30/10/12

¡Vienen los andinos! / Las postreras acciones de los viejos caudillos Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez

Juan Vicente Gómez y Cipriano Castro
Julio Rafael Silva Sánchez

La revolución liberal restauradora también pasó por Tinaquillo

Especial para Gramscimanía
La leve frontera entre el moribundo siglo 19 y el siglo 20, problemático y febril, está signada por el advenimiento de los andinos al poder. En la borrascosa madrugada del 23 de mayo de 1899, desde su destierro, en algún lugar de la frontera colombiana, Cipriano Castro se lanzó con apenas sesenta incondicionales (entre los cuales venía su compadre, el taciturno Juan Vicente Gómez) a la conquista de un país convulsionado por las guerras intestinas, la corrupción y la miseria. Cruzaron sigilosamente el río Táchira y el 22 de octubre (después de 153 días de marcha, decenas de combates, 3.500 muertos y más de 1.000 kilómetros recorridos) fue proclamado Jefe del Estado, en la Casa Amarilla de Caracas, iluminada y entusiasta como nunca lo había estado desde los lejanos días del Ilustre Americano. Así, lo que el mismo Castro denominaba la Revolución Liberal Restauradora, en armas contra el gobierno de Ignacio Andrade, lo instaura en el poder,  en donde permanecerá durante los siguientes nueve años, cuando su socio y compadre, el nunca bien ponderado “bagre” lo reemplazará en el mando, tal y como lo refleja Mariano Picón Salas en su obra Odisea de tierra firme (1931):
-Ahora, mi querido don Venancio, los hombres blancos como nosotros debemos asistir impasibles a esta merienda de negros. Y la barbarie es una pelota que cuando los llaneros se cansaron se la lanzaron a los andinos. Cayó en el pueblo de Capacho y la recogió un indiecito de pelo lanoso y muy remolón, que se llamaba Cipriano Castro. Cipriano fue a consultarse con sus compadres. Un compadre trajo al otro, y éste a otro, como en la Biblia... (Picón Salas, 1931: 42-43)
Nuevamente Tinaquillo fue testigo del paso de las tropas. Sus calles se abrieron a la marcha de los conjurados y sus pobladores otra vez observaron asombrados el ritmo acompasado del desfilar de los soldados, el galope de las bestias y el tronar de los cañones.

Todo esto nos lo contaba mucho tiempo después, en el patio de bromelias, rosales y siemprevivas de la casa de nuestros padres, en la Calle Real de Tinaquillo, Mamá Amparito, como le decíamos a la tía Amparo Silva Oráa, viejecita inolvidable, plena de simpatía y bondad, hermana del general Julio Silva Gómez - quien había sido integrante del Estado Mayor del general Joaquín Crespo - y, por consiguiente, nieta de José Laurencio Silva. En las frescas tardes de verano, luego del rosario vespertino, nos adormecía con sus recuerdos: los destellos de su memoria prodigiosa nos llevaban hasta esos lejanos días en los cuales, asomada a un postigo de ventana, contemplaba con asombro en sus ojos de niña la marcha de las huestes de Cipriano Castro por la calle larga y polvorienta del pueblo.

La batalla de Tocuyito y otros percances bélicos

Mención especial merece en estos días la famosa batalla de Tocuyito, la cual tuvo lugar el 14 de septiembre de 1899 y en donde los generales Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez destrozaron las fuerzas gubernamentales y, como consecuencia inmediata, lograron importantes apoyos de la gente poderosa de Valencia. Alexander Torres Iriarte, en su artículo Anarquía, traición y locura en 1899, publicado en el Boletín de la Academia Nacional de la Historia No. 347 (2004), acota lo siguiente con relación a esta batalla:
Castro rápidamente se acerca al centro; en Tocuyito deberá enfrentar a un ejército de aproximadamente cuatro mil soldados al mando del general Diego Bautista Ferrer, Ministro de Guerra en Campaña, y del general Antonio Fernández. Aun cuando contaba con un ejército que no superaba los dos mil hombres y que se hallaban mal armados, equipados y adiestrados contra los 4.000 soldados del gobierno (provistos en cambio con armamentos de primera: fusiles de repetición, ametralladoras, artillerías y municiones ilimitadas), Castro sale airoso. (Torres Iriarte, 2004: 153)
Cipriano Castro hace su entrada a Caracas
Un poco más tarde, una vez que toma el poder y sus mesnadas han hecho su entrada triunfal a Caracas, el 23 de octubre Cipriano Castro libera al  Mocho Hernández y lo designa Ministro de Fomento en su gabinete. Sin embargo, tres días después el caudillo se rebela, por considerar que el gabinete constituido por Castro no respondía a las necesidades reales del país, ya que estaba integrado por los liberales del continuismo anduecista: el mismo Raimundo Andueza Palacios, Juan Pablo Rojas Paúl y Guillermo Tell Villegas Pulido, entre otros. El caudillo, entonces, vuelve a asumir su papel combativo al frente de los nacionalistas, tal como lo relata el Dr. Ramón J. Velásquez, en su obra ya citada La caída del liberalismo amarillo (1973):
En la noche del 26 de octubre, silenciosamente, el general Hernández abandona la capital en unión del general Samuel Acosta y de las tropas nacionalistas, escasos contingentes que cuatro días antes habían estado acompañando al general Castro. Iban camino de los valles del Tuy, en busca de Loreto Lima, cuyas fuerzas estaban acampadas en el trecho que va de Valencia a Tinaquillo. (Velásquez, 1973: 252)
De nuevo la región central y, por supuesto Tinaquillo, van a ser testigos del paso de los conjurados. Fueron días de gran agitación y los estados Aragua, Miranda, Guárico, Carabobo y Cojedes constituyeron el escenario propicio para los levantamientos armados. Las fuerzas mochistas contaban con fuerte apoyo popular en Carabobo y Cojedes, en donde se imponía el prestigio guerrero del famoso lancero Luis Loreto Lima, oriundo de El Tinaco, quien se había constituido en el verdadero caudillo militar de los nacionalistas, pues contaba con recursos económicos y la tropa necesaria para acometer esta nueva revuelta. Durante meses los insurrectos ponen en jaque al nuevo gobierno andino y reciben el respaldo de nuevos partidarios. El mochismo cuenta con sobrado apoyo y complicidad en la población. Detalle interesante de este contubernio es la comunicación enviada a Castro desde Valencia el 7 de noviembre por Francisco González Guinán, conocido abogado valenciano, escritor, periodista y uno de los historiadores más destacados del siglo XIX (pues había sido Miembro Fundador de la Academia Nacional de la Historia en 1888), carta pesquisada en el Boletín del Archivo Histórico de Miraflores No. 22, de 1963, en la cual se queja de la parcialidad de los carabobeños hacia el Mocho Hernández. Allí, entre otras consideraciones, le expone a Castro:  
Carabobo ha sido siempre el Estado donde los conservadores han hecho sus más grandes esfuerzos a favor de su causa política. Por el Mocho Hernández han caído en el delirio, y probablemente llegarán a la ruina yendo en pos de un caudillo sin condiciones militares y sin dotes de hombre de estado. A Loreto Lima le han dado y continuarán dando lo que tienen, lo alientan de todas maneras y lo atraen a este centro. En los distritos occidentales dominan las guerrillas mochistas; igual cosa sucede en distintas parroquias foráneas de Valencia. (González Guinán, en BAHM, 1963: 110)
Así transcurrirán estos días aciagos. El 24 de diciembre están las fuerzas mochistas acampadas en el caserío Pegones, muy cerca de Tinaquillo. Ese mismo día, en un extenso telegrama enviado desde Tocuyito, el general José Ignacio Pulido da cuenta al presidente Castro de todos los movimientos y acciones militares que se han desarrollado en tierras cojedeñas en contra de las fuerzas mochistas. Allí también le informa de las diferencias que se han presentado entre el Mocho Hernández y Luis Loreto Lima. En ese telegrama, registrado en el Boletín del Archivo Histórico de Miraflores No. 23, de 1963, se asienta:
De Tinaquillo salí en la madrugada del 20, dejando al general Julio Silva  como Jefe Civil y Militar del Distrito Falcón (Estado Cojedes) y al general Tomás Mercado como Jefe de las fuerzas, con encargo especial de levantar tropas y perseguir sin descanso a dos pequeñas guerrillas que estaban merodeando por El Naipe y por los lados de Tinaquillo (…) A mi regreso encontré al general Barraez que estaba hacía tiempo en poder de Hernández y que pudo escaparse en el desbarajuste que ocasionó en el campamento enemigo la noticia de mi llegada. Barraez me informa que entre los generales Hernández y Loreto Lima había tenido lugar un serio desagrado con motivo de hacerse ambos mutuamente responsables de la pérdida de la batalla de Tocuyito y Altos se Uslar, hasta el extremo  que en la discusión Loreto Lima se le fue encima a Hernández con la espada, habiéndose evitado un conflicto por la intervención de las personas presentes.  (Pulido, en BAHM, 1963: 135)
De manera que en estos días de finales del siglo, los inveterados insurgentes comienzan su declinación. La derrota se cierne sobre ellos. La desorganización, su cada vez más penosa carencia de pertrechos, las numerosas defecciones que experimentan a cada paso y el enfrentamiento y la rivalidad de los caudillos (como se evidencia en la cita anterior) decretan su fracaso. El Mocho Hernández, luego de numerosos reveses por los predios cojedeños, será capturado por fuerzas del gobierno el 27 de mayo del año 1900 en Tierra Negra, un caserío cercano a El Pao. Vuelve entonces el caudillo a la prisión de la Rotunda, de donde será liberado en 1902 por un decreto de amnistía. Después de varias peripecias, decidió apoyar a Castro, lo que le valió un cierto desprestigio. Nombrado ministro Plenipotenciario en Washington en julio de 1903, realizó duras críticas contra el gobierno y acabó renunciando a su cargo en 1904. Permaneció exiliado en Estados Unidos hasta 1908, cuando se produjo la caída de Castro. De regreso a su país, entró a formar parte del Consejo de Gobierno entre 1909 y 1911, fecha en la que rompió con el nuevo presidente, Juan Vicente Gómez. En 1913 sale exiliado a Puerto Rico, Cuba y finalmente Estados Unidos, donde permaneció hasta su muerte en Nueva York, el 25 de agosto de 1921.

Luis Loreto Lima, por su parte, continuará enguerrillado por los montes cojedeños, siempre desafiante al frente de su afamada caballería, cada vez más exigua,  hasta que el 11 de febrero de 1902 es capturado por Juan Vicente Gómez en Las Galeras, al sur de El Tinaco. Herido de bala, será conducido a esta ciudad de Valencia, en donde muere el 02 de marzo de ese año 1902, en la soledad que suele acompañar a los vencidos.

Estos últimos estertores del caudillismo (aunque todavía habría de ocurrir en los albores del nuevo siglo la denominada Revolución Libertadora, encabezada por el banquero y general Manuel Antonio Matos, la cual habría de ser la última guerra civil venezolana) constituyen las postreras acciones de los viejos caudillos contra el Estado moderno, representado por Cipriano Castro y, luego, por Juan Vicente Gómez. En estos años crepusculares del siglo XIX, los ancianos adalides que no habían sido aniquilados se dispersan, camino de sus respectivos feudos, en donde serían fácilmente sometidos. Parece oportuna, entonces, la expresión de la historiadora Inés Quintero, quien, en su ensayo La muerte del caudillismo en tres actos (1990), afirmaría:   
Después de este escandaloso fracaso, los caudillos enfrentan una situación donde, cada vez más, son parte decorativa del escenario y no protagonistas estelares del drama político. Asisten al último acto, el de su extinción definitiva. (Quintero, 1990: 43)
Por supuesto que Tinaquillo sería escenario, actor y espectador de muchas de estas refriegas, en el indetenible temblor de la guerra. En esta atmósfera de planos constelados habitaron esos ámbitos en los cuales la memoria es la afirmación del tiempo y en donde permanecen como abstractas, descarnadas entelequias del miedo enfriado, proyectadas en este caleidoscopio de país polvoriento y lleno de musgo, de soledad y tristeza, en un movimiento purificador, de búsqueda, de origen, que siempre retorna. Porque Tinaquillo ha sido, como tantos pueblos venezolanos, esa dimensión utópica que propugna y posibilita la aventura del hombre para la consecución de la plenitud. Ese espacio que se vuelve una geometría huidiza, habitada algunas veces por el anuncio del ladrido de un perro, el llanto de un niño o el eco de un tiro de fusil. Esa zona esparcida en la ilusión de una esperanza tan fugaz y lacónica como la existencia. En ese sentido, es pertinente la opinión de José Ramón López Gómez, quien, en su obra ya citada: Crónicas del Tinaquillo de Ayer (1989), asienta:
Fueron también testigos las calles y las gentes de Tinaquillo, del paso de las Revoluciones: Legalista, Restauradora, Libertadora, Nacionalista y las de todas las asonadas caudillescas de las últimas décadas del siglo XIX. Sus campos y sus gentes sufrirían los embates de la guerra, de las revoluciones y de las guerritas que diezmaron el campo y aturdieron a los hombres de este país durante una centuria, siendo, muchas de ellas, factor de retraso al cabal desarrollo de la Nación y por tal, sepultando en angustias y desolación a muchos pueblos, atacados en otros de sus flancos por pestes, viruelas, parasitosis  y paludismo, males a los cuales Tinaquillo no podía escapar.  (López Gómez, 1989: 85)
El presidente Cipriano Castro y su Gabinete
El poder consolidado

Ahora, en los estertores del siglo, el poder de los andinos se consolida cada día. En el ocaso de la centuria, asistimos al auge de la República liberal autocrática, la cual irá fortaleciéndose durante las primeras décadas del nuevo siglo. Estas huestes iletradas que habían llegado al poder en forma repentina y sin preparación, ya fuese ésta de índole moral, psicológica, política o aun administrativa, estos jóvenes descalzos que dormían en el suelo en sus aldeas montañosas de donde fueron violentamente sacados y que apenas sabían leer, después de transcurridos algunos meses en los campos de batalla son lanzados a desempeñar altos cargos de gran responsabilidad. Por supuesto que entre todos ellos destacaría Cipriano castro, de quien el ensayista Mariano Picón Salas, en su obra Los días de Cipriano Castro (1991) diría que:
…con todos sus defectos, victimario y víctima de una sociedad a la que la pobreza y aventura informe del país en aquellos años debió tornar demasiado cínica, sabe levantarse a la suma enérgica cuando la tierra venezolana es amenazada por potencias extranjeras, los cañones del káiser alemán apuntan contra nuestras desguarnecidas fortalezas coloniales y un violento derecho a la explotación de Venezuela lo están disputando los fenicios de todas partes (…) La fiera autóctona de cacique motilón que entonces luce don Cipriano, habrá de chocar, trágicamente, con todas las nuevas fuerzas del capitalismo e imperialismo. (Picón Salas, 1991: 34-36)
Estos hombres se sumergen en una vida llena de tentaciones en las cuales nunca habían soñado: oro, mujeres, casas lujosas, tapices, diamantes, champaña… Era un mundo de fábula en el cual sucumbieron debido a su inocencia y ambición – o codicia, no importa -. No tenían ni filosofía, ni fe, ningún sistema de valores ni sentido del gran mundo. El gran mundo, especialmente la gran ciudad, era demasiado para ellos. Parece oportuna, entonces, la frase del historiador Elías Pino Iturrieta (actual Presidente de la Academia Nacional de la Historia), en su texto La revisión de la historia no puede ser una imposición política (2009), en donde anota:
…Cipriano Castro es un personaje sumamente contradictorio. Fue un actor altivo en materia internacional, pues se enfrentó con mucho coraje a la invasión de las potencias extranjeras en 1902, en lo que fue el bloqueo de las costas venezolanas y encendió una llama de nacionalismo muy digna de atención. Pero, a la vez, fue un dictador sin excusas, un tirano que llegó a cometer torturas y robos a la administración pública. Esa parte no se puede reivindicar, sino que se tiene que aclarar frente a la sociedad venezolana. (Pino Iturrieta, 2009: 2)
Una vez que Castro toma el poder nacional quiere una Constituyente para todo: asambleas constituyentes para los estados y hacer constituciones en cada estado y, claro, elaborar una revolucionaria Constitución nacional. Comienza con un equipo de jóvenes que no pasaban de los 35 años, de modo que se perfilaba como un plan diseñado para gobernar unos cuarenta años. Nuevamente Mariano Picón Salas nos ilumina con su palabra, en el ensayo Antítesis y tesis venezolana, publicado en el número tres de la Revista Nacional de Cultura (enero de 1939):
…esta época de nuestra historia es de crónico y obstinado desastre. El ruralismo desbocado y torpe fija el color bárbaro de un tiempo que es por excelencia el de los “jefes civiles”, como han entrado en la imaginación y en el mito popular: el guapo aguardentoso y analfabeto, gallero, armado de látigo, puñal y revólver, que dispone como patrimonio privado de la “pesa”, el juego y los “alambiques”. (Picón Salas, 1939: 16)
Resulta atractivo recordar los discursos de esta época, pues, al reparar en ellos, se comprueba que Castro no tenía límites en materia de metáforas o en las ingenuas falsificaciones de la historia. En uno de sus primeros discursos, pronunciado luego de su llegada a Caracas, el 22 de octubre de 1899,   considera conveniente definir el liberalismo, y lo hace de manera sorprendente: «El partido Liberal —dice— es el de las grandes conquistas; el partido que fundó el hijo del Carpintero de Belén en los valles de Palestina». Era un poco herético meter a Jesucristo en aquellos bretes, pero él sabía que lo escuchaban modestos campesinos andinos, cargados de escapularios e imágenes de la Virgen. Aquel coctel del Sermón de la Montaña, los editoriales del periódico  El Venezolano y fragmentos del libro La riqueza de las naciones (de Adam Smith), no era sino una argucia diabólica para uso de los pobres de espíritu, y de todas las otras pobrezas reinantes en este mundo. Tal vez por eso el polémico escritor, historiador y poeta colombiano José María Vargas Vila, en su obra Los césares de la decadencia (1907), señalaría:
Cipriano Castro llegó a Caracas ignorante como un sármata de Gabinus e impetuoso como el caballo de Atila. Tuvo la elocuencia de un bárbaro, unida a la audacia de un beduino. Entró como una ráfaga venida de la selva, llena de gritos bárbaros y confusos. Su verbo extraño, lleno de giros salvajes y de figuras desconcertantes, tomadas en plena naturaleza virgen, asombró al país, que creyó loco a aquel campesino venido de las sierras, con ese lenguaje rebelde a toda retórica y aquellos gestos que no tenían igual en ninguna mímica. Fue un huracán de hilaridad. Cipriano Castro asesinó la seriedad del país, años antes de asesinar su libertad (…) Con él se entró en plena jocundia. Se deseaba oírlo para sacudir los pensamientos graves y salir del reinado de las leyes y del lenguaje. Una atmósfera de alegría lo circundaba: fue un específico admirable contra la melancolía. Imaginemos un mono, que tuviese en la garganta un papagayo, y tendréis una idea de los gestos y del dialecto de Castro en aquella época. Nunca hombre alguno ha obtenido un éxito de ridículo más completo. (Vargas Vila, 1907: 25)
Nunca el espíritu nacional fue más dócil. Estos años decretaron la sumisión del espíritu colectivo. Aunque más exacto sería decir que el espíritu vital de la nación hibernaba, mientras pasaba la estación inclemente. Y Tinaquillo, como tantos pueblos venezolanos, siempre aguardando, en el sopor desapacible de sus atardeces que bañan el corazón entristecidos de los hombres. Siempre postergando,  en la soledad de sus calles largas y tristes, en las noches de oscuros  chubascos, con sus pesares de sol, de sombras y leyendas. Siempre a la espera, porque la realidad apenas permitía exiguas alternativas. Siempre navegando entre el conformismo enfermizo, la celebración erotizada del poder, la placidez autosatisfecha e indiferente, el cinismo, que antes se usó como arma de la crítica a los poderosos y ahora pareciera ejercerse como justificación de conductas presuntuosas y desvergonzadas. Pueblo de seres desgastados o aniquilados por el tiempo, de hombres y mujeres torturados por la hipocresía y por las apariencias, aplastados por la vanidad y por las formas, pero que, en su fuero interno, añoraban la sencillez de la verdad. Pueblo cuyas calles, casas, aposentos, personajes son símbolos de un sistema social inoperante, cuyo absurdo se contagia o se identifica con la vida. Pueblo arrasado en el que ha crecido la maleza, de casas y altares ruinosos, pero – paradójicamente- a la vez  territorio propicio para el inicio de una nueva vida, para la liberación y la paz. Así lo describe Miguel Otero Silva, quien, en un fragmento de su poema El Libertador, del libro Agua y cauce (1937), expresaría:    

Pueblo que aún persigue por las rutas con sol
lo que la arrolladora voluntad de la sombra buscaba.
Hoy la sombra está muerta, más su pueblo está vivo.
Pueblo vivo y en marcha con la mirada fija
en la bandera libre que tremoló la sombra.
Arar nunca es en vano.
Ni en el mar. (Otero Silva, 1937: 22)

Referencias bibliográficas

Arcaya, P. M. (2003). Estudios sobre personajes y hechos de la historia venezolana. Caracas: Tipografía Cosmos.
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Otero S., M. (1937). Agua y cauce. México: Crespúsculo.
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Quintero, I. (1990). “La muerte del caudillismo en tres actos”, en Revista Tierra Firme No. 29. Caracas.
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Vargas V., J. M. (1907). Los césares de la decadencia. Bogotá: Ediciones de la Universidad Nacional.
Velásquez, R. J. (1973). La caída del liberalismo amarillo. Caracas: Monte Ávila.

J. R. Silva Sánchez

Julio Rafael Silva Sánchez nació en Tinaquillo, estado Cojedes (1947) y desde su juventud se ha dedicado a escribir ensayos con los cuales ha obtenido reconocimientos como el Premio Nacional de Ensayos Literarios "Enriqueta Arvelo Larriva" de la Unellez (1987) por su libro “Julio Cortázar, instrucciones para un perseguidor”; Mención Honorífica del Premio Nacional de Ensayos Ipasme (1989) por su obra “Desarrollo de actitudes, conductas y valores en adolescentes a través de la manipulación que la televisión hace de la imagen arquetípica del héroe”; Premio Nacional de Ensayos del Conac (2004) por su investigación “Eduardo Mariño: el brillo y las sombras de una escritura heteróclita”; Premio Nacional de Crónicas 2008 en la Primera Bienal Nacional de Literatura José Vicente Abreu (Cenal-Red de Escritores), con su indagación “José Vicente Abreu en cuatro tiempos”; Premio de Ensayos en la II Bienal Nacional Literaria “Víctor Manuel Gutiérrez” Unellez (2010), por su investigación “Julio César Sánchez Olivo y el poder seductor de la metáfora”; Mención Honorífica en el Concurso Nacional de Ensayos “Centenario de Miguel Hernández”, convocado por la Embajada de España en Venezuela y la Universidad Nacional Experimental de Yaracuy (2011), con su ensayo “La palabra como exigencia iluminada de lo real (acercamiento a la obra poética de Miguel Hernández)”. Como narrador obtuvo Mención de Honor en el Concurso Nacional de Cuentos y Relatos: Misterios y Fantasmas Clásicos de la Llanura, de la Unellez (2004), con su relato “Schumann entre Dachau y San Fernando”. Su más reciente obra publicada es: “Héroes y villanos, llaneros y llanura en la obra narrativa de José León Tapia”, Unellez (2008).