26/11/12

Cornelius Castoriadis / La ciudad y las leyes

Tal como revela el fallecido Aquiles a Odiseo, que está explorando los reinos del más allá, no hay esperanzas después de la muerte; si alguna vida hay, es siempre peor que la más horrible que pueda existir en la tierra de los vivos. Esta falta de esperanza (reforzada por mitos como el de Pandora) es la que llevó a Kant a escribir, a propósito de las tres grandes preguntas de la filosofía: “En lo que se refiere a las dos primeras: ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, la interminable discusión comienza en Grecia, pero no hay ‘respuesta griega’. Pero para la tercera pregunta: ¿qué me está permitido esperar?, hay una respuesta griega clara y precisa, un nada macizo y resonante”. La ausencia de orden, la preeminencia del caos sobre el cosmos, es otra idea que permanece en el pensamiento griego desde Anaximandro. De esta ausencia de orden, como señala Philippe Raynaud, “nacen juntas la política y la filosofía: la ausencia de orden autoriza un cuestionamiento ilimitado, y corresponde a la capacidad instituyente de los hombres suplir la ausencia de un orden ‘justo’. A la inversa, como ha de mostrarlo el ejemplo de Platón, si existe un orden eterno y, por ejemplo, el mundo está ordenado por una inteligencia superior, la filosofía es necesariamente limitada en su cuestionamiento y la democracia es, en rigor, ilegítima”.


El filósofo Cornelius Castoriadis (1922-1927) se dedicó largamente a estudiar el nacimiento, la naturaleza y el funcionamiento de la democracia directa de los atenienses. Sus seminarios sobre el tema, entre 1983 y 1984 se recogen en La ciudad y las leyes, y allí Castoriadis se relaciona, discute o disiente con las interpretaciones de otros filósofos (Rousseau, Burckhardt, Nietzsche, Arendt, etc.) y sobre todo realiza una relectura del pensamiento u obras de los autores antiguos (Sófocles, Heródoto, Platón, Aristóteles).
Castoriadis intenta siempre mantenerse en los límites de la historia y la sensatez. Ante ciertas idealizaciones del pasado griego, que un interlocutor compara a la idealización que en el ‘68 se hacía de, por ejemplo, China, y hasta de Albania: “Conformémonos con señalar que los hombres no se atreven en general a asumir su libertad y necesitan una ‘garantía’ en alguna parte, y cuando no está en los cielos, está en el pasado o en el presente, en el Este o en el Oeste. Las cosas no deben ser así porque nosotros lo queramos y lo digamos; es la realidad misma (celestial o terrenal, de ayer o de hoy) la que nos dicta lo que deber ser. Rusia, Yugoslavia China, Argelia, Cuba... La lista, sin duda, no está cerrada”.

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