2/10/12

El Derecho en la obra de Franz Kafka

Franz Kafka ✆ Hossein Safish
Susanne Marie Weber

Resulta arduo enjuiciar la filosofía sobre el Derecho de alguien que no intentó ostensiblemente filosofar sobre él. Los datos aquí obtenidos son resultado de una interpretación orientada a un fin, y si alguna crítica hay que hacer es a la interpretación, para lo que el intérprete carece de perspectiva. Tampoco el sistema metafísico general de Kafka se presta fácilmente a la crítica; como toda metafísica hecha desde el individuo, mediante una mirada subjetiva y particular, conserva una validez inatacable, imposible de cuestionarse salvo que se cuestione al individuo mismo. 

Susanne Marie Weber
Podría criticarse a Kafka desde el punto de vista de aquello que él quiso hacer, es decir, desde el punto de vista literario, pero no es éste lugar apropiado ni tampoco ésa es tarea fácil. Baste apuntar que la técnica de Kafka aúna la simplicidad con el rigor, y que su estilo es tan original y peculiar que toda evaluación tropieza con el obstáculo de la falta de referencias. La obra de Kafka se nos aparece como un bloque ante el que cabe adherirse o repudiarlo, más según la conciencia de cada uno y la propia inclinación que sobre argumentos asépticos (si es que tales argumentos existen).

No hay que perder de vista que, en efecto, se trata de una obra literaria. Como tal, su valor vendrá dado por su mérito como edificio artístico, y éste será tanto mayor cuanto más intenso sea su asalto a la sensibilidad del lector. Aquí tratamos de obtener resultados filosófico-jurídicos, y con esta mira, habrá que advertir que no es posible exigir al texto kafkiano la exactitud empírica que cabe reclamar a la obra científica (Kafka no fue un escritor naturalista, afortunadamente). El cuadro que Kafka traza puede parecer desde un punto de vista científico desproporcionado o excesivo, no tanto por el tono de su discurso (siempre contenido) como por las realidades reflejadas. Sobre ello diremos que no conviene olvidar la finalidad eminentemente estética de una obra literaria, para la que llevar las cosas a su radicalidad es un recurso legítimo; de otra parte, en lo que de trasunto de la realidad que le rodeaba tiene la obra de Kafka (un trasunto no literal ni servil porque sus novelas no son realistas, en el más ramplón sentido del término), su ámbito es más ambicioso que el estrictamente jurídico. Pero, hechas estas salvedades, no puede ocultarse que el conjunto de la obra de Kafka parece sugerir la dramática duda: ¿no será todo, en verdad, así de minuciosamente terrible? Como incertidumbre que mueve a la reflexión, también a lo jurídico podría aplicarse este interrogante.

Ya hemos descrito anteriormente la verosímil repercusión que tiene el Derecho y su experiencia de él en la literatura de Kafka, y el alcance limitado que cabe dar a los símbolos relacionados con lo jurídico que en ella hay. Entonces delimitamos el sentido que pueden tener las conclusiones de este estudio: el de hipótesis, no del todo improbable, no del todo segura tampoco. Conjugando esta regla de actuación con las que impone el carácter literario de la obra aquí tratada, parece admisible clasificar los resultados registrables y más útiles del análisis en dos aspectos fundamentales, ya en el terreno filosófico-jurídico: el axiológico y el crítico. Tales son, en nuestra opinión, las dos riquezas más considerables de la obra de Kafka a los efectos aquí buscados. Sintéticamente, se expondrán a continuación los ejes principales que en ambos campos deducimos de cuanto antecede.

Perspectiva axiológica.

Aquí se aprecia una ambivalencia clara, aunque descompensada hacia uno de los valores en liza. No hay duda de que la preocupación kafkiana se inclina hacia el valor seguridad jurídica. Desde múltiples enfoques. Por un lado, la constante alusión a la ley desconocida, secreta, es una queja no menos continua hacia la inseguridad del sujeto, que no sabe qué conducta seguir para, en unos casos, acceder a lo que cree que ha de dársele, y en otros, librarse de acusaciones para cuyo surgimiento nada siente haber hecho. El Derecho ha de ser cierto, así lo juzgan los personajes kafkianos, y sus peripecias revelan las funestas consecuencias de un orden en el que esa certeza se ve negada, enmascarada bajo el misterio que custodian organizaciones que no rinden cuentas. Otra manifestación de esta preeminente aspiración axiológica viene representada por la solución que explícitamente se nos ofrece en Sobre la cuestión de las leyes y sugiere el Dr. Huld en El proceso: la resignación, la adaptación del sujeto al orden inicuo aferrándose a aquello que éste puede presentar como su único contenido positivo: la certeza de la dominación. Es la única certeza, es a todas luces un desafuero, pero como cosa cierta es en sí un bien, una referencia a la que hay que asirse desesperadamente. Esta concepción de la seguridad jurídica podría llevar a interpretaciones totalitarias, pero además de impresentables serían muy irrespetuosas con el ideario que Kafka proclamó siempre suscribir; una vez más hay que acotar que más que de una proposición pretendida, se trata de una rendición impuesta por la desproporción del combate. Kafka es un autor esencialmente pesimista, para el que la salvación o la liberación no son más que un espejismo y por tanto no pueden perseguirse. No es una vocación, la de someterse, sino un mal menor entre males inmensos. Y hay algo que puede darnos que pensar respecto a la actitud final de Kafka, aun hecha esta posibilista y decepcionante elección racional: Josef K. y K. mueren, empeñados en su guerra perdida. Podrá criticarse al pensamiento kafkiano el que no ofrezca alternativas (quizá ésta sea su máxima insuficiencia, aunque habría que tener presente que le estamos haciendo jugar fuera de su terreno, que la literatura no tiene el deber de resolver nada), pero no, por cierto, que la sumisión a la injusticia quede como la apuesta única. Lo que ocurre es que la apuesta de perseverar no lleva más que a la destrucción. Kafka advierte sobre ello, no engaña, y al final se destruye, movido por un impulso que él mismo ha caracterizado como insensato pero que no deja de seguir. No parece ni mucho menos ajustado despreciar a K. como conformista.

Esta preocupación por la seguridad tiene antecedentes, aparte de en su experiencia personal (no es ocioso recordar su padecimiento del arbitrario poder del padre, o que su actividad profesional se desenvolvió en el área de los seguros de accidentes de trabajo), en pensadores como Kierkegaard, en cuya Escuela de cristianismo, se lee: "Dirigíos al orden establecido, adheríos al orden establecido y tendréis medida. (...) El orden establecido es el racional; feliz si te atienes a las condiciones de relatividad que te son asignadas..." Sobre este fragmento, Guido Fassò comenta: "El orden establecido proporciona, en definitiva (...) aquel bien que se quiere conseguir con el Derecho y que los juristas llaman certeza..." Más adelante el profesor italiano hace una afirmación que bien vale para Kafka: "Del mismo modo que, frente a la identificación entre lo absoluto y lo humano realizada por Hegel, Marx reaccionó reduciendo la realidad únicamente a lo humano, así Kierkegaard lo hace atribuyendo valor solo a lo Absoluto, a lo divino." También en Kafka el individuo sucumbe ante el Absoluto, si bien esto está dicho con un talante más hostil a este destino que el de Kierkegaard, lo que le confiere las posibilidades críticas que mas adelante se enumerarán y de las que el filósofo danés carece (véase en Temor y Temblor el panegírico de Abraham: "...sabía que aquel sacrificio (el de Isaac) era el más difícil que se le podía pedir, pero también sabía que no hay sacrificio demasiado duro cuando es Dios quien lo exige, y levantó el cuchillo.") Igualmente resulta de interés la observación que Fassò hace sobre Dostoievski, algunas páginas después en su "Historia de la Filosofía del Derecho", resumiendo así cierto pasaje célebre de Los hermanos Karamazov: "...Cristo, a quien el Gran Inquisidor, es decir, la Iglesia, y mucho antes la sociedad organizada, le reprochará el haber dado a los hombres la libertad, don que los hombres no quieren, ya que los hombres no quieren la libertad sino la seguridad, aun a costa de ser esclavos, y su naturaleza de hombres reclama la autoridad." Como se recordará, Kafka leyó mucho y con admiración a Dostoievski y a Kierkegaard.

El otro valor que aparece en la obra de Kafka, con un reflejo más disperso, dado por el lamento más o menos enérgico por su ausencia en las organizaciones que retrata, es el valor justicia (que podría comprender los valores dignidad y libertad). Es una justicia ideal, anhelada con desesperanza, que se simboliza en limitar la culpa a aquello de lo que se siente responsable el sujeto, en el otorgamiento a éste de lo que cree merecer. La justicia sería así el ajuste entre la conciencia ética individual y el orden objetivo externo que en la obra kafkiana tan sistemáticamente ignora esa conciencia. A veces con timidez, otras con rabia y dureza ("un solo verdugo podría sustituir a todo el tribunal") Kafka reclama ese valor cuya realización parece inusitadamente impensable. De nuevo, el pesimismo kafkiano es exhaustivo.

Perspectiva crítica.

Tal vez sea aquí donde la reflexión kafkiana, puesta en relación con el Derecho, se revele como un instrumento más eficaz y de mayor vigencia. Ya su contenido axiológico entraña una denuncia, de una contundencia tan apreciable como repugnantes son los sistemas que nos pinta, que no deben recluirse a priori en la categoría de hipérboles inverosímiles y por ende inocuas. Aceptable es que, como obra literaria, desborde a veces manifiestamente la realidad, pero esto, que es verdad en un plano externo, deja de serlo un tanto si atendemos a la significación profunda de las cosas. Uno de los mayores logros de Kafka es sacar a la luz lo horrible de lo cotidiano, de lo que aprobamos o desaprobamos sin conmovernos cuando a menudo deberíamos echarnos a temblar. Las diferencias puramente exteriores no han de impedirnos apreciar la perspicacia de su llamada de atención acerca de los falsos hábitos mentales que son generalmente asumidos. Quizá nuestra renuencia a admitir que todo sea tan absurdo como Kafka asevera no es sino el fruto más acabado de esos falsos hábitos. Aquí surge la perspectiva crítica.

Parece opinable que las deficiencias denunciadas por Kafka, al referirlas como estamos haciendo al Derecho y a su realidad actual, lo sean tan absolutamente como él las formula. Una estimación prudente obligaría a restarles hierro. Pero no queremos hacer aquí nuestra ninguna apreciación, ni temeraria ni comedida. El grado en que la crítica sea válida es cuestión sobre la que cabe moverse, según el propio criterio, de uno a otro extremo de la gama de posturas posibles. Con la intensidad que se quiera, pues, y recapitulando parte de los elementos analizados durante estas páginas, la crítica de Kafka nos desvela insuficiencias entre las que destacamos:

- El Derecho como orden ajeno a los sujetos, insensible a ellos. En una época en que todas las constituciones políticas se abren con la inflamada proclama de que "la ley es expresión de la soberanía", "la soberanía reside en el pueblo" o "la justicia emana del pueblo", tal vez debiéramos aún pararnos un minuto a meditar si el tribunal, o el castillo, o la ley con su portero, o la nobleza que es ella misma la ley, son o no algo más que patrañas urdidas por un checo débil aplastado por un complejo de inferioridad ante su padre.

- El Derecho como herramienta ignota manejada sólo por iniciados inaccesibles, a través de procedimientos incomprensiblemente complejos, ante la mirada perpleja del individuo que quiere saber cuál es su posición y no lo averigua nunca. ¿Puede reírse de este panorama quien viva en un país con más de un centenar de tipos de procesos civiles, quien asista al frecuente desconcierto ante el tecnicismo de aquellos a quienes afecta una resolución judicial que siempre ha de traducirles un experto?

- La distorsión introducida en el Derecho por las estructuras administrativas creadas por él y destinadas a su aplicación, que acaban adueñándose de la norma y suplantándola por sus reglas internas de funcionamiento burocrático, praeter legem en el mejor de los casos; si es que ante tal estado de cosas puede decirse que exista una lex previa y distinta a lo que resulta de su aplicación por los órganos que tienen encomendada su tutela. Cuando puede amenazarse con, por ejemplo, el retraso en la sustanciación de un recurso para forzar una transacción que la ley permitiría rehusar, ¿no surge un Derecho paralelo debido al simple hecho de las estructuras creadas para hacer eficaz el presunto Derecho objetivo?

- Las lagunas del Derecho, la anomia subyacente al sistema que se pretende perfecto, y que sólo se muestra como tal en su faceta de imperio sobre el individuo inerme.

- El Derecho como imposición de un poder, al margen de criterios de justicia, sobre los que ese poder no da explicaciones. En este punto, la crítica kafkiana, producto de su época, analizada desde la perspectiva de su vigencia actual, queda desfasada por cierto importante detalle: los sistemas jurídicos actuales "cuidan más su imagen"; no usan, salvo excepciones que corresponden a estadios de evidente incivilización, de una brutalidad tan descarnada como la del tribunal que manda ejecutar a Josef K. Pero, y esto es, naturalmente, una opinión, el Derecho es en última instancia fuerza, y la fuerza, simplemente sea por congruencia y por las leyes de la física, sólo nace de la fuerza. No siempre el Derecho es fuerza, pero ha de poder serlo, para ser Derecho. Luego lo indispensable para que un sistema jurídico funcione como tal es disponer de un poder que lo respalde. La justicia y la racionalidad son ingredientes deseables, exigibles por el sujeto, pero sin los que desdichadamente un derecho puede, al menos dentro de ciertos límites (que vendrán dados por la magnitud de la fuerza que lo sustenta) funcionar ("No, no hay que creer que todo sea verdad; hay que creer que todo es necesario", dice el sacerdote a K. en El proceso). La advertencia kafkiana sería utilizable en el sentido de prevenirnos frente a la ingenuidad de no considerar que algo tan grave pueda suceder. Es una llamada a desconfiar de la liturgia y los ornamentos (de esas mecánicas fórmulas al uso que requieren acríticamente nuestro respeto a las decisiones judiciales), a buscar la justicia mas allá de las togas, porque nada asegura contra todo riesgo que las togas no sirvan al absurdo, como los jueces de El proceso. La inseguridad kafkiana alumbra a este respecto una crítica tan acerba como ella misma es.

Podrían recogerse otros muchos argumentos de esta índole, que de uno u otro modo han sido apuntados a lo largo de estas páginas. Es en esta vertiente crítica, insistimos, donde la obra de Kafka, síntesis exquisita de radicalidad y equilibrio en el trasunto de esa radicalidad, ha de dar más juego; su rigor y profusión pueden proporcionar una infinidad de objeciones contra el orden instituido de la realidad convencional. Aquí hemos pretendido catalogar algunas, en lo que aplicarse pueda a la realidad jurídica. Puede desazonar la falta de propuestas de acción concreta para remediar el statu quo desfavorable que Kafka nos ilumina. Sabemos por su vida y su obra que quiso plegarse; que no lo hizo. Eso nos impide considerarle un inmovilista, pero poco más.

En un artículo publicado hace unos años, Pablo Sorozábal Serrano, con indudable acierto, denominaba a la de Kafka "La sabiduría del no". Ésta es la especie de teoría crítica que late en la obra kafkiana, la de la pura negación; no la utópica (basada en una afirmación antitética), de la que tantos practicantes almacena la historia del pensamiento. Kafka no da solución, pero tiene sobre los utópicos la ventaja de ahorrarse el salto en el vacío, sin fundamento, en que casi inexorablemente la utopía termina incurriendo. Sorozábal Serrano vincula esta sabiduría del "no" kafkiana con la influencia humana recibida a través de los cursos de filosofía impartidos por Anton Marty a los que Kafka asistió en su juventud. Quizá esta afirmación sea algo demasiado intrépida en la seguridad con que se produce, pero en modo alguno resulta disparatada. En efecto, las teorías de Hume ilustran muy oportunamente la obra de Kafka. Sobre todo, en lo referido, como Sorozábal apunta, a la relación causal, que Hume niega (más propiamente, lo que niega es la posibilidad de acceder a un conocimiento de la misma). La mera costumbre de asociar ideas y percepciones es para Hume el único modo de dar fe del principio de causalidad. Por decirlo con las propias palabras del filósofo escocés: "En resumen, la necesidad es algo que existe en el espíritu y no en los objetos, y no es posible para nosotros formarnos ninguna remota idea de ella, considerada como una cualidad de los cuerpos. O bien no tenemos una idea de la necesidad o la necesidad no es mas que la determinación del pensamiento de pasar de las causas a los efectos y de los efectos a las causas..." De aquí se derivan un agnosticismo radical y un nihilismo y un escepticismo no menos radícales. Kafka también es un escéptico y un nihilista. Escribe Sorozábal. "A fuerza de repetirse y afirmarse, la tiniebla de la negación kafkiana se vuelve luz absoluta." Y añade, más tarde: "La negación es negación de la trascendencia, negación de la causalidad (Hume), de la cosa en sí (Kant). Más exactamente, negación de la posibilidad de su conocimiento. De ahí que Kafka no ofrezca salvación, no proponga redención..." Kafka nos arrebata el por qué y como consecuencia, nos deja caer en el vacío. Apreciamos de cuánta magnitud es el arma epistemológica blandida por la mano temblorosa y fría del checo en su empresa crítica: la refutación de la causa. Kafka nos mueve a revisar todo lo que creemos asentado en un fundamento previo que lo determina. ¿Es que tenemos una constancia suficiente de la relación entre los datos que nos brinda la realidad y su presunto fundamento? Se nos incita a descubrir el absurdo, allí donde la convención da por sentado que la causalidad existe. La causalidad no es cierta ni forzosa, es angustioso admitirlo, pero es posible que, aunque no haya nada que lo explique, uno se levante una mañana y descubra que es un escarabajo que agita sus patas en el aire. Es posible que la ley acuse al sujeto sin culpa, que le imponga la culpa incluso. Descartarlo nos da tranquilidad, pero una tranquilidad engañosa.

Su traductora y corresponsal Milena Jesenská escribió para Franz Kafka un hermoso elogio fúnebre. Sus palabras son el mejor cierre que alcanzamos a concebir para estas páginas.
"Era un hombre clarividente, demasiado sabio para poder vivir, demasiado débil para querer luchar; pero su debilidad era la de los hombres nobles y rectos, que son incapaces de luchar contra el miedo, la incomprensión, la falta de amor y la hipocresía, y que conocedores de su incapacidad, prefieren rendirse avergonzando así al vencedor.
"Su conocimiento del mundo era extraordinario y profundo. Él mismo era un mundo extraordinario y profundo.
"Sus libros (...) poseen una auténtica desnudez que queda expuesta con más naturalidad aun cuando se expresa por medio de símbolos. Tienen la ironía seca y la sagacidad sensitiva del ser que supo mirar el mundo con una lucidez tan sutil que no pudo soportar su espectáculo y tuvo que morir.
"Y es que Franz Kafka no quiso hacer concesiones y comportarse como los demás, que se refugian en espejismos intelectuales, a veces muy nobles, verdaderamente.
"Sus obras se caracterizan por la expresión de un sordo temor por los secretos desconocidos y la evidente inculpabilidad de la culpa entre los hombres. Fue un artista de conciencia tan escrupulosa que supo permanecer alerta donde los otros, los sordos, se sentían seguros."
Susanne Marie Weber / Philipps-Universität Marburg, Alemania.
Fachbereich Sozialwesen (FH Fulda)
University of Applied Sciences