6/11/12

Los estudios gramscianos hoy / ¿Gramsci lingüista?

Antonio Gramsci  Pasquale Misuraca
Manuel Almeida Rodríguez

Introducción

Manuel Almeida Rodríguez
El presente artículo pretende aprovechar la coyuntura por la conmemoración del setenta aniversario de la muerte del político y marxista italiano Antonio Gramsci (1891-1937) para hacer un balance general y tentativo de su obra. Queremos, además, ver el estado actual de los estudios gramscianos, echando un vistazo a una tendencia reciente que se enfoca en la preocupación gramsciana por el lenguaje y la política, y que nosotros aprovechamos para tratar el trabajo de Gramsci sobre cuestiones lingüísticas.
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Encarcelado a finales de 1926, como expresión individual de lo que fue la eliminación general por parte del régimen de Mussolini de las libertades políticas en Italia, Gramsci fue inicialmente sentenciado a una condena de veinte años en prisión. Nunca recuperó su libertad, pues murió el veintisiete de abril de 1937 en la clínica Quisisana en Roma; oficialmente dejado en libertad seis días antes. Su muerte se debió al empeoramiento en las duras condiciones carcelarias que repercutieron en su débil y enfermiza condición física.

El legado de Antonio Gramsci se recoge en los numerosísimos artículos y escritos pre-carcelarios, pero más importante aún en su trágica, incompleta, y fragmentaria obra maestra que hoy conocemos como los Cuadernos de la cárcel. Esta obra se basa en las treinta y tres libretas o cuadernos en los cuales Gramsci trabajó a partir del momento en que, finalmente, le dieron permiso para escribir en cárcel. Le otorgaron el permiso para trabajar en su celda a principios de 1929 y lo aprovechó al máximo hasta mediados de 1935, cuando el empeoramiento de su salud física le imposibilita continuar. Fue su cuñada Tatiana quien primeramente pudo sacar a escondidas y luego proteger el legado teórico de Gramsci. Legado que luego fue celosísimamente supervisado y controlado por el dirigente principal del Partido Comunista de Italia, Palmiro Togliatti.3

Desde la publicación en su formato temático original a partir del 1948, los Cuadernos de la cárcel han sido objeto reiterado de intensos debates políticos, interpretativos, así como de influencia variada no sólo en Italia. Por no hablar de la increíble influencia en las instituciones e instancias intelectuales y académicas; la influencia gramsciana en el ámbito de la política, lo ideológico y lo cultural, con sus aciertos y desaciertos, se refleja en el rol importante y determinante de su obra en numerosos proyectos políticos y culturales a través del mundo.

Parte de la riqueza de la obra de Gramsci se debe a que ya desde muy temprano se presenta como un trabajo muy heterodoxo y crítico, aún con los suyos mismos. Baste recordar la famosa carta que envió al comité central del Partido Comunista Soviético a mediados del 1926, en la que critica los rasgos excesivos y políticamente inadecuados de la mayoría centrada alrededor de Stalin y Bujarin, en contra de la minoría dirigida por Trotski y Zinoviev. Posición política heterodoxa que luego le costó un aislamiento añadido ya en la cárcel cuando, a finales de la década del 1920, a partir del sexto congreso de la Internacional Comunista, el comunismo adopta la línea del social fascismo que rechazaba como cuestión de principio la búsqueda de alianzas estratégicas con la social democracia u otros grupos que pudieran, potencialmente, ayudar contra la avanzada de movimientos ultra-reaccionarios en Europa. Gramsci, aún en cárcel, dejó su parecer al respecto, criticando esta nueva política como una inepta y suicida. Al contrario, en el contexto específico de la Italia fascista, Gramsci pensaba que un primer paso político debía ser la construcción de un frente anti-fascista amplio que culminara con una asamblea constituyente. Él veía esto, según el testimonio de su cuñada y otros camaradas encarcelados que llegaron a compartir con él, como la traducción nacional de la estrategia leninista del frente único.

La heterodoxia en Gramsci no se limitó a sus posturas políticas en un sentido restringido, sino que estaba acompañada por todo un cuerpo teórico que cuestionaba los dogmas comunistas dominantes de la época. De esta forma, en los Cuadernos de la cárcel muchas de sus reflexiones filosóficas y teórico-políticas están en interlocución explícita con el materialismo vulgar y el economicismo craso, contenido en el ensayo supuestamente popular de Bujarin sobre el materialismo histórico.4 De igual forma, y también contra los diferentes economicismos que pasaban por materialismo histórico para muchos en la época, Gramsci comenzó a trazar los contornos generales para una teoría política compleja del poder para el marxismo. En gran medida, es Gramsci quien primero y más se acerca a darle al marxismo una teoría propiamente política en sentido más general. Con Gramsci, principalmente en los Cuadernos, la política deja atrás su carácter de cuasi epifenómeno que asumía en muchas versiones del marxismo dominante en su época, para asumir una posición de contundencia.

También debemos añadir que Gramsci ha representado un clásico del pensamiento político que ha trascendido por mucho los límites del marco teórico-político en el cual se situaba. Esto es así por la riqueza de su trabajo al respecto de la complejidad del poder en las sociedades modernas, sobre la cultura y lo ideológico como campos de batalla y lucha política, etc. Además, su obra principal, los Cuadernos de la cárcel se presta ya en su misma materialidad para seguir teniendo vigencia pues, como comentara hace unos años Giorgio Baratta (2000), es una obra tremendamente dialógica y abierta, que requiere en cierto sentido ser asumida y «completada» a través de la actividad intensa de los lectores. Se presta para que sea una obra con descomunal capacidad para renovarse cada vez. Podríamos tal vez aplicar las palabras de Bertolt Brecht en su poema Sobre la manera de construir obras duraderas: «¿Cuánto tiempo/ sobreviven las obras? Mientras/ no sean culminadas./ Ya que mientras requieran esfuerzo/ no decaen» 5 (Brecht, 1976:193).

Últimos desarrollos en los estudios gramscianos / ¿Gramsci lingüista?

Echémosle una mirada al campo específico de los estudios gramscianos. Las contribuciones, textos, libros, ensayos, reseñas, y otros, sobre la obra de Gramsci son muchísimas. Ahora, como en todo gran pensador, unos temas son más trabajados que otros. En este sentido, y con completa justicia, el énfasis primario en los estudios gramsciano se ha puesto en la contribución de Gramsci al entendimiento del ejercicio del poder por parte de las clases dominantes en las sociedades modernas.

Dicha contribución se desarrolla alrededor del concepto gramsciano de hegemonía, que aunque era un concepto ya en circulación desde los debates políticos en la Segunda Internacional, Gramsci lo hace suyo y lo transforma cualitativamente. En Gramsci, el concepto de hegemonía apunta hacia el ejercicio del poder en nuestras sociedades modernas que no descansa inmediatamente en su capacidad de ejercer legítimamente el monopolio de la violencia, ni en una noción de consenso tácito o presupuesto al orden político-jurídico, sino en la capacidad de gestionar, conseguir, obtener activa y continuamente el consentimiento de los gobernados. Este despliegue de poder se da a través de todo el entramado social y no sólo en el ámbito del gobierno o la «sociedad política». Es decir, opera inclusive a través de los diversos «aparatos de hegemonía» situados en la llamada sociedad civil. Por eso, en una de las conceptualizaciones más provocadoras, Gramsci plantea que el Estado es la suma de la «sociedad política más sociedad civil». El componente ideológico de la práctica de la hegemonía es particularmente fuerte pues lo que se quiere por parte de la clase dominante es, más allá de ejercer dominación, convertirse en una clase dirigente, es decir, busca hacerse moral e intelectualmente dirigente, quiere hacer creer a los subalternos en su proyecto.

Tengamos cuidado, sin embargo, en no caer en la tentación de leer en la hegemonía una simplona manipulación ideológica, pues la práctica de la hegemonía implica hacer concesiones reales con los subalternos; es un poder en donde los dirigidos o gobernados participan aunque desde una posición de subordinación; dichas concesiones que se hacen, claro está, siempre y cuando no pongan en entredicho las relaciones de producción de fundamentales. Y además, la hegemonía no presupone —en contraposición a la noción de ideología como falsa conciencia (lo que Gramsci denomina en los Cuadernos ideología en el sentido peyorativo) — una noción de verdad no-ideológica sino que una hegemonía efectiva construye la misma objetividad, una objetividad socio-histórica y contingente, es decir, se hace el sentido común a-crítico de la gente. Para decirlo de otra forma, la hegemonía también supone que los frutos de una articulación socio-política histórica contingente se ponen retroactivamente como supuestos históricamente necesarios y objetivos. En ese sentido, Gramsci plantea varias veces en sus Cuadernos que el concepto de la hegemonía tiene también implicaciones gnoseológicas.

Dicho esto, en la última oleada de estudios gramscianos, las contribuciones más originales —aunque unas mejores que otras — se han hecho alrededor de unos de los temas menos trabajados de la obra de Gramsci: los escritos sobre lingüística, lenguas, lenguajes y traducibilidad en los Cuadernos de la cárcel. Aunque el texto pionero y aún definitivo sobre este aspecto sigue siendo el de Franco Lo Piparo (1979) publicado hace ya veintiocho años, es sólo recientemente que ha cobrado fuerza como tema de investigación. Mencionamos particularmente las contribuciones recientes de Peter Ives (2004a, 2004b) y de Derek Boothman (2004).

El énfasis en los temas lingüísticos en la obra gramsciana parte inicialmente del dato biográfico de que durante su asistencia a la Universidad de Turín, Gramsci fue estudiante de filología y lingüística. Además, desarrolló una relación estrecha con el profesor y reconocido lingüista italiano Matteo Bartoli, fundador de la escuela de neolingüística, luego llamada lingüística espacial.

En aquel momento el campo de la lingüística en Italia estaba divido mayormente entre dos escuelas de pensamientos, los neogramáticos y los neolingüistas. Los primeros planteaban que los cambios sucedidos en el desarrollo de los lenguajes no debían ser buscados en los complejos sucesos históricos en los que se encontraba la gente, sino en el mecanismo fisiológico del «glotis» humano (Lo Piparo, 1979:74). En esta concepción fisiológica y naturalista, el surgimiento de nuevas palabras e idiomas se debía a una evolución interna y espontánea, debido a un proceso de «partenogénesis» —palabras naciendo de palabras— en la expresión de Bartoli (Bartoli y Bertoni, 1928:120; Lo Piparo, 1979:67) y luego de Gramsci. De forma contraria, para Bartoli y los neolingüistas, el lenguaje era una cosa primariamente histórica, e intentaban hacer una cronología de los lenguajes según el contacto entre diferentes culturas y comunidades de habla. La geografía jugaba también un rol importante para determinar la cronología y los contactos. Para ellos, el lenguaje cambiaba a través de un proceso basado en confrontaciones. Como producto de una confrontación, una comunidad de habla terminaba ejerciendo prestigio sobre la otra, haciéndose dominante y la otra subordinada. Este prestigio, sin embargo, no radicaba sólo en cualidades puramente culturales o morales, sino que respondían también a una dominación política y social de parte de una comunidad sobre otra. Por ejemplo, siguiendo esta concepción los lenguajes más conservadores «son esos que han sufrido menos la influencia de lenguajes extranjeros» (Bartoli y Bertoni, 1928:94).

Gramsci simpatizó completamente con su profesor y neolingüista, Matteo Bartoli. Para Gramsci, la escuela de la neolingüística representaba en el campo de la lingüística una posición historicista frente a la concepción naturalista de los neogramáticos análoga a la posición del materialismo histórico en el ámbito de la política y la filosofía, principalmente frente a aquellas interpretaciones dominantes del marxismo durante su tiempo que tendían a cierto naturalismo o materialismo a-histórico. En el cuaderno tres, Gramsci expresa lo que encuentra de particular importancia en la concepción de Bartoli:
La innovación de Bartoli es precisamente esta: que de la lingüística concebida estrechamente como una ciencia natural, ha hecho una ciencia histórica, cuyas raíces hay que verse «en el tiempo y espacio» y no en el aparato vocal fisiológicamente entendido (1975:352).6
 Para Gramsci, igual que para Bartoli, más allá del componente fisiológico que hace posible el habla, el desarrollo del lenguaje es histórico y cultural, es decir, el lenguaje no puede aislarse de los otros aspectos de la vida social (Ives, 2004a:33). Esta historicidad del lenguaje lo hace imposible de concebir como algo autónomo o puramente natural:
Parece que pueda decirse que «lenguaje» es esencialmente un nombre colectivo que no presupone una cosa «única» ni en el tiempo ni en el espacio. Lenguaje también significa cultura y filosofía (aunque sea del tipo del sentido común) y por lo tanto el hecho «lingüístico» es en realidad una multiplicidad de hechos más o menos orgánicamente coherentes y coordenados (Gramsci, 1975:1330). 
Esta historicidad del lenguaje es la razón por lo cual Gramsci pone en el centro de su concepción del lenguaje el elemento de la metáfora. Gramsci propone que el lenguaje:
Es siempre metafórico. Si tal vez no se pueda exactamente decir que todo discurso sea metafórico por respeto a la cosa u objeto material y sensible indicado (o el concepto abstracto) para no ampliar demasiado el concepto de metáfora, se puede decir que el lenguaje presente es metafórico en relación a los significados y el contenido ideológico que las palabras han tenido en periodos previos de la civilización (1975:1427).
Y en sintonía con esta concepción social e histórica del lenguaje, comenta:
El lenguaje es transformado con la transformación de toda la civilización, debido al surgimiento de nuevas clases a la cultura, debido a la hegemonía ejercida por un lenguaje nacional sobre otros, etc., y precisamente asume metafóricamente las palabras de civilizaciones y culturas previas (1975:1428).
La influencia de Bartoli en este pasaje es notable, excepto que en vez de la palabra «prestigio» de Bartoli, Gramsci usa «hegemonía». De hecho, Lo Piparo (1979:104-105) y Peter Ives (2004a:27-28) han planteado convincentemente la influencia de la noción de prestigio en Bartoli sobre la noción de hegemonía en Gramsci, provocando que en los Cuadernos se usen a veces ambas palabras de forma intercambiable.

Además de ser social e históricamente determinado, el lenguaje para Gramsci (1975:1374) contiene rastros de la «filosofía espontánea» de la persona común. Para él, el lenguaje que usa una persona, su complejidad, podría revelar la mayor o menor complejidad de su concepción de mundo (Gramsci, 1975:1377). Es, en parte, debido a esa concepción de mundo –caótica, desorganizada, ineducada, mecánica- implícita en el uso del lenguaje que hace que Gramsci (1975:1375) pueda plantear que todos los hombres son filósofos.

La preocupación renovada por las cuestiones lingüísticas durante su presidio ya Gramsci las mostraba muy temprano en una carta del diez y nueve de marzo de 1927 a su cuñada Tatiana en la que propone un plan de trabajo en el que incluye un estudio de lingüística comparada «desde el nuevo punto de vista de los neolinguistas contra los neogramáticos» (1996:55-56). Para redondear su trabajo en cárcel, el último cuaderno en el cual trabaja Gramsci, el cuaderno veintinueve, antes de parar por problemas de salud, es dedicado al «estudio de la gramática». Aunque escribe muy poco en este cuaderno, contiene material importante en relación a la concepción del lenguaje y su relación con la política.

Como con el lenguaje en general, Gramsci (1975:2341) piensa que la gramática es una cuestión primariamente histórica. La gramática es para él, «una “fotografía” de una determinada etapa de un lenguaje nacional (colectivo)». Para Gramsci las gramáticas sirven principalmente a dos propósitos: 1) trazar parte de la historia de una civilización, o 2) sirven fines políticos y son actos de modificar la realidad social. En la concepción gramsciana hay dos tipos de gramáticas, una gramática inmanente y una gramática normativa (Gramsci, 1975:2342).

Por un lado, la gramática inmanente está contenida en el uso «espontáneo» del lenguaje y expresa una serie de reglas y convenciones que son heredadas e internalizadas a través de la interacción social con la gente. Por otro lado, la gramática normativa es la que se trata de imponer conscientemente en el uso del lenguaje. A su vez, Gramsci identifica dos tipos de gramáticas normativas, las escritas y las no-escritas. Las no-escritas operan por ejemplo cuando una persona modifica su habla debido a una necesidad dada por una situación particular dentro de una interacción oral, social, concreta. Las gramáticas normativas escritas son para Gramsci particularmente políticas en tanto «tienden a cubrir todo un territorio nacional y todo el “volumen lingüístico” para crear un conformismo lingüístico nacional unitario» (1975:2343). Es decir, las gramáticas normativas escritas pretenden unificar lingüísticamente un territorio. Es en este punto en el que la creación de una gramática se convierte en un acto político-cultural: «La gramática normativa escrita es por tanto siempre una “decisión”, una dirección cultural, es decir, es siempre un acto de política cultural-nacional» (1975:2344). Aquí, en el cuaderno veintinueve, la discusión se torna explícitamente política porque Gramsci relaciona la discusión sobre la gramática y el lenguaje al problema muy vigente en ese momento de la «cuestión de la lengua» en Italia. En relación a esa cuestión, el lenguaje en Gramsci refleja su preocupación constante en los Cuadernos por las relaciones entre dirigentes y dirigidos.

La cuestión de la lengua era un problema central en Italia luego de la unificación debido a la gran variedad y fortaleza de los diversos dialectos e idiomas regionales a través de la península y las islas; algo que Gramsci conocía muy bien de primera mano por crecer en la isla de Cerdeña. Hubo numerosos intentos y reformas educativas para tratar de unificar el territorio bajo el italiano estándar. Según Tullio De Mauro (1970:43), al momento de la unificación italiana sólo alrededor de un 2.5% de la población italiana hablaba algo cercano al italiano estándar. Luego de varios intentos auspiciados por el gobierno, en 1911 aún el nivel de analfabetas era de alrededor de un 40%. Más especificamente, en las regiones más pobres del sur ese número sobrepasaba el 50% mientras que en regiones norteñas como el Piemonte era de un 11%. Las asimetrías socio-económicas, por tanto, corrían paralelas a las asimetrías lingüísticas.

De hecho, Antonio Gramsci pensaba que siempre que surgía la «cuestión de la lengua», esto expresaba un proceso político subyacente. Gramsci planteaba:
Siempre que de una u otra forma la cuestión de la lengua emerge significa que una serie de otros problemas se está imponiendo: la formación o extensión de una clase dirigente, la necesidad de establecer relaciones más íntimas y seguras entre grupos dirigentes y masa popular-nacional, es decir, de reorganizar la hegemonía cultural (1975:2346).
Por lo tanto, la hegemonía, la estabilidad de las relaciones entre dirigentes y dirigidos, están en el corazón de la preocupación gramsciana por el lenguaje. Para Gramsci, el hecho de que un lenguaje italiano unitario estándar se haya escasa y desigualmente extendido por la península, más que expresar un asunto puramente lingüístico, revela un proceso fallido e inestable de integración o unificación política y social en general. Por eso, para Gramsci atender la «cuestión de la lengua» desde una perspectiva puramente lingüística era asumir una perspectiva equívoca y unilateral.

Por este aspecto político en la cuestión de la lengua, Gramsci trata el asunto de las gramáticas normativas, especialmente las escritas. Piensa que sin una integración y unificación más igualitaria y comprensiva, las gramáticas normativas escritas son problemáticas porque terminan siendo unos medios externos, mecánicos y superficiales, impuestos «desde arriba» sin una correspondencia con la realidad social efectiva. Debe advertirse que esta perspectiva no era completamente nueva en su tiempo. En parte, Gramsci está retomando los debates sobre la cuestión de la lengua que se dieron en Italia en la segunda mitad del siglo XIX, que comenzaron con las proposiciones de Alessandro Manzoni al respecto del la unificación del lenguaje. Para Manzoni, la formación de un lenguaje unitario no era el efecto del surgimiento de una nueva cultura nacional, sino que esa unificación sería la causa para una mejor comunicación en una cultura ya existente (Lo Piparo, 1979:30). Planteba que la forma de unificar el lenguaje italiano era a través de la «difusión de un bello lenguaje ya formado» (Lo Piparo, 1979:31). De nuevo, para Manzoni la unificación lingüística era una causa y no un producto de una unificación real. El resultado concreto de su concepción fue el endoso al Novo Vocabolario della lingua italiana secondo l'uso di Firenze.

La respuesta de Gramsci a Manzoni ya se ve por ejemplo en el cuaderno veintiuno cuando plantea que «la unidad del lenguaje […] en todo caso es un efecto y no una causa». Gramsci pensaba que la posición de Manzoni, a tono con la promoción de gramáticas normativas escritas, estaba equivocada. La unificación del lenguaje, para Gramsci, debía surgir de necesidades sociales reales, de una integración social y política real. Además, la concepción de Manzoni ponía el lenguaje como algo independiente del resto de la cultura, como si fuese algo que uno pudiese mecánica y puramente cambiar por encima de los procesos sociales. En contraste, Gramsci proponía desarrollar la posición que había ya en 1873 adelantado el lingüista Ascoli (1967:3-73) en contra de Manzoni. Ascoli, como luego Gramsci, pensaba que la determinación específica de un lenguaje era el resultado de cambios sociales e históricos de un territorio. Para Ascoli, la falta de de unificación lingüística en Italia era en producto del «triste divorcio entre los educados y el público» (Lo Piparo, 1979:36). A tono con esta posición de Ascoli, Gramsci plantea en el cuaderno veintinueve: «Un lenguaje unitario se obtendrá si es una necesidad, y la intervención organizada acelerará el ritmo de este proceso ya existente» (1975:2345).

El rechazo de una imposición «desde arriba» hacia la unificación lingüística en su crítica a las gramáticas normativas corre paralelo a la concepción gramsciana de la política y la filosofía. Así, en términos políticos, el énfasis en la práctica del poder, para Gramsci, recae en las formas consensúales de dirección y no en las formas coercitivas de dominación. Y en términos filosóficos, Gramsci propone una filosofía de la praxis que no se proponga como verdad ilustrada por encima del sentido común sino que parta de una depuración crítica del sentido común de la gente. Ahora, con respecto al lenguaje, vemos una posición análoga. Gramsci quiere plantear que sin una integración social verdadera e igualitaria, la unificación lingüística sería una ardua labor.

Habiendo planteado todo esto, debemos dejar claro que Gramsci continuó siendo realista. No confundió la realidad con lo que quisiese que fuese, y por lo tanto no rechazó del todo el uso activo de las gramáticas normativas ni la enseñanza del italiano estándar en el currículo escolar. Aunque estaba claro en que las gramáticas normativas tradicionales eran insuficientes; rechazaba la propuesta educativa de Giovanni Gentile7 a los efectos de eliminar la enseñanza de la gramática del currículo escolar, con la excusa de que era algo que se aprendía en la vida diaria y en el ambiente social en general. Gramsci (1975:2348-2349) leía en esa propuesta de Gentile un liberalismo reaccionario que sólo beneficiaba a las clases dirigentes, dejando a las clases populares sin ninguna vía organizada para el acceso al lenguaje culto. Y decimos forma «organizada» porque Gramsci (1975:2345) estaba consciente de otras formas de irradiación lingüística, como los periódicos, las revistas, el teatro y el cine, la radio, entre otros. Además, como para Gramsci el lenguaje reflejaba una concepción de mundo, esto haría más difícil para estos grupos trascender sus concepciones culturales más locales y regionales. Haría más difícil para los elementos populares trascender culturas provinciales y llegar a una conciencia nacional. Esto no es poca cosa, pues él plantea que el desarrollo de una conciencia internacional partía de una cultura propiamente nacional. Es decir, para Gramsci (1975:1377) la unificación lingüística nacional era un paso necesario para la futura comunicabilidad con otros lenguajes y otras culturas modernas. Con relación a esto, el concepto de traducibilidad en la obra de Gramsci cobra importancia y asume connotaciones político-culturales

En fin, vemos que en la obra carcelaria gramsciana, aún los temas lingüísticos muestran la preocupación política fundamental que recorren todos los temas tratados en los Cuadernos. Esa preocupación es la que gira en torno a las manifestaciones y expresiones por las relaciones entre dirigentes y dirigidos, gobernantes y gobernados, a través de todo el entramado social.

Notas

1 Este artículo es producto de la investigación del autor sobre la teoría política de Gramsci en los Cuadernos de la cárcel y cuyos resultados más generales se presentarán en el libro Para leer los Cuadernosde la cárcel: El pensamiento político de Antonio Gramsci, de futura publicación.
2 Manuel S. Almeida Rodríguez enseña en el Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Bayamón. Hizo su doctorado en ciencia política en la Universidad de Massachusetts-Amherst con una concentración en teoría política. En el presente está trabajando en un libro sobre los Cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci.
3 Al respecto del cuidado celoso de Togliatti sobre la herencia literaria gramsciana, ver el recientemente publicado Togliatti editore di Gramsci, editado por Chiara Daniele (2005).
4La crítica de Gramsci a Bujarin está presente de forma más contundente en el cuaderno 11.
5 Traducción libre hecha por nosotros de una traducción a su vez al inglés del alemán
6 Esta y otras traducciones subsiguientes provenientes del italiano han sido realizadas por el autor.
7 Temprano durante el régimen fascista en Italia, Gentile fue nombrado ministro de cultura y educación. Luego continuó siendo el filósofo e intelectual principal del régimen.

Referencias

Ascoli, Graziadio Isaia. 1967. Scritti sulla questione della lingua. Milan: Silva Editore.
Baratta, Giorgio. 2000. Le rose e i quaderni. Il pensiero dialogico di Antonio Gramsci. Roma: Gamberetti Editrice.
Bartoli, M. G. and Bertoni, G. 1928. Breviario di Neolinguistica. Modena: Societa Tipografica Modenese.
Boothman, Derek. 2004. Traducibilita e processi traduttivi. Un caso: A. Gramsci linguista. Perugia: Guerra Edizioni.
Daniele, Chiara (ed.). 2005. Tolgiatti editore di Gramsci. Roma: Carocci Editore y Fondazione Istituto Gramsci.
Gramsci, Antonio. 1975. Quaderni del carcere. Editado por Valentino Gerratana. Turín: Einaudi.
Gramsci, Antonio. 1996. Lettere dal carcere. Editado por Antonio Santucci. Palermo: Sellerio.
Ives, Peter. 2004a. Gramsci's Politics of Language. Engaging the Bakhtin Circle and the Frankfurt School. Toronto: Toronto University Press.
Ives, Peter. 2004b. Gramsci, Language, and Hegemony. London: Pluto Press.        
Lo Piparo, Franco. 1979. Lingua, intellettuali, egemonia in Gramsci. Bari: Laterza.
Spriano, Paolo. 1979. Gramsci and the Party: The Prison Years. Londres: Lawrence and Wishart.