5/10/12

La categoría leninista 'Capitalismo Monopolista de Estado' / Una mirada actual

Lenin Marat Valiakhmetov
Vicente E. Escandell Sosa

Para los que trabajamos las ciencias sociales nunca ha sido fácil la explicación de los procesos de transformación de la sociedad y menos todavía de lo que ocurrirá en el futuro. La capacidad de previsión siempre ha sido limitada y, no pocas veces, los hechos se desenvuelven de maneras muy diferentes. 

Desde posiciones que pretenden ser rigurosas y científicas suelen darse explicaciones esquemáticas insuficientes e inaceptables, cuya falla principal consiste en pretender que las cosas deben desenvolverse de un modo específico y en determinada dirección y aun cuando los hechos demuestren que ello no es así, de manera dogmática se insiste en que la realidad es como supuestamente debiera ser; como expresar que si los hechos reales no confirman nuestro esquema teórico peor para ellos. Tal como sostiene Pablo González Casanova, cuando un hombre acostumbrado a pensar con dogmas se queda sin estos, se da cuenta de que está acostumbrado a no pensar.

En la actualidad, la capacidad de previsión se resiente dado que los profundos y aun inesperados cambios de los últimos decenios llevan a nuevas y complejas situaciones apenas estudiadas. Por ejemplo, el desplome de los países socialistas de Europa del Este, la desaparición de la URSS, la enorme importancia de la valorización del capital en la esfera financiera, en buena parte al margen del proceso productivo, entre otros. 

Ser marxista ortodoxo no significa reconocimiento acrítico de los resultados de la investigación marxiana, ni «fe» en tal o cual tesis, ni interpretación de una escritura «sagrada». En cuestiones de marxismo, la ortodoxia se refiere exclusivamente al método.1 

El método de Marx nos tiene que servir hasta para debatir afirmaciones no vigentes del propio Marx, porque lo que está vivo no es la letra de Marx, sino su método. El método es lo que nos sigue siendo útil para cuestionar la sociedad capitalista contemporánea. Si nos quedamos solo pegados a la letra corremos el riesgo de tener una visión bíblica donde se recita de memoria algo y si no entra la realidad en ese esquema, peor para la realidad.2 

Frente a la nueva situación histórica de la sociedad capitalista actual, caracterizada por la universalización del capitalismo —después de la caída del sistema socialista mundial y ante la importancia cada vez mayor del capital privado transnacional—, el retraimiento del Estado con respecto al proceso productivo y el hecho de que en ningún país capitalista desarrollado se ha realizado hasta ahora una revolución socialista ni está al borde de ella,3 como pensaba Lenin, entonces, ¿es posible pensar que el capitalismo actual sigue siendo un Capitalismo Monopolista de Estado (CME) y que este es el último momento de vida del viejo sistema, en víspera de una gran revolución? Y, por otra parte, ¿es correcto asumir el CME como una etapa del imperialismo, tal como lo consideraba Lenin? Es un problema muy actual que resolver siguiendo el método de Marx. 

Por tanto, el objetivo de este trabajo es valorar si la categoría Capitalismo Monopolista de Estado explicada por Lenin, ha quedado atrás o si continúa vigente, dados los nuevos hechos y tendencias del desarrollo del capitalismo que rebasan el marco histórico en que surgió y fue formulada la teoría del imperialismo; y en segundo lugar, valorar si el CME fue, verdaderamente, un hecho científico, a pesar del estudio realizado por Lenin, pues desde que surgió el capitalismo de Estado y el mercado capitalista, histórica y lógicamente, estuvieron unidos. El primero, en el desarrollo del capitalismo, antes y ahora, siempre ha intervenido en la economía (aun en el capitalismo premonopolista) acorde a las necesidades de la clase burguesa dominante.

La categoría 'Capitalismo Monopolista de Estado' en Lenin

Lenin desarrolla el contenido de dicha categoría en varias de sus obras.4 Apenas concluye El imperialismo, fase superior del capitalismo, advierte el desarrollo alcanzado por el capital monopolista debido a la guerra y que ha posibilitado abrir una nueva etapa en el proceso imperialista: la del capitalismo monopolista de Estado, término que emplea por primera vez. 

En un libro de texto de mi autoría, al analizar esta categoría en el epígrafe «El capitalismo monopolista de Estado en El imperialismo, fase superior del capitalismo» de Lenin, escribí: 
En el capítulo V de esta obra, Lenin cita un artículo publicado en la revista berlinesa Die Bank acerca de la lucha de Alemania contra la Standard Oil, propiedad de Rockefeller donde se dice lo siguiente: y cuando no puedan ya funcionar con beneficio las gigantescas y costosas centrales eléctricas que ahora están construyendo en todas partes los «consorcios» privados de la industria eléctrica, y para los cuales dichos «consorcios» obtienen ya distintos monopolios de los municipios, de los Estados, etc. Entonces será necesario poner en marcha las fuerzas hidráulicas; pero no será posible entregarlas también a un «monopolio privado sino que se hará preciso convertirlas en electricidad barata por cuenta del Estado», pues la industria privada ha concertado ya bastantes transacciones y estipulado grandes indemnizaciones […] Así ocurrió con el monopolio de la potasa, así sucede con el monopolio de petróleo, así será con el monopolio de la electricidad. 
Y más adelante, los monopolios no se han propuesto nunca si se planteaban proporcionar beneficios a los consumidores o, por lo menos, el poner a disposición del Estado una parte de los beneficios patronales, sino que han servido únicamente para sanear a costa del Estado la industria privada puesta casi al borde de la quiebra.

Como se denota en el artículo, los propios economistas burgueses alemanes se ven obligados a reconocer cómo los monopolios se sirven del Estado, cómo se van fusionando los unos con los otros.

Del artículo citado, Lenin hace la valoración siguiente:
Aquí vemos patentemente cómo, en la época del capital financiero, los monopolios de Estado y los privados se entretejen formando un todo y cómo, tanto los unos como los otros, no son en realidad más que distintos eslabones de la lucha imperialista que los más grandes monopolistas sostienen en torno al reparto del mundo.
Lenin está consciente de que las escasas referencias respecto al Estado contenidas en la obra mencionada entrañan una limitación y aun sugiere un enfoque unilateral que según él, está dado por la necesidad de adaptarse a las restricciones de censura en que tiene que escribirla y se da cuenta de que por esa causa hay muchos desniveles según dice en una carta a Prokovski.

Desde mediados de 1916 se interesa crecientemente en el problema del Estado por razones teóricas y porque la lucha revolucionaria reclama desenmascarar el oportunismo de los revisionistas, quienes pretenden que su política de colaboración hacia los Estados imperialistas no riñe con el legado teórico de Marx y Engels. Lenin analiza más pormenorizadamente el problema del CME en otras obras y artículos.5

En diciembre de 1916 al examinar la situación internacional, Lenin advierte, acaso por primera vez, el profundo cambio que se ha suscitado en el imperialismo y escribe:
En el transcurso de la guerra el capitalismo mundial dio un paso adelante no solo hacia la concentración en general, sino también hacia la transición de monopolio en general a capitalismo de Estado en escala mucho más amplia que antes.6 
 En su artículo, «Un viraje en la política mundial», publicado en Sotsial-Demokrat, apunta:

La historia no se detiene ni siquiera en períodos de contrarrevolución […] siguió avanzando aun durante la matanza imperialista de 1914-1916, que es continuación de la política imperialista de las décadas anteriores. El capitalismo mundial que en las décadas de los 60 y los 70 del siglo pasado era una fuerza de avanzada y progresista de libre competencia, y que a principios del siglo XX se transformó en capitalismo monopolista, es decir, en imperialismo, dio un gran paso adelante durante la guerra, no solo hacia una mayor concentración del capital financiero, sino también hacia su transformación en capitalismo de Estado.7
Aunque no menciona el calificativo de monopolista, Lenin se refiere precisamente a él, o sea, el capitalismo monopolista se ha convertido en CME, lo que entraña para él, no algo secundario, sino una profunda transformación del imperialismo.8

En la VII Conferencia de toda Rusia del POSDR (b) de Abril de 1917, Lenin explica:
Durante el siglo XX, sobre todo, el desarrollo del capitalismo siguió avanzando a pasos agigantados y la guerra hizo lo que no se había hecho en veinticinco años. La estatificación de la industria no solo ha hecho progresos en Alemania sino también en Inglaterra. De los monopolios en general se ha pasado a los monopolios del Estado. El estado objetivo de las cosas ha demostrado que la guerra ha acelerado el desarrollo del capitalismo, la transformación del capitalismo en imperialismo, de monopolio en estatificación.9 
Y con la esperanza de la revolución socialista, concluye que «todo ello ha aproximado la revolución socialista y ha creado las condiciones para ella. De este modo el curso de la guerra ha acercado la revolución socialista».10

En La guerra y la revolución, al referirse al capitalismo alemán, estadounidense y de otros países que a finales del siglo XIX luchaban contra el poderío anglo-francés, plantea:
Este grupo introdujo los comienzos del control por el Estado de la producción capitalista, fusionando la fuerza gigantesca del Estado en un solo mecanismo y enrolando a decenas de millones de personas en una sola organización del capitalismo de Estado.11 
En vísperas de la Revolución de Octubre, en su ensayo «La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla», Lenin estima, de forma insoslayable, que
«el socialismo no es más que el paso siguiente después del monopolio capitalista de Estado. O dicho en otros términos, el socialismo no es más que el monopolio capitalista de Estado puesto al servicio de todo el pueblo y que por ello, ha dejado de ser monopolio capitalista».13 
Considerando lo planteado por Lenin, escribí:
Para Lenin tiene una gran importancia entender totalmente que el capitalismo monopolista se ha transformado en CME. Ello tiene una gran significación para explicar, desde el punto de vista teórico, el desarrollo del imperialismo, pero este nuevo descubrimiento influirá decisivamente en la práctica política, o sea, para la definición de una estrategia y una táctica revolucionarias para la lucha contra el imperialismo.  
En Lenin la concepción del CME no es una estatización de la economía, sino la conversión del Estado no solo en función de la clase burguesa en general en defensa de sus intereses, sino ante todo en función del desarrollo de los monopolios y sobre todo hoy de los grandes monopolios transnacionales [...] Él considera que la guerra imperialista es la víspera de la revolución socialista. Ello no solo se debe a que la guerra engendra, con sus horrores, la insurrección proletaria […] sino a que el capitalismo monopolista de Estado es la preparación material más completa para el socialismo, su antesala, un peldaño de la escalera histórica entre el cual y el peldaño llamado socialismo no hay ningún peldaño intermedio.14 
Los planteamientos anteriores demuestran con creces la importancia que concede Lenin a la transformación del capitalismo monopolista en CME: primero, para explicar teóricamente el desarrollo del imperialismo y segundo, porque él desarrolló esa categoría tratando de influir en la práctica política de la época —plagada de la agresión constante de otros países imperialistas y de fuertes críticas a su teoría—para buscar una estrategia y una táctica que respondieran a los intereses de los trabajadores, contrario a lo que pensaban los líderes de la Segunda Internacional. Estimaba que el CME era el último «peldaño» en el desarrollo del imperialismo, no una simple modalidad o rasgo secundario o pasajero. Una fase específica que entraña «un paso adelante» en el proceso histórico, a la vez que una profunda transformación del capitalismo.


Así lo explicaban varios pensadores marxistas: Vladimir A. Cheprakov, en su libro El capitalismo monopolista de Estado, consideraba el CME, al igual que Lenin, como una forma nueva y más desarrollada del capitalismo monopolista, como la última fase del imperialismo.15 Otros autores también entendían el CME como una fase determinada y decadente del imperialismo.16 

Lenin pensaba así debido al contexto histórico, bajo la influencia de la guerra, y además porque consideraba todavía, en 1918, que la revolución se internacionalizaría y que su triunfo en otros países fortalecería el socialismo. Por ello creía que el CME significaba el «inicio» de la era de la revolución socialista. 

Sin embargo, los hechos demostraron lo contrario.La revolución socialista no se internacionalizó y tampoco estalló en ninguno de los países capitalistas más avanzados. Si bien durante algunos años la creciente inversión pública y la cada vez mayor intervención del Estado en la economía aminoraron la contradicción fundamental del capitalismo, lo que llevó a la fusión del Estado y los monopolios en «una sola organización»; años más tarde el proceso evolucionaría de modo inverso hacia lo que se esperaba. 

Terminada la Segunda guerra mundial se podía pensar que el socialismo se desarrollaría, cada vez con más fuerza, frente al capitalismo, ya que este tendría mayores e insuperables obstáculos, dados por el hundimiento del viejo sistema colonial, los avances y transformaciones de las llamadas democracias populares y europeas, del triunfo de la revolución en China, Viet Nam del Norte, Corea del Norte, la era de Bandung en Asia y África, etc., acontecimientos que parecían confirmar el desarrollo de una época revolucionaria; sin embargo, el camino fue otro: el capitalismo, lejos de debilitarse y acentuar su decadencia y descomposición, salió fortalecido. 

A esto debemos agregar, que décadas después (principios de los años 90 del siglo XX) el sistema socialista mundial conformado con ayuda de la URSS terminó desapareciendo; por lo tanto, no se cumplieron las tesis de Lenin expresadas anteriormente. El socialismo, lejos de convertirse en el sistema dominante, resultó ser el más débil.18 

Con la universalización del capitalismo y desaparecido el sistema socialista mundial, nos enfrentamos a un nuevo escenario donde cobra mayor importancia la transnacionalización del capital, la menor intervención del Estado en el proceso productivo y, sobre todo, el hecho de que no ha habido ninguna revolución socialista ni indicios de ella en los países capitalistas industrializados, por lo que no se fundamenta decir que el capitalismo monopolista siga siendo CME y mucho menos que es «la preparación material más completa para el socialismo, su antesala, un peldaño de la escalera histórica que no tiene ninguno intermedio entre aquel y el socialismo.18 

En suma, el CME no era la última etapa del imperialismo, esa concepción política de Lenin no fue correcta, al no ser confirmada por la historia posterior del desarrollo del capitalismo.

La concepción teórica de la transformación del CME en Capitalismo monopolista transnacional 

Esta concepción teórica es desarrollada por autores cubanos como Rafael Cervantes, Felipe Gil, Roberto Regalado y Rubén Zardoya, en un libro titulado Transnacionalización y desnacionalización. Ensayos sobre el capitalismo contemporáneo,19 de 2002. En él se llega a la conclusión de que el proceso de transnacionalización del capital, ocurrido entre los años 40 y 70 del siglo XX, propició la transformación del CME en capitalismo monopolista transnacional, el rasgo distintivo del capitalismo actual. En virtud de este, los monopolios financieros ejercen un dominio casi irrestricto sobre los eslabones fundamentales del ciclo y rotación del capital global. 

Según estos autores, la cuestión es comprender que el CME, con el desarrollo del imperialismo, sufre transformaciones relacionadas no con un proceso de internacionalización, propiamente dicho, sino con uno de transnacionalización desnacionalizadora, que rompe con todas las barreras nacionales —económicas, políticas, ideológicas y culturales— establecidas desde la constitución histórica del capitalismo de la libre concurrencia y que ahora son un obstáculo al libre movimiento del capital transnacional.20 Quien lleva a vías de hecho el proceso de transnacionalización, como sujeto fundamental, es el monopolio transnacional. 

Al analizar el CME, plantean su carácter nacional y cómo había podido realizar «una división económica del mundo entre las diferentes asociaciones capitalistas del mundo, sin derribar las fronteras nacionales» y, sin embargo, en el caso del capitalismo monopolista transnacional, este «demanda espacios inconmensurablemente mayores para sus operaciones monetarias, financieras y comerciales», con una nueva división económica del mundo. En esta, «funcionan los eslabones de una economía transnacional que entra en una relación antagónica con las regulaciones institucionales del Estado-nación».21 Así, el capitalismo monopolista transnacional se opone, además, a todas las regulaciones nacionales que entorpezcan su reproducción y por eso, la división económica del mundo realizada por el CME es ya obsoleta. 

Partiendo de esta concepción podemos concluir que el capitalismo monopolista transnacional se puede considerar un nuevo estadio del imperialismo desde finales de la década de los 70 del siglo XX, lo que nos refiere que se ha dejado atrás la etapa de la preponderancia y omnipotencia de los monopolios nacionales que, en términos políticos, se expresaba en el dominio del Estado, es decir, la categoría CME ha pasado a la historia.

CME ¿etapa del imperialismo? 

Para responder esta pregunta debemos hacer un análisis de la relación estado-mercado en el capitalismo. Ambos están unidos, histórica y lógicamente, en todas las etapas de desarrollo del capitalismo; es conditio sine qua non del funcionamiento de este. El hecho de que la economía tenga autonomía de la política, debido a que en dicho sistema la coacción extraeconómica desaparece y queda en su lugar la económica, no significa una independencia o separación de esta con respecto a la política. 

Karl Polanyi demostró que el mercado capitalista no apareció en forma espontánea o natural, y explicó el papel esencial que jugó en su momento el Estado para su surgimiento. La intervención del Estado fue necesaria para establecer las condiciones de un mercado nacional. Al contrario de lo que postulan los teóricos liberales, la obra de autores como Polanyi o más recientemente Michael Mann ha probado que los mercados capitalistas y las regulaciones estatales crecieron juntos.23

La economía de mercado es resultado de acciones que provienen de la esfera política y no de la espontaneidad de las leyes del capitalismo.

El dilema entre Estado y mercado es falso, pues en el capitalismo, aunque enfrentados en ciertos aspectos, estos son entidades con elementos esenciales comunes y la expansión de los mercados capitalistas es inconcebible sin el impulso del poder estatal, dado que el Estado moderno se forma sobre la base de los mercados internos. 

Para Paul Sweezy el Estado es un instrumento económico y al respecto plantea: 
El hecho de que la primera preocupación del Estado sea la de proteger la existencia permanente y la estabilidad de una forma de sociedad dada no significa que no desempeñe otras funciones de importancia económica. Por el contrario, el Estado ha sido siempre un factor muy importante en el funcionamiento de la economía dentro de los marcos del sistema de propiedad que garantiza. Este principio es en lo general implícitamente reconocido por los autores marxistas siempre que analizan el funcionamiento de un sistema económico real, pero ha recibido poca atención en los debates sobre la teoría del estado […] En consecuencia, la teoría del estado como instrumento económico ha sido olvidada.23 
¿Cuándo se acude al poder del Estado? Cuando hay que resolver problemas del desarrollo económico de la sociedad. En el caso del capitalismo, ello ocurrió cuando, en sus inicios, faltaba la fuerza de trabajo y, luego, con la sobrexplotación de ella. Estos problemas solo los podía resolver el Estado capitalista.

El Estado moderno se conformó gradualmente acorde a los cambios de los procesos históricos que se iban desarrollando. Ya a partir del siglo XVII, Inglaterra y Holanda tenían la tarea de defender los intereses de la burguesía de cada país mediante el proteccionismo y hasta la guerra, y en ese sentido, no cumplían con la simple función de «Estado vigilante» que los liberales de la época les habían asignado. Esa utopía de la ideología liberal, de que el Estado fuera solo un vigilante, se vino abajo cuando la realidad económica capitalista lo obligó a establecer y hacer cumplir la legislación laboral que regía la duración de la jornada de trabajo, salario mínimo, garantías de las condiciones mínimas de trabajo, etc. Al reforzar el Estado su presencia en la economía, a partir de 1848, el liberalismo reconoció y legitimó dicha función. El papel del Estado en la economía siempre se ha ido redimensionando en función del desarrollo de las relaciones de producción capitalistas.

Michael Hardt y Antonio Negri, al intentar una periodización del desarrollo del capitalismo, plantean que la primera fase, extendida a lo largo de los siglos XVIII y XIX, es un período de capitalismo competitivo que se caracteriza por «la necesidad relativamente escasa de intervención estatal, tanto en el interior de las grandes potencias como fuera de ellas».25 (p. 282).

En este sentido, es necesario destacar la profunda crítica realizada por Atilio Borón a estos señores, partiendo de que no es posible considerar que las políticas proteccionistas de Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Bélgica, Holanda y Alemania, amén de las políticas imperialistas de expansión colonial promovidas e implementadas por los respectivos gobiernos nacionales no califican para ser consideradas como «intervención estatal». A ello, hay que añadir también, como intervención estatal, la legislación destinada a reprimir a los trabajadores sancionada con diferentes grados de intensidad en todos esos países durante un largo período histórico […] Téngase en cuenta que dichos cuerpos legales incluyen casos tan relevantes como la anti-combination act de Inglaterra, la Ley Chapellier en Francia, la legislación antisocialista del canciller Bismarck en Alemania que condenó al exilio a miles de trabajadores, y las normas legales que hicieron posibles las prácticas brutalmente represivas en contra de los trabajadores en los Estados Unidos, emblematizadas en la matanza de mayo de 1886 en Haymarket Square, en Chicago.25

En todos los casos de desarrollo económico exitoso ha habido intervención y regulaciones en una estrategia estatal; por ejemplo, en los Estados Unidos, en el siglo XIX, la intervención de la industria por parte del Estado fue amplia. En aquel momento, el gobierno regaló tierras a los ferrocarriles y a los agricultores, protegió el mercado interno con el objetivo de resguardar a sus empresas en la competencia internacional. La guerra civil norteamericana rehizo los vínculos entre el capital industrial, el financiero y el estado federal, lo que posibilitó que las capacidades administrativas del Estado y sus políticas se dirigieran a la reproducción capitalista ampliada y no al mercantilismo, como capital comercial.

En el análisis de Marx en relación con la acumulación originaria del capital se explica un rango amplio de procesos donde participa el Estado. Al respecto, Marx plantea:
Las diversas etapas de la acumulación originaria tienen su centro por un orden cronológico más o menos preciso, en España, Portugal, Holanda, Francia e Inglaterra. Es aquí, en Inglaterra, donde a fines del siglo XVII se resumen y sintetizan sistemáticamente en el sistema colonial, el sistema de la deuda pública, el moderno sistema tributario y el sistema proteccionista. En parte, estos métodos se basan, como ocurre con el sistema colonial, en la más avasalladora de las fuerzas. Pero todos ellos se valen del poder del Estado, de la fuerza concentrada y organizada de la sociedad, para acelerar a pasos agigantados el proceso de transformación del régimen feudal de producción en el régimen capitalista y acortar los intervalos. La violencia es la comadrona de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva. Es, por sí misma una potencia económica.26 

Sobre el papel de la deuda pública, Marx nos dice que «se convierte en una de las más poderosas palancas de la acumulación originaria».27 Más adelante agrega:
Con la deuda pública surgió un sistema internacional de crédito detrás del cual se esconde con frecuencia en tal o cual pueblo, una de las fuentes de la acumulación originaria. […] El sistema colonial, la deuda pública, la montaña de impuestos, el proteccionismo, las guerras comerciales, etc., todos estos vástagos del verdadero período manufacturero se desarrollaron en proporciones gigantescas durante los años de infancia de la gran industria.28 

Todo eso no hubiera sido posible sin la intervención del Estado.

Entonces, partiendo de lo expresado antes por Marx, «hay evidencia considerable —y lo confirma Fernand Braudel— de que la transición al desarrollo capitalista estuvo ampliamente supeditada al apoyo del Estado, decisivo en el caso de Gran Bretaña, débil en Francia».29 El papel decisivo del apoyo que da el Estado, lo reafirma Aijaz Ahmad en su artículo «Imperialismo de nuestro tiempo», al analizar lo sucedido en buena parte de Asia y África, lo cual corrobora el proceso de acumulación originaria descrito por Marx en Inglaterra.30

Es esencial destacar el error existente en las concepciones de Kart Kautsky y del propio Lenin, al considerar que el capital industrial británico de mitad del siglo XIX y sus políticas de libre mercado representaban un capitalismo «puro» antitético o al menos «indiferente a la expansión imperial; ellos hacían una interpretación demasiado frívola de la separación entre lo político y lo económico dentro del capitalismo y, por tanto, esta despreciaba el importantísimo papel que juega el Estado en hacer real el mercado y ponerlo a funcionar.31 Tal separación conduce a Lenin a mal interpretar el CME. 

Antonio Gramsci señaló el error teórico del liberalismo de prescindir del Estado en cuanto al proceso de acumulación del capital, y expresó:
[E]l laissez faire también es una forma de «regulación estatal», introducida y mantenida por medios legislativos y coercitivos. Es una política deliberada, consciente de sus propios fines, y no la expresión espontánea y automática de los hechos económicos. Consecuentemente, el liberalismo del laissez faire es un programa político.32 

El hecho de que, en ciertos períodos, el Estado presente alguna «pasividad», no quiere decir que sea un actor neutral, más bien asume una actitud de cómplice. Ese primer período que analizan Hardt y Negri no se caracterizó por una falta de intervención estatal, pero si lo comparamos con el período posterior a la crisis de 1929-33, es claro que los niveles de intervención estatal fueron menores, lo cual no significó que la necesidad de ella fuera menor; aunque, lógicamente, esta se incrementó mucho más después de la Primera guerra mundial y la crisis de 1929; no obstante, no sería correcto decir que antes de esa fecha el Estado no tuvo una participación de primer orden en el proceso de acumulación.33

Referido a lo anterior, Paul Sweezy resume los principios que están en la base del empleo del Estado como instrumento económico dentro del capitalismo: 

l En primer lugar, el Estado entra en acción en la esfera económica para resolver problemas planteados por el desarrollo del capitalismo.
l En segundo lugar, cuando se afectan los intereses de la clase capitalista hay una fuerte predisposición a usar libremente el poder del Estado.
l Y por último, se puede usar el Estado para hacer concesiones a la clase obrera, siempre que las consecuencias de no hacerlo así sean suficientemente peligrosas para la estabilidad y funcionamiento del sistema como un todo.
34

Samir Amín, al recordar las leyes de la historia, destaca, entre otras, que mercado y capitalismo no son la misma cosa; que este, para poder funcionar, requiere de la intervención de una autoridad colectiva que represente al capital en su conjunto, razón por la cual el Estado no puede separarse del capitalismo. La idea de que el mercado capitalista podrá regularse a través del mercado es una utopía. Para ello se requieren Estado y mercado. Nunca Estado y capitalismo han estado separados.35

En el capitalismo actual, incluso con la crisis mundial de hoy, y a pesar del pensamiento neoliberal antiestatista y de la disminución de la intervención estatal en la regulación de la economía, la acción estatal se mantiene, pues sigue interviniendo en el mercado de trabajo para inmovilizar o reducir los salarios, evitar las huelgas, destruir el movimiento sindical y en general favorecer al capital; continúa fijando precios de bienes y servicios esenciales, sufraga los inmensos gastos militares y apoya financieramente al sistema bancario y de créditos mediante el tipo de cambio y tasa de interés. Todo lo anterior está en función de apoyar al capital y demuestra que, actuando de nuevas y diferentes formas, con mayor o menor intervención en la economía, el Estado anda muy lejos de jugar un papel secundario o de quedar fuera del proceso de acumulación capitalista, y mucho menos que tienda a desaparecer.

La retirada del Estado de la economía en el proceso de globalización es una gran falacia, pues la globalización nunca ha sido un proceso que pudiera desarrollarse sin que el Estado lo dirigiera, lo impusiera y lo negociara. Pero ese apoyo que sigue dando el Estado al capital, no es un hecho histórico privativo del CME, incluso está presente en el capitalismo premonopolista y, por tanto, considero que el capitalismo actual no es ya CME; más aún, la categoría CME no constituyó tampoco, verdaderamente, una etapa más del imperialismo, pues la intervención del Estado en la economía ha defendido siempre los intereses de la clase dominante. 

El Estado es un instrumento imprescindible en el proceso de producción del capital en cualquiera de las fases del capitalismo. La mayor o menor intervención del Estado en el capitalismo es el resultado de una estrategia política encaminada a mejorar la posición relativa de los países avanzados en la cambiante escena económica internacional y así ha sido siempre en todo el desarrollo del modo de producción capitalista.

Conclusiones

Realmente, el CME no fue una etapa de desarrollo del imperialismo, ni tampoco la antesala de la revolución socialista, como consideraba el pensamiento leninista, criterio que tuvo una repercusión científica muy limitada en la concepción marxista del mundo occidental.

El haber pensado Lenin y otros marxistas que el CME era la única salida o respuesta a las contradicciones del capitalismo como expresión del agravamiento de su contradicción fundamental, y «en particular de la creciente socialización de la producción, pareció en un momento dado cierta»; pero los hechos la superaron y surgió una situación nueva, del todo diferente.36 

Hasta la Segunda guerra mundial se creía que el capitalismo se hundiría y que las condiciones de los trabajadores serían cada vez más precarias; sin embargo, lo ocurrido en los años de posguerra hasta mediados de los 70 fue todo lo contrario: el capitalismo se fortaleció y, con ello, mejoraron las condiciones de trabajo y los niveles de vida de amplias capas de la población, tanto en los países avanzados como en los subdesarrollados; dados los altos crecimientos económicos y la rápida reconstrucción del sistema, era la llamada época de oro del capitalismo.

A partir de los años 70, con la crisis del keynesianismo y del «Estado de bienestar general», la disminución de las inversiones estatales empezó a ser compensada con una mayor e inesperada inversión privada. A pesar de los procesos de desregulación y privatización, debido a la política neoliberal implantada, y aunque no resolvían los profundos problemas de la sociedad, sino que conllevaron mayores desajustes sociales y, por ende, un mayor descontento de la población, incluidos los países desarrollados, tampoco hubo cambios revolucionarios, ni siquiera anuncios de ellos. 

Además, la actual interrelación entre Estado y monopolios en el capitalismo transnacionalizado y globalizado no se asemeja al concepto clásico de CME dado por Lenin y no nos sirve para explicar la compleja realidad del capitalismo contemporáneo, teniendo en cuenta que la reestructuración capitalista seguirá su marcha y la mundialización del capital continuará desbordando los cauces de lo que se entendía anteriormente como CME. 

Por último, en el imperialismo, desde su surgimiento hasta nuestros días, al igual que en el capitalismo premonopolista, el Estado capitalista ha jugado un papel de primer orden y, por tanto, no se puede considerar al CME como una etapa más del imperialismo sobre la base de la fusión del Estado con los monopolios, porque, como este trabajo ha demostrado, siempre ha estado presente la intervención estatal.

Notas 

1. Györgi Luckács, Historia y conciencia de clase, Editorial Grijalbo, Madrid, 1985, p. 74.
2. Véase Néstor Kohan, El capital, historia y método. Una introducción, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004, p. 16.
3. Alonso Aguilar, Globalización y capitalismo, Plaza y Janés, México, DF, 2002, pp. 406-7.
4. Vladimir I. Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, Pueblo y Educación, La Habana, 1979; «La guerra y la revolución», Obras completas (en lo adelante O.C.), Editorial Progreso, Moscú, 1985; «El Estado y la revolución», Obras completas, t. 25, Editora Política, La Habana, 1963; «VII Conferencia (de abril) de toda Rusia del POSDR (b)» y «La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla», Obras escogidas (en lo adelante O.E.), t. 2, Editorial Progreso, Moscú, 1960.
5. Vicente Escandell, «El capitalismo monopolista de Estado en El imperialismo, fase superior del capitalismo», en Verena Hernández y Vicente Escandell, comps., Lecciones de Economía política del capitalismo», t. II, Editorial Félix Varela, La Habana, 2007, pp. 14-6.
6. Vladimir I. Lenin, «Borrador del Proyecto de tesis para un mensaje a la Comisión socialista internacional y a todos los Partidos socialistas», O.C., t. 30, pp. 288.
7. Vladimir I. Lenin, «Un viraje en la política mundial», O.C., t. 30, pp. 350-1.
8. Véase Alonso Aguilar, Teoría leninista del imperialismo, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1984, pp. 125-6.
9. Vladimir I. Lenin, «VII Conferencia…», ob. cit., pp. 94-5.
10. Ibídem.
11. Vladimir I. Lenin, «La guerra y la revolución», O.C., t. 32, pp. 385-6.
12. Vladimir I. Lenin, «Por el pan y la paz», O.E., t. 2, p. 535. (El énfasis es mío. V.E.S.)
13. Vladimir I. Lenin, «La catástrofe que nos amenaza…», ob. cit., p. 276.
14. Vicente Escandell, ob. cit.
15. Vladimir A. Cheprakov, El capitalismo monopolista de Estado, Editorial Progreso, Moscú, s/f, pp. 9, 12-3.
16. Eugenio Vargas, Ernest Mandel, Paul Boccara y Antonio Pesenti, citados por Alonso Aguilar, Teoría leninista…, ob. cit., p. 136.
17. Alonso Aguilar, Globalización y capitalismo, ob. cit., p. 400.
18. Ibídem, pp. 402, 404, 406-7.
19. Rafael Cervantes et al., Transnacionalización y desnacionalización. Ensayos sobre el capitalismo contemporáneo, Editorial Félix Varela, La Habana, 2002.
20. Ibídem, p. 134.
21. Ibídem, pp. 137-8.
22. Jorge L. Acanda, Traducir a Gramsci, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007, p. 116.
23. Paul Sweezy, Teoría del desarrollo capitalista, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1979, pp. 332-3.
24. Michael Hardt y Antonio Negri, Imperio, Paidós, Buenos Aires, 2002, p. 282.
25. Atilio Borón, Imperio e imperialismo, Casa de Las Américas, La Habana, 2005, p. 70.
26. Carlos Marx, El Capital, t. I, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1962, pp. 688-9.
27. Ibídem, p. 692.
28. Ibídem, p. 694.
29. David Harvey, «El “nuevo” imperialismo: acumulación por desposesión», en Leo Panitch y Colin Leys, eds., El nuevo desafío imperial, Socialist Register, Buenos Aires, 2004, p. 113.
30. Aijaz Ahmad, «Imperialismo de nuestro tiempo», en Leo Panitch y Colin Leys, eds., ob. cit., p. 78.
31. Leo Panitch y Sam Gindin, «Capitalismo global e imperio norteamericano», en Leo Panitch y Colin Leys, eds., ob. cit., p. 27.
32. Antonio Gramsci, Selecciones de Cuadernos de la cárcel, International Publishers, Nueva York, 1971, p. 160.
33. Atilio Borón, ob. cit., p. 71.
34. Paul Sweezy, ob. cit., pp. 338-9.
35. Samir Amin, Los desafíos de la mundialización, Siglo XXI Editores, México DF, 1997, pp. 294-5.
36. Alonso Aguilar, Globalización y capitalismo, ob. cit., p. 407.