16/11/12

El paralelismo en la psicología / Charles Darwin psicólogo

Charles Darwin ✆ Federico Kukso
José Antonio Gómez Di Vincenzo

Especial para Gramscimanía
Además de revolucionar la biología, Darwin también incursionó en la psicología. Trece años después  de haber expuesto su famosa Teoría de la Evolución por Selección Natural en El Origen de las Especies y un año después de ofrecer una explicación de la evolución del ser humano en el Origen del Hombre; concretamente, en 1872, Charles Darwin (1809 – 1882) publicó su principal contribución a la psicología moderna, en especial a la psicología del lenguaje, La Expresión de las Emociones en el Hombre y Animales. En este trabajo, el famoso naturista inglés analiza el modo en que los seres humanos y los animales (sobre todo pájaros y mamíferos pequeños) transmiten emociones. Darwin lleva aquí su teoría de la evolución al campo de la experiencia consciente.

Darwin estudió cuestiones tales como el enfrentamiento entre dos animales por el alimento. Un caso paradigmático es el de dos perros peleando por un hueso. Si uno de ellos está a punto de atacar al otro, o simplemente, por quitarle el hueso, esta acción provoca reacciones violentas en el perro agredido. Existiría, entonces, una serie de actitudes que expresan la actitud emocional del perro. Según el naturalista inglés, este tipo de análisis puede trasladarse fácilmente a la expresión humana de la emoción. Veamos cómo.

Para estudiar las emociones, Darwin se centró en el estudio de los rostros de las personas puesto que es allí donde mejor se expresan las emociones humanas. Con los gestos, según el científico inglés, transmitimos mensajes. Como era de esperar, el inteligente investigador empleó como ejemplares a quienes mejor expresan emociones en el mundo de los humanos, los actores de teatro, cuyo oficio exige el dominio de los músculos del rostro para transmitir estados emocionales con claridad a un público atento.

De lo que se trataba era de determinar qué valor podían tener los cambios operados en el rostro del actor. Por ejemplo, la forma en que la sangre inunda las mejillas cuando aparece la timidez, el cuello en ante la cólera, qué ocurría en el caso del miedo o el terror. En todas esas emociones, Darwin detectó mutaciones en el modo en que circula la sangre en el rostro. Todos estos cambios tienen un importante valor para su estudio, dado que representan cambios en la circulación de la sangre durante los actos que expresan emociones. De allí, que era posible dar cuenta de un paralelismo entre lo que ocurre orgánicamente (cambios en la circulación de la sangre en la cabeza y particularmente en el rostro del actor) y en la conciencia  (emocionalmente).

Por otra parte, es fácil notar que en muchos de nuestros actos de hostilidad, cuando se analizan las actitudes en el rostro de quien los experimenta, se parecen a las que exhiben los animales. Esta actitud, más bien dicho, el gesto, según Darwin, persistiría aún cuando ha desparecido el valor del acto mismo. Es decir, los seres humanos ya no peleamos por huesos y sin embargo, a veces, mostramos los dientes.

Darwin se avocó a estudiar gestos agresivos como indicadores de emociones suponiendo que el gesto tiene la función de expresar precisamente las emociones humanas. Juzgaba allí una actitud presente en la experiencia con animales que se extendía al animal hombre. La evolución había hecho que esos gestos perdiesen el valor que tenían en actos originales (por ejemplo cuando, como homínidos, peleábamos por alimento) y, no obstante, dichos gestos habrían sobrevivido de algún modo para ser aplicados a funciones valiosas como la de expresar emociones.

Como otros psicólogos de su época, Darwin creía firmemente que los actos de un ser humano (comprobables empíricamente) aportaban informaciones a otros individuos de su especie. Los actos observados dan cuenta de algo del espíritu del individuo, son medios para transmitir un mensaje, una forma de comunicación.

El enfoque darwiniano ha sido duramente criticado desde otros espacios dentro del campo de la psicología moderna y contemporánea. En efecto, resulta imposible suponer que los animales inferiores estudiados por Darwin se proponen expresar emociones y menos hacerlo para beneficio de otros individuos de su especie. No pueden enfocarse estos gestos como la expresión de un contenido en la conciencia.

En el caso del actor estudiado por el propio Darwin, la cuestión es muy distinta. El actor se propone expresar una emoción, por ejemplo, un enojo. Podrá, sin duda, hacerlo mediante una transformación en el rostro. De este modo, podrá traducir al público presente en la sala la emoción que quiere transmitir el personaje. Sin embargo, nuestro actor no estará expresando su propia emoción sino dando cuenta de la presencia de cólera. Si es un gran actor hasta puede hacerlo mejor que una persona verdaderamente encolerizada.

Como lo demuestra genialmente el gran psicólogo social estadounidense, George Mead (1863 – 1931) en un pasaje de su excelente trabajo titulado Espíritu, Persona y Sociedad, lo que tenemos es que los gestos sirven para expresar las emociones pero no podemos concebir que surgiesen como tales y que como tales hayan surgido para provocar un lenguaje a fin de expresarlas.

La psicología de Darwin partía del presupuesto de que la emoción era un estado psicológico, un estado de la conciencia, y que ciertos movimientos gestuales podían dar cuenta de su presencia. En otras palabras, desde el punto de vista metafísico presuponía la conciencia como algo distinto del organismo biológico. Así un estado consciente x (una emoción, por ejemplo la ira) debía ser expresado por el gesto o por una actitud. Debía ser expresado y reconocido por otro individuo gracias al medio de expresión.

Según Mead, no es posible probar la existencia previa de la conciencia como algo que provoque una conducta por parte del organismo y que pueda hacer surgir una reacción adaptativa por parte de otro organismo sin depender ella misma de tal conducta. Más bien lo que tenemos es que la conciencia es un emergente de tal conducta. La conciencia está lejos de ser una precondición de los gestos, actitudes y actos sociales; más bien son estos su precondición. Dicho de otro modo, de la interacción social surge la necesidad de expresarnos con gesto o actitudes y de allí, la conciencia como conciencia social. En consecuencia no puede afirmarse la existencia de una conciencia previa e independiente de los individuos que interactúan en sociedad.