13/11/12

Estado capitalista y transición al socialismo en el joven Gramsci

Katu Arkonada

El Estado fue siempre el protagonista de la historia porque en sus organismos se concentra la potencia de la clase propietaria; en el Estado la clase propietaria se disciplina y se unifica, por sobre las disidencias y los choques de la competencia, para mantener intacta la condición de privilegio en la faz suprema de la competencia misma: la lucha de clases por el poder, por la preminencia en la dirección y el ordenamiento de la sociedad.

Me encuentro realizando en el PLED del gran Atilio Borón el curso  “Teoría y praxis en el pensamiento de Antonio Gramsci: sus aportes para analizar la realidad latinoamericana” y quiero aprovechar para realizar algunos comentarios a las lecturas que venimos haciendo sobre Gramsci en su etapa antes de ser secretario general del Partido Comunista Italiano y posterior paso por la cárcel donde redactó los famosos “Cuadernos de la Cárcel”.

Lo interesante de esta primera etapa de un joven Gramsci es su afinidad con Rosa Luxemburgo en un debate tan actual como el de si primero deben ir las revoluciones sociales o la conquista de pequeñas reformas, y ambos pensadores tenían claro que las reformas y la revolución social debían ser pensadas como un todo indivisible, no habiendo oposición entre ambas luchas, que debían ser complementarias.

Es decir, debemos salir de un esquema lineal tradicional de primero la toma del poder, y después realizar las reformas necesarias para salir del capitalismo. Cuando Gramsci deja escrito “hay que conciliar las exigencias del momento actual con las exigencias del futuro, el problema del ‘pan y la manteca’ con el problema de la revolución, convencidos de que en el uno está el otro, que en el más está el menos”, nos está diciendo que hay que la transformación revolucionaria no es solo un horizonte futuro, sino que en las prácticas políticas cotidianas se encuentra la base del orden futuro.

Lo anterior le llevo a Gramsci a percibir que las clases subalternas no podían triunfar si restringían la lucha solo a una región (el norte de Italia pero podría ser Guipúzcoa o el altiplano boliviano), a un territorio (el fabril pero podría ser el sector terciario o el campo) y a un sujeto específico (el obrero industrial pero también la clase media o el indígena-originario-campesino). Ese fue el inicio de su teorización sobre la construcción de hegemonía.

Otro elemento fundamental de esta temprana etapa del pensador sardo fue su reflexión sobre el Estado. Cuando Gramsci escribe en un articulo periodístico llamado La conquista del Estado lo siguiente: “Estamos persuadidos después de las experiencias revolucionarias de Rusia, Hungría y Alemania, que el estado socialista no puede encarnarse en las instituciones del estado capitalista, sino que es una creación fundamentalmente nueva con respecto a éstas, con respecto a la historia del proletariado. Las instituciones del estado capitalista están organizadas para los fines de la libre competencia: no basta cambiar el personal para orientar en otro sentido su actividad” nos está diciendo que el Estado no puede usarse como un mero instrumento, algo que hace tiempo aprendimos en Bolivia. No sirve únicamente con tomar el poder estatal para sentar las bases de un nuevo orden.

Pero además, otro elemento a tomar en cuenta es que para Gramsci, frente a la fragmentación de las clases dominantes, el Estado capitalista es algo más que una simple maquinaria al servicio de una burguesía “externa” a él, convirtiéndose en el dispositivo donde la clase capitalista se constituye como tal. Es decir, el Estado no es un mero instrumento de la clase dominante, sino el lugar donde la burguesía se unifica, cohesiona y constituye para ejercer su dominación, no solo mediante la coerción, sino mediante la construcción de multitud de instrumentos que le permitan garantizar el consentimiento de las clases subalternas. O dicho de otra manera, las clases dominantes, las elites no son simples fuerzas productivas económicas que funcionan al margen del Estado, sino que utilizan al mismo para unificarse en su seno, y su influencia política depende de los mecanismos jurídicos-administrativos que logren construir al interior del Estado.

Aunque Gramsci asumía a los sindicatos de orientación anarquista como compañeros de lucha, antes de propugnar la desaparición del Estado proponía un modelo de transición que permitiera sentar las bases de una sociedad comunista. Muy clarificador uno de sus tempranos escritos en el L’Ordine Nuovo en el que decía: “La dictadura del proletariado es todavía un Estado nacional y un Estado de clase”. Gramsci escribía que la dictadura del proletariado debía resolver los mismos problemas que el Estado burgués: la defensa externa e interna. Es decir, la defensa, armada si era necesaria, de las conquistas revolucionarias, frente a los intentos de la burguesía de tirar abajo la nueva construcción estatal. Este nuevo Estado solo era represivo respecto de la burguesía contrarrevolucionaria, pero más allá de eso profundizaba en una democracia de base.

Por lo tanto, la tarea ineludible de la clase trabajadora era ir configurando instituciones de nuevo tipo que permitieran prefigurar el futuro Estado socialista, aunque tampoco había que desestimar las instituciones existentes como ámbitos relevantes de la lucha de clases. En su artículo “Democracia Obrera” escribía lo siguiente: “el Estado socialista existe ya potencialmente en las instituciones de vida social característica de la clase trabajadora explotada”.

Estas son algunas ideas que un treintañero Gramsci nos dejaba antes de asumir responsabilidades en el PCI e ir a la cárcel por ello con el ascenso del fascismo de Mussolini. En las próximas semanas trataré de elaborar algún ensayo a partir del estudio de los cuadernos escritos en la cárcel, donde nos deja elementos fundamentales para la ciencia política como es un marco teórico en torno al concepto de hegemonía, revolución pasiva o guerra de posiciones.