11/11/12

Grandezas y límites del Manifiesto del Partido Comunista

Dibujo de Fernando Vicente para la edición
ilustrada del Manifiesto del Partido Comunista
Carlos Nelson Coutinho

El Manifiesto del Partido Comunista es sin duda el texto más conocido y leído de Marx y Engels. Escrito a finales de 1847 y publicado sin firma a principios de 1848, fue probablemente escrito por Marx, quien lo utilizó para un bosquejo preliminar redactado por Engels, titulado Principios del Comunismo. El texto que había sido encargado por la Liga de los Comunistas (anteriormente la Liga de los Justos), un pequeño grupo de exiliados alemanes con sede en Londres. 
Carlos Nelson Coutinho

Cuando Marx y Engels murieron respectivamente en 1883 y 1895, el Manifiesto contaba ya con numerosas ediciones en alemán (el idioma en que fue escrito), pero también había sido traducido a varios idiomas y traducciones: estas reediciones casi siempre presentaban nuevo prólogos de autores (sobre todo Engels, quien vivió 12 años más que Marx), en muchos de los cuales – especialmente en los más tardíos – ya se ha señalado autocrítica sobre algunas de las afirmaciones del texto original.

En el momento en que fue escrito el Manifiesto, Marx y Engels ya habían desarrollado las líneas esenciales de su ontología del ser social (lo que se llama “materialismo histórico”), cuya primeras expresiones sistemáticas se encuentran en La ideología alemana y lasTesis las sobre Feuerbach (1845), y la Miseria de la filosofía (1847). Pero, en relación con estos textos fundadores, el Manifiesto presenta, sin embargo, una novedad importante: es que, por primera vez, Marx y Engels expresan sistemáticamente  los fundamentos esenciales de su teoría política, o más precisamente, las teorías histórico- materialista del Estado y la revolución. Cualquiera que haya leído el Manifiesto sabe que no es correcto decir – como, entre otros, Norberto Bobbio hizo en los años 70 – que no es una teoría política de Marx.

La extraordinaria eficacia del Manifiesto - sin duda uno de los textos más influyentes en la historia – es el resultado, además de sus indudables méritos literarios, de la equidad fundamental de las grandes líneas que traza para explicar el impacto que la emergencia y consolidación del capitalismo provocó en la evolución de la humanidad. Lo que hoy conocemos como “modernidad” tiene sus principales determinaciones registradas en los dos primeros capítulos del Manifiesto, titulado sugestivamente “Burgueses y proletarios” y “Proletarios y comunistas”. Todos los rasgos que, al menos desde la Ilustración, han sido designados como distintivo de la era moderna (a diferencia de la antigüedad clásica y el mundo feudal) encuentran en esa obra una síntesis histórico-dialéctica ejemplar: síntesis genial incluso para los más acérrimos opositores de el marxismo – si tienen un mínimo de imparcialidad – .

La actualidad del Manifiesto, escrito hace 150 años, es sorprendente cuando, por ejemplo, sus autores describen las líneas generales del modo de producción capitalista y la formación económico-social, bajo cuyo gobierno todavía vivimos hoy. Aunque críticos radicales del capitalismo, Marx y Engels no son románticos: no sólo tienen una clara conciencia de la irreversibilidad, sino también el carácter liberador y revolucionario de las nuevas formas de sociabilidad que el capitalismo estaba introduciendo – y, de alguna manera, continuó introduciendo – en los modo de relación e interacción entre las personas. Un libro del famoso crítico norteamericano  Marshall Berman) hizo aún más famosa la frase “todo lo sólido se desvanece en el aire” (1) con la que el Manifiesto pretende resumir el significado de las transformaciones que el capitalismo introdujo en el mundo, alumbrando lo que conocemos hoy por “modernidad”, no solo con su carga fuertemente emancipadora, sino también con sus dilemas trágicos.

Entre las novedades traídas por el capitalismo, y no menos importante, Marx y Engels registran el fenómeno que hoy se llama “globalización”: En lugar de la tradicional autosuficiencia y aislamiento de las naciones se desarrolla un movimiento universal, una interdependencia general entre los países. Tanto en la producción material como en la intelectual.  La producción intelectual de una nación se convierte en patrimonio común. La estrechez nacional y el aislamiento son cada vez más imposibles, y de las muchas literaturas nacionales y locales se forma una literatura mundial (2).  Es de esta globalización del capital que Marx y Engels obtuvieron una percepción razonable que los opuso al capitalismo – los trabajadores – también debería organizarse a nivel internacional.

Simultáneamente a la descripción premonitoria de las características del capitalismo que no se desarrollarán totalmente hasta llegar a la actualidad, el Manifiesto es también muy actual para señalar las contradicciones económicas, sociales y culturales inherentes a esta formación económica: “Las relaciones burguesas se volvieron demasiado estrechas para contener las riquezas creadas en su seno”. ¿De qué manera la burguesía aspira a superar la crisis? Por un lado, la destrucción de gran cantidad de fuerzas productivas, por el otro, por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos mercados. ¿A través de qué, entonces? Preparando crisis más generales y violentas y disminuyendo  los medios que contribuyen a prevenirlas (3). El diagnóstico es, también, muy actual: “Las armas con que la burguesía derribó al feudalismo se vuelven ahora contra sí misma.” (4). Es decir: la promesa de la emancipación humana que por la modernidad capitalista (incluyendo las promesas de democratización y universalización de la ciudadanía) requieren para su realización, la superación del capitalismo mismo.

Y el Manifiesto es también de gran actualidad  cuando indica los sujetos capaces de superar esta ruta: ”La burguesía no solo ha forjado las armas que la conducen a la muerte, también ha producido los hombres que van a utilizar estas armas: los obreros modernos, los proletarios” (5). Es en el mundo del trabajo, el mundo de la generación de la riqueza que expropia el capital, donde nacen las principales fuerzas interesadas, objetiva y subjetivamente, ​​en construir un nuevo orden social. Para Marx y Engels, los trabajadores son la única fuerza social capaz de recuperar el momento de emancipación de la modernidad capitalista y, al mismo tiempo, superar sus contradicciones y dilemas. Escribiendo en 1848, los dos autores no pudieron prever la gran diversificación que implicaría, en los 150 años que siguieron, el mundo de los que viven de su trabajo y por lo tanto de los que generan plusvalía para el capital. Esto explica porque, para ellos, los trabajadores revolucionarios son únicamente los obreros industriales, un identificador que ya no ocupa en la actualidad. Sin embargo, para demostrar que está en el mundo del trabajo – y que son explotados por lo tanto – que la materia portadora gestacional de superar el capitalismo, el Manifiesto demuestra una vez más su relevancia, su sintonía con el presente.

A pesar de esto, hay que decir claramente que quien quiera ser marxista hoy no puede repetir mecánicamente lo que se dice en el Manifiesto. Lukács ha señalado, en 1923, que la ortodoxia marxista se refiere exclusivamente al método, lo que significa, según él, la posibilidad (o necesidad) de dejar de lado, o incluso rechazar, muchas de las afirmaciones puntuales de Marx y de Engels (6). Esta relativización sugiere que, además de su extraordinaria grandeza y su increíble actualidad, el Manifiesto también tiene sus límites.

Tales límites surgen, en primer lugar, al hecho de que Marx y Engels adoptaron metodológicamente para este texto, un punto de vista abstracto: se centra en rasgos más generales del modo capitalista de producción, sin analizar sus manifestaciones concretas en los diferentes niveles económicos y sociales. Este punto de vista, que les permite capturar las determinaciones esenciales del capitalismo, les permitió imprimir al Manifiesto esa dimensión universal que hace su grandeza y que es tal vez la razón más importante por su eficacia en todo momento. Pero también les impidió tomar en cuenta las mediaciones concretas que habrían podido enriquecer sus análisis, como en textos posteriores. (En este sentido, bastaría comparar el esquematismo relativo de la definición del Estado en el Manifiesto con la riqueza concreta del análisis del fenómeno político en el 18 Brumario, escrita por Marx tan sólo cuatro años más tarde.)

Sin embargo, los límites de la obra clásica de 1848 son principalmente los límites históricos: escrito en 1848, Marx y Engels no podría elevar el concepto de que las numerosas determinaciones sucesivas  introducidas en el desarrollo histórico en el ser social, alterando los términos con que se definen en Manifiesto, un problema complejo tan importante – para la teoría política que fundó – como la lucha de clases, el estado y la revolución. Después de afirmar que “la época de la burguesía [...] simplificado las contradicciones de clase” (7) (una declaración de que se relativiza en el 18 Brumario y en otros más tarde), Marx y Engels dicen: ”El poder del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de la burguesía en su conjunto. [...] El poder político en sí es simplemente el poder organizado de una clase para dominar a los otros” (8). Esta idea de que el poder del Estado capitalista se impone principalmente por coacción o por “opresión”, se deriva del hecho de que la sociedad burguesa, a diferencia de las sociedades de clases anteriores, no es capaz de “gobernar, porque es incapaz de garantizar la existencia su esclavo (9), es decir, el empleado. La ley de movimiento del capital, según los autores del Manifiesto, el proletariado conduciría al empobrecimiento absoluto. Esto, mientras que el estado burgués que impondría la necesidad de una restricción permanente a los trabajadores, la lucha de clases tomaría la forma de una guerra civil: “Al esbozar las fases clave del desarrollo general del proletariado – sigue diciendo el Manifiesto -describir la historia de la guerra civil más o menos oculta que se libra dentro de la sociedad actual, hasta el punto en que estalla en una revolución abierta y el proletariado fundada su dominio a través de derrocamiento violento de la burguesía (10).

Así el Manifiesto presenta una teoría política en torno a tres puntos principales: 1) un concepto “restringido” del Estado, que éste sería el “comité ejecutivo” de la clase dominante, que se basa principalmente en la coerción (o “dominación”) para cumplir con sus funciones, 2) una concepción de la lucha de clases como conflicto bipolar y “simplificado” entre la burguesía y el proletariado, que se expresa como “una guerra civil más o menos oculta”, que necesariamente llevará a una explosión ” , 3) una visión de la revolución socialista como la "revolución permanente", que tiene su momento en la constitución de la resolución de un contrapoder de la clase obrera, que debe "derrocar violentamente" el poder burgués y sustituirlo por otro poder (que Marx llamará, posteriormente, – retomando un termino de Auguste Blanqui, la “dictadura del proletariado”).

Un marxista que entiende la “ortodoxia” no como una reverencia fetichista de los textos, sino como un compromiso de ser fiel al movimiento histórico-dinámico real, no puede considerar que estas definiciones del Manifiesto mantengan hoy su plena vigencia. Nuevos fenómenos, surgidos especialmente desde el último tercio del siglo XIX, han introducido nuevas determinaciones en el ser social del capitalismo y han convertido en obsoletas muchas características presentes en estas definiciones. Por un lado, el cambio gradual de la explotación laboral a través de la plusvalía absoluta (reducción de salarios y aumento de horas de trabajo) a una exploración a través de la plusvalía relativa (mayor productividad) – un pasaje que Marx teorizó mucho en Libro I de El Capital, publicado en 1867 – ha modificado las condiciones de la lucha de clases: ya no se produce en un contexto en el que la acumulación de capital conduce necesariamente al empobrecimiento absoluto de los trabajadores, sino que hace posible un aumento simultáneo de los salarios y los beneficios, con ello, la lucha de clases puede adoptar formas distintas de la “guerra civil”. Y, en segundo lugar, en estrecha relación con este pasaje, la creciente “socialización política” (logro del sufragio universal, la creación de sindicatos y partidos obreros de masas) obligó al estado capitalista a considerar otros intereses, no sólo los de clase dominante, con lo que – sin dejar de ser un Estado de clase – ya no puede ser definido como un mero “comité ejecutivo” de la burguesía. Todo esto condujo finalmente a una nueva concepción de la revolución socialista: esto ahora se puede imaginar como una cuestión de orden, que opera en los espacios abiertos de las instituciones democráticas liberales (lo que resulta en gran parte de las luchas de los trabajadores), y no más, como suponía todavía el Manifiesto, en la forma de una “violenta explosión” concentrado en un corto tiempo.

Aunque las indicaciones con el fin de revisar la teoría para adaptarse a este nuevo contexto histórico ya presente en Marx y Engels después del Manifiesto (como se puede ver, entre otros documentos, el más tarde en los prefacios de las ediciones y traducciones del texto 1848, pero sobre todo en la introducción que Engels escribió en 1895 para una nueva edición de Las luchas de clases en Francia), el hecho es que una nueva teoría marxista del Estado y la revolución sólo saldría a la luz de una manera sistemática en los celebres Cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci. Sobre la base de una visión historicista del método de Marx, Gramsci se dio cuenta de la esencia de las limitaciones históricas de sus maestros (y, en consecuencia, de el Manifiesto). Así, en una nota en la que habla de la teoría del Estado de Hegel, Gramsci dice: ”Su concepción [de Hegel], de la asociación sólo puede ser vago y primitivo aún, situado entre la política y la economía, a la experiencia del tiempo, que se restringió aún y siempre un ejemplo completo de la organización: la organización corporativa,” [...]. Marx no podía tener más experiencias históricas que Hegel (por lo menos mucho más alto), pero tenía la sensación de las masas, gracias a su actividad periodística y la agitación. El concepto de organización de Marx sigue anclado en los elementos siguientes: organizaciones profesionales, clubes jacobinos, conspiraciones secretas de pequeños grupos como la Liga [Comunista] organización de noticias” (11).

Mientras que aquí indica los límites históricos de Marx y Engels, Gramsci recoge la lección esencial de ellos: el autor de los Cuadernos no abandona las teorías del estado y la revolución socialista elaborada por Marx y Engels, sino que las enriquece con nuevas determinaciones, recogidas del movimiento histórico que tuvo la oportunidad de experimentar.

El examen realizado por el marxismo de Gramsci – una revisión que pone las ideas de Marx y Engels en sintonía con nuestro tiempo – nos enseña que releer el Manifiesto desde un punto de vista marxista, significa releer críticamente, relativizando y situando históricamente. Esta relativización histórica necesaria, sin embargo, no debe hacernos olvidar que pocos textos han resistido tanto y también el paso del tiempo tanto como el Manifiesto del Partido Comunista. Es sorprendente –ya mencionada- su actualidad, y falta por destacar que la concepción de comunismo sugiere que el Manifiesto  es igualmente de extrema actualidad: la de una organización social en la que “el libre desarrollo de cada uno será la condición del libre desarrollo de todos”. Es una frase densa de significado, que establece los criterios marxistas de hoy para evaluar las razones del fracaso del “socialismo real”, para recordar la necesidad de recoger lo mejor de la tradición liberal y democrática y, sobre todo, para rescatar la dimensión libertaria del comunismo, este “espectro” que sigue siendo – y tal vez hoy más que nunca – la única alternativa sensata y racional a la creciente barbarie capitalista.

Notas

1. M. Berman, All That is Solid Melts into Air, New York, Simon and Shuster, 1982.
2. K. Marx e F. Engels, Le manifeste du parti communiste, in Id., Oeuvres choisies en deux volumes, Moscou, Editions du Progrès, s.d., vol. 1, p. 26.
3. Ibid., p. 28.
4. Ibid.
5. Ibid., p. 28.
6. G. Lukács, Histoire et conscience de classe, Paris, Minuit, 1960, pp. 17-18
7. Marx-Engels, Le manifeste, cit., p. 22.
8. Ibid., pp. 24 e 43.
9. Ibid., p. 34.
10. Ibid., p. 33.
11. A. Gramsci, Quaderni del carcere, Torino, Einaudi, 1975, vol. 1, pp. 56-57.