya posible considerar la “reificación” del valor en el maquinismo o la “alienación” del trabajador como mundos cerrados (en esta inversión consiste la ruptura esencial de la lectura “operaista” de El Capital). El capital es siempre una relación de fuerza y la propia maquinaria (subsumida por el capital social) es ella misma una relación. Esta relación no se puede definir de manera determinista. Es lucha, conflicto, es un conjunto histórico –por tanto abierto– de victorias y derrotas: la política está aquí y las transformaciones, los efectos de la lucha, el ser “dentro y/o más allá” (de los cuerpos de los trabajadores) de las estructuras de la explotación, y las medidas de este “dentro y/o más allá”, son variables, dinámicas, ontológicamente definidas una y otra vez. “Las máquinas acuden donde hay lucha”, reconoce Marx; y también el valor: las máquinas vuelven a ser un “valor de uso” obrero en la lucha –un valor de uso que la subsunción (socialización del trabajo, características científicas de su organización) del trabajo bajo el capital extiende a la lucha social contra el capital. Aquí se define de manera conclusiva la relación antagonista que constituye la realidad del capital –eliminando del proceso capitalista que conduce a la subsunción real, a la “reificación” de las relaciones sociales, todo determinismo junto con todo salto idealista y/o apocalíptico. La subsunción de la sociedad en el capital representa tendencialmente más bien un terrenobiopolítico para las luchas emancipatorias.

NB. Cuando decimos tendencialmente, no asumimos un horizonte determinista sino que nos movemos en el marco conflictivo de las luchas de clase. Sobre este terreno, después de haber registrado la “tendencia” ex post, debemos verificar la apertura de “dispositivos” ex ante. Aquí tejido (y/o potencia) biopolítico y máquina del biopoder significan, en consecuencia, respectivamente, aperturas ontológicas de “dispositivos” deseos, programas, máquinas institucionales, biopolíticos o acumulación ontológica de tendencias y estructuras de poder sobre la vida. Este es el terreno de la lucha de clases en la época actual, en condiciones totales de subsunción real de la sociedad en el capital. Sobre estos términos han trabajado especialmente el último Michel Foucault y Judith Revel.

II

Veamos otro punto esencial del Cap. VI Inédito: trabajo productivo y trabajo improductivo. Marx lo trata de la p. 77 a la p. 89 (en la ed. alemana  de la p. 480 a la p. 490): leeremos estas páginas para avanzar en nuestra comprensión del presente. A la pregunta sobre qué es “trabajo productivo”, Marx responde: es el trabajo que produce plusvalor –es decir, es actividad que valoriza al capital. “Como el fin  inmediato y el producto por excelencia de la producción capitalista es la plusvalía, tenemos que solamente es productivo aquel trabajo –y sólo es un trabajador productivo aquél ejercitador de capacidad de trabajo– que directamente produzca plusvalía; por ende, sólo aquel trabajo que sea consumido directamente en el proceso de producción con vistas a la valorización del capital” (p. 77; ed. alemana p. 480). Este punto de vista es fuertemente y polémicamente confirmado en las mismas páginas: “sólo la estrechez mental burguesa que tiene a la forma capitalista de producción por la forma absoluta, y en consecuencia por la única forma natural de la producción,   puede confundir la cuestión de qué es trabajo productivo y trabajador productivo desde el punto de vista del capital, con la cuestión de qué es trabajo productivo en general, contentándose así con la respuesta tautológica de que es productivo todo trabajo que produce en general, o que redunda en un producto o, en algún valor de uso cualquiera, resumiendo: enun resultado. SSólo es productivo el obrero cuyo proceso de trabajo = al proceso de consumo productivo de la fuerza de trabajo –perteneciente al depositario de este trabajo– por parte del capital o del capitalista” (p.. 78; ed. alemana p. 480).

Estas definiciones parecen contradictorias con nuestra premisa (desarrollada en el punto I.) donde se consideran coextensivos el trabajo productivo y el trabajo social subsumido en el capital: en esto consiste –para nosotros– la dimensión tendencialmente biopolítica de la explotación. “Parecen”: de hecho no creemos contradecir a Marx en este terreno. Es evidente que mantenemos el punto de vista de la crítica del valor: en principio, no consideramos “productivo” todo trabajo que produzca “utilidad” –entendiendo, como Say, Bastiat y otros economistas, la utilidad como un servicio cualquiera– en este caso toda actividad social debería paradójicamente ser considerada como productiva. ¡Pero no es así! Sin embargo, también a este propósito debemos subrayar inmediatamente una excepción en la verificación de la teoría del valor-trabajo. Cuando el capitalista  pretende valor, lo quiere en la forma del plusvalor – al punto que, como veremos más adelante,no hay teoría del valor que no sea (según la definición) del plusvalor (es decir, de la resistencia, mejor dicho, de la lucha obrera contra el plusvalor). Remitimos a Marx, a las Teorías sobrela plusvalía,para aclarar esta temática. Pero, retomando el hilo de nuestra argumentación, ¿cómo reaccionamos al hecho de que con la subsunción real del trabajo y la sociedad bajo el capital, el proceso de trabajo deviene, totalmente, proceso de valorización? Cuando Marx dice que “el capital es productivo” porque ha invadido y sometido a la sociedad a los procesos de producción de plusvalor, ¿qué puede entender por “trabajo productivo” si no que toda la actividad social lo es (contradictoriamente respecto a la precedente lectura del concepto de trabajo productivo)? Hay aquí un problema.

Eliminemos de entrada un equívoco. A lo largo de su obra, Marx se pregunta si son “productivos” algunos trabajos: sacerdotes, funcionarios, militares, magistrados, abogados… y responde que, más que productivos, son “sustancialmente destructivos”. (“Para la gran masa de los llamados trabajadores “superiores” –como funcionarios del Estado, militares, virtuosos, médicos, curas, jueces, abogados etc., - que en parte no sólo no son productivos, sino que son esencialmente destructivos, pero que saben apropiarse una parte muy grande de la riqueza material “material”, en parte mediante la venta de sus mercancías “inmateriales” y en parte mediante la obtención violenta de la misma, no les era en modo alguno agradable el ser relegados, desde un punto de vista económico, a la misma clase juntamente con los bufones y los sirvientes, y el aparecer simplemente como simples consumidores, como parásitos de los productores propiamente dichos (o más bien e los agentes de la producción). Se trataba de una desacralización singular precisamente de aquellas funciones que habían estado rodeadas hasta entonces de una aureola de santidad, que habían disfrutado de una veneración supersticiosa. La economía política en su período clásico, exactamente igual que la burguesía en su período de constitución, se comporta con energía y de manera crítica respecto a la maquinaria de Estado, etc. – y aprende por propia experiencia, que la necesidad de la combinación social heredada de todas estas clases en parte totalmente improductivas surge de su propia organización.”, Marx, Teorías sobre la plusvalía, p. 262). ¡Inútil subrayar la inteligencia histórica de estas anotaciones que, confirmando los criterios de la “larga duración”, ridiculizan las “leyes eternas de la tradición” cacareadas por el Tocqueville “sicofante” del poder burgués! Queda el hecho de que algunas de esas funciones desacreditadas vuelven a ser productivas en la actualidad –en cuanto “inmateriales” y “cognitivas”– no siendo ya canjeadas por renta sino por salario. Nosotros continuamos odiando y considerando “parásitos” estos “aparatos ideológicos del Estado” – pero no es este sin embargo un elemento decisivo –, consistiendo más bien la novedad en el hecho de que la subsunción real ha ido mucho más allá de cuanto el propio Marx había podido imaginar y, por tanto, que debemos también nosotros avanzar en el análisis, manteniendo el desprecio por aquellos burócratas y aquellos servidores de las ideologías y del Estado que, incluso siendo productivos, siguen siendo la escoria de la sociedad.

Enfrentémonos al problema: Marx no nos deja desarmados. De hecho él mismo amplia el concepto de “trabajo productivo” después de tanto haberlo reducido, como hemos visto. “Como, con el desarrollo  de la subsunción real del trabajo en el capital o del modo de producción específicamente capitalista, no es el obrero individual, sino cada vez más una capacidad de trabajo socialmente combinada  lo que se convierte en el agente real del proceso laboral en su conjunto, y como las diversas capacidades de trabajo que cooperan y forman la máquina productiva total  participan de manera muy diferente en el proceso inmediato de la formación de mercancías, o mejor aquí de  productos –éste trabaja más con las manos, aquél más con la cabeza, el uno como director, ingeniero, técnico, etc.., el otro como capataz, el de más allá como obrero manual directo o incluso como simple peón– tenemos que cada vez más funciones de la capacidad de trabajo se incluyen en el concepto inmediato de trabajo productivo, y sus agentes en el concepto de  trabajadores productivos, directamente explotados por el capital y subordinados en general a su proceso de valorización y de producción. Si se considera al trabajador productivo en el que el taller consiste, su actividad combinada se realiza materialmente y de modo directo en un producto total, que al mismo tiempo es una masa total de mercancías –y  aquí es totalmente indiferente que la función de tal o cual trabajador, mero eslabón de este trabajador colectivo, esté más próxima o  más distante del trabajo manual directo. . Pero entonces, la actividad de esta fuerza de trabajo colectiva es su consumo productivo directo por parte del capital, es la autovalorización del capital, la producción inmediata de plusvalor; vale decir el proceso de autovalorización del capital, […] la  transformación directa del mismo en capital” (Capítulo VI Inédito, p. 74; ed. alemana g. 480). Además: “las condiciones objetivas del trabajo con el desarrollo del modo de producción capitalista, revisten una forma modificada debido a las dimensiones en las que, y de la economía en la que se aplican s (prescindiendo por entero de la forma de la maquinaria, etc...). Se vuelven más desarrolladas como medios de producción concentrados, representantes de riqueza social, y, lo que agota realmente el todo, gracias a la amplitud y eficiencia de las condiciones productivas del trabajo combinado socialmente”. (ivi, pag. 88; ed. alemana pag. 489). En definitiva: “la ciencia como producto intelectual general del desarrollo social se presenta aquí asimismo como directamente incorporada al capital (la aplicación de la misma como ciencia, separada del saber y de la destreza de los obreros considerados individualmente), y el desarrollo general de la sociedad siendo por cuanto lo usufructúa el capital enfrentándose al trabajo y opera como fuerza productiva del capital contraponiéndose al trabajo, se presenta como desarrollo del capital y esto tanto más por cuanto, para la gran mayoría, ese desarrollo corre a la par con el desgaste de la capacidad de trabajo”. (Ibid, p. 94; ed. alemana p. 489). Y podríamos continuar inundando nuestro texto de referencias marxianas.

Pero nos interesa examinar qué significa que el proceso de trabajo social se transforme, en la subsunción real, en proceso social de valorización, y viceversa. ¿Qué significa que las fuerzas productivas sociales son absorbidas por el capital y se convierten en fuerza productiva del capital? Significa dos cosas. La primera es que nos movemos cada vez más, cuando consideramos el carácter productivo del trabajo, en la propia dimensión biopolítica a la que nos había llevado el análisis del proceso de subsunción real. No son fuerzas “individuales” sino “sociales” las que operan productivamente dentro del proceso de trabajo, en el interior “socialmente combinado” de la máquina productiva, mejor dicho, “de la fábrica colectiva”.

Pero más que esto (que ya habíamos empezado a comprender en el punto I.), esta fábrica colectiva, presupuesto y resultado de la productividad de trabajadores agrupados, está –en segundo lugar– atravesada y reorganizada por la ciencia, que también está incorporada al capital pero que indica sin embargo un desarrollo cada vez más “abstracto” de las potencias del trabajo. Unos diez años antes, en los Grundrisse entre 1857 y 1858, Marx había interpretado de manera todavía más eficaz (y con formas casi idealistas) este pasaje científico en el desarrollo del capital, poniendo alGeneral Intellect como indicio final del proceso de subsunción real de la sociedad en el capital y haciendo entrever su potencia como heredero revolucionario del proletariado. (Se trataba por lo tanto de una Aufhebung basada en la afirmación de la absorción de la vida en el capital y por tanto en su negación/inversión de aquella subordinación –Aufhebung como solución de la crisis del proceso de socialización maquínica y su transformación en hegemonía del capital cognitivo –conjugándose así, de manera innovadora, proceso de trabajo y proceso de valorización). Para concluir: la segunda consideración que puede ayudarnos a avanzar en el formidable “análisis anticipativo” marxiano del presente, trabajando sobre el Capítulo VI Inédito, es esta implantación de la ciencia y del trabajo cognitivo sobre el tejado del edificio capitalista construido por la subsunción real de la sociedad. Hoy diríamos que se trata de un tránsito desde la de “movilización laboral” de toda la sociedad en la explotación de la cooperación del trabajo y de la valorización cognitiva a la determinación de un nuevo sujeto revolucionario.
NB. Cuando hablamos de “trabajo productivo” en la subsunción real, hablamos, en consonancia con el desarrollo imaginado por Marx, de un trabajo llevado a cabo por cuerpos obreros/trabajadores/manuales e intelectuales/ que cooperan socialmente y debemos insistir en la transformación (“monstruosa” y feliz) que estos cuerpos llevan al nuevo terreno bipolítico de la lucha de clases. Naturalmente aquí rige sobre todo el antagonismo “biopoder-biopolítica”; por los cual ¡queda prohibida toda ilusión continuista, determinista, eudemónica! Estos cuerpos son “monstruosos” –efectivamente es “monstruoso” el deseo del común en la libertad y en la igualdad. (Sobre esta temática de los cuerpos “monstruosos” han trabajado Félix Guattari, Christian Marazzi, Matteo Pasquinelli).

III

Si las cosas son así, si el tejido capitalista –tendencialmente biopolítico y cognitivo tal como lo consideraba Marx, y de efectivamente biopolítico y cognitivo en la actualidad– si por tanto el proceso de trabajo dentro de la valorización está completamente identificado y socialmente resaltado en el tejido capitalista , ¿dónde se da la explotación? Mejor dicho, ¿dónde  están los que explotan, y los que son explotados?
No cabe duda que en el Capítulo VI Inédito, Marx, de alguna manera, deja esta cuestión sin respuesta. El trabajo objetivado, a través del proceso histórico de la subsunción real, se extiende tan ampliamente y asume una autonomía tan fuerte que la insurgencia de la subjetividad, del trabajo vivo, resulta siempre más difícilmente reconocible. El trabajo muerto deviene cuerpo social, continente y contenedor orgánico cada vez  más enorme del trabajo vivo. Parece casi –al leer algunas páginas del CapítuloVI Inédito – que el mundo capitalista, una vez conquistada la “combinación social” de las fuerzas productivas, fuera capaz de bloquear el desarrollo histórico de la lucha de clases. Pero esta situación es sólo “aparente”. (Es necesario naturalmente prestar atención al específico valor “dialéctico” de las palabras en Marx. “Aparente” no significa tenue, superficial o inconsistente; significa la concreción material, ontológica si bien mistificada, del poder capitalista global sobre la explotación de la fuerza de trabajo y el conjunto de su capacidad de ocultar la potencia de esta y sus efectos). Esta condición es por tanto aparente. ¿Por qué? A Marx, probablemente, ni se le pasaría por la cabeza la cuestión –todo el presupuesto dialéctico de su método reduce tal cuestión a una banalidad. No para nosotros. Por tanto, ¿por qué? Porque la relación de explotación es intrínseca, intransitiva, y no exterior, no transitiva, a la relación de trabajo y a la productividad del capital. Mejor dicho: la alienación de las condiciones de trabajo, en la subsunción real de la sociedad del capital, permanece y aumenta cuanto más avanza el desarrollo capitalista. En los Grundrisse (vol. I pag. 228) Marx anota: “el hecho de que con el desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo tiene que aumentar las condiciones objetivas del trabajo en relación con el trabajo vivo[…. ] se presenta desde el punto de vista del capital de forma tal que no es el momento de la actividad social –el trabajo objetivado- el que se convierte en cuerpo siempre más poderoso del otro momento, del subjetivo, del trabajo vivo, sino que […] las condiciones objetivas del trabajo asumen una autonomía cada vez más colosal  frente al trabajo vivo que se manifiesta a través de su propia extensión”. Bien, esta impresionante alienación produce un proceso histórico a través del cual el trabajo (alienado, objetivado) cada vez más “socializado” encuentra su autonomía (ahora socializada precisamente respecto a su primitiva individualización) frente al capital. Estamos ante una “inversión” del concepto de “fuerza productiva social” del capital que se manifiesta históricamente en la socialización del trabajo vivo: una “inversión” subjetiva que suprime la alienación, la reificación del trabajo vivo (no es aquí el lugar para distinguir estos conceptos sino de asumirlos unidos en su capacidad descriptiva y evocativa) en el trabajo muerto. Y asigna al trabajo vivo una potencia de socialización,  ya arrancada al trabajo muerto. A través de esta inversión se asigna un carácter inmediatamente social y productivo a la actividad de los individuos.

¿Es convincente esta inversión marxiana de los efectos de la subsunción social, que llega a determinar la recuperación de la autonomía del trabajo vivo en cuanto trabajo socializado, en cuanto figura de una potencia común de un trabajo hasta aquí explotado y oprimido? No nos lo parece; más bien nos parece que el hecho de no considerar a Hegel un “perro muerto” gaste a Marx una broma de mal gusto: la de superponer una intuición a un razonamiento, o mejor dicho, un mal razonamiento fundado sobre la reivindicación (indignada) de la dignidad del trabajo a un buen razonamiento, que otra veces hiciera (¡y con qué fuerza!) –el reconocimiento fundacional de la potencia antagonista que se alza (inmediatamente) desde la experiencia de la explotación social del trabajo contra la abstracción cruel y bastarda del plusvalor.  Más aún: aquí parece (teniendo en cuenta la inversión de la relación “alienación/socialización”) que se trate del paso de un adentro (la subsunción real, la alienación productiva) a un afuera (una íntegra socialización del trabajo vivo y la plenitud de su autonomía). Pero no es así: el capitalismo se combate dentro y contra, no permite “afueras”, porque el adversario del trabajo vivo no es simplemente la figura abstracta de la explotación perfilada dentro de la continuidad de los circuitos del proceso de trabajo sino la figura concreta del capitalista que extrae plusvalor. “el crecimiento del capital y el crecimiento del proletariado se presentan como productos concomitantes, aunque polarmente opuestos, del mismo proceso”. (Capítulo VI Inédito, p. 103; ed. alemana p. 493). Al punto en que ha llegado la crítica marxiana, no es el proceso de trabajo el que incluye el proceso de valorización sino más bien es el de valorización el que configura y disciplina el de trabajo; y el valor-trabajo mismo se percibe antes que nada a través de  la experiencia de la explotación, en la figura del plusvalor. Marx subraya la fundamental importancia del plusvalor en su obra: “lo mejor de mi libro –escribe después de la publicación del Libro I del Capital– es 1) (sobre esto se basa toda la comprensión de los hechos) el doble carácterdel trabajo inmediatamente puesto de relieve en el primer capítulo, según este se exprese en el valor de uso o en el valor de cambio; 2) el tratamiento del plusvalor independientemente de sus formas particulares, tales como el beneficio, el interés, la renta, etc...”. (Marx, carta a Engels fechada de 24 de agosto de 1867). Solo ahora se podrá concluir: “desaparece hasta la apariencia que la relación presentaba  en la superficie, según la cual posesores de mercancías dotados de prerrogativas iguales, se enfrentan en la circulación, en el mercado, los cuales, como todos los demás posesores de mercancías sólo se diferencian entre sí por el contenido material de sus mercancías, el valor de uso particular de las mercancías que tienen para venderse entre sí. O bien, esta formaoriginaria de la relación subsiste sólo como apariencia de la relación que está en su base, de la relación capitalista”. (Capítulo VI Inédito, p. 104; ed. alemana p. 493). Comenta Isaak Rubin (Saggi sulla teoria del valore di Marx, Feltrinelli, 1976, pag. 52): “la formulación estándar de esta teoría es que el valor de las mercancías depende de la cantidad de trabajo social necesario para su producción. Es decir, de forma más general, el trabajo se oculta o está contenido en el valor, el valor es igual a trabajo “materializado”. Pero es más apropiado formular inversamente el problema: …la teoría del valor-trabajo no se basa en el análisis del cambio en su forma material, sino en las relaciones sociales de producción expresadas en él.” Por tanto, sólo el contra explica el dentro. La existencia antitética de las condiciones capitalistas de la explotación respecto al trabajo vivo es la que nos permite identificar quién explota y quién es explotado.

Añádase una última consideración. En el punto I hemos visto, a propósito de la concepción del “maquinismo” desarrollada en el Capítulo VI Inédito, cómo la dialéctica hegeliana del la explotación ha sido aquí modificada: el instrumento ya no es mediación entre el trabajador y la naturaleza, sino que es el trabajador el instrumento entre el capitalista y la riqueza (abundancia de mercancías y beneficio). En segundo lugar, advertíamos que el instrumento, socializándose, se ha transformado profundamente, mejor dicho, ha asumido de nuevo su autonomía, ha reaparecido en primer plano. “Se ve aquí cómo, incluso categorías económicas correspondientes a épocas anteriores de la producción adoptan,  sobre la base del modo capitalista de producción, un carácter histórico específicamente diferente”. (ibid, p. 110; ed. alemana p. 442). Estas anotaciones marxianas nos son útiles para concluir este breve excursus sobre las características “anticipadoras” de la crítica marxiana de las categorías económicas del capitalismo, tal como se ha llevado a cabo en el Capítulo VI Inédito. Esta anticipación no está basada en ilusiones deterministas sino abiertas como dispositivo a las fuerzas antagonistas que en la lucha de clases construyen históricamente el proceso de emancipación. Por lo tanto, si en la subsunción real el trabajo productivo deviene fuerza productiva del capital, y si, cumpliéndose el proceso y determinándose su inversión, el trabajador colectivo, formado por la combinación social de los factores productivos, reconoce su misma naturaleza transformada en actor “común” de la producción, –si pues todo esto sucede, podemos concluir que en la figura “biopolítica” de la subsunción y en la determinación “cognitiva” de la producción se reconoce al proletariado (instrumento colectivo de la producción) un nuevo protagonismo, es decir, la conciencia de una “potencia común”, y se identifica por tanto un dispositivo “común” radicalmente orientado a una hegemónica reclamación de liberación del dominio del capital. Es el instrumento mismo de la producción el que deviene potencialmente capaz de liberarse de la explotación y del mando y de reconocerse hegemónico en la producción de la riqueza del común.

NB. La lucha de clases, llevada a cabo en la subsunción real de la sociedad en el biopoder, parece asumir un carácter particular. En efecto, es la “existencia antitética” del cuerpo endeudado, mediatizado, securizado, representado la que se indigna, se rebela, se organiza, lucha. Debe hacerlo dentro de este mundo reificado del biopoder, del “pensamiento único”, siempre dentro de nuevas configuraciones de la alienación (de aquí la urgencia inexorable de la “investigación” cognitiva y subversiva para iniciar cualquier proyecto de emancipación) …y contra. Mientras el “dentro” lo hemos identificado bien, el “contra” es el terreno de la praxis, confiado hoy a la imaginación constituyente y a las prácticas militantes. Se puede aprender muchísimo, en este sentido, de Franz Fanon y en general de las primeras generaciones de militantes y estudiosos del “post-colonialismo”. Sin embargo, el problema actual es la organización de la multitud –es decir, comprometer en la institución de una “política del común” a las redes biopolíticas (esto es informáticas e inteligentes, cooperantes y productivas, críticas de la economía política y comuneras, participantes y democráticamente expertas, etc…) de las singularidades.

IV

Estas últimas consideraciones nos permiten retomar, sin el peligro de caer en interpretaciones de tipo idealista, el fragmento sobre el General Intellect de los Grundrisse al que nos hemos referido y releer su posición y desarrollo en el pensamiento marxiano. Hemos dicho que en los Grundrisse siete y ocho años antes de redactar el Capítulo VI Inédito, Marx había avanzado tesis que sólo en la obra posterior, en la redacción del Libro I de El Capital, se muestran en su plena y material consistencia. Ya en los Grundrisse, para Marx el problema era el de encontrar el punto de apoyo para transformar los efectos de “alienación” y “reificación” (no para abandonarlos –como por ejemplo pretendía Althusser– que los define como productos de una humanística adolescencia marxiana –sino para darles justificación crítica y materialista). Son conceptos que ya antes del 58, en los escritos juveniles, representaban –de manera idealista– una realidad perversa, efecto de la explotación capitalista, de la cual se denunciaba el poder represivo y en la que se presentaba, por otra parte, la ocasión del tránsito dialectico, de la negación, hacia una superación ideal. Ahora, la renovada crítica de la economía política permite materializar este tránsito: tránsito histórico, no dialéctico; no necesario sino factualmente dado: un tránsito a través del infierno de la acumulación primitiva, de la subsunción formal y real. “En la medida en que se desarrolla la gran industria, la creación de la riqueza real viene a depender menos del tiempo de trabajo y de la cantidad del mismo empleada que de la potencia de los agentes involucrados en el tiempo de trabajo, y que a su vez –esta su powerfull effectiveness– la cual no está en lo más mínimo relacionada con el tiempo de trabajo  inmediato que cuesta su producción sino que depende en cambio del estado general de la ciencia y del progreso de la tecnología, o de la aplicación de esta ciencia a la producción… en esta transformación no es ni el trabajo inmediato, realizado por el propio hombre, ni el tiempo que trabaja sino la apropiación de su actividad general, su comprensión de la naturaleza y el dominio sobre ella a través de su existencia como cuerpo social –en una palabra es el desarrollo del individuo social lo que se presenta como gran filón que sustenta la producción y la riqueza” (K. Marx,Grundrisse, vol. II, pp. 400 – 401, ed. alemana pagg. 592 – 593). ¿Utopía? ¿Ilusión? Quizás. No obstante, un paso hacia adelante de toda la “critica anticipativa”. ¿Saldremos transformados? ¿Saldremos revolucionados? En el 58 el General Intellect es un concepto-fuerza que permite comprender, dentro de la intuición de la subsunción real y de la agregación/combinación social de las fuerzas productivas, las principales determinaciones de las transformaciones objetivas impuestas por la revolución capitalista: carácter intelectual del trabajo en la condición subsumida de la sociedad en el capital. Pero todavía no aparece aquí la subjetividad revolucionaria comunista. Para que surja necesitamos resistencia, recomposición social, deseo, luchas, dispositivos prácticos anticapitalistas. Se trata en todo caso de establecer una relación entre “composición técnica” y “composición política” del proletariado. Dicho esto, es sólo el primer paso teórico maduro en el materialismo (acaecido precisamente en el decenio 1858-1867) para producir virtualmente una subjetividad revolucionaria y comunista. Hasta que esto se da, el análisis sigue siendo hipotético, encerrado en la fragilidad de la tarea, en la retórica de la declaración y en la impotencia de la acción. Precisamente es en el Capítulo VI Inédito donde no sólo la transformación teórica sino la revolucionaria comienzan a emerger. No estamos ya sólo dentro de la subsunción productiva de la sociedad en el capital sino que empezamos a ir más allá. La trasformación puede ser –esvirtualmente – revolucionaria. Después de haber sido construido “dentro”, el instrumento, el sujeto, la ontología común de la producción (una nueva realidad del “trabajo productivo”) emerge “contra” el mando capitalista. El plusvalor no es ya sólo una máquina que produce la acumulación del poder capitalista de explotación de la sociedad sino que es también la ocasión a través de la cual el proletariado eleva su revuelta. Pronto la Comuna de París mostraría a Marx una primera determinación histórica de este devenir –pero sobre todo la primera subjetivación.

Hoy, tras haber sufrido una explotación secular horrible (hecha de miserias y de fatigas, y, también, como si esto no bastase, de mistificaciones ideológicas y de barbarie religiosa) sabemos finalmente dar nombre tanto al plusvalor social (= capital financiero) como al General Intellect (= proletariado cognitivo). Este último –en la anticipadora  imaginación marxiana– es una potencia que, destruyendo la alienación y la reificación en nombre del “común”, propone un nuevo protagonismo revolucionario.
Venecia, 27 agosto 2012

Nota

[1] A continuación citamos las obras de K. Marx mencionadas por T. Negri en las siguientes versiones castellanas: K. Marx El Capital: Libro I, capítulo VI inédito. Resultados del proceso inmediato de producción, Siglo XXI, Editores, México-Madrid, 1997, traducción de Pedro Scaron,; primera ed. alemana Arkhiv Marska i Engel’sa, tomo II (VII), 1933, pp. 4 – 229. Véase también K. Marx, Líneas fundamentales de la crítica de la economía política, 2 vol., trad. Javier Pérez Royo, Grijalbo, Barcelona, Buenos Aires, México, 1978; K. Marx, Teorías sobre la plusvalía, trad. trad. Javier Pérez Royo, Grijalbo, Barcelona, Buenos Aires, México, 1977.