10/10/12

Eric Hobsbawm y los bandidos

Jon Lee Anderson

Un par de años atrás, en Río de Janeiro, discutía el problema de las pandillas de la ciudad con un colega brasileño, João Moreira Salles. Tratando de describir al difunto Marcinho VP, un inteligente y carismático líder criminal que había conocido bien, Salles observó: “Marcinho VP era el clásico guerrillero hobsbawmiano”.
Jon Lee Anderson

Se refería, por supuesto, a Eric Hobsbawm, el brillante historiador marxista británico que murió el domingo (1 de octubre de 2012) a la edad de 95 años. Las afinidades políticas de Hobsbawm lo convirtieron en blanco fácil de la crítica, especialmente después de la caída del comunismo, pero su extraordinario cuarteto de libros sobre la historia de los siglos XIX y XX fue ampliamente reconocido como un hito aun por sus enemigos ideológicos. El conservador historiador escocés Niall Ferguson se hallaba ayer entre quienes cantaban sus alabanzas.

Otro de los legados de Hobsbawm fue su investigación sin precedentes, y sus escritos, sobre bandidos y forajidos. En su libro “Bandits” (Bandidos) de 1969, que presenta a figuras tales como Salvatore Giuliano, Robin Hood y Pancho Villa, explora cómo ciertos bandidos siguieron siendo criminales mientras que otros se convirtieron en revolucionarios.

Salles me contó que en las entrevistas que hizo a Marcinho VP descubrió en él a un criminal que exponía una visión social. Parecía ser alguien que, si se daban las circunstancias, podía incluso evolucionar hacia la política. Nunca se sabría, sin embargo. Capturado y arrojado a prisión, fue estrangulado en 2003 por sus rivales.

En ese mismo viaje a Río conocí a un pandillero que había salido recientemente de prisión, la misma en la que Marcinho había sido asesinado. Me contó que se había unido a un grupo de estudio en la prisión y que había leído la biografía del Che Guevara que yo había escrito. Me preguntó muchas cosas sobre el libro, así como sobre el Che. Yo estaba intrigado por su curiosidad intelectual y le pregunté cómo se definía. La pandilla de la que era miembro importante había sido creada en los años ’70 por prisioneros políticos, observé, y su primer manifiesto había llamado a la realización de varias formas de justicia social. Sonrió y sacudió la cabeza. Me dijo: “Antes, algunos de nosotros teníamos conciencia social. Pero eso fue antes. Ahora sólo somos criminales”.

Tenía muy presente a Hobsbawm después de ese encuentro. Un par de años más tarde pude conocer al gran viejo en persona en su casa de Londres, para tomar una taza de té seguida de un vaso de whisky. Fue muy gentil y escuchó con interés mientras yo contaba las historias del submundo de Brasil y de otros lugares. Estaba interesado en Sri Lanka, un país con una antigua tradición marxista en el que yo había pasado algún tiempo hacía poco y donde acababa de terminar una guerra, y también en Colombia, donde una insurgencia de base campesina –con características tanto criminales como marxistas– había persistido por más de medio siglo. Mantuvo en reserva su opinión, sin embargo, cuando subrayé cómo, en la mayoría de los casos que había conocido, el bandido, y no el revolucionario, había demostrado ser la especie más fuerte.

En el fondo, Hobsbawm tenía algo de romántico y manifestaba una subyacente fe en la naturaleza humana. Quizás, en verdad, esto era lo que estaba en la raíz de su marxismo. En un epílogo a “Bandits” de 1999, mencionó con algo de orgullo cómo, en los ’70, miembros de un grupo campesino mexicano radical le habían hecho saber que aprobaban sus escritos sobre bandidaje social.

Apuntó: “Ello no prueba que el análisis desarrollado en este libro sea correcto. Pero puede dar a sus lectores alguna confianza en que es más que un ejercicio de anticuario o de especulación académica. Robin Hood, aun en sus formas más tradicionales, todavía significa algo en el mundo de hoy para personas como estos campesinos mexicanos. Hay muchos como ellos. Y deberían saberlo”.

En el México de hoy, el bandido psicópata Chapo Guzmán está en la cima, mientras que el revolucionario filósofo y de pipa en mano, el Subcomandante Marcos, ha quedado al margen junto con su mensaje de reforma social.

Con el tiempo, por supuesto, el péndulo puede volver a oscilar.

Eric Hobsbawm, descansa en paz.