12/10/12

Notas prescindibles sobre El Quijote y su tiempo

Julio Rafael Silva Sánchez

La desintegración del feudalismo y otros asuntos

Especial para Gramscimanía
En una rápida visión del panorama histórico, veremos cómo en el siglo XVI se inicia en los países de Europa occidental el período de desintegración del feudalismo y la acumulación primitiva del capital. 

El crecimiento de la producción artesanal y agrícola en esos países y el desarrollo de la producción mercantil, expresados en la desintegración de la economía natural, dan origen a lazos económicos cada vez más amplios y estrechos entre los diversos factores de los distintos países y conducen, finalmente, a la formación de mercados nacionales.

Por otra parte, se acentúa la lucha de clases en la ciudad y en el campo. Se acrecienta la presión de los terratenientes sobre los siervos campesinos, en relación con el paso a la renta en dinero, lo cual multiplica el número de insurrecciones campesinas y condiciona su envergadura cada vez mayor. El movimiento campesino se convierte en una auténtica guerra civil en Inglaterra, Francia, España y Alemania. El crecimiento de las contradicciones en las ciudades conduce también a acciones abiertas de los operarios y de los pobres (marginados de los gremios) contra los patricios urbanos.

Las concepciones sobre la naturaleza y el hombre cambian radicalmente. El ascetismo es sustituido por el culto abierto a la naturaleza humana. Lo divino cede lugar a lo natural, y todo lo humano adquiere un interés independiente. En el terreno de las ideas políticas, la burguesía no pudo aceptar la extendida injerencia de la iglesia feudal en la vida política, ni las tentativas de los feudales eclesiásticos (encabezados por el Papa) de someter a su dominio el poder secular. El desarrollo de las relaciones capitalistas requería también, de manera insistente, la superación del fraccionamiento feudal que impedía la instauración de lazos económicos en gran escala. La centralización del Estado contribuyó, a su vez, al ulterior desarrollo de la economía, lo cual condicionó el surgimiento de nuevas teorías políticas, llamadas a contribuir con el aniquilamiento de la base feudal y con el desarrollo del incipiente modo burgués de producción. Se promueve y se defiende la reivindicación de un Estado netamente mundano, con independencia respecto a la Iglesia, y de un poder estatal único y centralizado.

El Quijote / Una asombrosa lección de teoría y praxis literarias

Es en este contexto en donde encontramos a Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), autor de varias obras teatrales y de diversas novelas, una de las cuales, El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha (publicada su primera parte en 1605 y la segunda en 1615) es de singular importancia para los propósitos de nuestro estudio. La obra es, en principio, un ataque a fondo contra los libros de caballerías. Pero lo que da dimensiones universales a su obra es la naturaleza de su humor, un humor piadoso y humano que nos muestra cómo las desventuras no amargaron a Cervantes  hasta el punto de hacerle concebir una novela satírica y grotesca, en la cual denotamos una crítica social muy sutil, llena de amenidades y fábulas, reflejo de una profunda experiencia adquirida a través de su trato con los hombres y los graves sucesos que le acontecieron, condimentada por una sensibilidad única de carácter literario. Todo esto hizo del autor un narrador fiel y un intérprete irónico de su vida y de su tiempo. Esta circunstancia no se da en la novela de un modo directo, como relato autobiográfico, sino a través de una estimativa de valores y normas que trascienden el argumento. Así lo considera Segundo Serrano Poncela (1971):
“...ésta es la obra que concedió fama e inmortalidad a Cervantes. Por vez primera, con este libro, la literatura europea abre camino a la novela moderna, así que se puede considerar a Cervantes, sin hipérboles, como el creador del género (...) El Quijote contiene la experiencia cervantina, lo que la vida de Cervantes fue y además sus ideales, lo que Cervantes hubiera querido que fuese su vida. Todas las grandes novelas tienen este valor de ejemplo y sus autores son, por ello, moralistas y educadores.”
Por otra parte, Don Quijote muestra en sus episodios el resultado de una contienda interior producida en el ánimo de Cervantes al poner en relación el inmediato pasado español del siglo XVI (vivido por él durante sus años jóvenes) y un presente que desprecia y dentro del cual se siente frustrado. La famosa batalla de Lepanto y sus años de soldado son la columna sobre la cual descansa cierto ideal de vida. También los años de pugna ideológica que concluyeron con la liquidación del pensamiento reformista, a beneficio de unas anquilosadas maneras de entender la vida, sujetas en exceso a la ortodoxia católica. Además, Cervantes simpatizó con moriscos y hebreos, formando parte de la influyente minoría intelectual española  constituida por la fusión ideológica de los tres grupos étnicos y las tres religiones. Esta novela podría formar parte de lo que posteriormente se ha denominado literatura de protesta, por su peculiar posición ante la sociedad de su tiempo. Por ello, Ortega y Gasset (1977),  aduce que:
“...Si supiéramos con evidencia en qué consiste el estilo de Cervantes, la manera cervantina de acercarse a las cosas, lo tendríamos todo logrado. Porque en esas cimas espirituales reina inquebrantable solidaridad y un estilo poético lleva consigo una filosofía y una moral, una ciencia y una política. Si algún día viniera alguien y nos descubriera el perfil del estilo de Cervantes, bastaría con que prolongáramos sus líneas sobre los demás problemas colectivos para que despertáramos a una nueva vida. Entonces, si hay entre nosotros coraje y genio, cabría hacer con toda pureza el nuevo ensayo español.”
La prosa del Quijote reviste multitud de modalidades estilísticas encaminadas a la eficacia y al arte. Revela, por otra parte, la preocupación de Cervantes por las costumbres y los modos de vida de la sociedad de su tiempo. Es, además, un libro divertido, rebosante de comicidad y humor, con el ideal clásico del prodesse et delectare (instruir y deleitar). Admite muchos niveles de lectura e interpretaciones tan diversas como obra de humor, una burla del idealismo humano, una destilación de amarga ironía, un canto a la libertad, una asombrosa lección de teoría y praxis literarias y un panorama de la sociedad española de su época (en la transición entre los siglos XVI y XVII), con personajes de las más variadas profesiones y oficios, con muestras de costumbres y creencias populares. Como lo asegura Rafael Osorio Cabrices (2005):
“...Cervantes era capaz de desplegar un sentido de humor irresistible para los lectores de hoy, desde gags como de películas de Buster Keaton hasta complejos juegos de palabras y elegantes ironías (...) Juntó en una licuadora críticas las formas líricas, épicas y ensayísticas de la época, el habla popular y el habla culta, los debates sobre las artes, los ecos de la geopolítica y un delicado juego entre ficción y realidad, entre historia y experiencia directa.”
Hay, además en el Quijote una genial integración de realismo y fantasía y una insuperable manifestación de las dificultades de novelar las complejas relaciones humanas desde múltiples perspectivas abarcadoras de la realidad siempre escurridiza. Todo lo humano es relativo: es la base de la generosa comprensión cervantina, que evita los dogmatismos y huye de las simplicidades. Leamos un fragmento, tomado de sus Obras Completas (1952):
“...Tres días y tres noches estuvo don Quijote con Roque, y si estuviera trescientos años, no le faltará qué mirar y admirar en el modo de su vida: aquí amanecían, acullá comían; unas veces huían, sin saber de quién, y otras esperaban, sin saber a quién. Dormían en pie, interrumpiendo el sueño, mudándose de un lugar a otro. Todo era poner espías, escuchar centinelas, soplar las cuerdas de los arcabuces, aunque traían pocos, porque todos se servían de pedreñales.”

Paisajes de Castilla-La Mancha

Cervantes apunta en la novela el estilo de la novela picaresca, tan en boga en su tiempo, con el empleo de la parodia: la novela concebida como un juego, y con el cual nuestro autor habrá de estructurar otras novelas (Rinconete y Cortadillo, El celoso extremeño, El licenciado vidriera, El casamiento  y El coloquio de los perros). Leamos otro fragmento:
“...Llegaron, en esto, los escuderos de la presa, trayendo consigo a dos caballeros a caballo, y dos peregrinos a pie, y un coche de mujeres con hasta seis criados, que a pie y a caballo las acompañaban, con otros dos mozos de mulas que los caballeros traían. Cogiéronlos los escuderos en medio, guardando vencidos y vencedores gran silencio, esperando a que el gran Roque Guinart hablase, el cual preguntó a los caballeros que quién eran y adónde iban, y qué dinero llevaban.”
Una serie de factores (que sería largo enumerar) contribuyen a realizar el ideal cervantino de precisión y belleza (desarrollado después por el barroco). La descripción, por ejemplo, de los pies de Dorotea es una excelente muestra de estilo detallista, pormenorizado, lento, en el cual las alusiones al arroyo, al cristal, a la blancura y al alabastro producen en el lector una imagen perfecta de la belleza ideal de lo descrito y logran que quede, desde ese momento, perfectamente individualizada la imagen física del personaje. Contrastan con este estilo preciosista los pasajes que describen pendencias y riñas, palizas y tumultos, en los cuales Cervantes logra transmitir la impresión de movimientos rápidos, de desorden y de acumulación de diversas acciones y situaciones de personajes lanzados al desenfreno. Parece, entonces, oportuna la expresión del narrador venezolano Carlos Noguera (2005):
“…El Quijote es una obra estelar, es un monumento de inventiva humana de creación y recreación de nuestro idioma; yo diría que incluso representa la fundación de un tipo y manejo del idioma, en primer lugar, el literario: el que sirvió de pasta para escribir ese portento. Hoy usamos giros retóricos, enfáticos que atrapan la atención, que se expresan en refranes, metáforas, tropos, chistes, comparaciones procedentes de El Quijote sin que la gente lo sepa.”
Por otra parte, uno de los aportes más significativos de Cervantes al mundo de la novela moderna es el diálogo. El autor hace hablar a sus personajes con tal verismo que ello constituye un tópico al tratar de la gran novela. La conversación pausada y corriente con que don Quijote y Sancho Panza alivian la monotonía de su constante vagar, es algo esencial en la novela (desde entonces hasta hoy), lo cual suple con decisiva ventaja cualquier otro procedimiento descriptivo. Don Quijote  se ve obligado a levantar la prohibición de departir con él que había impuesto a Sancho, porque ni el escudero puede resistir el áspero mandamiento del silencio, ni don Quijote es capaz de seguir callado, ni la novela podía proseguir condenando a sus dos protagonistas al mutismo.

Los personajes principales que hablan en el Quijote, quedan perfectamente individualizados por su modo de hablar: Ginés de Pasamonte, con su orgullo, acritud y jerga; doña Rodríguez, revelando a cada paso su inconmensurable tontería; el primo que acompaña a don Quijote a la cueva de Montesinos, poniendo de manifiesto su chifladura erudita; los duques, con dignidad, si bien ella revela, en un momento determinado, su bajeza; el canónigo aparece como un discreto opinante en materias literarias; el vizcaíno queda perfectamente retratado con su simpática intemperancia y su divertida mala lengua, y el cabrero Pedro y Sancho Panza, con sus constantes prevaricaciones idiomáticas. Tal vez por eso anotaría José Saramago (2005):
“…Muchos años después de que Don quijote hubiera perdido la batalla contra los molinos de Montiel, bajado a la cueva de Montesinos y perseguido el sueño de una improbable Dulcinea, un poeta francés llamado Arthur Rimbaud escribió estas palabras tan alborozadas como la lectura de todos los libros de caballería juntos: “La vraie vie est ailleurs”, es decir: “La vida auténtica está por ahí”, en otro lugar, no en éste. Lo que el genio de Rimbaud proclamó, que la auténtica vida no es ésta, sino otra, aunque no se sepa dónde está ni cómo llegar, ya la pequeñez provinciana del hidalgo manchego lo había intuido. Sin embargo, Alonso Quijano fue más lejos que Rimbaud en esa comprensión, a él no le bastaba ir en busca de otros lugares donde quizá le estuviera esperando la vida auténtica, era necesario que se convirtiera en otra persona que, al ser él mismo otro, fuese también otro el mundo, que las ventas se transformaran en castillos, que los rebaños aparecieran como ejércitos, que las oscuras aldonzas fuesen luminosas dulcineas, que, en fin, mudado el nombre de todos los seres y cosas, pudiese devolver a la tierra la primera y más inocente de sus alboradas.”
Referencias bibliográficas

Adorno, T. W. (1975). Notas de literatura. Barcelona: Ariel.
Cervantes S., M. (1952). Obras Completas. Madrid: Aguilar.
De Ríquer, M. (1968). Historia de la literatura universal. Tomos I. II. III y IV. Barcelona: Planeta.
Hauser, A. (1985). Historia social de la literatura y el arte. Barcelona: Guadarrama.
Noguera, C. (2005). “Por encima del tiempo, Don Quijote sigue leyéndose”, en El Diario de Caracas, 10/04/2005, p. 15.
Ortega y Gasset. J. (1977). Meditaciones del Quijote. Barcelona: Planeta.
Osorio C., R. (2005). “Cinco razones para leer el Quijote”, en El Nacional. Caracas: domingo 13 de febrero de 2005; p. B-6.
Pirenne, J. (1987). Las grandes corrientes de la historia. Barcelona: Texto.
Pokrovski, V. S. (1986). Historia de las ideas políticas. México: Grijalbo.
Saramago, J. (2005). “Prólogo”, a Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes. Antología anotada. Caracas: Coedición Alfaguara / Ministerio de la Cultura del Gobierno Bolivariano de Venezuela.
Serrano P. S. (1971). La literatura occidental. Caracas: Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela.