7/11/12

Génesis y evolución de la imagen arquetípica del héroe

El Cid Campeador  Fer
Julio Rafael Silva Sánchez

El héroe como correlato de la obra literaria

Especial para Gramscimanía
Los grupos sociales, a lo largo de sus diversos estadios de desarrollo histórico y cultural, han tratado de presentar (y/o reflejar) una peculiar y específica imagen del héroe, cónsona con su estructura valorativa, con sus formas de vida y con su especial cosmovisión. De manera que en las obras artísticas y literarias podemos observar los diversos arquetipos heroicos que las sociedades han construido.

El análisis de la estructura mítica de la aventura del héroe nos muestra cómo las sociedades primitivas, en las cuales el rito se cumple con precisión y religiosidad, corresponden a formas de vida de gran rigidez: el individuo pierde su libertad de elegir, y sólo puede cumplir con el ritual prefijado por la tradición. En ellas, la única libertad relativa es el modo de enfrentarse a las situaciones establecidas. Lo único importante era parecerse al modelo y cumplir bien con el proceso.

Desde ese enfoque, nos interesa la aventura del héroe como estructura mítica que funciona a modo de correlato estructural de las obras literarias. El tema de los mitos, ya sea como revitalización de la mitología clásica o como generador y  fuente de imágenes literarias, cubre una amplísima visión transdisciplinaria que sintetiza variados enfoques: psicología, historia de las religiones, psiquiatría, historia, antropología...los cuales suelen recurrir a la obra literaria como medio, es decir: como fuente  primigenia de materiales o insumos. En tal sentido, nos interesa el contenido ideológico y la clarificación de los motivos o símbolos, de modo que se hagan más aprehensibles la estructura de la obra y la dimensión literaria de la misma. En esta caracterización mítica del héroe nos aproximamos a Juan Eduardo Cirlot (1975), para quien:
 ...el culto del héroe ha sido necesario no sólo por la existencia de las guerras, sino a causa de las virtudes que el heroísmo comporta y que, siendo advertidas seguramente desde los tiempos prehistóricos, hubo necesidad de exaltar y recordar. La magia, el aparato, el esplendor del mismo vestuario guerrero de los antiguos así lo proclama, como la coronación de los vencedores equiparados a los reyes. La relación entre la “pequeña guerra santa”, es decir, la lucha contra los enemigos interiores y espirituales, determinó automáticamente la misma relación entre el héroe de una y otra guerra. Todas las cualidades heroicas corresponden analógicamente a las virtudes precisas para triunfar del caos y de la atracción de las tinieblas. De ahí que el sol se asimilara en muchos mitos al héroe por excelencia. (Cirlot, 1975: 11)
El héroe: mito y arquetipo

El héroe mítico, en su concepción clásica, se corresponde con la imagen de aquel personaje, superior al común de los mortales, cuya función es liberar a los seres humanos de su inferior condición, de sus infortunios y desgracias: es un ente poderoso, semidivino, grandioso, y, por tanto, el mundo y la aventura pertenecen a la misma dimensión. De manera que el héroe, entendido en su dimensión mítica  (mito es un modo de concebir la relación del hombre con el mundo) y mitológica (si el mito es el origen, la mitología es su concretización dentro de un sistema ideológico o religioso determinado), responde a la caracterización que plantea Mircea Eliade (1985):  
...el mito relata una historia sagrada, es decir, un acontecimiento primordial que tuvo lugar en el comienzo del Tiempo, ab initio. Mas relatar una historia sagrada equivale a revelar un misterio, pues los personajes del mito no son seres humanos: son dioses o héroes civilizadores, y por esta razón sus gestas constituyen misterios: el hombre no los podría conocer si no le hubieran sido revelados. El mito es, pues, la historia de lo acontecido en illo tempore, el relato de que los dioses o los seres divinos hicieron al principio del tiempo. “Decir” un mito consiste en proclamar lo que acaeció ab origine. (Eliade, 1985: 120)
En la concepción primitiva, el mito posee evidentemente un sentido mágico o religioso. El comportamiento del hombre primitivo está subordinado a su visión “sagrada” del mundo: entiende la realidad, la naturaleza y él mismo como manifestaciones de los actos de los dioses o de seres sobrenaturales, ya sea en el tiempo de los orígenes, in illo tempore, o en la actualidad. En tal sentido, el mito responde a una necesidad del hombre por explicar el origen de la vida y de aquellos aspectos que le resulten incomprensibles, cuando aún no ha llegado a dominar científicamente el desenvolvimiento de la realidad en la cual está inmerso.

El héroe tiene también connotación de símbolo o arquetipo, es decir, capacidad evocadora referida a ciertos significados o contenidos. Se trata de la identificación privada y subjetiva, en su origen, entre una imagen y una suma de finalidad, sea ésta consciente o inconsciente, de forma que se realiza una sincronía entre la imagen y las aspiraciones del sujeto. El héroe es, además, un arquetipo, es decir, una situación, una idea sintética, una representación objetiva, con capacidad evocadora o provocadora, en lo individual y en lo cultural. Son formas universalmente heredadas, cuyo conjunto constituye la estructura del inconsciente. Para Wilfred Guérin (1966), los arquetipos son:
...similares motivos o temas que pueden encontrarse en diferentes mitologías, y ciertas imágenes en los mitos de muchos pueblos distanciados en el tiempo y en el espacio. Poseen un significado común o, más exactamente, tienden a generar respuestas psicológicas similares y se sirven de funciones culturales semejantes. Dichos motivos o imágenes son simplemente símbolos universales. (Guérin, 1966: 51)
El héroe en la antigüedad

De tal manera, los héroes están conectados (y emparentados) con la más rica tradición literaria occidental que revelan la imagen del héroe: desde las costumbres transmitidas oralmente por nuestros más remotos ancestros, de generación en generación, pasando por los textos egipcios, como La sabiduría de Ptah-hotep (III milenio a. d. C.), La sabiduría de Ipuver (finales del siglo XVIII a. d. C.), El Himno al Sol de Akhenaton (siglo X a. d. C.); los libros babilónicos, como El Código de Hammurabi (siglo XVIII a. d. C.), La Epopeya de Gilgamesch (III milenio a. d. C.). Un poco más tarde, en los relatos hindúes como el Mahabharata (año 300 a. d. C.) y el Ramayana (siglo III a. d. C.), denotamos al héroe revestido de un espíritu religioso y filosófico, como es el caso de Krishna, en el primero, y de Rama, en el segundo. Ambos son héroes que encarnan el alivio de la miseria para los hombres. El Ramayana, libro de mayor valor artístico, narra la educación de Rama, su encarnación en el dios Visnú, el destierro con su fiel esposa Sita y sus grandes y cruentos hechos de armas, los cuales terminan con la victoria sobre sus valerosos enemigos, los rakshasas, Así, Rama, citado por Martín de Riquer (1973), es:
…el vencedor de las fortalezas enemigas, el pujante guerrero, el de los ojos anchos como la hoja de loto, el del de altanero talante de león, el lleno de gratitud y afabilidad. (De Riquer, 1973: 7)
Los héroes homéricos

Es posteriormente en las obras homéricas, en donde encontramos el concepto de héroe referido a elementos connotativos precisos. Homero, rapsoda de gran talento poético, aprovechando canciones del ciclo troyano, compuso en su juventud el poema La Ilíada (siglo IX a. d. C.), en el cual nos encontramos con: descripciones de lugares, peripecias, caracteres, aventuras, diálogos; el inmenso arsenal metafórico; la ternura o el vigor de sus héroes (varones graves o mujeres amorosas). Todo lo cual (hay que subrayarlo) se encuentra también en La Odisea. Denotamos en el mundo homérico de La Ilíada la sociedad señorial de reyes magnates (en el centro, el rey, rodeado de una aristocracia de guerreros, de una verdadera corte), y la sociedad de los dioses, dominada por la concepción antropomórfica del Olimpo (los dioses se comportan como hombres), trasunto ideal de la aristocracia jónica. Estos dioses toman parte en las luchas como cualquier otro mortal, y muestran su simpatía por cada uno de los bandos combatientes, según sus inclinaciones personales. Aquiles es un mito radiante del combate griego contra Asia, el cual más tarde hará revivir Alejandro Magno en sus célebres campañas. Hay otros aspectos en esta obra: patetismo y grandeza en la acción, serenidad en el desenlace, variedad inagotable en torno a un tema singular, como es el enfrentamiento político con el poder establecido, estudio profundo de las pasiones humanas, incluso humor en algunos episodios. Sobre esta obra nos comenta Francisco Larroyo (1983.):
...La Ilíada es el epos  de un tiempo de guerra y depredaciones y el objetivo principal de sus protagonistas es conseguir prestigio y riquezas. Es el poema nacional, la epopeya de la patria helénica. En esta obra no sólo veían los griegos su historia, sino también su código religioso y moral, su guía en la  política y en la guerra; en una palabra, representa “la Biblia del mundo heleno”. (Larroyo, 1993, 47)
En La Odisea, obra escrita en la madurez del poeta, se narran las aventuras de uno de los protagonistas de La Ilíada, Ulises (Odiseo), quien acabada la guerra de Troya, regresa a su patria, Itaca. El guerrero se pierde en larga peregrinación por tierras extrañas, que le lleva hasta los confines del mundo entonces conocido: la oikoumene. Después de diez años de incontables peripecias, el héroe logra emprender su retorno a Itaca. En esta obra destaca, sobre la belleza de las descripciones y la riqueza de las leyendas, la compleja psicología de Ulises, considerado prototipo de habilidad y astucia. En tal sentido, acota Martín Alonso (1979):
...Si la virtud fundamental de Aquiles, en La Ilíada, es el ímpetu y el valor, la de Ulises, en La Odisea, es la prudencia y la astucia valerosa (...) A la sociedad feudal de La Ilíada sucede en este otro poema un cuadrocompleto de las diferentes clases sociales griegas. (Alonso, 1979: 283)
Si La Ilíada es el poema de la guerra, de los tiempos de formaciones, vergüenzas y sofocos de los pueblos, La Odisea representa el inicio de los tiempos nuevos, cuando el héroe guerrero dio paso al señor terrateniente, quien, asentado en sus propiedades, levanta la cultura sedentaria. En ambos libros está presente el ideal de la paideia, es decir: fueron libros educadores de hombres. Por eso afirma Segundo Serrano Poncela (1973):
Característica principal de este ideal (de esta paideia) es el sentido del deber. La nobleza homérica, en ambos poemas, siente el orgullo de estar fundada en una serie de progenitores ilustres y sabe que mantener esta preeminencia requiere el ejemplo de ciertas virtudes. Homero las señala; compañerismo, valor, educación del cuerpo en el deporte, sentido del honor y la palabra empeñada, espíritu de sacrificio. Utiliza para unificarlas el término areté. Los griegos entendían por areté la capacidad para hacer algo perfectamente.  (Serrano Poncela, 1973: 75)
En ambas obras observamos la nítida imagen del héroe con significación paradigmática, como ejemplo al cual los jóvenes deben emular para aquilatar su espíritu, templar su alma y elevar su valor hasta límites sobrehumanos. Es importante, además, destacar el valor sociológico y político de estas obras: la concepción del mundo de la poesía homérica es completamente aristocrática, aunque ya no estrictamente feudal: sólo sus temas más antiguos pertenecen al mundo feudal. El cantar heroico se dirigía todavía exclusivamente a los príncipes y a los nobles; sólo se interesaba por ellos, por sus costumbres, normas e ideales. El hombre común del pueblo carece de nombre y el guerrero vulgar no tiene ninguna importancia. En todo Homero no existe ni un sólo caso en que un personaje no noble se eleve por encima de su propia clase. La epopeya no critica realmente ni a la realeza ni a la aristocracia. Pero si los rasgos burgueses que han sido señalados en las comparaciones homéricas no reflejan todavía una manera de sentir estrictamente burguesa, sin embargo la epopeya no expresa los ideales heroicos de la leyenda. Más bien se da una inagotable tensión entre la concepción de un poeta humanizado y el modo de vida de sus rudos héroes. No es sólo en La Odisea donde se nos muestra el Homero no heroico. No es Ulises el primero en pertenecer a otro mundo, más próximo al poeta, que aquel al cual pertenece Aquiles: ya el noble, tierno y generoso corazón de Héctor comienza a suplantar al terrible héroe en el corazón del poeta. Todo esto demuestra sencillamente que el modo de ser de la propia nobleza estaba cambiando. Y ahora los poemas ya no estarán dirigidos a la nobleza militar terrateniente, sino a una aristocracia ciudadana y no belicosa.

Estas obras constituyen la plena perfección de una épica nacional, una poesía que llegó a convertirse en plena concepción cósmica, en la cual los dominios de los dioses y de los héroes se funden en unidad estrecha y compacta, porque, como lo había señalado Wolfgan Guthrie (1953):
Todo ámbito vital y todo fenómeno biológico son algo divino: lo son los héroes y el pastor, las estrellas y los mares, las regiones y los continentes, los animales y las plantas, todo forma parte del elan vital. (Guthrie, 1955: 77)
Los héroes en el Medioevo y más allá

Más tarde, permitiéndonos una elipsis cronológica nos trasladaremos hasta la epopeya medieval,  aquellos cuerpos literarios que recogen las costumbres de la sociedad feudal: los cantares de gesta. En tales documentos poéticos medievales, se presenta el héroe en el equivalente de su raíz germánica de varón cabal y cumplido. En obras como La Chanson de Roland, el Cantar del Mio Cid, el Nibelungeliet y el Canto de la Tropa de Igor, héroes franceses, españoles, alemanes y eslavo-ucranianos, cada uno de ellos conforma el modo de expresión de un estamento señorial o feudal, en sectores europeos de distinta formación histórica. Pero en todos estos cantares, como lo afirma Segundo Serrano Poncela (Op. Cit.), el héroe está provisto:
...de una virilidad magnífica, de un valor a toda prueba, hecho al sacrificio, cumplidor de su palabra, temerario con frecuencia. Emprende hazañas sólo para él reservadas y su ejecución le rodea de un halo sensacional. Las peculiaridades fisiológicas son destacadas como virtudes: elevada estatura, ancho de espaldas, puños gruesos, amplios, muslos, pelo cetrino, rojo o rubio, tostado de piel; es decir, una obra maestra de la naturaleza. (Serrano Poncela, 1973: 156)
Así, a través de varios saltos cualitativos en la dimensión espacio-temporal, encontramos al héroe en los diferentes estadios y épocas (siguiendo el esquema propuesto por Segundo Serrano Poncela):

El héroe-caballero, cortesano y noble, arquetipo de la llamada novela de caballerías (como es el caso del personaje central de El Amadís de Gaula).

El héroe renacentista, con sus valores de hombre nuevo, sus preocupaciones intelectuales y sus ansias de saber y conocer, aunadas a la destreza militar (como Garcilaso de la Vega, en obra y personal).

El héroe cervantino, único en su momento y dimensión de locura y humanismo (como  Don Quijote).

El héroe sensual del barroco (como los personajes de El criticón, de Baltasar Gracián).

El héroe realista, puesto en difíciles y peligrosas contingencias (como el personaje central del Robinson Crusoe, de Daniel Defoe).

El héroe insatisfecho, de la razón fría y sentidos ardientes, inmerso en el fondo submarino de la vida pasional (como el personaje protagónico del Fausto, de Goethe).

El héroe romántico, demoníaco y desprendido, rebelde y sensual, voluptuoso y con ansias de entregarlo todo (como los personajes de Víctor Hugo, Walter Scott y Ernst Hoffmann).

El héroe como instrumento de exploración de sí mismo y de la sociedad en su compleja articulación (como los personajes de Honoré de Balzac y de Emile Zola).

El héroe como elemento de perfección y de belleza formal, realista y antiburgués, en combate contra la miseria y las mediocridades del   espíritu (como algunos personajes de Madame Bovary, de Gustave Flaubert).

El héroe de la memoria inconsciente y con un sentido existencial de la temporalidad (como el protagonista de la novela En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust).

El héroe nihilista, que experimenta el fluir desordenado o irracional de la conciencia (como el personaje central del Ulises, de James Joyce).

El héroe inquieto, descontento, angustiado, inseguro, voluptuoso (como los personajes de las obras de Thomas Mann).

El héroe obsesionado por la temporalidad y la religión, en el cual se produce una rara mezcla de crueldad y ternura (como los personajes de Willian Faulkner).

El héroe existencialista, a quien atormenta la incomunicación humana y la alienación creciente de la cual es objeto por parte de la sociedad en la cual vive (como los personajes de Albert Camus, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir).

El héroe que se cuestiona a sí mismo, antes de cuestionar a la sociedad; que es víctima y victimario del lenguaje, fenómeno del cambio y, a la vez, producto de ese cambio (como  los personajes de las obras de Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Mario Vargas Llosa, Miguel Angel Asturias, Alejo Carpentier, Carlos Fuentes, José Balza, Carlos Noguera, Adriano González León, Luis Britto García, Héctor Mujica...).

De esta manera hemos visto cómo la imagen del héroe ha sido necesariamente dinámica y se ha adecuado a la concepción del hombre y del mundo a través de la Historia de la Cultura y de la Literatura. El héroe es, entonces, emulación de las condiciones sociales e históricas del hombre y, contradictoria pero dialécticamente, recipiendario de los anhelos y frustraciones del ser humano, en afán de sublimación de sus más recónditos anhelos y carencias. Porque en el héroe denotamos la interpretación universal de un deseo o de una sublimación humana proyectada históricamente: es la visión arquetípica del héroe como reflejo de la orientación, pero, sobre todo, del dominio que ejerce dentro de un grupo social. El héroe es un caudillo. Una especie de hombre carismático que arrastra una gran masa de individuos que, como él, luchan por determinados ideales.  Finalmente, parece importante  la definición de Carl G. Jung (1970), según la cual:
...el héroe, como mito universal, está siempre referido al poder del dios-hombre que vence al mal en forma de dragones, serpientes, monstruos, demonios...un ser superior, poderoso, siempre por encima del hombre medio, y cuya función consiste en salvar a éste de la destrucción y de la muerte. (Jung, 1970: 49)
Referencias Bibliográficas

Alonso, M. (1979). Historia de la literatura mundial. Tomo I. Madrid: Edaf.
Alsina, J. (1971). Tragedia, religión y mito entre los griegos. Barcelona: Labor.
Cirlot, J. E. (1975). Diccionario de símbolos tradicionales. Barcelona: Luís Miranda editores.
De Riquer, M. (1973). Historia de la literatura universal. Volumen I. Barcelona: Planeta.
Eliade, M. (1985). El mito del eterno retorno. Madrid: Alianza-Emecé.
Fernández M., C. (1985), América Latina en su literatura. México. Siglo XXI.
Guéring, W.(1966). Manual de crítica literaria. Buenos Aires: Eudeba.
Guthrie, W. (1953). Los filósofos griegos. México: Fondo de Cultura Económica.
Jung, C. G. (1970). Símbolos en transformación. Buenos Aires: Paidós.
Larroyo, F. (1983). Historia general de la pedagogía. México: Porrúa.
Serrano P., S. (1971). La literatura occidental. Caracas: Ediciones de la Biblioteca de la UCV. 

J.R. Silva Sánchez
Julio Rafael Silva Sánchez nació en Tinaquillo, estado Cojedes (1947) y desde su juventud se ha dedicado a escribir ensayos con los cuales ha obtenido reconocimientos como el Premio Nacional de Ensayos Literarios "Enriqueta Arvelo Larriva" de la Unellez (1987) por su libro “Julio Cortázar, instrucciones para un perseguidor”; Mención Honorífica del Premio Nacional de Ensayos Ipasme (1989) por su obra “Desarrollo de actitudes, conductas y valores en adolescentes a través de la manipulación que la televisión hace de la imagen arquetípica del héroe”; Premio Nacional de Ensayos del Conac (2004) por su investigación “Eduardo Mariño: el brillo y las sombras de una escritura heteróclita”; Premio Nacional de Crónicas 2008 en la Primera Bienal Nacional de Literatura José Vicente Abreu (Cenal-Red de Escritores), con su indagación “José Vicente Abreu en cuatro tiempos”; Premio de Ensayos en la II Bienal Nacional Literaria “Víctor Manuel Gutiérrez” Unellez (2010), por su investigación “Julio César Sánchez Olivo y el poder seductor de la metáfora”; Mención Honorífica en el Concurso Nacional de Ensayos “Centenario de Miguel Hernández”, convocado por la Embajada de España en Venezuela y la Universidad Nacional Experimental de Yaracuy (2011), con su ensayo “La palabra como exigencia iluminada de lo real (acercamiento a la obra poética de Miguel Hernández)”. Como narrador obtuvo Mención de Honor en el Concurso Nacional de Cuentos y Relatos: Misterios y Fantasmas Clásicos de la Llanura, de la Unellez (2004), con su relato “Schumann entre Dachau y San Fernando”. Su más reciente obra publicada es: “Héroes y villanos, llaneros y llanura en la obra narrativa de José León Tapia”, Unellez (2008).