18/11/12

José Gervasio Artigas y la nación en armas

Jorge Abelardo Ramos

El eclipse de los grandes revolucionarios latinoamericanos del siglo XIX no pudo ser más patético. Sólo es comparable al silencio posterior que sepultó sus actos. Bastará indicar que Bolívar, habiendo concebido la idea de crear una gran nación, desde México al Cabo de Hornos, concluyó dando nombre a una provincia y, para condensar más aún el infausto símbolo, murió vencido en su propia aldea.

Abandonado por el gobierno porteño de Rivadavia, San Martín renuncia a completar su campaña continental y se retira de la vida pública. Olvidado, muere en Francia treinta años más tarde. En el caso de Artigas, la ironía se vuelve más trágica y refinada aún. Desde hace más de un siglo, su estatua evoca a un prócer de Uruguay. Había luchado por la Nación y la posteridad le rinde tributo por haber transfigurado la Nación en provincia y la provincia en Nación. Su carrera se despliega en sólo una década; y agoniza en el desierto paraguayo, en la soledad más total.


Se trata de la víctima más ilustre de la impostura porteña a la que es preciso poner término, pues alude a un hombre clave de nuestra frustración nacional.

El derrumbe del imperio español arrojó a la historia mundial las semidormidas colonias americanas. Por todas partes brotaron los doctores de Chuquisaca, los hijodalgos iluministas, los tenderos, gauchos, soldados o hacendados que descubrieron una patria inmensa y una época digna de ella. Bolívar abandonó los salones de la Europa galante para empinarse en el Ianícolo y jurar desde la colina romana la libertad del Nuevo Mundo. El primero de los unificadores, miranda, embriagado por el Himno de los Ejércitos del Rhin, desembarcó en las costas venezolanas para blandir una nueva bandera. San Martín peleó con los franceses en Bailén, y se lanzó en seguida al Océano para defender la revolución que, vencida en España, se afirmaba en América. Moreno leía a Rousseau para concebir luego la estrategia jacobina del “plan de operaciones”. En la Banda Oriental, en fin, aparecía José Gervasio Artigas, de antigua y linajuda familia, hacendado y oficial de Blandengues, ese cuerpo armado del paisanaje que la guerra de fronteras forjó en la lucha contra el indio. La singularidad de Artigas reside en que fue el único americano que libró en el Río de la Plata casi simultáneamente una lucha incesante contra el Imperio británico, contra el Imperio español y el portugués y contra la oligarquía de Buenos Aires (1).

Esta rara proeza no agota su significado. Obsérvese que es Mariano Moreno el primero que llama la atención en documentos oficiales sobre la valía militar de Artigas, ya reputado en la Banda Oriental desde el tiempo de los españoles. Su base social es la campaña oriental, de donde nace, en la sociedad primitiva de la colonia, una especie de aristocracia del servicio público, según la calificación del historiador inglés John Street, formada por las familias delos primeros pobladores, cabildantes, estancieros modestos y soldados. Los estancieros apoyaron inicialmente a Artigas, dice Real de Azúa, para resistir a los pesados tributos exigidos por Montevideo para la lucha contra la Junta de Buenos Aires; evadir la nueva “ordenación de los campos” y la revalidación de los títulos que las autoridades españolas pretendían imponer (2).

Su más ancha base, que se hundía en las profundidades del pueblo oriental, estaba constituida por los gauchos, peones, indios mansos y el mundo social agrario que la acción de los Blandengues de Artigas había defendido de las depredaciones de los bandidos, vagos, ladrones, contrabandistas e indios Charrúas y Minuanes, que infestaban la campaña oriental, según diría el Diputado por Montevideo a las Cortes de Cádiz, exaltando la figura de Artigas en España. Pero su marco histórico es el movimiento de nacionalidades típico del siglo. Artigas pertenece a la generación revolucionaria de San Martín y Bolívar.

La desarticulación del Imperio español libró a sus solas fuerzas a las provincias ultramarinas. Sus jefes más lúcidos se propusieron conservar la unidad en la independencia, asumiendo la idea nacional que los liberales levantaban sin éxito en la España invadida. Los americanos reaccionarios combatieron junto a los godos contra nosotros, y con nosotros usaron las armas los españoles revolucionarios que vivían en América. Tal fue el dilema. A diferencia de San Martín, que se asignó la misión de extender la llama revolucionaria a través de loa Andes y sólo le cupo luchar contra los realistas, lo mismo que Bolívar y Moreno, Artigas se erigió en caudillo de la defensa nacional en el plata y al mismo tiempo en arquitecto de la unidad federal de las provincias del Sur. Defendió la frontera exterior, mientras luchaba para impedir la creación de fronteras interiores. Fue, en tal carácter, uno de los primeros americanos y, sin disputa, el más grande caudillo argentino.

En este hecho reside todo secreto de su grandeza y la explicación de su “entierro histórico”, según las palabras de Mitre. Cuando Buenos Aires sustituye a España en la hegemonía sobre el resto de las provincias, todas ellas se levantan contra Buenos Aires. Pero de todos los caudillos es Artigas el que más hondo y lejos ve el conjunto de los problemas históricos en juego. Escribir su historia sería en cierto modo reescribir la historia argentina y, por ende, reescribir este libro, pues también nosotros hemos pagado tributo a la falsía de nuestro origen y también nosotros, víctimas solidarias de la balcanización hemos “balcanizado” a Artigas, amputándolo de nuestra existencia histórica para confinarlo a la Banda Oriental.

Entre Mitre y López, las dos figuras mayores de la historia oficial, han hecho del Artigas histórico lo mismo que la burguesía porteña logró hacer con el Artigas vivo. Escribe Mitre:
El caudillaje de Artigas, o sea el “artiguismo” localizado en la Banda Oriental, y dominando por la violencia o por afinidades los territorios limítrofes, obtuvo por primera vez carta de ciudadanía, y se le reconoció el derecho de resistencia. El artiguismo oriental, dueño de Entre Ríos y Corrientes, sintió dilatarse su esfera de acción disolvente, aspiró por la primera vez a dominar los destinos nacionales, con sus medios y sus propósitos. Divorciado de la comunidad argentina sin principios vitales que inocularle, sin más bandera que el personalismo ni más programa que una confederación de mandones, en que la fuerza era la base, empezó a chocarse con los régulos argentinos de la orilla occidental del Uruguay...
Las veloces lecturas romanas de Mitre no le dejaron una idea bien clara de quién era Régulo, pero la superficial condenación de los caudillos ha hecho escuela. El mismo Mitre no puede menos que admitir la influencia real de Artigas en las Provincias Unidas: A santa Fe siguió Córdoba, que se declaró independiente; arrió la bandera nacional, que quemó en la plaza pública, enarbolando la de Artigas; se incorporó a la Liga Federal, poniéndose bajo la protección del caudillo oriental, y se adhirió a la convocatoria del Congreso de Paysandú, promovido sin programa político y con objetivos puramente bárbaros y personales. De aquí la primera resistencia de Córdoba a concurrir al Congreso de Tucumán (3).

Los argentinos ignoran que entre 1810 y 1820 el artiguismo era el poder dominante en gran parte de nuestro actual territorio. Aclamado por los pueblos reunidos en la Liga Federal como “Protector de los Pueblos Libres”, Artigas ejercía su influencia en las Provincias de la Banda Oriental: Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Córdoba y Sante Fe. El gobierno directorial de Buenos Aires sólo alcanzaba a dominar la Provincia Metrópoli y un puñado de provincias, en las que ya comenzaba a fermentar por lo demás la idea federal. ¿Qué significaba esto? Pura y simplemente que el federalismo expresó la reacción general de los pueblos del interior ante las despóticas tentativas de Buenos Aires por subyugarlas a su política exclusivista. Pero el magno peligro para los intereses de la burguesía porteña y montevideana consistía en el artiguismo, que aspiraba a organizar la Nación con la garantía de plenos derechos para cada una de las provincias que concurrieran a formarla. El riesgo de una poderosa Confederación sudamericana que sucediese al Virreinato en las fronteras históricas, era demasiado considerable para la política británica.

He aquí la concepción del “uruguayo” Artigas:

Convención de la Provincia Oriental, firmada por Rondeau y Artigas, 19 de abril de 1813 (Texto de los dos primeros artículos)
Art 1º - La Provincia Oriental entra en el Rol de las demás Provincias Unidas. Ella es una parte integrante del Estado denominado Provincias Unidas del Río de la Plata… Art 2ª – La Provincia Oriental está compuesta de Pueblos Libres, y quiere se la deje gozar de su libertad; pero queda desde ahora sujeta a la Constitución que organice la Soberana Representación General del Estado, y a sus disposiciones consiguientes teniendo por base inmutable la libertad civil.
Año 1813. Proyecto de Constitución artiguista

Art 1º - El título de esta confederación será: Provincias Unidas de la América del Sud. 2º Cada provincia retiene su soberanía, libertad e independencia y todo poder, jurisdicción y derecho que no es delegado expresamente por esta confederación a las Provincias Unidas juntas en Congreso. (5)
Artigas escribía a Felipe Gaire el 13 de setiembre de 1814:
Mi muy estimado pariente:  Las circunstancias hoy en día no son buenas. Los porteños en todo nos han faltado; no tratan más que de arruinar nuestro país, de este modo será de Portugal o del inglés; ellos están muy lejos de la libertad; yo hoy en día me veo en grandes aprietos porque todo el mundo viene contra mí. Los amigos me han faltado en el mejor tiempo y yo he de sostener la libertad e independencia de mi persona hasta morir. (6)
Gran Bretaña no podía admitir que un solo Estado controlara la boca del río. Se imponía separar al puerto y campaña de Montevideo para dejar a las provincias libradas al monopolio del puerto bonaerense.

Río de Janeiro era entonces el baluarte portugués de la política inglesa; y así se produce la invasión portuguesa planeada por el general Beresford, el mismo actor de las invasiones inglesas al Río de la Plata en 1806. Se debía consolidar a Buenos Aires segregando rápidamente al Uruguay. Con esta separación las Provincias Unidas estaban inexorablemente condenadas al puerto único de Buenos Aires, escribe Methol Ferré. (7) Los portugueses invaden la Banda Oriental, ocupan la provincia y derrotan definitivamente a Artigas en 1820.

Buenos Aires había firmado en 1818 un convenio con Portugal cuya cláusula 5ª decía: 
“Libertad recíproca de comercio y navegación entre ambas partes con exclusión de los ríos interiores, salvo en el caso de que los portugueses penetrasen a ellos en persecución de Artigas y sus partidarios”.
Veamos ahora la opinión que merecía al Brigadier Pedro Ferré la lucha de Artigas:
“Mientras las provincias estuvieron sujetas a Buenos Aires, no había imprenta en ellas. De aquí es que nos han quedado sepultados en el olvido el Gral. Artigas y la independencia de la Banda Oriental, sus quejas por la persecución que sufría por este patriotismo; las intrigas del gobierno de Buenos Aires para perderlo, hasta el grado de cooperar para que el portugués se hiciera dueño de aquella provincia, antes que reconocer su independencia; como entonces sólo hablaba Buenos Aires aparece Artigas en sus impresos como el principal salteador (así aparecen todos los que se han opuesto a las miras ambiciosas del gobierno de Buenos Aires). Si alguna vez se llegan a publicar en la historia los documentos que aún están ocultos, se verá el origen de la guerra en la Banda Oriental, la ocupación de ella por el portugués, de que resultó que la República perdiera esa parte tan preciosa de su territorio, todo ello tiene su principio en Buenos Aires, y que Artigas no hizo otra cosa que reclamar primeramente la independencia de su patria y después sostenerla con las armas, instando en proclamas el sistema de federación y entonces, tal vez resulte Artigas el primer patriota argentino (8).
Tacuarembó asesta un golpe decisivo al potencial bélico de Artigas en la Banda Oriental. Se tendrá presente que las tropas portuguesas que invaden la Banda se componen de unos quince mil veteranos, perfectamente armados y fogueados en la guerra contra Bonaparte. Artigas, por su parte, sólo contaba con una provincia que en esa época apenas tenía una población total de unos cuarenta mil habitantes en la campaña y unos veinte mil en Montevideo, que por supuesto le era hostil. Tan sólo unos ocho mil hombres componen su tropa principal, armada de bayonetas y sables de latón e impedida de practicar la guerra de montonera, a la manera de Güemes en salta, por las particularidades de la topografía oriental. Por lo demás, ya en 1820 la clase de estancieros y todo el “patriciado” lo había abandonado, por la proyección revolucionaria de su política agraria.

En el Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el fomento de su campaña y seguridad de sus hacendados, dado a conocer en el Cuartel General el 10 de setiembre de 1815, se lee en el artículo 6º:
“Por ahora el Sr Alcalde Provincial y demás subalternos se dedicarán a fomentar con brazos útiles la población de la campaña. Para ello revisará cada uno, en sus respectivas jurisdicciones, los terrenos disponibles; y los sujetos dignos de esta gracia, con prevención que los más infelices serán los más privilegiados. En consecuencia, los negros libres, los sambos de esta clase, los indios y los criollos pobres, todos podrán ser agraciados con suerte de estancia, si con su trabajo y hombría de bien propenden a su felicidad y a la de su Provincia”. El artículo 12º estipulaba. “Los terrenos repartibles son todos aquellos de emigrados, malos europeos y peores americanos que hasta la fecha no se hallan indultados por el jefe de la Provincia para poseer sus antiguas propiedades”. Y, por fin, el 19º: “Los agraciados, ni podrán enajenar, ni vender esta suerte de estancias, ni contraer sobre ellos débito alguno, bajo la pena de nulidad hasta el arreglo formal de la Provincia, en que ella deliberará lo conveniente” (9).
La burguesía comercial de Montevideo lo rechazó siempre con todas sus fuerzas, en virtud de su política industrial proteccionista (10). Los estancieros por su parte no tenían más remedio que aborrecer al caudillo que elevaba su política por encima de la patria chica y que en el caos de la guerra civil y la invasión extranjera ponía todos los recursos de la provincia en juego (11). Esto se verá muy claramente cuando, después del desastre militar de Tacuarembó, numerosos estancieros y comandantes de campaña, hasta entonces partidarios de Artigas, capitulen ante Lecor y acepten la dominación portuguesa de la Provincia Cisplatina, como lo había hecho ya la burguesía de Montevideo, que recibió al jefe portugués bajo palio y lluvia de flores. En un oficio que jefes y oficiales de Canelones dirigen al General Lecor, poniéndose a sus órdenes, se lee una alusión al reparto de tierras iniciado por Artigas: “Bajo el sistema adoptado por Don José Artigas no se tendía sino a destruir la propiedad de la provincia…”.

Con respecto a la política agraria de Artigas, Methol Ferré dice lo siguiente:
“No hay duda que la reforma agraria artiguista tuvo enormes proyecciones y puedo apuntar aún en 1884 a P. Bustamante le sorprendía la osadía de quienes reclamaban derechos invocando “donaciones” de Artigas. Y de muestra final baste indicar que todavía hoy el Banco Hipotecario del Uruguay no considera válidas las salidas fiscales originadas en mercedes de tierras del gobierno de Artigas y sí acepta, por ejemplo, las provenientes del ocupante portugués Barón de la Laguna” (12).
Sólo en los cronistas, memorialistas y olvidados historiadores de provincias, custodios de la patria vieja, se encuentran hoy recogidos los testimonios fidedignos del pasado. Uno de ellos es el salteño Bernardo Frías, historiador del norte argentino y de Güemes. Su obra fundamental, de 8 tomos, comenzó a publicarse en 1902. Pero sólo se publicaron, en 60 años, los cinco primeros, todos agotados. Los restantes permanecen inéditos. Escribe el doctor Frías: 
“Era de este modo Artigas el único gobernante argentino que acudía en defensa de la integridad nacional; y como este deber obligaba en primer término al gobierno de la Nación que a un jefe de provincia, y el gobierno de la Nación se mantenía como extraño, sin tomar parte en la defensa común, comenzaron a alarmarse los pueblos, sospechando que el gobierno de Pueyrredón iba de acuerdo con el Brasil. Con esta sola actitud pasiva que asumía el gobierno, quedaba descubierto el crimen de marchar de acuerdo y aliado con el extranjero para aniquilar al jefe de provincia. Artigas, que lo comprendió antes que ninguno, se volvió al Director para decirle: “Confiese Vuecelencia que sólo por realizar sus intrigas puede representar ante el público el papel ridículo de un neutral. El Supremo Director de Buenos Aires no puede, ¡no debe serlo! Pero sea Vuecelencia un neutral, un indiferente o un enemigo, tema justamente la indignación ocasionada por sus desvíos; tema con justicia el desenfreno de unos pueblos que sacrificados por el amor de la libertad, nada les acobarda tanto como Perderla”.
El doctor Frías, en su notable obra, expone detalladamente la infamia porteña. En lugar de ayudar a Artigas contra los portugueses, toleraba la codicia de los comerciantes de Buenos Aires, que aprovisionaban Montevideo contra los intereses de la Nación. Frías llama a Pueyrredón el “Iscariote argentino” (12bis).

La derrota de Tacuarembó asimismo reconoce otra causa capital, la connivencia de los directores de Buenos Aires, con Pueyrredón a la cabeza, con los portugueses, y que perseguía el objetivo de entregar a Portugal la Banda Oriental para destruir a Artigas y quebrar en el Litoral la influencia de sus lugartenientes Rámirez y López. Mientra Pueyrredón practicaba esa política de suicidio nacional, en la que revelaría su profunda perfidia la burguesía porteña, ordenaba a San Martín y a Belgrano, generales de Cuyo y del Norte, que bajaran a las provincias del Centro a aniquilar la montonera. San Martín, que mantenía correspondencia con Artigas y los caudillos del Litoral, rehusó “desenvainar su sable en la guerra civil” y marchó a la conquista de los Andes; Belgrano obedeció la orden: su ejército se rebeló en el motín de Arequito. En ese momento, según observa Acevedo (13), Artigas ha perdido la Banda Oriental, pero su influencia en las provincias argentinas es más fuerte que nunca. Sufre una defección: el lugarteniente Fructuoso Rivera, el que será luego conocido como Don Frutos, o bautizado por Rosas el “Pardejón Rivera”, se arregla con los portugueses y abandona al Protector de los Pueblos Libres.

En tiempos de Artigas, los diputados en Salta fueron elegidos al grito de ¡Mueran los porteños! Cuando el irlandés Campbell, jefe de la escuadrilla de Artigas, llegó a Santa Fe, fue recibido por el vecindario a los gritos de ¡Viva la Patria Oriental! Por su parte dice Herrera: “¿No saben que el nombre de porteños es odiado en todas las Provincias Unidas o Desunidas del Río de la Plata? escribía Fray Cayetano Rodríguez al doctor Molina. Los cordobeses pidieron que se borrase el nombre de porteños en las calles, plazas, colegios y monasterios” (14).

Derrotado por los portugueses en su tierra natal, Artigas pone en ejecución un meditado plan. Traicionado por los porteños y ya que se revelaba imposible derrotar a los portugueses con las provincias rioplatenses divididas y con la pérfida Buenos Aires en contra, se imponía primero derrotar a Buenos Aires, organizar la Nación y volver su poderío unificado hacia la reconquista de la Banda Oriental.

Al dirigirse a las provincias convocándolas a la lucha contra Buenos Aires, Estanislao López invitaba a los cordobeses a marchar, prometiéndoles “los más felices resultados y la protección invencible del inmortal Artigas, vencedor de riesgos y minador de bases de toda tiranía y el héroe que cual otro Hércules dividiría con la espada sus siete cabezas” (15). La batalla entre las fuerzas artiguistas de Santa Fe y Entre Ríos contra el ejército del nuevo Director Rondeau se libró en la Cañada de Cepeda el 1º de febrero de 1820. La montonera triunfó de manera decisiva.

Pero la victoria y la traición marcharon juntas. Con Cepeda caía todo el régimen directorial y el Congreso de Tucumán, instrumentos porteños. El nuevo gobernador de Buenos Aires fue Don Manuel de Sarratea y como habría de ocurrir durante más de medio siglo, Buenos Aires compensaría sus fracasos militares con los recursos financieros de su puerto. Este será, en definitiva, todo el drama.

El pánico invadió a la ciudad de Buenos Aires: “Se esperaba por unos momentos un saqueo a manos de cinco mil bárbaros desnudos, hambrientos y excitados por las pasiones bestiales que en esos casos empujaban los instintos destructores de la fiera humana que como “multitud inorgánica” es la más insaciable de las fieras conocidas: cosas que debe tener presente la juventud, expuesta por exceso de liberalismo a creer en las excelencias de las teorías democráticas que engendran las teorías subversivas del socialismo y el anarquismo contra las garantías del orden social”, juzga López ese momento (16).

Ramírez acampó con sus hombres en el pueblo de Pilar, a unas 15 leguas de la ciudad. Desde allí planteó sus exigencias a los mercaderes aterrorizados. En primer lugar exigía la disolución del Congreso y del Directorio. Todo fue rápidamente aceptado. La Constitución, lo mismo que el Directorio, se desvaneció ante las lanzas federales.

La segunda exigencia consistía en la publicación de los documentos producidos por la diplomacia secreta del Congreso recién extinguido; este acto demostró que se había llegado a un acuerdo con los franceses para imponer en el Río de la Plata al príncipe de Luca, miembro de la casa de Borbón y cuya corona estaría bajo el protectorado del gobierno francés.

El tratado del Pilar, suscrito el 26 de febrero de 1820 por los gobernadores de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos, entre una nube de lanzas, establecía también la libre navegación de los ríos Paraná y Uruguay. Esta última era una reivindicación fundamental para los caudillos litorales, obligados a destruir por las armas el monopolio porteño de los grandes ríos.

Un historiador adversario ha dejado un evocador testimonio de ese instante histórico: 
“Después del tratado, Sarratea se permitió volver a Buenos Aires acompañado de Ramírez, López y Carrera y de numerosas escoltas de hombres desaliñados, vestidos de bombachas y ponchos, sin que pudiera distinguirse quiénes eran jefes y quiénes soldados. Toda esa chusma ató los redomones en las verjas de la Pirámide y subió al Cabildo de mayo donde se les había preparado un refresco de beberaje en festejo por la paz. Fácil es conjeturar la indignación y la ira del vecindario al verse reducido a soportar tamañas vergüenzas y humillaciones (17)
Pero el Tratado del Pilar desató las pasiones del localismo porteño. Sumida en el más espantoso desorden, la ciudad fue teatro de las disputas de todas las facciones por el poder. En un mismo día se sucedieron tres gobernadores; ganaderos, comerciantes y militares discutieron ásperamente la situación creada por la montonera. ¿Transigir con ella, cumplir el Tratado del Pilar? ¡Qué locura! ¿Abrir el río a esa pleba andrajosa? ¿Qué político porteño podría ser tan insensato? (18).

En los círculos áulicos de la burguesía portuaria, sin embargo, sabíase que las concesiones de Sarratea, inaceptables para Buenos Aires, no habrían de cumplirse. El Tratado, por el contrario, constituía una puñalada en la espalda de Artigas. Sarratea era uno de los enemigos irreconciliables mde Artigas. López atribuye a este personaje... 
“... procedimientos desparpajados y moralidad poco segura, además de viveza pervertida, principios morales poco delicados, extraña mezcla de Buen carácter y de cinismo de habilidad y desvergüenza”. Y agrega: “trapalón y entremedio, como decía M. de Anchorena y movido siempre por una incorregible afición a tretas y manejos embrollados, no era tan malo que pudiera ser tenido por un malvado de talla para despotizar por la fuerza y por la sangre, ni por peligroso siquiera fuera de los enjuagues y escamoteos que le hacían despreciable más bien que perverso” (19).
Con tal gobernador es que los lugartenientes de Artigas celebraron el Tratado del Pilar. Dicho convenio violaba las órdenes expresas del Protector, pues se limitaba a formular una platónica expresión de deseos en lo tocante a la ocupación portuguesa del territorio patrio, cuya reivindicación por las armas quedaba librada a la buena voluntad de Buenos Aires, justamente la provincia cuyos intereses le habían dictado facilitar la ocupación extranjera. No se trataba de ceguera política de los lugartenientes de Artigas, como podría suponerse, sino la puesta en práctica de una política que se revelaría fatal durante mucho tiempo.

La traición de Ramírez hacia Artigas, de López hacia Ramírez, de López hacia Quiroga, de Urquiza al partido federal luego, compendiaban la defección de los intereses litorales a la causa global del Interior y de la unidad nacional. Esa defección encontraba su más profundo fundamento en el carácter librecambista de la política económica que dictaban a Entre Ríos y Santa Fe sus producciones exportables, similar en este aspecto a la provincia de Buenos Aires. Sus divergencias con la burguesía porteña radicaban en que esta última monopolizaba el puerto y cerraba los ríos interiores a la navegación comercial extranjera, exigida por dichas provincias y acaparada por Buenos Aires. Esta última –durante todo el período de Rosas- amansó a los caudillos litorales con dádivas, ganado y otras concesiones, para separarlas de las provincias mediterráneas; si bien es cierto que éstas eran el refugio del espíritu federal nacionalista, eran fatalmente incapaces de oponer una una fuerza económica y militar suficiente para levantar ejércitos y poner fin al monopolio de Buenos Aires. Ramírez, López y Urquiza serían los pequeños caudillos del localismo, el “federalismo” aldeano agonizante después de la ruina del Protector de los Pueblos Libres.

Los documentos son abrumadores a este respecto. Pancho Ramírez pacta con Buenos Aires después de Cepeda a espaldas de Artigas, que se retiraba diezmado de la batalla de Tacuarembó, aunque dispuesto a seguir luchando. Cuatro días después, desde las orillas de la ciudad porteña, el fiel lugarteniente Ramírez se dirige afectuosamente al Protector adjuntándole el texto del Tratado “asegurándole que la alegría de este pueblo y su reconocimiento hacia el autor de tantos bienes era inexplicable” (20).

Pero cuarenta y ocho horas más tarde el mismo Ramírez exponía, en un oficio “Reservado”, el plan de traición a su amado jefe. Dirigiéndose a su medio hermano, Ricardo López Jordán, en su ausencia Gobernador interino de Entre Ríos, le ordenaba confidencialmente que “procure entablar relaciones amistosas con el general Rivera, con el gobernador de Corrientes, etcétera.

En otros términos, los caudillejos menores se disponían a distribuirse las satrapías locales del poder federal: uno, pactando con los portugueses, el otro, con Buenos Aires. En el mismo oficio Ramírez confiesa el influjo que en Entre Ríos conservaba Artigas y expresa sus temores: 
“Usted conoce las aspiraciones del General Artigas y el partido que tiene en nuestra Provincia: su presencia aun después de los continuos desgraciados sucesos en la Banda Oriental podría influir contra la tranquilidad… Procure V. por cuantos medios aconseje la prudencia conservar en el ejército los auxiliares de Corrientes atrayéndolos, pagándolos y haciéndoles ver se les lleva a un sacrificio por una guerra civil, cuando quedando en nuestras banderas todo será paz y trabajar por la verdadera causa” (21).
Después de Cepeda, Ramírez, presa de inquietud por la previsible reacción del Protector, maniobra con la burguesía porteña para conseguir armas en pago de su inminente ruptura con Artigas. En una carta, también reservada, al chileno José carrera, expone sin disimulos la situación: 
“En estos momentos sin tener recursos ningunos, cómo quiere V. que yo me oponga al parecer de Artigas cuando estoy solo y que él ya debe haber ganado la provincia de Corrientes, como estoy cierto que la lleva adonde él quiere. Nada digo de Misiones porque son con él” (22).
Aludiendo a la apatía del gauchaje por su política de acuerdo con Buenos Aires y de renuncia a la guerra con Portugal, Ramírez Agrega estas palabras significativas: 
“¿Cómo podré persuadir a los paisanos ni convencerlos de ninguna manera? Cuando los elementos precisos para la empresa fuesen en algún tanto proporcionados al número que yo solicité (a Buenos Aires) podría convencerlos, por lo de lo contrario seré con el voto general de aquellos que sólo se conforman con la declaratoria de guerra a los portugueses”. Y concluye su nota “reservada” confesando su capitulación ante la burguesía porteña: “No he anoticiado a la provincia del auxilio que se nos presta; porque me abochorno, y tal vez causaría una exaltación general en los paisanos” (23).
Se comprende el carácter reservado de semejantes testimonios. En estos documentos se encuentran los hechos irrefutables que rodean el hundimiento de la Federación artiguista. Ramírez se dirigía a Sarratea el 13 de marzo, reclamando humildemente los “auxilios” que en virtud del acuerdo secreto firmado al mismo tiempo que el Tratado del Pilar debía proporcionar la burguesía porteña al incorruptible teniente de Artigas:
“... mi mando en remuneración de sus servicios e indemnización de gastos en la cooperativa que había prestado para deponer la facción realista que tenía oprimido el país el auxilio de quinientos fusiles, quinientos sables, veinticinco quintales de pólvora, cincuenta quintales de plomo, que se repetiría de acuerdo a las necesidades que tuviera el ejército; teniéndose en cuenta para este suplemento el interés propio de esta ciudad como de todas las demás Provincias de la federación en mantener la libertad del territorio de Entre Ríos..."
 Añadía:
“En este concepto me veo precisado a suplivar a V.S. como lo hago, tenga bien en las circunstancias dar alguna extensión a aquel tratado y facilitarme un auxilio capaz de subvenir a los primeros objetos que nos propusimos… Yo quedaría satisfecho con que se doblase el número y municiones que debieron dárseme la primera vez y que se diese a la tropa un vestuario y una corta gratificación al arbitrio de V.S. dando para ello disposiciones más prontas que estén a su alcance pues no espero más para retirarme” (24
Quince días más tarde, las gestiones parecen haber tenido éxito y las armas y recursos del puerto se ponen al servicio de Ramírez para combatir al Protector y garantizar la “libertad de Entre Ríos, es decir, su localismo y, en consecuencia, su dependencia de Buenos Aires. El 28 de marzo, desde Pilar, Ramírez escribe a Carrera: 
“El estado de las cosas en mi provincia no puede ser peor, pues D. José Artigas no pasa por los tratados ni deja de mirar la opinión de los habitantes de ella para atraerlos a su partido… Por otra parte V. me dice que el armamento está seguro por la combinación de Monteverde y sabe que con esto ya puedo hablar a Artigas como debo.
Con la ayuda porteña, Ramírez podría, por fin, hablar con Artigas “como debía”. La intriga estaba a punto de consumarse trágicamente. Pocos días más tarde Artigas escribe a Ramírez, le recuerda su dependencia hacia él y lo acusa de haberse entregado con el Tratado del Pilar a la facción porteña. Califica el Tratado de “inicuo” y la firma de Ramírez al pie del documento de apostasía y traición. Y agrega: 
“Recuerde que V.S. mismo reprendió y amenazó a don Estanislao López, gobernador de Santa Fe, por haberse atrevido a tratar con el general Belgrano sin autorización suya y que hizo anular esos tratados; lo que prueba que tratando ahora V.S. con Buenos Aires sin autorización mía, que soy el Jefe Supremo y Protector de los Pueblos Libres, ha cometido V.S. el mismo acto de insubordinación que no le consintió al gobernador López; y eso que V.S. tenía entonces y tiene ahora mucho menos jerarquía en el mando y en la confianza de los Pueblos Libres de la que tengo yo… V.S. ha tenido la insolente avilantez de detener en la Bajada los fusiles que remití a Corrientes. Este acto injustificable es propio solamente de aquél que habiéndose entregado en cuerpo y alma a la facción de los pueyrredonistas procura ahora privar de sus armas a los pueblos libres para que no puedan defenderse del portugués…”. 
Artigas concluía su nota definiendo el contenido del Tratado del Pilar: 
“Y no es menor crimen haber hecho ese vil tratado sin haber obligado a Buenos Aires a que declarase la guerra a Portugal y entregase fuerzas suficientes para que el Jefe Supremo y Protector de los Pueblos Libres pudiese llevar a cabo esa guerra y arrojar del país al enemigo aborrecido que trata de conquistarlo. Esa es la peor y más horrorosa de las traiciones de V.S.” (25).
Con las armas porteñas en su poder, Ramírez eleva el tono ante Artigas y desnuda el fonde de su política: “¿Por qué extraña a V.S. que no declarase la guerra a Portugal?... ¿Qué interés hay en hacer esa guerra ahora mismo y en hacerla abiertamente? ¿O cree V.S. que por restituirle una provincia que se ha perdido han de exponerse todas las demás con inoportunidad?” (26).

En esa mera enunciación, y pese a la retórica “federal” de sus proclamas, Ramírez anticipaba la traición de Urquiza, que no mezquinó el cintillo rojo después de Caseros, pero que libró al hierro porteño las provincias federales.

Que la política antiartiguista de Ramírez era lisa y llanamente una traición a la causa de la unidad nacional, termina de probarlo acabadamente una nota de Fructuoso Rivera, escrita desde Montevideo el 5 de junio de 1820. De traidor a traidor, el diálogo entre el oriental aportuguesado y el entrerriano aporteñado alcanza una asombrosa claridad retrospectiva. Le pide a Ramírez la devolución de algunos oficiales portugueses en su poder y la “reposición del comercio”. Añade Don Frutos que tales actos demostrarían por parte de Ramírez la...
“…extremosa afección a la Provincia de su mando. Cooperarán a esto último con todo su poder las fuerzas de mar portuguesas cuyo Jefe tiene las competentes órdenes para ponerse a disposición de V. cuando lo crea necesario. Mas para que el restablecimiento del comercio tan deseado, no sea turbado en lo sucesivo es de necesidad disolver las fuerzas del General Artigas, principio de donde emanarán los bienes generales, y particulares de todas las provincias, al mismo tiempo que será salvada la humanidad de su más sangriento perseguidor”.
El choque entre las fuerzas de Artigas y Ramírez se produjo el 24 de junio en Las Tunas. Artigas fue aniquilado: el epílogo es rigurosamente homérico. Poseído de un miedo sobrecogedor al prestigio de Artigas, el caudillo Ramírez inicia una persecución inexorable del Protector para impedir que rehaga sus fuerzas en la huida. Rodeado de un puñado de oficiales e indios, Artigas es obligado a luchar cada día: el 17 en la costa de Gualeguay; el 22 en las puntas del Yuquery; y así sucesivamente. ¿En qué fundaba Ramírez su temor ante un jefe fugitivo, rodeado de una docena de hombres? En el hecho de que el solo nombre de Artigas levantaba en masa al paisanaje de las provincias que atravesaba en su retirada. Ramírez sabía que si le daba dos semanas de tiempo Artigas pondría en pie un nuevo ejército. La persecución tenía como objetivo eliminarle o obligarle a abandonar el territorio de las provincias. Las tropas improvisadas en esa marcha forzada hacia el interior eran desechas hora a hora antes de que pudieran armarse y luchar.

Desde el Paraná a la frontera paraguaya transcurre esa lucha donde Artigas se desangra y con él la esperanza postrera de la Patria Grande. En el umbral de la Provincia gobernada por el Doctor Francia, jaqueado, traicionado y vencido, Artigas mira por última vez la escena y entra a galope a la larga prisión guaraní. Muchos años más tarde, cuando la Banda Oriental se transforma por la presión británica en la República del Uruguay, el viejo Protector de los Pueblos Libres dirá: “Yo no tengo patria.”

Ese era todo su secreto. La patria se había perdido en la balcanización y con Artigas desaparecían simultáneamente los unificadores: Bolívar y San Martín.

Francisco Ramírez había traicionado a su jefe, pero ¿cómo había podido vencerlo? Mitre y Vicente Fidel López, feroces antiartiguistas, no lo ocultaban en sus obras. Por las estipulaciones secretas anexas al Tratado del Pilar, sabemos que Buenos Aires había entregado armamento a Ramírez para resistir a Artigas. Pero no lo sabemos todo al respecto. Ramírez triunfó sobre los gauchos mal armados de Artigas “gracias al concurso de un piquete de artillería de seis piezas y un batallón de trescientos veinte cívicos que estaban a las órdenes del comandante Lucio Mansilla”.

Agreguemos que Mansilla era porteño y estaba a las órdenes de Ramírez por autorización expresa del gobernador de Buenos Aires, Manuel de Sarratea; que se le entregaron 250.000 pesos a Ramírez para elevar la moral de la tropa; que los vestuarios de la ciudad porteña fueron vaciados para sus soldados, con lo que quedó dueño del Paraná y pudo jaquear a Artigas.

He aquí a Ramírez dueño del Litoral, en apariencia, ebrio de poder. El vástago entrerriano del Protector abandona enseguida la concepción confederal y nacional para proclamar la República de Entre Ríos. Intenta edificar la misma insularidad que Urquiza creará más tarde, indiferente al destino de las provincias federales. Pero derrotado Artigas, Buenos Aires inicia la segunda maniobra. Había empleado la traición de Ramírez para eliminar al Protector; ahora utilizará a Estanislao López para desembarazarse de Ramírez. En efecto, al negarse Buenos Aires a cumplir las estipulaciones del Tratado del Pilar que beneficiaban a las provincias litorales, se reinicia una crisis entre ambos sectores. El poder excesivo que había alcanzado Ramírez en Entre Ríos y Corrientes, mueve a la burguesía porteña a pactar con López, dejando a un lado las aspiraciones entrerrianas. Esta defección de López del frente común lleva a Ramírez a amenazarlo con invadir Santa Fe. Se repite el caso de la intriga porteña contra Artigas.

A espaldas de Ramírez, López firma con el nuevo gobernador de Buenos Aires, Martín Rodríguez, el Tratado de Benegas: en pago por levantar el cerco de Buenos Aires y traicionar a Ramírez, el otro teniente artiguista recibe una compensación de 25.000 cabezas de ganado. Fue el estanciero Juan Manuel de Rosas quien intervino en la negociación para domesticar al caudillo santafecino, revelando desde sus comienzos singulares condiciones de político.

Era el Litoral librecambista e impotente quien inclinaba sus armas en el Tratado de benegas. López reclama entonces la ayuda ofrecida por Buenos Aires para combatira a Ramírez. El coronel Lamadrid parte de la ciudad con 1.900 soldados. Las fuerzas coaligadas de Santa Fe y Buenos Aires derrotan al Supremo Entrerriano –que tal era el nombre orgullosamente asumido por el antiguo oficial de Artigas. Al cabo de una despiadada persecución. Ramírez cae al intentar salvar a su compañera Delfina, hermosa porteña que cabalgaba junto a él en sus campañas; la muerte caballeresca se coronó con el degüello. Sus vencedores cortan la cabeza de Ramírez y la envían a Estanislao López.

El gobernador de Santa Fe escribió a su congénere de Buenos Aires: “La heroica Santa Fe, ayudada por el Alto y aliadas provincias, ha cortado en guerra franca la cabeza del Holofernes americano.” López “envolvió la cabeza en un cuero de carnero y la despachó a Santa Fe, con orden de que se colocara en la Iglesia Matriz, encerrada en una jaula de hierro.”

La estrategia del puerto de Buenos Aires se realizaba con el sistema de las complicidades sucesivas. El más grande caudillo argentino meditaba en la selva la quimera de su Nación infortunada.